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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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El debate generado en torno al uso masivo del etanol en el marco de la
crisis de la civilización del petróleo ha significado ya la apertura de
nuevos espacios para la discusión de los graves problemas ambientales de
nuestro tiempo. Por lo mismo, ese debate debe ser estimulado por todas las
vías posibles. Una de ellas, por ejemplo, consiste en situar con tanta
precisión como sea posible los planos de la discusión.
Fidel Castro –y a su modo The Economist–, por ejemplo, han situado la
discusión en el plano general del funcionamiento de la economía global, con
especial énfasis en dos problemas. Primero, el de la percepción de los
combustibles alternativos como medios para proteger y prolongar los estilos
de producción y consumo hoy dominantes. En este sentido, y en este plano,
resulta más o menos evidente que el propósito de todo esto no es ni salvar
el Planeta, sino enfrentar por nuevos medios la tendencia decreciente de la
tasa de ganancia a escala mundial.
Otro problema se refiere al hecho –hasta ahora no rebatido– de que la
demanda de agrocombustibles excedería con mucho la oferta actual de los
productos vegetales necesarios para producirlos, y la capacidad de
producción actualmente existente de las tierras disponibles para ese
propósito a escala global. A eso se agregan otros alcances, como el de la
enorme demanda de agua que ese tipo de cultivos genera, y el de que su
transformación en combustibles requiere de una cantidad mayor de energía de
la que genera.
Otro plano de discusión se refiere a las economías nacionales y las
relaciones entre las mismas, que hoy corren a cargo mayoritariamente de
corporaciones transnacionales. En este plano, lo que funcione bien a escala
de una o varias economía nacionales no lo hará necesariamente a escala de la
economía global: cabe recordar, al respecto, aquella observación de Marx en
el sentido de que si bien en el capitalismo cada empresa era en sí misma un
modelo de racionalidad, el resultado de la acción de todas ellas era un
mercado caótico, caracterizado por el despilfarro constante de recursos
humanos y naturales, y condenado a sufrir terribles crisis periódicas de
ajuste.
Lo importante, en todo caso, es prever a tiempo que en su estado actual,
apenas incipiente, el debate puede convertirse en un diálogo de sordos en la
medida en que estos distintos planos no sean adecuadamente identificados.
Ese riesgo se complica, además, si consideramos los problemas relacionados
con el alcance de la discusión.
En lo inmediato, parece indudable que la oferta de agrocombustibles se
incrementará con rapidez, en respuesta a las demandas de las economías más
desarrolladas. Con ello, el problema no es tanto si producir o no esos
agrocombustibles, sino cómo y para qué hacerlo. En este sentido,
planteamientos como los del uso de tierras degradadas que no compiten con
las destinadas a la producción de alimentos ni con las cubiertas por
bosques, y la creación de oportunidades de ingreso para el campesinado,
parecen por demás atinados, aunque no se comparta la idea de que por sí
misma contribuirá a resolver las tragedias de la pobreza rural generando
empleo y bienestar entre las familias campesinas desposeídas.
Aquí, la opción es más simple. El incremento de la oferta puede producir
nuevos competidores para el título de segundo hombre más rico del mundo que
hoy ostenta el mexicano Carlos Slim, o puede traducirse en un incremento de
recursos disponibles para el desarrollo social integral. En cada caso, los
factores involucrados son muchos, pero uno de ellos desempeñará
probablemente un papel de primer orden: la lucha de clases y, en particular,
las luchas campesinas del futuro –lo que no ha de ser poca cosa en el Brasil
del Movimiento de Campesinos Sin Tierra. A fin de cuentas, la competitividad
de los agrocombustibles del Sur en el mercado global parece destinada a
depender de nuestros dos subsidios más tradicionales: el bajo precio de la
tierra y de la fuerza de trabajo en el agro.
En el mediano plazo, por otra parte, el auge de los agrocombustibles puede
significar un impulso decisivo para culminar la reforma liberal
latinoamericana, tantas veces mediatizada y postergada, forzando finalmente
la modernización del mundo rural a través de la creación de cadenas
productivas que vinculen de manera mucho más eficiente y permanente la
agricultura con la industria, y al campo con la ciudad. Esta es una
perspectiva poco explorada, que permanecerá así mientras el debate se
mantenga en el horizonte de visibilidad en que han ocurrido sus primeras
manifestaciones.
Lo sustancial, en todo caso, está en que el problema al que realmente
terminará por referirse el debate no tiene su origen tanto en la posibilidad
de la oferta como en el origen de la demanda, y sólo se podrá resolver
cuando la demanda sea otra. Por lo mismo, no se trata de un tema
primordialmente tecnológico, aunque su asunto inmediato lo sea.
Aquí, lo que ya está realmente en cuestión es la estructura de la economía
global y las modalidades de relación con la naturaleza que se derivan de
ella. A la larga, de lo que se trata es de la (problemática) sostenibilidad
del desarrollo del capitalismo –cuyo derrumbe, si llegara a ocurrir en el
corto o mediano plazo, probablemente no conduciría a ningún socialismo, sino
a una vuelta a la barbarie.
Y esto es tanto más grave, cuanto que vivimos la era del capitalismo
triunfante, y es para el triunfador para quien ha llegado la hora de la
verdad: o construye un orden mundial capaz de elevarse a la altura de sus
promesas de empleo, bienestar y ciudadanía efectiva para todos, o veremos
derrumbarse el orden existente bajo el peso de sus propias contradicciones.
Dado que lo más probable es que esas promesas no se cumplan, será mejor no
descalificar de antemano a quienes la someten a crítica desde ahora.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
44 el 18 de abril de 2007. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con
algunas restricciones.
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