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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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A Patricia Clare, en Costa Rica
El desarrollo de la historia ambiental, como ocurre en todo campo de
conocimiento en formación, se nutre de un constante debate sobre su
contenido, sus propósitos y sus métodos. En este debate, por ejemplo, ha
tenido especial fortuna la definición propuesta por Elinor Melville, que
concibe a la historia ambiental como el estudio de las interacciones entre
los sistemas sociales y los sistemas naturales. En él, también, ocupa un
importante papel la atención a los vínculos entre la historia ambiental y la
historia ecológica, y entre ambas y la historia natural, una categoría más
antigua, con clara referencia al mundo que produjo figuras de la talla de
Linneo y Humboldt, y abrió el camino que eventualmente recorrería Darwin
para proponer un lugar para la especie humana en la historia de la
naturaleza.
Así, en su forma más sencilla, el concepto de historia natural hace
referencia en nuestra cultura a la historia de las especies, como el de
historia ecológica lo hace a la formación y las transformaciones de los
ecosistemas. En ambos casos, la historia de que se trate puede incluir a la
especie humana, o no hacerlo, si los problemas y períodos sometidos a
estudio son anteriores a la formación de nuestros antecesores directos. Ese
no es, sin embargo, el caso de la historia ambiental.
Si nos atenemos a la definición propuesta por Elinor Melville, y encaramos a
un tiempo el estudio de las interacciones entre los sistemas sociales y los
sistemas naturales y el de las consecuencias de esas interacciones para
ambas partes a lo largo del tiempo nos encontraremos, de hecho, ante la
historia natural de la especie humana o, si se quiere, ante la historia
ecológica de la sociedad como nicho específico de la especie humana. Con
ello, la historia ambiental vendría a ser una nueva Historia general de la
Humanidad, con tiempos y espacios correspondientes a la vastedad de su
objeto.
En esa historia, el proceso clave sería el de la producción de su propio
nicho por nuestra especie, mediante la transformación de los elementos
naturales en recursos a través del trabajo socialmente organizado. Esas
formas de organización social de la producción guardan a su vez relaciones
contradictorias con las tecnologías que utilizan para intervenir en los
ecosistemas. Algunas formas de organización del trabajo, como la esclavitud,
tienden a inhibir el desarrollo de esas tecnologías, mientras que otras
–como el trabajo asalariado– tienden a estimular ese desarrollo. No en balde
dijo alguien que nunca se había inventado nada para que la gente trabajara
menos, porque todo invento tenía el propósito de que los trabajadores
produjeran más.
Esas contradicciones internas de los sistemas sociales determinan en una
importante medida sus relaciones con los sistemas naturales, las cuales
contribuyen a su vez a impulsar la transformación de las relaciones
sociales. Así ocurre, por ejemplo, en el caso de los conflictos que genera
el choque de intereses entre grupos sociales que aspiran a hacer usos
excluyentes de un mismo conjunto de ecosistemas, sea a la escala de
sociedades específicas, sea a la del sistema mundial. De estos procesos de
tan singular complejidad resultan, finalmente, tanto los paisajes que
característicos del ambiente creado por cada sociedad en cada etapa de su
desarrollo, como las formas de valoración cultural y de gestión social de
esos paisajes. Baste ver, por ejemplo, el contraste entre la valoración del
bosque tropical húmedo por parte de la oligarquía ganadera o de las
corporaciones transnacionales vinculadas a la agricultura de plantación en
Mesoamérica, y el de las comunidades indígenas y campesinas vinculadas a
tradiciones de agrosilvicultura, y las formas en que la legislación y la
práctica política tienden a promover u obstaculizar los intereses de cada
una de esas partes enfrentadas.
Este tipo de conflicto, por otra parte, subyace a los conceptos que de una u
otra manera han procurado legitimar en el imaginario colectivo la solución
de esos conflictos en términos correspondientes a los intereses de los
grupos dominantes en cada sociedad. Ese carácter legitimador, por otra
parte, incluye siempre una referencia des legitimadora a aquellos factores
que ofrecen resistencia al tipo de cambio que esos intereses demandan. Así,
por ejemplo, del siglo XVIII a nuestros días tres formas de ese imaginario
colectivo han tenido un destacado papel en la formación y las
transformaciones del moderno sistema mundial.
La primera contrapuso la civilización a la barbarie, entre 1750 y 1850. A
ella debe nuestra cultura uno de sus textos más vigorosos, el Facundo.
Civilización y Barbarie, del argentino Domingo Faustino Sarmiento,
publicado en Santiago de Chile en 1845, apenas tres años antes de que Marx y
Engels publicaran en Londres su Manifiesto Comunista. De mediados del
siglo XIX hasta la década de 1950, pasó a predominar entre nosotros la
dicotomía progreso – atraso, que tuvo en Herbert Spencer uno de sus
promotores más y mejor conocido en la América Latina del Estado Liberal
Oligárquico, como en la crítica a ese Estado por parte de autores como José
Martí, que en 1889 –en un discurso a los delegados de los gobiernos
latinoamericanos a una Conferencia Internacional Americana convocada por los
Estados Unidos– planteó que “nuestra América de hoy, heroica y trabajadora a
la vez, y franca y vigilante, con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer
del otro; una América sin suspicacias pueriles, ni confianzas cándidas, que
convida sin miedo a la fortuna de su hogar a las razas todas […]” [1]
Para la década de 1950, por último, el mito fundamental del imaginario
colectivo pasó a expresarse en la dicotomía desarrollo - subdesarrollo, a
partir de una metáfora importada al campo de las ciencias sociales desde el
de las ciencias naturales. En su medio de origen, en efecto, el concepto de
desarrollo expresa el proceso de formación, maduración y muerte de un
organismo, en interdependencia con sus semejantes y las demás especies de su
ecosistema. Su apropiación por las ciencias sociales excluyó este último
componente, y generalizó además una forma específica de desarrollo –la de
las sociedades capitalistas maduras, que hegemonizan el moderno sistema
mundial– a todas las sociedades que forman parte de ese sistema.
Esto incluyó relegar a un segundo plano, en el mejor de los casos, las
relaciones de interdependencia asimétrica entre las sociedades que integran
dicho sistema –y que se expresan en lo ambiental, por ejemplo, a través de
conceptos como el de huella ecológica–, para optar en cambio por la búsqueda
de definiciones y soluciones para el desarrollo utilizando como unidad
fundamental de análisis el Estado-nación y, en las formas más complejas de
planteamiento del tema –sobre todo desde América Latina– las relaciones de
intercambio desigual entre economías nacionales. Por esta vía, el
planteamiento del desarrollo progresó desde su definición más sencilla como
“el progreso técnico y sus frutos”, utilizada por Raúl Prebisch a principios
de la década de 1950, hasta la más rica y compleja que, en 1980, lo concebía
como
“[…] un proceso de transformación de la sociedad caracterizado por
una expansión de su capacidad productiva, la elevación de los
promedios de productividad por trabajador y de ingresos por persona,
cambios en la estructura de clases y grupos y en la organización social,
transformaciones culturales y de valores, y cambios en las
estructuras políticas y de poder, todo lo cual conduce a una
elevación de los niveles medios de vida”. [2]
Esta definición tiene otro mérito: ella forma parte de un primer y
formidable esfuerzo latinoamericano por poner en relación los vínculos entre
el desarrollo así concebido y los sistemas naturales de América Latina,
siete años antes de que fuera presentado el Informe Brundtland, y
doce antes de la Cumbre Mundial sobre Ambiente y Desarrollo celebrada en Rio
de Janeiro en 1992. En efecto, los dos tomos de Estilos de Desarrollo y
Medio Ambiente en América Latina sintetizan un estado de conocimiento y
reflexión sobre el tema que hoy podría resultar sorprendente para quien no
conozca al menos en líneas generales la historia ambiental latinoamericana,
que tiene allí uno de sus textos fundadores: las “Notas sobre la historia
ecológica de América Latina”, de Nicolo Gligo y Jorge Morello.
Lo que aquí nos importa, en todo caso, es que de entonces acá el mito del
desarrollo ha venido a des-integrarse en múltiples direcciones. Hoy,
sobrevive sobre todo –en forma por demás vergonzante, si lo juzgamos en el
marco de la retórica de las relaciones internacionales– en su versión de
desarrollo sostenible, que en lo más usual puede ser definido como la vieja
Teoría del Desarrollo con las preocupaciones ambientales necesarias para
garantizar la sostenibilidad de la sociedad que le dio origen. Y, sin
embargo, si observamos este fenómeno cultural desde la perspectiva de la
historia ambiental, podremos comprobar una vez más el viejo adagio que nos
dice que lo falso no se define como lo opuesto a lo cierto, sino como el
resultado de la exageración unilateral de uno de los aspectos de la verdad.
En este sentido, el concepto de desarrollo sostenible no designa una
solución capaz de legitimar las formas dominantes de relación entre nuestra
especie y su entorno, sino un problema: el de la incapacidad del mito del
desarrollo para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar esas
relaciones. De este modo, se hace evidente que tras la discusión sobre el
desarrollo sostenible subyace en realidad el problema de forjar y legitimar
las nuevas formas de gestión de las relaciones entre sistemas naturales y
sociales que demanda la supervivencia de la especie humana ante la crisis de
sus relaciones con el mundo natural en que ha venido a desembocar el
desarrollo del moderno sistema mundial. De su capacidad para contribuir a la
solución de este problema decisivo dependerá que la historia ambiental se
constituya en la gran conquista cultural que puede llegar a ser, o
permanezca como la mera crónica del desastre que bien puede conducirnos a
nuestra extinción.
Panamá, 28 de octubre de 2007.
Notas:
[1] Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo
VI, 138 - 139: “Discurso pronunciado en la velada artístico – literaria de
la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que
asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”. Cursiva:
GCH.
[2] Sunkel, Osvaldo: “Introducción. La interacción entre los estilos de
desarrollo y el medio ambiente en la América Latina”. Estilos de Desarrollo
y Medio Ambiente en la América Latina. El Trimestre Económico, número 36, 2
tomos. Fondo de Cultura Económica, México, 1980. Selección de Osvaldo Sunkel
y Nicolo Gligo. Cursiva: GCH. Hemos destacado aquellos componentes de la
definición que resaltan su carácter dinámico, expansivo y sobre todo,
sistémico.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
71 el 31 de octubre de 2007. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con
algunas restricciones.
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