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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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La Asamblea Nacional de Panamá adelanta el debate de nuevos instrumentos
legales para la gestión del agua. Al respecto, la abogada ambientalista
Susana Sarracín hizo recientemente, a través del diario La Prensa –el más
importante del país– un llamado a la participación ciudadana bien informada
en ese debate, ampliándolo más allá del Palacio Legislativo. Ese llamado no
puede ser más oportuno, y será útil en la medida en que estimule una
participación bien informada tanto en relación a los textos legales que son
objeto del debate legislativo, como en lo que hace a los problemas más
generales que plantea la gestión de los recursos hídricos en una perspectiva
de desarrollo sostenible.
Para la discusión resultará muy importante, por ejemplo, distinguir entre el
agua como elemento natural abundante y como recurso natural escaso. Un
elemento natural, en efecto, es transformado en un recurso mediante la
aplicación de trabajo socialmente organizado. Ese carácter social se expresa
de manera puntual en las formas que adoptan los procesos de cooperación
necesarios para producir los recursos que la sociedad demanda. Y, en esa
perspectiva, destaca aquí el hecho de que en todas las sociedades
contemporáneas, el marco social fundamental de organización de esos procesos
de cooperación es el mercado.
En el caso del agua, sin embargo, este planteamiento general debe ser objeto
de algunas precisiones. El agua, en efecto, constituye recurso que
condiciona virtualmente toda otra actividad productiva y, de manera
destacada, aquellas relacionadas con la producción de alimentos, energía y
por supuesto, de la propia vida humana. Es ese carácter de condición de
producción lo que obliga a considerar el agua como un bien público, que debe
ser administrado por el Estado en tanto que representante del interés
general de la sociedad.
Este planteamiento abstracto también demanda algunas precisiones concretas,
pues en cada sociedad aquel interés general se expresa de manera distinta.
Las diferencias dependen, aquí, del grado de organización y cultura –esto
es, conciencia de sí mismo y de sus propios intereses en sus relaciones con
otros, y con el mundo natural– de cada uno de los sectores que integra cada
sociedad. Esto abre un abanico de opciones para la administración del agua
como bien público en una economía capitalista. En un extremo de ese abanico,
el Estado asume el monopolio de todas las funciones relacionadas con la
producción y la distribución del agua a otros productores. En el otro
extremo, el Estado transfiere por completo esas funciones a operadores
privados y retiene para sí tareas de regulación y control del cumplimiento
de esas funciones productivas.
Entre ambos extremos, naturalmente, hay múltiples combinaciones intermedias,
pero en todos los casos el Estado conserva una función de intermediación
política entre todos los sectores sociales involucrados. Ese papel de
intermediación política puede ir desde la gestión de conflictos relacionados
con el agua por vía de la negociación, hasta la represión de expresiones de
descontento asociadas a tales conflictos. En un sentido más amplio,
cualquiera de esa combinaciones puede ser entendida como una respuesta
específica a un problema de orden general: el de la organización de un
mercado de bienes y servicios ambientales o, lo que es igual, el de la
transformación de la naturaleza en capital natural. En el caso de Panamá, la
organización de ese mercado y la conducción de ese proceso de transformación
constituyen la razón de ser de la Autoridad Nacional del Ambiente –creada
apenas en 1998–: la forma en que esa tarea es llevada a cabo se sintetiza
–justamente– en el lema institucional de Conservación para el Desarrollo
Sostenible.
Lo esencial, en todo caso, consiste en que el éxito o el fracaso del Estado
en el cumplimiento de esa función dependerá de la correlación general de
fuerzas – o debilidades – que se derive del grado de desarrollo relativo de
todas las partes involucradas, incluyendo por supuesto a todas agencias
gubernamentales involucradas. Es bajo esa luz que cabe considerar las
implicaciones de la legislación en materia de gestión de recursos hídricos
que actualmente se discute en Panamá. En nuestro caso, por ejemplo, si bien
la Autoridad Nacional del Ambiente viene desempeñando un papel de creciente
importancia en la gestión del proceso de organización del mercado de bienes
y servicios ambientales, el Estado no parece haber emprendido un verdadero
esfuerzo de deslinde de la trama –cada vez más complicada– de sus propias
estructuras de gestión en materia de agua, que hoy incluyen, además –y entre
otros–, al Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales, la
Autoridad del Canal de Panamá, el Ministerio de Salud y la recién creada
Autoridad de los Recursos Acuáticos, para mencionar los más relevantes. Por
otra parte, tampoco parece estar ocurriendo gran cosa en la creación de las
capacidades técnicas y culturales necesarias para una gestión moderna del
agua en Panamá, a través de la organización por ejemplo de una oferta
científica y académica bien integrada en este campo. Así, seguimos siendo un
país rico en agua que carece de escuela de ingeniería hidráulica y de las
instituciones de investigación y enseñanza que aborden los problemas del
agua en lo que hace a su economía y su gestión.
El ambientalismo panameño, por su parte, apenas empieza a rebasar su
horizonte conservacionista de origen, que tiende a converger con posiciones
muy conservadoras en el plano político y a distanciarlo de otros movimientos
y sectores sociales importantes –como el de los trabajadores y el de los
sectores empresariales vinculados a temas de Producción Más Limpia, al
Mecanismo de Desarrollo Limpio y a la promoción de la responsabilidad social
empresarial–, todo lo cual conspira contra la posibilidad de un adecuado
control social de la gestión pública y de los comportamientos privados de
interés social. Esto es particularmente preocupante, porque en una sociedad
como la nuestra la debilidad en el control social de la gestión pública se
traduce por necesidad en distorsiones del mercado a favor de sectores
privados de carácter monopólico.
En un marco así planteado, los administradores y técnicos tienden a
desesperarse con los intelectuales que no terminan de decirle qué hacer.
Ante eso, solo cabe decir dos cosas. La primera es que para tener buenas
respuestas es necesario disponer de buenas preguntas. La otra, que en
política sólo podemos escoger entre inconvenientes. En este caso, se trata
de optar entre los problemas que origina la falta de mecanismos,
procedimientos y capacidades de gestión correspondientes a las necesidades
de un desarrollo que sea sostenible, y los que inevitablemente acarreará
cualquier solución que se llegue a establecer. A fin de cuentas, en eso
consiste la libertad: en poder decidir con qué problemas queremos vivir, y
con cuáles no estamos dispuestos a hacerlo, y en atenernos a las
consecuencias de lo que decidamos hacer al respecto.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
70 el 24 de octubre de 2007. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con
algunas restricciones.
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