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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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La discusión sobre el papel del mercado en la vida social y en las
relaciones entre la sociedad y la naturaleza nunca está de más. Por eso
mismo es tan importante que empiece a tener lugar en Panamá, a casi diez
años de la creación de la Autoridad Nacional del Ambiente, en cuya misión
figura de manera muy central, justamente, la organización del mercado de
bienes y servicios ambientales en nuestro país.
El tema es complejo, y no puede ser agotado con algún par de frases más o
menos afortunadas.
Por el contrario, su planteamiento debe ser radical, en el sentido en que lo
entendía José Martí: esto es, yendo a las raíces del problema, para no
quedarse en la mera agitación del follaje.
En esa perspectiva, convendría recordar por ejemplo que el mercado es una
forma de relación social muy anterior al capitalismo. Como tal forma de
relación social, sobrevivirá al capitalismo, si la Humanidad lo hace.
Distintas sociedades han organizado el mercado de distinta manera, tanto
para el intercambio de bienes como para el de servicios. Habría que discutir
los méritos y problemas específicos de la organización del mercado en el
capitalismo, a lo largo de las distintas etapas de su desarrollo.
Esa discusión tendría que incluir los procesos de transformación de la
naturaleza en capital natural, y del trabajo en capital humano y capital
social.
En otros términos, esa discusión tendría que incluir la transformación del
conjunto de las relaciones sociales, y de las relaciones de las más diversas
sociedades humanas con su entorno natural, en relaciones capitalistas. Esa
discusión es posible, entre otras cosas, por el extraordinario vigor del
capitalismo como fuerza transformadora de la historia humana.
En el plano estrictamente económico –si tal cosa existe– ese vigor se
expresó en la creación del primer mercado realmente mundial de la historia
de la Humanidad, a partir de lo que Fernand Braudel llamara el siglo XVI
"largo" que, entre 1450 y 1650, vinculó entre sí de manera permanente las
economías de todas las sociedades del planeta.
En el plano científico y tecnológico, ese vigor se expresó en una sucesión
de revoluciones en el conocimiento y la productividad que condujeron a
incrementos sin precedente en la capacidad de los humanos para transformar
los elementos naturales en recursos a su disposición, y multiplicar su
propio número y el de sus años de vida como nunca antes había ocurrido. En
apenas 500 años, pasamos de ser algo más de medio billón a más de seis
billones de seres humanos, y nuestra expectativa de vida al nacer pasó de
los 45 años –donde se había ubicado tras la revolución neolítica que siguió
a la última glaciación– a los sesenta y tantos de hoy, como promedio entre
los 55 del África Subsahariana y los más de 80 de Japón.
En el plano cultural y político, el vigor del mercado capitalista despejó de
tal modo las intermediaciones ideológicas y religiosas en la vida social, y
expandió de tal manera las capacidades productivas de nuestra especie, que
incluso en una etapa tan temprana de ese proceso como 1776 pudo expresarse,
a un tiempo, en una primera exposición general de su racionalidad y su
potencial a través de la publicación por Adam Smith de su obra clásica,
La Riqueza de las Naciones, y del inicio de la revolución que conduciría
a la creación de la primera sociedad íntegramente capitalista de la
historia, los Estados Unidos de Norte América.
Y a ello cabría agregar, ya a lo largo de los siglos XIX y XX
–particularmente entre 1875 y la década de 1960–, que ese vigor dio lugar
también a la generalización del Estado nacional como forma básica de
organización política de la Humanidad entera, y a la creación del sistema
internacional que vincula formalmente entre sí a esos Estados hasta hoy.
El socialismo –si existió– ocurrió al interior de una fracción de este
proceso, mucho más amplio, y al interior de ese proceso se desintegró.
En esta perspectiva, si existe hoy una crisis, es la del único sistema
realmente mundial y realmente general que ha existido y existe, el sistema
capitalista, y es ante ese sistema que la crisis se presenta como un
conjunto heterogéneo y conflictivo de riesgos y oportunidades.
En estas cosas, conviene atender a la experiencia de quienes han sabido
triunfar en ese sistema, y hoy tienen razones sustantivas para promover el
aprovechamiento de esas oportunidades como el único medio para enfrentar con
éxito esos riesgos.
Esa experiencia se ha hecho sentir, por ejemplo, en la última reunión del
grupo de Davos, en la que representantes de las corporaciones y de los
Estados más importantes del sistema mundial abordaron dos temas íntimamente
ligados entre sí: uno, la creciente inestabilidad que caracteriza a la fase
del desarrollo del sistema mundial que usualmente llamamos "la
globalización"; el otro, el agravamiento de los problemas de esa transición
que se deriva del proceso de cambio climático.
Se podrá decir, por supuesto y con razón, que eso había venido siendo
advertido por el Foro Social Mundial y la comunidad científica internacional
desde hacía mucho tiempo. Con ello, no haríamos sino reconocer una vez más
la razón que asistía a José Martí al advertir, en 1894, que “Toda gran
verdad política es una gran verdad natural”. [Obras Completas, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana,1975. XXI, 381: Cuadernos de Apuntes, 18
(1894)]
Este es el marco histórico más amplio en que tiene lugar este debate. Esta
es, también, la razón de su extraordinaria importancia para la cultura
ambiental de los panameños. Debemos crecer con el mundo, para ayudarlo a
crecer. Y en esta tarea, lo único prohibido debe ser prohibir.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
36 el 21 de
febrero de 2007. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con
algunas restricciones.
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