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J. Martínez Alier, economista ecológico de la Universidad de Barcelona
(España).
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Alberto Acosta, el flamante nuevo Ministro de Energía y Minas del Ecuador,
es un economistas bien arraigado en su país. Ha sido muy influyente en el
triunfo electoral del presidente Rafael Correa. La formación académica de
Alberto Acosta fue en la Universidad de Colonia y sus inclinaciones
políticas son cercanas a la socialdemocracia alemana. Ha trabajado toda su
vida profesional en ILDIS, la sede de la Fundación Friedrich Ebert en Quito.
El ha propuesto el reingreso de Ecuador en la OPEP, aunque como un socio
menor.
Acosta acaba de proponer un giro sin precedentes en la política petrolera, a
saber, dejar en tierra los mil o mil quinientos de barriles de petróleo
pesado de los yacimientos (llamados ITT) del Parque Nacional Yasuní en la
Amazonía ecuatoriana, un territorio con indígenas Huaorani, con algunos
grupo apenas contactados. Un lugar muy poco apropiado para sacar petróleo,
un parque nacional con increible biodiversidad. La moratoria sería posible,
si gobiernos del Norte (ya sean acreedores o no de deuda externa del
Ecuador), o los bancos y las ricas organizaciones ecologistas
internacionales como el WWF o Nature Conservancy, ayudados por un movimiento
internacional de ciudadanos, entregan como compensación al Ecuador el
cincuenta por ciento de lo que producirían esos campos en los próximos diez
años, en caso de ser explotados. Se trata de 200 o 300 millones de dólares
al año. Hace tiempo que las activistas de Acción Ecológica y de Oilwatch
señalan, en Ecuador y en Nigeria y otros países, que el petróleo que no se
extrae contribuye a aminorar la producción de dióxido de carbono. Cada pozo
tapado, merecería un premio.
Desde el Ecuador se preguntan: ¿es un sueño? ¿Una fantasía ingenua que llega
desde la mitad del mundo? No necesariamente, si se tiene en cuenta el enorme
valor simbólico que podría tener un paso de esta naturaleza, en plena
conciencia mundial de la amenaza del cambio climático a raíz del film de Al
Gore y de las realidades que se están dando. Podríamos preguntarnos, ¿por
qué ha demorado tanto que el público se entere del aumento del efecto
invernadero? ¿Qué intereses económicos, qué controles políticos han
retrasado durante cien años este debate desde Tyndall y Arrhenius? Pero son
preguntas ahora ya casi superfluas. Los diques de contención se han roto. La
conciencia del cambio climático es universal. El mecanismo consistiría en la
emisión de bonos puestos a la venta y en los que el Ecuador se compromete a
respetar la zona del Parque Nacional Yasuní en cuestión. El petróleo se
queda en el suelo. Es una moratoria, un aplazamiento sine die. Si
algún día hubiera métodos social y ambientalmente perfectos de extracción y
consumo de petróleo (sin deforestación, sin pérdida de culturas y de vidas
humanas, sin contaminación del agua y el aire, sin producción de dióxido de
carbono), entonces podría extraerse. De momento, la pérdida, o costo de
oportunidad, es el valor económico actual del petróleo en el mercado menos
los costos de extracción y transporte, menos los costos locales y globales
de las externalidades producidas. Sería una medida concreta, para que las
sociedades del Norte que se llenan la boca con la retórica de la
sostenibilidad reconozcan el esfuerzo de un país amazónico por conservar un
espacio de biodiversidad. De cumplirse, se sembraría un ejemplo de lo que
puede ser una concepción distinta del desarrollo que no esté sustentada en
la voraz liquidación del patrimonio natural. Es erróneo contar como ingreso
lo que es pérdida de patrimonio, y ese es el caso de la extracción de
petróleo.
Se da el caso en el Ecuador que el juicio contra Texaco (y Chevron que
compró Texaco) iniciado en 1993, por los daños ocasionados en la extracción
de petróleo desde 1970 en la región de Sucumbios, sigue avanzando. En ese
juicio puede ser que finalmente se valoren los verdaderos costos locales del
petróleo (en la medida que la pérdida de biodiversidad, las muertes de
cáncer, o puedan y deban ser valoradas en dinero) para calcular las
indemnizaciones. A eso habría que añadir los daños globales por de la
producción de gases de efecto invernadero, que alguien debería pagar, aunque
no fuera la Texaco. Existen grandes pasivos ambientales en la economía
actual. La propuesta de moratoria es un grito para que no aumente más esa
Deuda Ecológica. Como se ha dicho en el Ecuador, la Amazonía ecuatoriana
reúne dos catástrofes: la catástrofe humana que viven sus poblaciones, con
nacionalidades en vías de desaparición y una pobreza que afectaba a inicios
de la década al setenta por ciento de la población; y la catástrofe
ambiental, con un treinta por ciento del bosque original totalmente
devastado. La ambición por controlar la riqueza amazónica tiene una larga
historia, que incluye los años sangrientos del caucho . Por eso, una
decisión que representa la voluntad política de definir el futuro de la
Amazonía, es un hecho inédito y valiente.
En la pared del municipio de Quito una placa recuerda el viaje de Orellana a
la Amazonía, "descubridor" europeo de un territorio que ya estaba poblado
por otros humanos. Ojalá otra placa, algún día, recuerde que en Quito se
inició en el 2007 una nueva política hacia la Amazonía y sus pueblos
originarios. El actual gobierno de Ecuador, que es un gobierno de profesores
(intelectuales poco prácticos, alguien podría pensar, tal vez demasiado
ingenuos), tiene la oportunidad de pasar a la historia del cambio de
paradigma desde la economía depredadora a la economía ecológica.
Reproducido en el semanario Peripecias Nº 52 el
13 de junio de 2007. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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