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E. Gudynas es analista de información en D3E CLAES.
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La globalización actual está por detrás de muchos de los problemas
ambientales que padece América Latina. El flujo exportador continental sigue
creciendo, pero esa inserción internacional sigue dependiendo de materias
primas, las que son simplemente recursos naturales con escaso procesamiento
y reducido valor agregado, y que generan severos impactos ambientales.
Por un lado existe una postura que reconoce la gravedad de los problemas
ambientales, pero entiende que la globalización es inevitable. Por lo tanto
renuncia a un cambio en la esencia de los mecanismos internacionales, y
apela a incorporar a la Naturaleza en los mercados globales y gestionarla
mediante mecanismos económicos. Otra postura, en cambio, considera que la
conservación de nuestros recursos naturales solo será posible una vez que se
logre una autonomía frente a la globalización. Ese paso es indispensable
para recuperar las posibilidades de un desarrollo sostenible que preserve la
Naturaleza.
Estas posiciones se discutieron en el Congreso Latinoamericano de Áreas
Protegidas, celebrado pocos días atrás en Bariloche (Argentina). Un buen
ejemplo de la aceptación fatalista de la globalización lo ofreció
Conservation International (CI), una institución transnacional dedicada a
temas de conservación en varios países del continente. Esta organización
presentó el documento “Una tormenta perfecta en la Amazonia”, redactado por
Timothy Killeen, un investigador estadounidense de CI que reside en Bolivia
desde hace varios años, donde se ilustra con impactante detalle los
problemas ambientales que se suceden en los trópicos amazónicos. Su
pronóstico es ominoso: en el escenario más probable apenas logrará
preservarse un 30 a 40% de la Amazonia.
El análisis de CI ofrece muchos ejemplos de las conexiones perversas de la
globalización actual y sus efectos ambientales, pero en sus propuestas queda
atrapada en una aceptación fatalista de la globalización actual. No habría
alternativas reales y posibles frente a esta tormenta mundial, y por lo
tanto la única posibilidad es adaptarse a sus reglas. Se debe reconocer el
predominio de los mercados y manipularlos mediante mecanismos regulativos –
dice CI. Consecuentemente, sus planes de gestión se basan esencialmente en
mecanismos de mercados, sea por medio de cobrar los llamados “servicios
ambientales” como por subvencionar sistemas de producción más respetuosos
del ambiente.
El problema es que buena parte de las propuestas de CI refuerzan la
situación de un desarrollo dependiente. En efecto, se dedica mucha atención
a vender los llamados créditos para la fijación de carbono, donde se
financia la protección de la floresta como una máquina para fijar los gases
invernaderos generados en los países industrializados. Así como hoy se
venden materias primas, bajo ese mecanismo, venderíamos “bonos de carbono”,
donde nuestras tierras serían los sumideros ecológicos para que los países
industrializados mantengan su ritmo de emisiones contaminantes.
Esos mecanismos imponen un papel para América Latina como amortiguador
ambiental global, bajo un mercado verde transnacional que es funcional a los
estilos de producción capitalista contemporánea. Este camino no desencadena
cambios en la esencia de los estilos de desarrollo, y deja pendientes casi
todos los problemas actuales, que van desde la redistribución de la riqueza
a la necesidad de generar nuestras propias opciones de industrialización.
Pero una limitación aún más impactante de la propuesta de CI es que parece
desarrollarse en un vacío geopolítico. Muy poco se dice de las reglas
internacionales de comercio, de la marcha de la integración regional dentro
de América Latina, o de las diferentes posturas gubernamentales sobre el
desarrollo y la globalización. Si bien se tratan los nuevos planes de
integración carretera, no se analiza adecuadamente que su propósito actual
es zambullirse todavía más en los mercados globales. Quedan pendientes
cuestiones claves como el papel de la Organización Mundial de Comercio, los
términos de intercambio comercial, o los flujos de capital que financian la
extracción de los recursos naturales. En resumen, CI se deja llevar por la
tormenta global.
En la marcha económica actual las exportaciones siguen creciendo en
importancia, pero la mayor parte depende de recursos naturales. En Brasil y
los demás países del Cono Sur, las materias primas representaban el 60% de
las exportaciones totales en 2005; en los países andinos trepaba al 84,5 %
del total de las ventas externas. En otras palabras, más de la mitad de las
exportaciones dependen de recursos naturales, y desde allí se genera una
presión enorme sobre los espacios naturales. Si bien Chile es presentado
como un ejemplo de manejo económico serio supuestamente muy diferente de sus
vecinos, desde la perspectiva de una economía ecológica observamos que más
del 86 % de sus exportaciones son productos primarios (recursos naturales
con muy escaso procesamiento), y por lo tanto muy similar al patrón
exportador de países como Perú (85% de las exportaciones totales) o Bolivia
(89%). Esta dependencia se repite en casi todos los países.
Los planes actuales de interconexión carretera y energética apuntan a
acentuar esta estrategia todavía más, abriendo distintas áreas silvestres, y
en especial en los trópicos, por un lado a la explotación y por el otro
lado, vinculándolas con los puertos oceánicos. Estos procesos hacen que
América Latina quede atada a la globalización actual. De hecho, el nivel de
consumo de los países industrializados y de las nuevas economías de alto
crecimiento, como China, solo es posible aspirando recursos materiales y
energía del Tercer Mundo, y por lo tanto ese mismo entramado genera un tipo
de globalización que permite esa transferencia de recursos.
Para enfrentar estos problemas es necesario otra postura frente a la
globalización: la conservación y uso sostenible de los recursos naturales
solo es posible bajo un cambio radical en los estilos de desarrollo y las
relaciones globales. Por lo tanto, cualquier propuesta ecológica seria debe
reclamar otro estilo de desarrollo, y consecuentemente otra mundialización.
Es posible que en algunos casos sean útiles los mecanismos de mercado (en
especial para evitar que los emprendimientos privados arrojen los costos
económicos del deterioro ambiental hacia las comunidades locales o los
municipios), pero serán indispensables otras medidas más profundas sobre los
estilos de desarrollo, reduciendo su dependencia de los recursos naturales y
su consumo energético, orientándolos en primer lugar hacia las necesidades
nacionales y regionales, y sólo después volcarse a los mercados globales.
Bajo esta perspectiva el concepto de autonomía aparece como un concepto
clave. Es indispensable recuperar la autonomía frente a la globalización,
reconquistar la autonomía para ensayar otros estilos de desarrollo que
puedan remontar las condiciones y exigencias de los mercados globales. No es
posible insistir en adaptar la Naturaleza a los mercados, sino que los
mercados deben ser adaptados para asegurar la conservación de la Naturaleza.
Desde ese compromiso deben enfrentarse los factores globales tales como la
demanda de recursos naturales y la dinámica de los mercados financieros
internacionales, así como sus instituciones políticas. Por lo tanto, el
camino actual debe apuntar a recuperar la autonomía para no ser arrastrados
por la tormenta global.
Publicado en ALAI -
América Latina en Movimiento, el 10 de octubre de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
69 el 17
de octubre de 2007. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente.
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