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P. Visca es analista de información en CLAES (Centro
Latino Americano de Ecología Social) y D3E (Desarrollo Economía
Ecología Equidad).
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La industria forestal está atravesando un momento de expansión en varios
países de América Latina. En particular, Brasil sobresale como un ejemplo
“paradigmático”, donde no solo la superficie forestada es elevada (5
millones de hectáreas implantadas) sino que también se destaca por presentar
altísima productividad, con un crecimiento de las plantaciones que en
promedio es ocho veces mayor al crecimiento que se produce en los países
nórdicos, tradicionales productores mundiales de papel y pulpa para papel.
Como ejemplo de investigaciones recientes al respecto, es interesante
abordar dos estudios referidos a la forestación en Brasil, cada uno enfocado
en elementos y puntos de vista diferentes. El primero es un análisis
empírico sobre la industria de papel y pulpa para papel en Brasil, donde las
autoras Sueila dos Santos y Luciana Togeiro se propusieron investigar la
calidad de la inversión extranjera directa (IED) que recibe el país en ese
sector, en el sentido de si esta funciona para el desarrollo sostenible.
Para lograrlo analizaron los desempeños y características de empresas
transnacionales (ET) respecto a las nacionales que actúan dentro del mismo
sector. El estudio se refiere a tres dimensiones que consideraron dentro del
desarrollo sostenible: la ambiental, la social y la económica y se realiza
una comparación entre ambos tipos de compañías. La investigación concluye
que no se puede afirmar que la IED en la industria de pulpa y papel en
Brasil funcione para el desarrollo sostenible.
La segunda investigación, publicada en la revista “Third World Quarterly” se
llama “Cuestionando la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) en la Mata
Atlántica en Brasil: el caso de Aracruz Celulosa SA”. En esta, David Fig
analiza el caso particular de la mega compañía que desarrolla su actividad
económica en gran parte de la bioregión de la Mata Atlántica. Pueden
encontrarse varias definiciones para aproximarse al concepto de RSE. Sin
embargo, en el informe se sostiene que todos los criterios técnicos y
formales en dichas definiciones pueden carecer de perspectivas históricas y
culturales necesarias para referirse a problemas de desarrollo y derechos.
Es así como surgen o pueden surgir las diferencias entre las percepciones de
las firmas, que buscan maximizar los beneficios económicos por encima de
cualquier otro objetivo, y las percepciones que sobre sus impactos mantienen
distintos grupos de presión.
Es interesante observar como cada análisis apunta a las dimensiones
ambiental, social y económica de manera muy diferente, lo que determina las
conclusiones a las que llega cada uno. El enfoque de las autoras es
relativamente acotado y se basa en cálculos de emisiones, certificaciones
internacionales, entre otros indicadores. Fig, en cambio, presenta la
situación actual de una mega empresa en el sector, estrechamente relacionada
con las condiciones históricas, políticas, sociales, ecológicas y económicas
que la han determinado. Este conjunto de factores explica la situación
actual de esta poderosa empresa en Brasil, con las correspondientes
consecuencias que a la vez determina su actividad productiva especialmente
en su entorno.
Industria del papel y desarrollo sostenible
La investigación de las autoras culmina con la conclusión de no poder
afirmar la contribución de la IED al desarrollo sostenible. Pero esta
aseveración, que para algunos puede resultar sorpresiva, resume una realidad
que puede estar sucediendo en otros sectores económicos que reciben
inversiones extranjeras, especialmente los dedicados a la explotación de
recursos naturales. Muchos piensan que las ET, provenientes de naciones más
avanzadas tecnológicamente, van a tener impactos positivos para el país
receptor, minimizando los aspectos negativos, en especial los del terreno
ambiental. Dadas las ansias de crecimiento económico de estos países
relativamente más pobres, el ambiente suele quedar relegado a un segundo
plano frente a la potencial riqueza que los gobiernos esperan que generen
las ET para la economía receptora. Es así como, aun siendo un aspecto
crucial en el desarrollo de los países, la dimensión ambiental aparece
muchas veces como menos urgente que la económica. Las economías
latinoamericanas se embarcan así en proyectos económicamente activadores,
sin prestar demasiada atención a los impactos reales en el ambiente en el
mediano y largo plazo.
América Latina es rica en recursos naturales y en biodiversidad, por lo
tanto es “racional” que esté en el centro de las inversiones en recursos
naturales de los países más ricos, a diferencia de lo que ocurre en otras
economías en vías de desarrollo de otras regiones del mundo, por ejemplo en
el sudeste asiático, donde ingresan relativamente más inversiones en
sectores industriales “de punta”. Las ventajas naturales de Latinoamérica
hacen que estas inversiones sean más rentables que en otras partes del
mundo, oportunidades que las grandes corporaciones no dejan pasar. En este
contexto, Brasil constituye un claro ejemplo de esta dinámica.
El sector de pulpa y papel es por definición agresivo para el ambiente; su
producción exige grandes volúmenes de recursos naturales, especialmente agua
y madera y sus desperdicios son sustancias químicas tóxicas contaminantes
para el agua y el aire. Aunque el informe rescata que la gran mayoría de la
madera que se utiliza es forestada especialmente para su utilización en la
producción de pulpa de papel, esto no impide que la superficie forestada con
este fin no haya sido una vez ocupada por bosque nativo posteriormente
eliminado. Más aún, la propia actividad de implantación de especies
extranjeras donde antes había bosque nativo tiene intrínsecas consecuencias
ambientales.
Por el momento, la demanda de papel sigue aumentando en el mundo, y las
exigencias económicas “obligan” a aumentar la producción y la competitividad
de este sector, tanto a las empresas locales como a las ET.
El sector de pulpa y papel en Brasil está compuesto actualmente por 220
empresas, ubicadas a lo largo y ancho de 16 estados del país. Los datos
sobre esta industria muestran la importancia que tiene para la economía
brasileña: el empleo directo generado por el sector ascendió a 108.000
trabajadores en 2005. Se produjeron más de 10 millones de toneladas de pulpa
y 8,6 millones de tons. de papel, correspondiendo al 1,4% del PBI de Brasil.
La competitividad del sector le permite gozar de un importante superávit
comercial, que alcanzó los 2.500 millones de dólares en 2005, que
corresponde nada menos que al 7% del total del superávit comercial logrado
por Brasil en ese año. Estos datos muestran por un lado la relevancia de
este sector en términos económicos, pero a la vez dan una idea de la
exigente explotación a la que están sometidos los recursos involucrados en
su producción.
Como se expuso anteriormente, el sector de pulpa para papel y papel en
Brasil ha experimentado enorme crecimiento en los últimos años en el país.
La IED en esta industria equivalía a solamente el 4,5% de la IED total en
2000, pero las inversiones dirigidas a este sector se incrementaron desde
8,6 millones de dólares al año entre 1996-1999 a 139,4 millones por año
entre 2000 y 2004. Sin embargo, los auspiciosos datos económicos de corto
plazo muchas veces enceguecen a los gobiernos de turno de la región, que
convincentemente promueven estos emprendimientos justificando actividades
ambientalmente agresivas.
Las investigadoras analizan una a una las dimensiones social, ambiental y
económica, y los impactos que las ET causan en la economía receptora,
siempre relativizándolos a la correspondiente performance de las empresas
locales. Basándose en bibliografía existente sobre el tema de inversión y
desarrollo sustentable, parten del planteo de algunas hipótesis que buscan
contrastar.
|
Hipótesis Orientadoras |
Resultados Obtenidos |
|
Las filiales de las ET generan externalidades tecnológicas positivas a las
empresas locales del país receptor. |
Externalidades tecnológicas no solo van en el sentido ET –> empresa local
sino que muchas veces sucede lo inverso. |
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Las filiales de ET adoptan sistemas ambientales y de gerenciamiento
tecnológico avanzado, que aseguran mayor control ambiental comparado al de
las empresas locales. |
Las ET difícilmente presenten mejores estándares en el manejo ambiental
comparado a las prácticas de las empresas locales. |
|
Las filiales de ET pagan salarios más altos en relación a los pagados por
las empresas locales y son un canal para el desarrollo del capital humano
(KH). |
Actitud proactiva en cuanto a promover el desarrollo de KH de ambos tipos
de empresas. Los gastos de empresas locales en salarios y beneficios por
trabajador son 19% menores a los pagados por ET (en base a datos
parciales, brindados por 2 de las 4 ET consideradas). |
Por otro lado, se encontró que las ET presentan un porcentaje apenas mayor
que las compañías locales en la participación de la fuerza de trabajo en el
departamento de investigación y desarrollo (1,72% de las ET frente a un
1,13% de las locales).
El nivel de educación de los empleados ocupados en esa sección, por su
parte, varía de acuerdo a la categoría: los graduados en las empresas
locales promedian los 10,8 empleados por empresa, mientras en las ET el
número aumenta a 19. Sin embargo, los empleados con maestrías y doctorados
en su haber alcanzan los 7,40 promedio en las empresas brasileñas, mientras
son apenas 3,3 en las ET.
A pesar de tener relativamente importantes departamentos de I&D, las ET no
establecen vínculos significativos con universidades u otros centros de
investigación locales. Más bien, como se estableció antes, las ET estarían
absorbiendo la tecnología desarrollada por los brasileños en el sector. En
otras palabras, las filiales no están interesadas en generar mayor
innovación en Brasil. La explicación que las autoras encuentran a este hecho
es que las partes más complejas de los procesos de producción del papel no
son hechas en el país, lo que refuerza la idea de que aprovechan los
recursos naturales de ciertos países subdesarrollados para establecer la
parte del proceso que no solo es intensiva en dichos elementos (algunos de
ellos no renovables), sino también más contaminante. Como sucede en general
en los procesos productivos de las transnacionales, las partes más complejas
y menos nocivas para el medio ambiente permanecen en los lugares de origen
de esas empresas, mientras se trasladan las fases menos amigables desde el
punto de vista ambiental.
Otro aspecto que muestra la “vocación natural” del país se observa en “la
debilidad de los productores brasileños de bienes de capital que surten a la
industria de pulpa y de papel en Brasil”. En cuanto a las materias primas,
su producción es casi totalmente realizada en el país, alrededor de un
96,8%; este porcentaje, a su vez, se divide entre empresas proveedoras
brasileñas y extranjeras establecidas allí.
Dentro del control ambiental en el sector de pulpa y papel en Brasil, se
consideraron los sistemas de gestión ambiental e indicadores de las
emisiones como forma de valuar a las empresas operando en la industria en
cuestión. Otra vez aparece un dato interesante: hay más plantas brasileñas
certificadas con la norma ISO 14.001 que extranjeras.
Respecto a las emisiones producidas por las plantas, de seis indicadores
tomados en el análisis (consumo de agua, volumen de los efluentes, entre
otros), en cuatro de ellos las empresas locales muestran menores valores que
las ET, demostrando una vez más que las brasileñas tendrían un mayor interés
relativo en mantener las condiciones ambientales. Esto es bastante razonable
si se considera que las ET no tienen su centro de interés en el país
receptor, y por lo tanto no van a estar interesadas en esforzarse (y por lo
tanto incurrir en mayores costos) a la hora de velar por un medio ambiente
más sano en el largo plazo. Sin embargo, tampoco puede concluirse a partir
de esto que las locales no contaminen. En definitiva, las empresas locales
buscan (al igual que las ET) la mayor rentabilidad posible. Una de las
explicaciones a su “buena” gestión ambiental es aducida a la aspiración de
acceder a mercados internacionales exigentes en cuanto a la performance
ambiental.
Más allá de los matices y ciertas diferencias numéricas, del estudio se
desprende que no son demasiado importantes las diferencias entre uno y otro
tipo de empresas, si bien las locales tendrían una mejor gestión ambiental
relativa. No se trata de identificar a las empresas locales con las “buenas”
porque tengan capitales nacionales y las ET con las “malas” ya que los
objetivos últimos de unas como otras en definitiva son los mismos.
La verdad detrás de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE)
Al respecto de las conclusiones sobre performance ambiental y comportamiento
del sector, es interesante tomar algunos lineamientos del trabajo de Fig y
comparar los enfoques y resultados. Este autor justamente cuestiona la tal
llamada RSE y realiza un vasto análisis sobre la trayectoria, actuación y
efectos de una empresa en particular: Aracruz SA.
Aracruz no es cualquier productora de celulosa y papel: es la mayor de
Brasil. Posee nada menos que 800.000 hectáreas en una zona clave y preciosa
desde el punto de vista ambiental y de biodiversidad para todo el planeta,
la zona de la Mata Atlántica. La empresa cultiva eucaliptos a lo largo y
ancho de cinco estados brasileños. La estructura de propiedad de la empresa
está dividida entre capitales extranjeros y locales, en particular por el
Grupo Lorenzen de Noruega, el Grupo Votorantim (un holding local que tiene
actividades en varios sectores y que en 2005 se ubicó en el lugar 25 dentro
de las 500 mayores empresas de América Latina, según el ranking publicado
anualmente por la Revista América Economía), el Banco Safra, también de
capitales brasileños, y por último, con un 12,5% de participación dentro de
los capitales de Aracruz aparece el Banco Nacional de Desarrollo Económico y
Social de Brasil, el BNDES, que está impulsando de forma significativa
grandes emprendimientos en recursos naturales en el país. Estos datos
mostrarían que, al menos en el caso de Aracruz y sus impactos, se vuelve
poco relevante la condición de la procedencia de los capitales, lo que en
definitiva no se contradice con lo que se desprende del análisis realizado
por dos Santos y Togeiro.
Respetar y cumplir con las normas internacionales de calidad, en especial
ambiental y social, es atractivo para las empresas: el costo de cumplirlas
muchas veces más que se compensa con una mejor imagen para la opinión
pública y, más importante aún, acceso a mercados exigentes. El interés de
las compañías en obtener tales certificaciones se puede asociar a una
campaña de marketing a un costo relativamente bajo. Pero la “Responsabilidad
Social Empresarial”, un concepto muy de moda en el siglo XXI tiene sus
matices e interpretaciones, dependiendo del cristal con que se mire.
A pesar de las afirmaciones que realizan en su trabajo las autoras Dos
Santos y Togeiro sobre la calidad ambiental y performances alcanzadas por
las empresas productoras de papel tanto locales como extranjeras, resulta
alarmante el hecho de que se haya constatado que “no hay un monitoreo
sistemático e independiente de las emisiones y efluentes de la empresa, ni
ninguna valoración de su impacto de largo plazo en la salud ambiental de la
Mata Atlántica”, dice Fig. La agencia ambiental estatal de Espirito Santo no
mide estos datos, confiando que la compañía los provea. Es decir que son las
propias empresas las que revisan y controlan la contaminación que ellas
mismas producen. Esto resulta en el mejor de los casos sospechoso, no se
necesita ser especialista en temas ambientales para darse cuenta de que este
sistema es ineficaz y engañoso, basta solo un poco de justificada
suspicacia. Es esperable que los intereses de la empresa “acomoden” los
datos diciendo que logran performances al menos aceptables desde el punto de
vista ambiental. Es evidente que el Estado se da cuenta de la situación, del
riesgo moral involucrado en el procedimiento. La pregunta es si el beneficio
que el Estado espera tener siendo indiferente a esta situación es mayor que
los impactos negativos que está provocando la empresa en el ambiente, y
también es esperable que la respuesta sea negativa. El autor sostiene que a
medida que la producción aumenta, las capacidades regulatorias del Estado no
están preparadas para acompañar las necesidades crecientes de un desarrollo
balanceado, incluyendo protección ambiental y eliminación de la pobreza. Y
se observa que la tendencia es a confiar en el auto control más que en la
supervisión y regulación estatal.
Es verdad que Aracruz ostenta numerosas certificaciones: ISO 9001 para la
Unidad Barra do Riacho y Unidad Guaiba, ISO 14.001 para las mismas unidades,
y también cuenta con certificaciones del Programa Brasileño de Certificación
Forestal (Cerflor) en todas sus plantaciones, entre otras. Pero las ISO no
indican calidad ambiental; solo indican que se siguen protocolos de gestión,
y entre ellos uno de gestión ambiental. Estas no reemplazan a las normas
ambientales nacionales, solo dicen que la empresa cumple con las exigencias
nacionales; si esas exigencias son bajas, el cumplimiento de las mismas hace
que la empresa acceda a una ISO.
La empresa tiene una larga historia de contaminación en el país, desde su
establecimiento a fines de los 1970s, utilizando tecnologías muy agresivas,
en un momento en que se le otorgaba muy poca importancia a la dimensión
ambiental. En 1992, cuando se celebró en Brasil la Conferencia de Naciones
Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, Greenpeace llamó la atención sobre la
contaminación ejercida por la empresa. El crecimiento del movimiento
ambientalista a nivel mundial llevó a que consumidores de los países ricos
exigieran prácticas más amigables con el medio ambiente a las empresas. La
presión ejercida por amplios grupos sociales llevó a que la mayor parte de
las plantas industriales instaladas en los países nórdicos adoptaran una
tecnología libre de cloro en el proceso de elaboración de la celulosa. Las
empresas transnacionales localizadas en los países del sur no escaparon al
fenómeno, y tuvieron que enfrentarse desde entonces y en forma creciente a
demandas desde la sociedad. La corporación en cuestión no es la excepción,
más bien puede considerarse representativa de los grandes conglomerados que
extraen y/o procesan recursos naturales en estos países.
Si bien desde 1993 Aracruz comenzó a incorporar tecnología menos agresiva
para el ambiente, esto no se aplica uniformemente en todas las plantas de la
firma: las dos más antiguas utilizan cloro en sus procesos, mientras
solamente la instalada en 2002 utiliza una tecnología llamada ECF en ingles,
que significa libre de cloro elemental. Esta no es la mejor tecnología
disponible, sino una un poco menos mala que la tradicional. Se sostiene que
más de un quinto de la producción total está elaborada en condiciones
especialmente nocivas para el ambiente. Claro que utilizar el proceso más
limpio tiene sus costos, entonces las empresas que se encuentran con la
libertad para elegir tomarán la opción más barata, la que reporta mayor
rentabilidad, que coincide con la más contaminante. Nuevamente se observa la
libertad de las empresas en el proceso productivo frente a la pasividad de
las autoridades locales, que tienen un pobre desempeño en el control. Las
empresas, por su parte, siempre pueden encontrar mercados menos exigentes
donde colocar la producción realizada en condiciones que no sean las más
sustentables. Respecto a la mejor tecnología, el informe de Fig resalta que
un intento de utilizar el proceso libre de cloro TCF en Aracruz destinado a
los mercados alemanes, fue abandonado en 1999. Es decir que con el sistema
de producción de la empresa en parte de sus plantas localizadas en Brasil,
el país se asegura un grado importante de dioxinas y otras consecuencias de
dicho proceso productivo.
Algunos impactos ambientales
En Brasil no solo se da el fenómeno de que los árboles plantados crecen
varias veces más rápido que en otros países, en especial comparado con los
nórdicos, lo que les reporta a las empresas mayor rentabilidad, sino que el
utilizar una tecnología más barata refuerza esta ganancia aun más. El mayor
país de América del Sur tiene la particularidad de ser el productor que
presenta los costos más bajos del mundo; se estima que se necesitan USD 120
por tonelada, mientras que en la región de Escandinavia se necesitan USD
400, más de tres veces la suma de Brasil.
Según el autor de la investigación, la Mata Atlántica está en serio peligro:
esta área fundamental para el ecosistema, hábitat de multitud de especies
(muchas de las cuales están en peligro de extinción) está protegida
solamente en un tercio de su superficie. Para empeorar las cosas aún más, la
fragmentación en las áreas que permanecen como mata atlántica produce un
aumento en la pérdida de biodiversidad, en especial porque esa separación
hace que las “islas” se vuelvan más vulnerables a los fenómenos de sequía y
calor en relación a las superficies donde las extensiones de la mata son
mayores.
La práctica del monocultivo, en este caso el del eucalipto, trae aparejadas
severas consecuencias en el ambiente, cuestiones que la empresa niega,
declarando un manejo sustentable de la actividad que realiza, y el gobierno
parece obviar o minimizar, sin dar demasiada trascendencia a las demandas y
evidencias presentadas por grupos de la sociedad civil a lo largo de los
años de manera incansable. Además de los impactos más obvios de la
producción en cuestión referidos a las emisiones y efluentes y la pérdida de
biodiversidad, también se constata degradación del suelo (pérdida de
nutrientes y erosión) y consumo de agua que conlleva la pérdida de
corrientes de agua, entre otros efectos adversos. Algunos hablan de más de
150 cursos de agua que se han perdido en las zonas donde la compañía tiene
sus plantaciones. A todos estos impactos debe sumársele la utilización
durante años de pesticidas y herbicidas.
Reacciones Sociales
Las consecuencias sociales, por su parte, no son menos graves que las
ambientales; incluyen una serie de cuestiones que abarcan desde la seguridad
alimentaria (por extender el monocultivo en detrimento de la producción de
alimentos e incluso verse mermada la cantidad de peces en los ríos, a
consecuencia de los desechos vertidos en ellos) hasta el tema laboral y la
propiedad (y expropiación) de las tierras de comunidades locales. Y en este
punto encontramos una diferencia sustancial con el trabajo de Togeiro y Dos
Santos: la dimensión social y los impactos de la firma sobre la sociedad van
más allá de los puestos directos de trabajo generados y la específica
capacitación con que cuenten una minoría de los empleados. Se refiere al
impacto sobre la parte de la sociedad, que sin tener una vinculación con la
empresa sufre los efectos adversos en la salud y en su propia identidad
cultural, solo por encontrarse “en el camino” de estas grandes inversiones.
Entre los grupos de presión que se enfrentan a la papelera, se encuentran
ambientalistas preocupados por el futuro de la Mata Atlántica, comunidades
indígenas que sostienen que sus tierras les han sido enajenadas por las
plantaciones extensivas de la compañía, y comunidades rurales
independientes, descendientes de esclavos africanos que huyeron de sus
dueños y también sostienen que sus tierras les han sido invadidas. Las
comunidades indígenas constituyen los principales afectados de esta
realidad: ellas reclaman un total de 13.274 has, reclamo que ha recibido
reconocimiento por parte del órgano público responsable de las relaciones
con los indígenas; sin embargo, esto no tuvo hasta ahora consecuencias, ya
que la empresa no reconoce el derecho de las comunidades. Una vez más se
observa que el poder de la empresa es mayor al que puede ejercer un órgano
del propio gobierno. La historia de desentendimiento entre las comunidades y
la empresa se remonta a la época de la instalación misma, hacia fines de los
años 60. Los conflictos se han sucedido desde entonces y ya cuentan con
cuatro décadas de existencia. Numerosos grupos sociales se han sumado a las
protestas de los pobladores contra las acciones de la poderosa compañía:
desde el Movimiento de los Sin Tierra hasta ONGs internacionales apoyan
varias campañas que demandan desde la demarcación de las tierras de los
pueblos originarios hasta la presión para que la empresa no obtenga
certificaciones internacionales como la que otorga la Forest Stewardish
Council (FSC).
En reiteradas oportunidades, tanto la empresa como el Estado han hecho caso
omiso de las demandas de la sociedad. La demarcación de las tierras es un
tema crucial en este sentido y ha sido más de una vez ignorada por las
oficinas estatales. Las acciones llevadas adelante por los grupos
interesados en recuperar las tierras y cuidar el ambiente abarcan desde
cortar eucaliptos y plantar árboles frutales hasta demandas por revertir la
polución en ríos y cursos de agua contaminados. Mientras tanto, la mega
compañía sostiene que no ha hecho ningún daño al ambiente y se opone al
proceso de definir bioregiones dentro de las tierras en las que opera.
Respecto a la certificación pretendida por la empresa, las presiones de la
sociedad civil lograron que en 2006, la propia Aracruz renunciara a su
certificado de la FSC. El autor afirma que la actitud de la compañía no solo
dista de ser respetuosa de los derechos de los habitantes locales y del
ambiente con su solo comportamiento económico, sino que además se tiene
información de que la empresa realiza campañas desleales donde paga a
personas para que se manifiesten contra dichos pobladores (haciendo una
especie de contracampaña).
La situación ilustrada muestra que la etiqueta de “Responsabilidad Social
Empresarial” no siempre refleja un verdadero interés de las empresas por las
dimensiones social y ambiental. Pero más allá de las etiquetas, es evidente
que dichos mega emprendimientos deben estar controlados con seriedad y
responsabilidad. El papel del Estado en este punto es crucial, ya que si no
actúa él, ejerciendo el poder que le es inherente, menos podrán hacer cada
una de las pequeñas comunidades que están luchando por poder vivir en los
lugares que les corresponden, tanto histórica como culturalmente, y por la
naturaleza.
Es decir que aquí se muestra la relatividad tanto del concepto de RSE en
general, como de muchas de las normas que se otorgan a nivel internacional y
que muestran a la opinión pública una imagen “verde” y pro desarrollo
sustentable de las empresas, mientras que el otro lado de la moneda muestra
la desesperación e incapacidad de miles de personas que deben aceptar que
frente a ciertos intereses, simplemente no pueden lograr nada. En el juego
de presiones y lobbies de unos y otros frente a los gobernantes, la
lucha es asimétrica y suelen predominar los intereses económicos de los
grupos más poderosos. Es la ley de la selva donde irónicamente, los nativos
son devorados por los forasteros.
Resumen de resultados comparados
|
|
Primer Análisis |
Segundo Análisis |
|
Dimensión Económica |
Muchas veces ET se benefician de tecnología local. |
Mejor relación Costo/Beneficio |
|
Dimensión Social |
Solo analiza impactos en la fuerza de trabajo del sector: aunque las ET
pagan salarios más altos, no establecen vínculos significativos con centros
de investigación y/o universidades locales. |
*Seguridad alimentaria en juego
*Conflictos por propiedad de la tierra
*Reclamos no escuchados por empresa ni gobierno |
|
Dimensión Ambiental |
No hay diferencias significativas entre prácticas ambientales de ET y de
empresas locales, aunque estas últimas presentan mejores indicadores
relativos. |
*No
hay un monitoreo sistemático e independiente de las emisiones y efluentes de la
empresa.
*Aracruz contamina: más de un quinto de la producción total está elaborada
en condiciones especialmente nocivas para el ambiente.
*Pérdida de biodiversidad
*Efectos adversos en suelo y agua
*Uso intenso de pesticidas y herbicidas |
|
Conclusiones |
No se puede afirmar que la IED en la industria de pulpa y papel en Brasil
funcione para el desarrollo sostenible. |
Brecha evidente entre la llamada RSE, que la empresa dice respetar, y la
real performance de Aracruz S.A. |
Publicado en el semanario Peripecias Nº 74 el
21 de noviembre de 2007.
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