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G. Honty es
sociólogo
coordinador del Programa de Energía de
CEUTA (Centro
Uruguayo de Tecnologías Apropiadas) e investigador
asociado de CLAES (Centro
Latino Americano de Ecología Social).
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Hace unos años, el movimiento ambientalista nacía muy marcado por la
oposición a la energía nuclear. Esto, sumado al eventual agotamiento de los
recursos naturales –particularmente el petróleo– fueron los grandes
impulsores de las campañas por las fuentes renovables. Luego la conciencia
sobre el cambio climático sumó razones para evitar el uso de combustibles
fósiles y su sustitución por las energías “limpias”. Pero el crecimiento
exponencial de la demanda sumado al “descubrimiento” de que las fuentes
renovables no son inocuas nos ha puesto en una nueva encrucijada.
Las fuentes renovables de energía vienen aumentando su participación en las
matrices energéticas de nuestra región aunque a un paso bastante más lento
que el crecimiento del consumo. Algunos países han adoptado metas
cuantitativas como el PROINFA de Brasil o el reciente llamado a compra de
renovables en Uruguay y también se han tomado algunas metas porcentuales
como las que se han establecido para el caso de los biocombustibles en
Argentina, Brasil y Uruguay.
Pero dado el crecimiento esperado de la demanda energética del orden del 4 ó
5 por ciento anual y la crisis del petróleo (1), no
parece que el ritmo de incorporación de renovables vaya a dar cuenta de la
brecha que puede producirse entre la oferta y la demanda en los años
venideros. Pero además, este crecimiento no se va a verificar solamente en
nuestra región sino que será de todo el mundo, especialmente ciertas partes
del mundo en desarrollo. En los últimos 10 años China duplicó su consumo
diario de petróleo y se espera para los próximos años un crecimiento de
demanda de energía a una tasa anual de entre el 10% y el 14%.
Algunos de nuestros países se están preparando para abastecer esa demanda
internacional. Bolivia tiene un promisorio mercado de gas natural líquido en
Méjico y Estados Unidos y dependerá de cómo terminen las negociaciones con
sus vecinos que estos negocios se concreten. Brasil por su parte se prepara
para ser el gran abastecedor de biocombustibles del planeta:
“Brasil será, dentro de 20 o 30 años, la potencia energética más grande del
planeta. Alcanzamos la autosuficiencia en materia de petróleo, en dos años
vamos a producir la mayor parte del gas que consumimos y somos los más
competitivos en lo que hace a la producción de etanol y biodiesel. Brasil
registra una revolución energética. Ya hicimos la del etanol, y ahora vamos
a hacer la del biodiesel”.
Esto declaró Lula el pasado 25 de mayo al diario Clarín de Argentina,
reafirmando una pretensión que su país viene impulsando con fuerza. Líder
mundial en producción y exportación de alcohol combustible, Brasil espera
obtener unos 16.000 millones de litros de etanol de la cosecha 2005-2006, de
los cuales 2.500 millones serán exportados a Estados Unidos, Corea del Sur,
la India, Suecia y Japón.
Este desarrollo no será inocuo para los ecosistemas brasileños. Cálculos que
hemos hecho con algunos colegas (2) indican que, para
sustituir 50% del combustible utilizado por el sector de transporte, serían
necesarias, dependiendo del cultivo elegido, entre 18 y 224 millones de
hectáreas (esta última cifra equivale a aproximadamente el total de tierras
cultivadas hoy en ese país). Si se introdujeran manejos y estándares
ambientales y sociales del tipo de la producción orgánica, estos
requerimientos serían aún mayores. ¿Cómo, entonces, va a hacer Brasil para
abastecer su propio mercado interno y convertirse en "la
potencia energética más grande del planeta" sin
producir una catástrofe ambiental? La cuestión está por verse.
Impactos negativos de los Biocombutibles
El fenómeno del cambio climático provocado por los combustibles fósiles y la
constante suba del precio del petróleo son los factores clave para que el
mercado de los combustibles derivados de la biomasa esté creciendo en todo
el planeta. Sin embargo, algunas experiencias ya están dando cuenta de una
serie de efectos que –en la gran escala que se espera- pueden ser negativos.
Particularmente se teme por las condiciones laborales de los asalariados
rurales, la concentración del comercio en las grandes transnacionales de
granos y de energía, los impactos ambientales de los monocultivos
extensivos, la competencia por el uso del suelo con cultivos alimentarios,
el uso de semillas transgénicas, entre otros.
“Los biocombustibles, como ser el etanol y diesel ecológico, que pueden
ser fabricados a partir de productos agrícolas de producción masiva, como la
caña de azúcar, el maíz, la soya y otros, si bien se han presentado como una
alternativa hasta el presente, su uso esta siendo debatido por dos razones
fundamentales. Primero, que los precios se están acomodando a los precios
del petróleo y sus derivados y se están convirtiendo en otro commodity para
uso energético y por lo tanto el beneficio económico que se esperaba no
resulta ser beneficios, a no ser que se fijen los precios, violando
equilibrios de mercado. Por el otro lado, si su uso se llegara a masificar y
se sustituiría en gran parte a los combustibles fósiles, se estaría
generando en una alternativa contra la producción alimentaria a favor de la
energía, que podría tener serios desbalances en el futuro”.
(Alvaro Ríos Roca, Secretario Ejecutivo de OLADE)
“Para los próximos 15 a 20 años veremos a los biocombustibles suministrando
del 25% de la demanda mundial de energía” dijo Alexander Müller, Director
General del Departamento de Desarrollo Sustentable de la FAO. Pero la FAO
está más interesada en el impacto que esto pueda tener en los pequeños
productores y las implicancias para la seguridad alimentaria y el desarrollo
rural.
“Los agricultores, particularmente el las áreas tropicales, están viendo
nuevas oportunidades para aumentar su producción y sus ingresos”, dijo
Gustavo Best, Coordinador de Energía de la FAO. Pero debemos ser cuidadosos.
Necesitamos planificarlo. La competencia por la tierra entre la producción
de alimentos y de energía tiene que convertirse en un beneficio positivo
común.
Una
amenaza, por ejemplo, es que la promoción en gran escala de la bioenergía
basada en monocultivos intensivos pueda terminar en un sector dominado por
unos pocos gigantes agroenergéticos sin ninguna ganancia significativa para
los pequeños productores
(Comunicado de la FAO emitido el pasado 25 de abril)
El Gobierno de Malasia suspendió el pasado mes de julio el otorgamiento de
licencias para nuevos proyectos de usinas de producción de biodiesel. El
objetivo es evitar que la demanda de aceite de palma con este fin, vaya a
provocar un déficit en el mercado alimentario de este producto, utilizado
tradicionalmente para cocinar. Los 32 proyectos aprobados hasta ahora irán a
producir unos 3 millones de toneladas de biocombustible, pero el gobierno
tenía en cartera al momento de la suspensión 87 solicitudes de nuevos
proyectos. Cabe mencionar que 15 millones de toneladas de aceite de palma es
el volumen total de producción anual de ese país. Según declaró el Jefe
Ejecutivo del Consejo de la Palma de Aceite de Malasia, el Sr. Yusof Basiron,
al periódico digital chron.com, “debe haber un equilibrio entre las
necesidades industriales para el procesamiento de bio-diesel y para las
necesidades de alimentación local".
La experiencia de Brasil
En Brasil por su parte, la demanda de aceite de soja utilizado para la
producción de biodiesel y de H-Bio (un biodiesel que incorpora el aceite en
el proceso de refinación de petróleo) se espera que acelere el proceso de
expansión de la tierra cultivada con soja. El área plantada para la zafra
2005/2006 equivale a la suma de aquella prevista para los otros cuatro
principales granos producidos en el país: arroz, poroto, maíz y trigo. Por
un lado existe una fuerte amenaza ambiental en la medida en que la expansión
sojera avanza sobre la Amazonia, como en el estado de Mato Grosso, donde
entre 2003 y 2004 se perdieron 12.500 km2 de selva. Pero también social,
pues el avance de la soja ha ido de la mano de una disminución del empleo.
Según Sergio Schlesinger de la organización FASE de Brasil, mientras en el
sector se producían en 1985, 18.278 toneladas de soja con 1.694
agricultores, hoy se producen 49.792 toneladas con apenas 335 trabajadores.
El gobierno brasileño ha percibido esta amenaza y ha propuesto el “Sello
Combustible Social” como un primer intento por evitar estos problemas. Se
trata de una certificación concedida por el Ministerio de Desarrollo Agrario
a los productores de biodiesel que promuevan la inclusión social y el
desarrollo regional por medio de la generación de empleo y renta para los
agricultores familiares. Por medio del sello de combustible social el
productor de biodiesel tiene acceso a créditos especiales, mejores
condiciones de financiamiento en los bancos y reducción de impuestos. Para
obtener el sello los productores de biodiesel tienen que cumplir ciertas
condiciones: comprar materia prima de la agricultura familiar, hacer
contratos que aseguren plazos, precios y condiciones, garantías de la
participación de los agricultores en la discusión de esas condiciones,
capacitación y asistencia para los agricultores familiares, entre otros.
Hacia unos criterios
En resumen hay cuatro tipos de amenaza: el precio internacional del “commodity”,
la competencia con los cultivos alimentarios, que el beneficio se derive a
las transnacionales en lugar de los productores locales y los impactos
ambientales de los monocultivos extensivos.
Para evitar los riesgos de impactos negativos indeseados, el mercado de los
biocombustibles parece encaminarse hacia un modelo de certificación “verde”
tal como ocurre con otros productos, particularmente los agrícolas, como la
forestación o la agricultura orgánica. Esto va a requerir de la definición
de al menos tres tipos de cuestiones: cuáles criterios se van a tomar en
cuenta (sociales, ambientales, económicos, etc.) ,
que indicadores se van a considerar y qué sistema de certificación se va a
aplicar. Varias ONGs en Europa y en América ya están avanzando en esta
discusión, particularmente la red internacional INFORSE, la coalición
también internacional CURES, el GT Energía (Grupo de trabajo en energía del
Foro brasileño de ONGs) y otras ONGs de la región.
El problema de las represas
La hidroeléctrica siempre ha sido considerada una energía renovable. Sin
embargo, si bien es cierto que lo es, la experiencia ha demostrado que puede
no ser sustentable en ninguna de sus dimensiones. Brasil prevé en su Plan
Decenal aumentar en 30.000 MW su capacidad instalada para la generación de
electricidad en el año 2015. Tres nuevas represas hidroeléctricas en la
cuenca amazónica son claves para conseguir la meta pero los riesgos
ambientales han paralizado los planes. Belo Monte sobre el Río Xingú (11.000
MW) ha sido detenida por la justicia hasta que no se cumplan los requisitos
de consulta a las comunidades indígenas afectadas que requiere la ley
brasileña. El Complejo Hidroeléctrico del Rio Madeira (6.500 MW) está
demorando sus trámites de licenciamiento ambiental mucho más allá de lo que
el gobierno hubiera querido. Como si esto no bastara 350 indios kamaiurá y
xavante ocuparon hace unas semanas la pequeña represa Paranatinga II sobre
le Río Culuene (afluente del Xingú) aún sin terminar exigiendo su demolición
porque destruye su medio de vida y sus sitios sagrados.
La solución a tanto ambientalismo fundamentalista la dio el ministro de
energía Silas Rondeau anunciando un proyecto de ley que crea una nueva
figura jurídica, la “Reserva Energética”: "En caso que un determinado lugar
tenga un potencial hídrico para generación de energía, el área será
reservada para construcción de una usina. Entonces va a quedar claro que el
área no podrá ser de preservación ambiental” (Agencia Brasil, 27/04/06).
Esta parece ser la sencilla forma en la que el ministro piensa arreglar el
problema.
¿Hay límites para el crecimiento?
Estos ejemplos de los riesgos ambientales y sociales del uso masivo de
fuentes renovables comienzan a ser las nuevas preocupaciones de las
organizaciones ambientalistas. Sin sustituir a las anteriores, pues los
problemas del agotamiento del petróleo, la contaminación, el cambio
climático y el riesgo nuclear aún se mantienen.
A pesar de haber fallado en la justeza de sus predicciones, aquel famoso
estudio del Club de Roma (3) contenía un dilema
principal sigue siendo una señal de alerta para los movimientos
ambientalistas de todo el mundo: como crecer infinitamente en un contexto
finito. Y en nuestros países generó una reacción que hasta el día de hoy se
mantiene: nosotros también tenemos derecho al desarrollo, por lo tanto no es
de recibo el llamado a reducir el consumo de recursos naturales. Desde
entonces hasta ahora el aumento del consumo energético –y la necesidad de
aumentar su oferta– estuvo sostenida con el argumento del crecimiento
económico para superar la pobreza de las grandes mayorías de la población.
Desde entonces hasta ahora, hemos vivido en una escalera de crecimiento
continuo –salvando algunos años críticos– donde el crecimiento del consumo
energético no se ha visto correspondido con un mejoramiento en la misma
medida de los sectores populares.
El problema es que los países llamados “en vías de desarrollo” continúan
aplicando la teoría del “goteo” para mejorar la calidad de vida de los más
pobres: primero mejoran los ingresos de las clases medias y altas y por
impacto de ese crecimiento, mejora la condición económica de los más
desfavorecidos. Esto –además de llevar décadas de pruebas en contrario–
esconde el problema principal: la verdadera razón por la que los gobernantes
no quieren cambiar el rumbo, no son los dos mil millones de pobres, sino los
escasos millones de personas que ocupan las clases medias de esos países que
quieren sostener una vida igual a la de las capas medias de los países
desarrollados.
Tampoco el consumo de energía en el mundo crece porque crezca la población:
crece además. En 1950 consumíamos 1 tonelada equivalente de petróleo (tep)
por persona, en 2005 ya hemos consumido en promedio 2 tep cada habitante del
planeta. Se espera que para el año 2025, el consumo de energía llegue a 3
tep por persona. Obviamente estos son promedios que esconden una verdad
evidente: en los países en vías de desarrollo este promedio es menor que 1 y
en los países desarrollados el promedio es 6 tep por
persona. Para el 2025 según la Agecia Internacional de Energía, el 82% de la
población del planeta consumirá el 45% de la energía mientras que en los
países desarrollados el 14% de la población consumirá el 43% (el resto
corresponde a las llamadas economías en transición).
Esto debería motivarnos a emprender una lucha mayor a nivel internacional
contra la evidente injusticia. Pero también nos debería hacer reflexionar
sobre el estado de cosas al que podemos llegar si el 100% de los habitantes
del “subdesarrollo” pretenden en el 2025 consumir lo que consumirán los que
vivan en la zona “desarrollada”. Y también, por otro lado, debería llamarnos
a la reflexión pues la misma injusticia que se comprueba entre los países la
podemos encontrar al interior de nuestros países. “¿Energía para quién y
para qué?” pregunta Célio Bermann desde la tapa de su libro publicado en
2002. Y esta debería ser la llave de nuestras decisiones energéticas.
El crecimiento esperado de la demanda es tan grande que todos los planes nos
parecen buenos: gasoductos, nuevas exploraciones petroleras, millones de
hectáreas de soja para biodiesel, más plantas nucleares, etc. Y las energías
renovables parecen no poder dar cuenta sin impactos de todo ese crecimiento.
Pero analizando como y donde estamos gastando esa energía vemos que no se
está dirigiendo a solucionar los problemas de la pobreza o mejorar la
calidad de vida de los pobres sino a aumentar una producción industrial que
cada vez da menos empleo, paga menos impuestos y paga la tarifa energética
más barata.
Según OLADE los precios comparativos de la electricidad
en nuestros países para el sector residencial e
industrial son los siguientes:
Precios internos con impuestos
al consumidor final
|
País |
Residencial |
Industrial |
|
Argentina |
4,14 |
2,08 |
|
Bolivia |
5,49 |
3,98 |
|
Brasil |
8,27 |
3,84 |
|
Chile |
8,56 |
5,56 |
|
Paraguay |
5,60 |
3,76 |
|
Uruguay |
10,55 |
3,89 |
Fuente: OLADE / SIEE, 2004
No está claro que esta transferencia de fondos desde el sector residencial
hacia el industrial redunde en un “desarrollo” en el sentido de mejorar la
calidad de vida o aumentar los niveles de empleo de los sectores
desfavorecidos de nuestras poblaciones. Para argumentar que es necesario
aumentar la oferta de energía con este fin, debe haber medidas explícitas.
Por ejemplo, ofrecer tarifas de electricidad más baratas a los rubros que
generan más empleo o los sectores que tienen un claro beneficio social como
el transporte público.
Las organizaciones ambientalistas generalmente han hecho hincapié en la
necesidad de racionalizar el consumo de energía, y hacer un uso más
eficiente de la misma. Desde los sectores gubernamentales se argumenta que
no es posible satisfacer las necesidades de desarrollo sin aumentar el
consumo de energía. Sin embargo, solucionar los problemas energéticos de la
mayoría más pobre requeriría escasísimos recursos como demostró un estudio
del ETC Group en la última Conferencia de Cambio Climático en Montreal. Ian
Tellam presentó un informe (4) por el cual resolver
los problemas de energía de los dos mil millones de personas que carece hoy
de ella apenas significaría un 0,26 % de aumento de CO2 a la atmósfera. Hay
una amplia gama de tecnologías apropiadas que podrían solucionar problemas
energéticos con pocos recursos que nuestros gobiernos no están
implementando.
La crisis energética no deviene de la falta de petróleo, de los precios
elevados o de la falta de recursos. Viene de una estructura de consumo
basada en el paradigma del “goteo” que requiere de un crecimiento
exponencial para lograr un beneficio mínimo. Las energías renovables serían
más que suficientes para satisfacer nuestras necesidades si las aplicaramos
con una lógica más distributiva, menos concentradora.
Conclusión
Las organizaciones sociales de la región siguen promoviendo las energías
renovables: eólica, solar térmica, biomasa sustentable, etc. Pero ante el
crecimiento del consumo previsto y a la vista de los proyectos de
exportación de energía –sobre todo biocombustibles– se hace necesario
recordar que el primer objetivo debe ser satisfacer de manera equitativa las
necesidades energéticas de toda la población reduciendo al mínimo los
impactos negativos. Y que para eso es imprescindible una política energética
que: 1) avance en la introducción de energías renovables y sustentables en
la matriz, 2) racionalice su uso haciéndolo más eficiente, 3) oriente los
beneficios a los sectores económicos que tienen capacidad redistributiva de
la riqueza y 4) aplique masivamente tecnologías apropiadas en los sectores
con mayores dificultades de acceso a la energía.
Notas:
(1)
Todo parece indicar que nos estamos acercando al “cenit” del petróleo, es
decir el momento en que la producción mundial alcance
su máximo posible y luego comience su decadencia inapelable. Esto puede
suceder antes del 2010 o antes del 2020 dependiendo de los distintos
analistas que se han ocupado del tema.
(2) Honty, G.; Lobato, V. y Mattos, J.: “Energía 2025. Escenarios
energéticos para el Mercosur”.
(3) Meadows, Donella, Dennis Meadows, Jorgen Randers y William Behrens: Los
límites del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.
(4) Ian Tellam ETC Group, Holanda. Ponencia presentada en el side-event
“Climate Change and energy for the poor”. Montreal, 6/12/05.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
18 el 11 de
octubre 2006. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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