|
Ya nadie duda de la existencia del cambio climático y de la importancia que
tienen problemas ambientales como la contaminación del agua, del suelo y del
aire, o la presencia del agujero en la capa de ozono. Todo esto se traduce
en pérdidas de vida, o de calidad de ella, descalabros económicos,
desaparición de especies y ecosistemas invalorables. En Argentina, los
quinteros santafesinos o los tucumanos lo pueden certificar.
Lamentablemente, para la salud del planeta y de quienes lo habitamos, las
advertencias que durante décadas se fueron haciendo se han cumplido de
manera inexorable, y hasta los más reacios y escépticos han terminado de
aceptar por la fuerza de los hechos estos problemas, aunque en muchos casos
lo han hecho tarde.
De todos modos, pese a esa realidad incontrastable, basta que alguno levante
la voz para denunciar obras, tecnologías o producciones peligrosas o
riesgosas para el entorno, para que los sectores a los que les cabe el sayo,
se sienten aludidos o conocen la magnitud de sus acciones, apelen a la
descalificación del imprudente.
Es tan así que de bastante tiempo atrás, desde distintos lugares y por todos
los medios, se ha querido hacer aparecer a los ambientalistas o ecologistas
como agoreros, predicadores del fin del mundo y otras calamidades. Se les ha
puesto el mote de que son resentidos y que siempre están “buscando la quinta
pata al gato” o “poniendo palos en la rueda” del progreso y el crecimiento
económico. Se los presenta como predicadores anti-desarrollo e inclinados a
querer volver a las épocas de las cavernas.
Algunos van más lejos y en una actitud maccarthysta les cuelgan el
mote de encarnar al nuevo comunismo, y no es casual que algunos de esos
sectores haya inventado la “teoría de la sandía”, ya que dicen que los
ambientalistas son verdes por fuera y rojos por dentro.
En los últimos años el aumento exponencial de la actividad agrícola se ha
transformado en la vedette de la macro economía nacional, a partir de
un nuevo contexto de precios internacionales, acompañado con un sistema
agrícola que ha transformado al monocultivismo de exportación, la
utilización de semillas transgénicas, cantidades descomunales de
agroquímicos y agrotóxicos, maquinaria pesada y la ampliación de las
fronteras agrícolas hacia áreas marginales, mediante la deforestación y el
aniquilamiento de los bosques y montes nativos, en un nuevo paradigma
productivo.
Frente al mismo, cualquiera que ose cuestionar o advertir sobre posibles
consecuencias negativas de estas actividades, es casi un hereje, al cual hay
que anatematizar o declarar poco menos que muerto civil. Por ello pocas
voces se escuchan en los grandes medios de comunicación sobre el tema, no
vaya a ser que irritemos al mercado y que el mismo se vengue con la
reducción publicitaria. Los catones de la producción no van a permitir
tamaño sacrilegio.
A sabiendas de las represalias, en estas modestas reflexiones o "aguafuertes
ambientales", voy a intentar analizar algunas consecuencias de este proceso
sobre la salud del entorno.
Acorde con los tiempos comunicacionales actuales y conociendo de antemano
que está vedado hablar de víctimas inocentes del sistema, intentaré
desentrañar los efectos colaterales o consecuencias no queridas o no
deseadas de este boom productivo.
En los últimos años hay una tendencia a suavizar los términos que se emplean
para referirse a cosas impactantes, se evita hablar de cáncer y se dice
penosa enfermedad, no se habla de negros sino de gente de color y cuando cae
una bomba en una escuela o en un hospital no se dice víctimas inocentes,
sino efectos no queridos. Pero dejemos de divagaciones y diletancias, y no
demos razones a quienes nos critican.
Nadie desconoce que el mejoramiento en los rendimientos agrícolas tiene su
base en el uso de agroquímicos de gran poder y efectividad. Entre ellos se
encuentran los herbicidas (matayuyos) y dentro de los más extendidos
están la atrazina, atracina o similar, cualquiera fuera el nombre comercial
empleado, y el glifosato (roundup) producido por Singenta, DOW,
Monsanto, entre otras multinacionales.
Siguiendo con la terminología neutra empleada, podemos afirmar que estos
fitosanitarios (venenos) están catalogados en nuestro país, por los
organismos técnicos y sanitarios pertinentes, como levemente tóxicos,
lo que significaría que sus efectos contaminantes son muy bajos y de allí su
uso extendido y casi sin controles ni monitoreos. Ahora me referiré
exclusivamente a la atrazina, dejando el análisis del glifosato para una
posterior entrega.
Para que el lector no se incline a pensar, que quien escribe alberga oscuras
o alarmistas intenciones, trataré de despejar las dudas reproduciendo
información oficial (sin intereses subalternos ni sospechas).
Para ello recurro a datos brindados por la Dirección General de Sanidad
Vegetal del Ministerio de la Producción de la Provincia de Santa Fe, entre
otros, que en relación a la atrazina, textualmente dice: “La toxicidad de
este herbicida es muy baja”. Por ello “No se realizan controles en
particular sobre el uso de este principio activo al ser considerado poco
tóxico, nuestra legislación no prevé ninguna restricción especial”.
¿Qué tal? Estas realidades son las que nos ponen a todos en estado de
indefensión. El informe mencionado, no obstante y como advertencia, agrega:
“La atrazina ha sido clasificada como un plaguicida de uso restringido en
algunos países de Europa, e incluso se lo ha prohibido debido a su potencial
para contaminar napas subterráneas”. ¿Qué pasa? ¿Los argentinos somos menos
que los europeos y no nos merecemos protección? Insisto, los mencionados son
los herbicidas más extensamente usados en el país y en otros.
Hasta aquí la historia y la permisividad oficial. Para que no se me quiera
acusar de entorpecer el desarrollo nacional viendo fantasmas donde no los
hay, prescindo de comentarios personales y sigo limitándome a reproducir
información indubitable y confiable.
Veamos esta nota (provista por la misma repartición oficial) de una de las
empresas que produce y comercializa el producto. En su encabezamiento está
el nombre de la firma: “Hoja de seguridad” Atrazina 500 SC, y en el
pié de página dice: “Restricted - For internal use only”, la que
reza:
Identificación de los riesgos:
Contacto con los ojos: el contacto puede irritar los ojos.
Contacto con la piel: Puede causar alergia a la piel y si aparece esta
alergia, la exposición posterior a muy bajos niveles puede causar picazón e
irritación en la piel.
Absorción por la piel: Puede ser asimilado por contacto con la piel.
Ingestión: Puede ser riesgosa su ingestión.
Inhalación: Puede ser riesgosa su inhalación.
Información cancerígena: Atrazina es considerado mutagénico y un mutagénico
puede ser cancerígeno.
Mutagenicidad: Atrazina es considerado mutagénico y un mutagénico puede ser
cancerígeno.
Señales y síntomas de exposición: Efectos agudos: Dolor abdominal, diarrea y
vómito. La exposición a valores muy altos puede afectar el sistema nervioso
central.
Pautas de exposición: Utilizar máscaras faciales y respiratorias adecuadas,
guantes y ropa impermeable.
Otras informaciones: Considerando que el uso de esta información y de los
productos está fuera del control del proveedor, la empresa no asume
responsabilidad alguna por este concepto.
Me pregunto y pregunto, si es levemente tóxico, ¿por qué tantas precauciones
y eximentes de responsabilidad? ¿Se informan estos peligros a toda la
comunidad?
La Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades de Estados
Unidos, en una cartilla informativa dice: “La exposición a la atrazina puede
ocurrir en fincas donde se ha rociado”. “La atrazina puede afectar a las
mujeres embarazadas, retardando el crecimiento normal de sus bebés”. “En
animales expuestos se ha observado daño del hígado, el riñón y el corazón;
no sabemos si esto puede también ocurrir con seres humanos. También se ha
demostrado en animales que produce alteraciones en los niveles de hormonas
que afectan la ovulación y la capacidad para reproducirse”. “Hay datos
limitados en seres humanos y en animales que sugieren que puede haber una
asociación entre exposición a la atrazina y varios tipos de cáncer”. “Hay
poca información disponible acerca de los efectos de la atrazina en niños”.
“Hay unos pocos estudios disponibles que sugieren que puede afectar a las
mujeres embarazadas retardando el crecimiento normal de sus bebés o causando
partos” (aclaro: abortos). “La atrazina puede pasar desde los terrenos donde
se rocía a arroyos o ríos o puede pasar a pozos de agua para beber o
bañarse. En áreas donde la atrazina se usa extensamente [nota: toda la zona
productiva nacional] las personas deben evitar nadar o tomar agua de fuentes
contaminadas.”
Otros informes científicamente serios dicen: “La EPA (Agencia de Protección
Ambiental de Estados Unidos) ha encontrado una contaminación generalizada de
los cauces por atrazina. Estudios realizados sobre personas expuestas a este
pesticida indican que podría estar vinculado con ciertos tipos de cánceres,
incluyendo el de próstata y el linfoma de NonHodgkhin. Pero pruebas en
laboratorio también lo relacionan con otros tipos de cáncer y problemas
hormonales que podrían interrumpir el proceso reproductivo y del
desarrollo”. “La Unión Europea ha prohibido recientemente la atrazina por la
contaminación del agua potable. En Alemania, la atrazina se clasifica como
Amenaza para el agua”.
Un estudio de la Universidad de Berkeley (California) expresa: “El uso de la
atracina en el medio ambiente es básicamente un experimento incontrolado.
Debido a su extensión todos los ecosistemas acuáticos se encuentran en grave
peligro. Los efectos de la atracina en ranas podrían ser una señal de que
también podrían estar interfiriendo en el sistema endocrino de los humanos”.
¿Qué va a pasar si dentro de cinco, diez o quince años se confirman las
advertencias de quienes hoy hacen planteos sobre la peligrosidad del uso
incontrolado de estos productos? ¿Quiénes responderán por lo daños y
perjuicios ante los posibles miles de afectados? ¿Lo hará el Estado, los
productores, el mercado o las compañías productoras? ¿Puede seguir estando
este producto en la categoría de levemente tóxico, a la luz de la
información existente?
Muchas preguntas, pero pocas respuestas. Por la salud común, en este caso el
silencio no es salud.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
36 el 21 de
febrero 2007. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
|