Peripecias Nº 18 - 11 de octubre de 2006

AMBIENTE

 

 

Energías renovables y sustentables

 

 

Gerardo Honty

 

 

 

G. Honty es sociólogo coordinador del Programa de Energía de CEUTA (Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas) e investigador asociado de CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social).

 

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Hace unos años, el movimiento ambientalista nacía muy marcado por la oposición a la energía nuclear. Esto, sumado al eventual agotamiento de los recursos naturales –particularmente el petróleo– fueron los grandes impulsores de las campañas por las fuentes renovables. Luego la conciencia sobre el cambio climático sumó razones para evitar el uso de combustibles fósiles y su sustitución por las energías “limpias”. Pero el crecimiento exponencial de la demanda sumado al “descubrimiento” de que las fuentes renovables no son inocuas nos ha puesto en una nueva encrucijada.

 

Las fuentes renovables de energía vienen aumentando su participación en las matrices energéticas de nuestra región aunque a un paso bastante más lento que el crecimiento del consumo. Algunos países han adoptado metas cuantitativas como el PROINFA de Brasil o el reciente llamado a compra de renovables en Uruguay y también se han tomado algunas metas porcentuales como las que se han establecido para el caso de los biocombustibles en Argentina, Brasil y Uruguay.

 

Pero dado el crecimiento esperado de la demanda energética del orden del 4 ó 5 por ciento anual y la crisis del petróleo (1), no parece que el ritmo de incorporación de renovables vaya a dar cuenta de la brecha que puede producirse entre la oferta y la demanda en los años venideros. Pero además, este crecimiento no se va a verificar solamente en nuestra región sino que será de todo el mundo, especialmente ciertas partes del mundo en desarrollo. En los últimos 10 años China duplicó su consumo diario de petróleo y se espera para los próximos años un crecimiento de demanda de energía a una tasa anual de entre el 10% y el 14%.

 

Algunos de nuestros países se están preparando para abastecer esa demanda internacional. Bolivia tiene un promisorio mercado de gas natural líquido en Méjico y Estados Unidos y dependerá de cómo terminen las negociaciones con sus vecinos que estos negocios se concreten. Brasil por su parte se prepara para ser el gran abastecedor de biocombustibles del planeta:

 

“Brasil será, dentro de 20 o 30 años, la potencia energética más grande del planeta. Alcanzamos la autosuficiencia en materia de petróleo, en dos años vamos a producir la mayor parte del gas que consumimos y somos los más competitivos en lo que hace a la producción de etanol y biodiesel. Brasil registra una revolución energética. Ya hicimos la del etanol, y ahora vamos a hacer la del biodiesel”.

 

Esto declaró Lula el pasado 25 de mayo al diario Clarín de Argentina, reafirmando una pretensión que su país viene impulsando con fuerza. Líder mundial en producción y exportación de alcohol combustible, Brasil espera obtener unos 16.000 millones de litros de etanol de la cosecha 2005-2006, de los cuales 2.500 millones serán exportados a Estados Unidos, Corea del Sur, la India, Suecia y Japón.

 

Este desarrollo no será inocuo para los ecosistemas brasileños. Cálculos que hemos hecho con algunos colegas (2) indican que, para sustituir 50% del combustible utilizado por el sector de transporte, serían necesarias, dependiendo del cultivo elegido, entre 18 y 224 millones de hectáreas (esta última cifra equivale a aproximadamente el total de tierras cultivadas hoy en ese país). Si se introdujeran manejos y estándares ambientales y sociales del tipo de la producción orgánica, estos requerimientos serían aún mayores. ¿Cómo, entonces, va a hacer Brasil para abastecer su propio mercado interno y convertirse en "la potencia energética más grande del planeta" sin producir una catástrofe ambiental? La cuestión está por verse.

 

Impactos negativos de los Biocombutibles

 

El fenómeno del cambio climático provocado por los combustibles fósiles y la constante suba del precio del petróleo son los factores clave para que el mercado de los combustibles derivados de la biomasa esté creciendo en todo el planeta. Sin embargo, algunas experiencias ya están dando cuenta de una serie de efectos que –en la gran escala que se espera- pueden ser negativos. Particularmente se teme por las condiciones laborales de los asalariados rurales, la concentración del comercio en las grandes transnacionales de granos y de energía, los impactos ambientales de los monocultivos extensivos, la competencia por el uso del suelo con cultivos alimentarios, el uso de semillas transgénicas, entre otros.

 

“Los biocombustibles, como ser el etanol y diesel ecológico, que pueden ser fabricados a partir de productos agrícolas de producción masiva, como la caña de azúcar, el maíz, la soya y otros, si bien se han presentado como una alternativa hasta el presente, su uso esta siendo debatido por dos razones fundamentales. Primero, que los precios se están acomodando a los precios del petróleo y sus derivados y se están convirtiendo en otro commodity para uso energético y por lo tanto el beneficio económico que se esperaba no resulta ser beneficios, a no ser que se fijen los precios, violando equilibrios de mercado. Por el otro lado, si su uso se llegara a masificar y se sustituiría en gran parte a los combustibles fósiles, se estaría generando en una alternativa contra la producción alimentaria a favor de la energía, que podría tener serios desbalances en el futuro”. (Alvaro Ríos Roca, Secretario Ejecutivo de OLADE)

 

“Para los próximos 15 a 20 años veremos a los biocombustibles suministrando del 25% de la demanda mundial de energía” dijo Alexander Müller, Director General del Departamento de Desarrollo Sustentable de la FAO. Pero la FAO está más interesada en el impacto que esto pueda tener en los pequeños productores y las implicancias para la seguridad alimentaria y el desarrollo rural.

 

“Los agricultores, particularmente el las áreas tropicales, están viendo nuevas oportunidades para aumentar su producción y sus ingresos”, dijo Gustavo Best, Coordinador de Energía de la FAO. Pero debemos ser cuidadosos. Necesitamos planificarlo. La competencia por la tierra entre la producción de alimentos y de energía tiene que convertirse en un beneficio positivo común.

 

Una amenaza, por ejemplo, es que la promoción en gran escala de la bioenergía basada en monocultivos intensivos pueda terminar en un sector dominado por unos pocos gigantes agroenergéticos sin ninguna ganancia significativa para los pequeños productores
(Comunicado de la FAO emitido el pasado 25 de abril)

 

El Gobierno de Malasia suspendió el pasado mes de julio el otorgamiento de licencias para nuevos proyectos de usinas de producción de biodiesel. El objetivo es evitar que la demanda de aceite de palma con este fin, vaya a provocar un déficit en el mercado alimentario de este producto, utilizado tradicionalmente para cocinar. Los 32 proyectos aprobados hasta ahora irán a producir unos 3 millones de toneladas de biocombustible, pero el gobierno tenía en cartera al momento de la suspensión 87 solicitudes de nuevos proyectos. Cabe mencionar que 15 millones de toneladas de aceite de palma es el volumen total de producción anual de ese país. Según declaró el Jefe Ejecutivo del Consejo de la Palma de Aceite de Malasia, el Sr. Yusof Basiron, al periódico digital chron.com, “debe haber un equilibrio entre las necesidades industriales para el procesamiento de bio-diesel y para las necesidades de alimentación local".

 

La experiencia de Brasil

 

En Brasil por su parte, la demanda de aceite de soja utilizado para la producción de biodiesel y de H-Bio (un biodiesel que incorpora el aceite en el proceso de refinación de petróleo) se espera que acelere el proceso de expansión de la tierra cultivada con soja. El área plantada para la zafra 2005/2006 equivale a la suma de aquella prevista para los otros cuatro principales granos producidos en el país: arroz, poroto, maíz y trigo. Por un lado existe una fuerte amenaza ambiental en la medida en que la expansión sojera avanza sobre la Amazonia, como en el estado de Mato Grosso, donde entre 2003 y 2004 se perdieron 12.500 km2 de selva. Pero también social, pues el avance de la soja ha ido de la mano de una disminución del empleo. Según Sergio Schlesinger de la organización FASE de Brasil, mientras en el sector se producían en 1985, 18.278 toneladas de soja con 1.694 agricultores, hoy se producen 49.792 toneladas con apenas 335 trabajadores.

 

El gobierno brasileño ha percibido esta amenaza y ha propuesto el “Sello Combustible Social” como un primer intento por evitar estos problemas. Se trata de una certificación concedida por el Ministerio de Desarrollo Agrario a los productores de biodiesel que promuevan la inclusión social y el desarrollo regional por medio de la generación de empleo y renta para los agricultores familiares. Por medio del sello de combustible social el productor de biodiesel tiene acceso a créditos especiales, mejores condiciones de financiamiento en los bancos y reducción de impuestos. Para obtener el sello los productores de biodiesel tienen que cumplir ciertas condiciones: comprar materia prima de la agricultura familiar, hacer contratos que aseguren plazos, precios y condiciones, garantías de la participación de los agricultores en la discusión de esas condiciones, capacitación y asistencia para los agricultores familiares, entre otros.

 

Hacia unos criterios

 

En resumen hay cuatro tipos de amenaza: el precio internacional del “commodity”, la competencia con los cultivos alimentarios, que el beneficio se derive a las transnacionales en lugar de los productores locales y los impactos ambientales de los monocultivos extensivos.

 

Para evitar los riesgos de impactos negativos indeseados, el mercado de los biocombustibles parece encaminarse hacia un modelo de certificación “verde” tal como ocurre con otros productos, particularmente los agrícolas, como la forestación o la agricultura orgánica. Esto va a requerir de la definición de al menos tres tipos de cuestiones: cuáles criterios se van a tomar en cuenta (sociales, ambientales, económicos, etc.) , que indicadores se van a considerar y qué sistema de certificación se va a aplicar. Varias ONGs en Europa y en América ya están avanzando en esta discusión, particularmente la red internacional INFORSE, la coalición también internacional CURES, el GT Energía (Grupo de trabajo en energía del Foro brasileño de ONGs) y otras ONGs de la región.

 

El problema de las represas

 

La hidroeléctrica siempre ha sido considerada una energía renovable. Sin embargo, si bien es cierto que lo es, la experiencia ha demostrado que puede no ser sustentable en ninguna de sus dimensiones. Brasil prevé en su Plan Decenal aumentar en 30.000 MW su capacidad instalada para la generación de electricidad en el año 2015. Tres nuevas represas hidroeléctricas en la cuenca amazónica son claves para conseguir la meta pero los riesgos ambientales han paralizado los planes. Belo Monte sobre el Río Xingú (11.000 MW) ha sido detenida por la justicia hasta que no se cumplan los requisitos de consulta a las comunidades indígenas afectadas que requiere la ley brasileña. El Complejo Hidroeléctrico del Rio Madeira (6.500 MW) está demorando sus trámites de licenciamiento ambiental mucho más allá de lo que el gobierno hubiera querido. Como si esto no bastara 350 indios kamaiurá y xavante ocuparon hace unas semanas la pequeña represa Paranatinga II sobre le Río Culuene (afluente del Xingú) aún sin terminar exigiendo su demolición porque destruye su medio de vida y sus sitios sagrados.

 

La solución a tanto ambientalismo fundamentalista la dio el ministro de energía Silas Rondeau anunciando un proyecto de ley que crea una nueva figura jurídica, la “Reserva Energética”: "En caso que un determinado lugar tenga un potencial hídrico para generación de energía, el área será reservada para construcción de una usina. Entonces va a quedar claro que el área no podrá ser de preservación ambiental” (Agencia Brasil, 27/04/06). Esta parece ser la sencilla forma en la que el ministro piensa arreglar el problema.

 

¿Hay límites para el crecimiento?

 

Estos ejemplos de los riesgos ambientales y sociales del uso masivo de fuentes renovables comienzan a ser las nuevas preocupaciones de las organizaciones ambientalistas. Sin sustituir a las anteriores, pues los problemas del agotamiento del petróleo, la contaminación, el cambio climático y el riesgo nuclear aún se mantienen.

 

A pesar de haber fallado en la justeza de sus predicciones, aquel famoso estudio del Club de Roma (3) contenía un dilema principal sigue siendo una señal de alerta para los movimientos ambientalistas de todo el mundo: como crecer infinitamente en un contexto finito. Y en nuestros países generó una reacción que hasta el día de hoy se mantiene: nosotros también tenemos derecho al desarrollo, por lo tanto no es de recibo el llamado a reducir el consumo de recursos naturales. Desde entonces hasta ahora el aumento del consumo energético –y la necesidad de aumentar su oferta– estuvo sostenida con el argumento del crecimiento económico para superar la pobreza de las grandes mayorías de la población. Desde entonces hasta ahora, hemos vivido en una escalera de crecimiento continuo –salvando algunos años críticos– donde el crecimiento del consumo energético no se ha visto correspondido con un mejoramiento en la misma medida de los sectores populares.

 

El problema es que los países llamados “en vías de desarrollo” continúan aplicando la teoría del “goteo” para mejorar la calidad de vida de los más pobres: primero mejoran los ingresos de las clases medias y altas y por impacto de ese crecimiento, mejora la condición económica de los más desfavorecidos. Esto –además de llevar décadas de pruebas en contrario– esconde el problema principal: la verdadera razón por la que los gobernantes no quieren cambiar el rumbo, no son los dos mil millones de pobres, sino los escasos millones de personas que ocupan las clases medias de esos países que quieren sostener una vida igual a la de las capas medias de los países desarrollados.

 

Tampoco el consumo de energía en el mundo crece porque crezca la población: crece además. En 1950 consumíamos 1 tonelada equivalente de petróleo (tep) por persona, en 2005 ya hemos consumido en promedio 2 tep cada habitante del planeta. Se espera que para el año 2025, el consumo de energía llegue a 3 tep por persona. Obviamente estos son promedios que esconden una verdad evidente: en los países en vías de desarrollo este promedio es menor que 1 y en los países desarrollados el promedio es 6 tep por persona. Para el 2025 según la Agecia Internacional de Energía, el 82% de la población del planeta consumirá el 45% de la energía mientras que en los países desarrollados el 14% de la población consumirá el 43% (el resto corresponde a las llamadas economías en transición).

 

Esto debería motivarnos a emprender una lucha mayor a nivel internacional contra la evidente injusticia. Pero también nos debería hacer reflexionar sobre el estado de cosas al que podemos llegar si el 100% de los habitantes del “subdesarrollo” pretenden en el 2025 consumir lo que consumirán los que vivan en la zona “desarrollada”. Y también, por otro lado, debería llamarnos a la reflexión pues la misma injusticia que se comprueba entre los países la podemos encontrar al interior de nuestros países. “¿Energía para quién y para qué?” pregunta Célio Bermann desde la tapa de su libro publicado en 2002. Y esta debería ser la llave de nuestras decisiones energéticas.

 

El crecimiento esperado de la demanda es tan grande que todos los planes nos parecen buenos: gasoductos, nuevas exploraciones petroleras, millones de hectáreas de soja para biodiesel, más plantas nucleares, etc. Y las energías renovables parecen no poder dar cuenta sin impactos de todo ese crecimiento. Pero analizando como y donde estamos gastando esa energía vemos que no se está dirigiendo a solucionar los problemas de la pobreza o mejorar la calidad de vida de los pobres sino a aumentar una producción industrial que cada vez da menos empleo, paga menos impuestos y paga la tarifa energética más barata.

 

Según OLADE los precios comparativos de la electricidad en nuestros países para el sector residencial e industrial son los siguientes:

 

 

Precios internos con impuestos al consumidor final

 

País

Residencial

Industrial

Argentina

4,14

2,08

Bolivia

5,49

3,98

Brasil

8,27

3,84

Chile

8,56

5,56

Paraguay

5,60

3,76

Uruguay

10,55

3,89

 

Fuente: OLADE / SIEE, 2004



No está claro que esta transferencia de fondos desde el sector residencial hacia el industrial redunde en un “desarrollo” en el sentido de mejorar la calidad de vida o aumentar los niveles de empleo de los sectores desfavorecidos de nuestras poblaciones. Para argumentar que es necesario aumentar la oferta de energía con este fin, debe haber medidas explícitas. Por ejemplo, ofrecer tarifas de electricidad más baratas a los rubros que generan más empleo o los sectores que tienen un claro beneficio social como el transporte público.

 

Las organizaciones ambientalistas generalmente han hecho hincapié en la necesidad de racionalizar el consumo de energía, y hacer un uso más eficiente de la misma. Desde los sectores gubernamentales se argumenta que no es posible satisfacer las necesidades de desarrollo sin aumentar el consumo de energía. Sin embargo, solucionar los problemas energéticos de la mayoría más pobre requeriría escasísimos recursos como demostró un estudio del ETC Group en la última Conferencia de Cambio Climático en Montreal. Ian Tellam presentó un informe (4) por el cual resolver los problemas de energía de los dos mil millones de personas que carece hoy de ella apenas significaría un 0,26 % de aumento de CO2 a la atmósfera. Hay una amplia gama de tecnologías apropiadas que podrían solucionar problemas energéticos con pocos recursos que nuestros gobiernos no están implementando.

 

La crisis energética no deviene de la falta de petróleo, de los precios elevados o de la falta de recursos. Viene de una estructura de consumo basada en el paradigma del “goteo” que requiere de un crecimiento exponencial para lograr un beneficio mínimo. Las energías renovables serían más que suficientes para satisfacer nuestras necesidades si las aplicaramos con una lógica más distributiva, menos concentradora.

 

Conclusión

 

Las organizaciones sociales de la región siguen promoviendo las energías renovables: eólica, solar térmica, biomasa sustentable, etc. Pero ante el crecimiento del consumo previsto y a la vista de los proyectos de exportación de energía –sobre todo biocombustibles– se hace necesario recordar que el primer objetivo debe ser satisfacer de manera equitativa las necesidades energéticas de toda la población reduciendo al mínimo los impactos negativos. Y que para eso es imprescindible una política energética que: 1) avance en la introducción de energías renovables y sustentables en la matriz, 2) racionalice su uso haciéndolo más eficiente, 3) oriente los beneficios a los sectores económicos que tienen capacidad redistributiva de la riqueza y 4) aplique masivamente tecnologías apropiadas en los sectores con mayores dificultades de acceso a la energía.

 

 

Notas:

 

(1) Todo parece indicar que nos estamos acercando al “cenit” del petróleo, es decir el momento en que la producción mundial alcance su máximo posible y luego comience su decadencia inapelable. Esto puede suceder antes del 2010 o antes del 2020 dependiendo de los distintos analistas que se han ocupado del tema.

(2) Honty, G.; Lobato, V. y Mattos, J.: “Energía 2025. Escenarios energéticos para el Mercosur”.

(3) Meadows, Donella, Dennis Meadows, Jorgen Randers y William Behrens: Los límites del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

(4) Ian Tellam ETC Group, Holanda. Ponencia presentada en el side-event “Climate Change and energy for the poor”. Montreal, 6/12/05.

 

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 18 el 11 de octubre 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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