Peripecias Nº 52 - 13 de junio de 2007

AMBIENTE

 

Ecuador

 

¿Hacia una moratoria petrolera?

 

 

Javier Ponce

 

 

 

J. Ponce es un destacado analista y periodista ecuatoriano.

 

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Tal vez la propuesta más audaz y de mayor significado del gobierno actual sea la formulada por el ministro de Energía Alberto Acosta en torno a la explotación petrolera en el Parque Nacional Yasuní. Se trata del yacimiento petrolero más importante del país, conocido como el ITT (Ishpingo, Tambococha, Tiputini), cuya explotación se ha postergado durante varios años.

 

Alberto Acosta ha propuesto intentar un giro sin precedentes en la política petrolera: dejar sepultados en tierra los cientos de miles de barriles de petróleo de los yacimientos existentes en el subsuelo del Yasuní. Aquello sería posible si gobiernos del Norte y organizaciones ecologistas entregan como compensación al Ecuador el cincuenta por ciento de lo que producirían los campos ITT en caso de ser explotados. Este compromiso se realizaría a través de bonos a ser colocados a nivel internacional y frente a los cuales el Ecuador se compromete en el futuro a mantener inviolado el territorio del parque al que se refiere la propuesta.

 

¿Es un sueño? No necesariamente, si se tiene en cuenta el enorme valor simbólico que podría tener en el mundo un paso de esta naturaleza y de estas dimensiones, en pleno clímax de la amenaza del calentamiento global. Sería una primera medida concreta, en la que las sociedades del Norte reconozcan a un país amazónico por su esfuerzo por conservar un espacio que contiene la mayor biodiversidad del planeta y es una de las 24 áreas prioritarias para la vida silvestre del mundo. Se trata del territorio en el que habitan tres grupos humanos: tagaeri, taromenani y oñamenane, y se articularía a otra iniciativa del régimen: la constitución del programa referido a los pueblos en aislamiento voluntario.

 

En los primeros contactos realizados por Alberto Acosta, un gobierno, el de Noruega, ya ha reaccionado con interés.

 

De cumplirse, no sólo cambiaría el rostro de la lucha contra la depredación de la Amazonía a nivel regional, sino que sembraría el primer ejemplo de lo que puede ser una concepción distinta del desarrollo que no esté sustentada en la simple y voraz acumulación de capital.

 

Si se trata de un sueño, es uno alimentado desde hace más de una década por nacionalidades amazónicas que han hablado de luchar por una moratoria petrolera, por salvar de la extinción lo que resta del bosque amazónico ecuatoriano. Y actualmente existe un pueblo, Sarayaku, que se enfrenta no sólo a empresas petroleras sino a soldados ecuatorianos que protegen a las empresas.

 

Sarayaku ha conseguido hasta hoy impedir que su territorio se siembre de muerte.

 

Por otra parte, la propuesta de Acosta nos coloca frente a uno de los temas claves en el país: su alta dependencia de una explotación petrolera que, al momento de hacer cuentas, puede significar una pérdida en la medida en que el grueso del rendimiento queda en manos de las transnacionales y los impactos ambientales son superiores a los beneficios; nos obliga a mirar al Ecuador por más allá del espejismo petrolero, revisar unas cifras que hablan de un dramático deterioro de todas las actividades productivas, maquillado por los dólares provenientes del petróleo; nos obliga a considerar a la Amazonía como fuente de otras riquezas que no sea exclusivamente la petrolera; y si ésta la entregamos a manos transnacionales, es posible, con un cambio tan profundo de horizonte que ya no se sustente en el petróleo, construir una relación menos agresiva con la región y su biodiversidad, una relación que se contagie de la armonía de la región.

 

La Amazonía ecuatoriana reúne dos catástrofes: la que viven sus poblaciones, con nacionalidades en vías de desaparición, y una pobreza que afectaba a inicios de la década al setenta por ciento de la población; y la catástrofe ambiental con un treinta por ciento del bosque original totalmente devastado.

 

La ambición por controlar la riqueza amazónica no ha tenido límites a través de la historia, desde los años sangrientos del caucho hasta las intenciones por hacerse con sus fuentes de agua dulce. Por eso, una decisión que representa la voluntad política de definir el futuro de la Amazonía, es un hecho inédito y valiente.

 

El presente texto es parte del documento de análisis de coyuntura del CEP "Reflexiones sobre un sorprendente giro político". Reproducido en el semanario Peripecias Nº 52 el 13 de junio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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