|
 |
|
|
A. Chirif es antropólogo, especialista
en temas amazónicos.
¿Desea comentar
este texto? Si es así complete el formulario de comentarios -
seguir
...
|
|
|
|
 |
|
|
|
Hubiera preferido que las reflexiones sobre este tema fuesen parte de una labor
colectiva, expresada como pronunciamiento, a partir del análisis conjunto entre
organizaciones populares, trabajadores de temas de derechos humanos y
ambientales, políticos, estudiantes y humanistas en general. Así lo propuse en
más de una oportunidad, pero veo que mi capacidad de convocatoria ha sido
escasa. Espero que las presentes observaciones puedan motivar este análisis
conjunto.
Hace apenas una semana, el Dominical del diario El Comercio publicó un artículo
llamado
“El síndrome del perro del hortelano”, escrito por el presidente Alan
García. Su contenido es simple y puede ser resumido como una propuesta general
de privatización de recursos y paisajes naturales del país, la que, una vez
producida, capitalizaría a la gente pobre y, sobre todo, a la rica, que con la
seguridad jurídica de la propiedad podría invertir en la generación de empresas
productivas.
La propuesta no es nueva, ya que hace años fue lanzada por Hernando de Soto en
su libro “El otro sendero”, quien fue tan lejos que incluso privatizó la autoría
del texto, debida a dos personas más. También Mario Vargas Llosa fue un defensor
de ella durante su campaña electoral a inicio de 1990.
La diferencia entre la propuesta de estos personajes y la del presidente no sólo
estriba en la mayor radicalidad de esta última, sino, sobre todo, en el hecho de
que, hasta donde recuerdo, a ellos no se les ocurrió calificar de perros de
hortelanos, ni de comunistas del siglo XIX enmascarados a quienes defienden los
derechos de los pueblos indígenas y el manejo sostenible de los recursos.
Como se sabe, la biodiversidad es el mayor recurso que tiene el Perú, uno de los
12 países megadiversos del planeta, que los pre-peruanos supieron administrar y
desarrollar domesticando especies silvestres de la flora y fauna y creando
complejos sistemas agrícolas para zonas que hoy aparecen como pobres y de baja
productividad, como las laderas de los cerros y los desiertos de la costa. Esto
sin olvidar, por supuesto, las civilizaciones amazónicas, quienes domesticaron
otra serie de especies, como la yuca, incluso en su variedad venenosa, para
convertirla en alimento benéfico para la gente; o crearon venenos de sabias
fórmulas, como el curare y el barbasco, que les permiten cazar y pescar sin
contaminar la carne de los animales.
Más allá del tono, una de las cuestiones que más sorprende del referido escrito
es el cambio en la orientación del pensamiento del presidente Alan García. Si en
la segunda parte de su primer gobierno impulsaba la estatización de la banca
como la solución para el país, ahora promueve la privatización a rajatabla de
los recursos y paisajes naturales. Si antes prometía acabar con los services,
que consideraba un mecanismo de explotación a los trabajadores, y abanderaba el
crédito cero del Banco Agrario, ahora cuestiona “la demagogia que dice: Hay que
dar de inmediato todos los derechos a los trabajadores de la microempresa
familiar o informal” o hacer que “el Estado dé salud a todos sin que coticen y
les dé a todos una pensión mínima sin que hayan aportado”. Coincidimos
plenamente, seguramente como muchos otros, con la apreciación del señor
presidente que no hay que hacer demagogia al respecto.
De acuerdo con la propuesta del presidente, todos los recursos deben ser
transables, incluyendo tanto los de dominio público como los de dominio privado
colectivo, vale decir, las tierras comunales. En realidad estas últimas ya lo
son, en virtud de una ley de Fujimori de 1995, y si las comunidades no han
procedido a disolverlas y venderlas es porque se aferran a una opción propia de
vida para manejar y aprovechar sus propios territorios, ya que saben que la
alternativa que les deja el sistema es engrosar las masas miserables de la
ciudad y del campo, es decir, convertirse en verdaderos integrados al sistema,
pero en la única manera como éste incorpora a la población rural al mercado:
como espectadores de la riqueza ajena y, en los mejores casos, como ambulantes y
subocupados. La otra razón porque las tierras de todas las comunidades no han
sido privatizadas es porque las empresas no las encuentren rentables para sus
fines.
Afirma el señor presidente que la organización comunal fue creada por el virrey
Toledo. En realidad lo que él hizo fue dar mayor impulso a las reducciones con
la finalidad de liberar tierras y concentrar mano de obra, sobre todo para las
minas, pero el ayllu, eje central que ha articulado la organización de ellas, no
fue creación suya, sino aporte propio. Por supuesto que a lo largo de los siglos
esta organización se ha ido readecuando, tanto por imposición del poder,
incluyendo el republicano, como por necesidades de la gente de responder mejor a
los nuevos retos.
¿Si no son las tierras comunales el objetivo de la propuesta privatizadora del
presidente, cuáles son los recursos posibles detrás de ella y hacia quién
orienta su proclama? Aunque menciona las “canteras y calizas denunciadas pero no
trabajadas”, la privatización no va a promover la minería. A las empresas les
interesan los minerales y los hidrocarburos, pero no el subsuelo donde éstos se
encuentran, ya que después de su agotamiento lo único que quedará es un suelo
deteriorado y contaminado. No obstante, cabe la pregunta de por qué el Estado,
hoy conducido por el presidente Alan García, no caduca esos denuncios no
trabajados, de acuerdo a los procedimientos establecidos por ley, para que
puedan ser entregados a otros que postulen a ellos.
¿Quiénes quedan en la lista? Los madereros y las empresas interesadas en
controlar el agua, que no son sólo las que la usan para regar tierras de cultivo
sino también las dedicadas a la producción y procesamiento de minerales
metálicos. Estas últimas requieren volúmenes de agua y, sobre todo, que nadie
las moleste con el tema de la contaminación.
La propuesta del señor presidente coincide con un proyecto ley para privatizar
suelos con capacidad de uso forestal, dirigida a aquéllos que han perdido su
cubierta boscosa y a tierras eriazas. De acuerdo al Diccionario de la Academia
de la lengua Española, eriazo, derivado de erial, es un adjetivo que se aplica a
la tierra o campo sin cultivar ni labrar. Claro, en el Perú estas
características las cumplen muchas tierras, porque gran parte de ellas, en
especial las de la Amazonía, no son de vocación agrícola sino forestal, lo cual
no quiere decir que sean siempre útiles para la producción de madera, porque con
una orografía como la del país, las más de las veces deben cumplir un papel
protector de cuencas y de procesos biológicos.
Hace poco, este mismo año, se denunciaron varios casos de entrega de concesiones
para reforestación en bosque prístinos, situados principalmente en la frontera
con Brasil. Estos sucesos, que ya hacen parte ya del inventario de los fraudes
nacionales, dan pie a que formulemos algunas especulaciones sobre aplicaciones
posibles de la norma. Por ejemplo, la destrucción de la capa boscosa para luego
pedir la propiedad argumentando la intención de reforestar. Por lo demás, una
vez que una empresa acceda a la propiedad de tierras para reforestación, la ley
propuesta no prevé ningún mecanismo para controlar el cumplimiento de esta
finalidad.
Las concesiones es su fórmula actual ofrecen garantías más que suficientes para
que las empresas manejen los recursos de manera sostenible y ganen buen dinero,
ya que ellas se entregan en extensiones de hasta 40.000 hectáreas y por periodos
de hasta 40 años renovables, y renovables de manera indefinida. ¿Esto no es
garantía sólida para ellas? El problema no es la garantía sino la mentalidad
saqueadora de los madereros, quienes, según señala Antonio Brack, explotan la
madera como si se tratara de un recurso no renovable. El ejercicio del dominio
sobre los bosques no ha sido ni es ningún problema para los madereros, sin
importar que éstos se encuentren en tierras comunales, áreas naturales
protegidas o tierras de cualquier categoría bajo dominio del Estado. Con las
primeras, hacen “contratos” leoninos, que además de míseros pagos, destruyen el
bosque, hábitat de animales que la gente consume. Además, las dejan en deuda
frente a SUNAT, porque los miles de pies de madera que se llevan son facturados
a nombre de las comunidades, que de esta manera se convierten en primeros
contribuyentes, sin haber visto ni el 1% del valor producido. En el caso de las
tierras de dominio del Estado, sea cual fuese su categoría, los madereros tienen
incluso menores costos, que se reduce a una modesta coima o, en última
instancia, en los pocos casos que la madera ha sido decomisada, a la compra de
ésta a precio de ganga y con el trasporte desde el lugar de incautación hasta la
ciudad pagado por el Estado. Si después de todos estos beneficios quieren aún la
propiedad, no sospechar de otras intenciones es ya un exceso de inocencia.
Las comparaciones que hace el señor presidente de la producción de madera en
Chile y Uruguay adolecen de falta de contexto, ya que en se trata de bosques
templados y no tropicales, como los del Perú, que son sembrados con especies
exóticas (pino y eucalipto) en tierras agrícolas de gran fertilidad, que en caso
del primer país fueron usurpadas por Pinochet a sus legítimos propietarios, los
mapuches, que como indígenas originarios estaban allí antes que “los García y
que los Pérez”, por citar una frase del presidente, dicha en uno de los
Rimanaccuy que organizara durante su primer gobierno. Brasil, con más del 50% de
su población en situación de pobreza, tampoco es un buen ejemplo.
En fin, no quiero extender más estas reflexiones, pero sí quiero señalar que la
construcción de un país con economía sólida depende de medidas más complejas que
la privatización de sus recursos. Hacer que el Estado funcione con eficiencia y
honestidad es una de ellas. Cito unos pocos ejemplos. En seis meses el
Ministerio del Interior ha sido sacudido por dos escándalos vinculados con una
licitación de patrulleros. Que haya cinco muertos por vacunas de fiebre amarilla
distribuidas por el Ministerio de Salud, me hace recordar a Vallejo: Jamás,
señor ministro de salud, fue la salud más mortal.
El respeto a los derechos de pueblos con organización social y económica
diferente a la hegemónica, es otra condición para construir un país sano.
También, por supuesto, el respeto a su integridad y su vida, sea que se trate de
población no contactada (no es “no conectada”, señor presidente) o contactada.
La destrucción del medio ambiente por empresas mineras y de hidrocarburos no es
un asunto del siglo pasado, sino muy actual. En el anterior gobierno, un
ministro de Energía y Minas señaló que el plomo en la sangre de los niños de La
Oroya se debía a su costumbre de chupar lápices de colores en la escuela.
La medida para reinyectar las aguas de formación en el subsuelo tiene apenas un
año, y si bien ha sido dada por el Estado, no partió de su voluntad el
impulsarla. Por el contrario, sus gestores, el pueblo Achuar y algunas
instituciones sensibles al drama de la contaminación del organismo de la gente y
de su medio ambiente, tuvieron que lidiar con el Estado, en condiciones de
franca desventaja, para lograr que sea aprobada.
Publicado en
Servindi (Servicio de Información Indígena) el 5 de noviembre de 2007.
Reproducido en el semanario Peripecias Nº 72 el 7 de
noviembre de 2007. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
|