Peripecias Nº 82 - 23 de enero de 2008

AMBIENTE

 

 

Hacia el petróleo agrícola

 

 

José da Cruz

 

 

 

J. da Cruz es analista de información en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social).

 

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A pesar de que los commodities agrícolas se pagan a buen precio, es menor que el de hace treinta años. Hoy hay que vender un tercio más que entonces para comprar lo mismo. Ese factor, la falta de servicios y la esperanza –real– de conseguir mejores ingresos en un medio urbano, produce un éxodo rural ininterrumpido desde hace décadas en todo el mundo. Me asalta un pensamiento conspirativo. ¿No será que ese éxodo es, en realidad, deseado y bienvenido, pues deja la tierra en otras manos con otros métodos y objetivos? Tal vez el agro esté finalizando su papel principal a lo largo de la historia humana: producir alimentos.

 

El estado de las cosas

 

Cuanto menos gente produzca su alimento, surgirán más oportunidades de ganancia para quienes poseen los medios de producción. La tierra de los campesinos emigrados queda a disposición de la agroindustria y aumentan los monocultivos y el uso de agroquímicos y transgénicos, según el modelo de la Revolución Verde.

 

La tierra agrícola no es ilimitada. El precio de la hectárea se disparó cuando los países ricos tomaron la decisión de consumir biocombustibles, pero ya iba en alza debido a la insaciable demanda de soja y pulpa de celulosa. Como es notorio, toda producción agrícola necesita agua y el acceso al agua dulce es conflictivo.

 

Otro factor más debe ser considerado: la necesaria conservación de la naturaleza. Hay zonas que simplemente no se deberían tocar. Son imprescindibles para asegurar la supervivencia no solo de nuestra especie, sino de la estructura sistémica de equilibrios ecológicos que ha dado origen a las formas de vida que conocemos, estructura cuya fragilidad muestra el cambio climático.

 

Sin embargo, una sociedad de mercado se rige por la demanda, no por la necesidad. Las commodities compiten por la tierra cultivable, y el alimento para animales y seres humanos es solo una posibilidad de explotación entre otras. Si la demanda de biocombustibles crece, algún otro producto será desplazado y subirá de precio, como el maíz en México, o se correrá la frontera agrícola a costa de tierras vírgenes.

 

Eso aumenta la presión sobre el ambiente, pero la principal es la que ejercen las ciudades, donde vive más de la mitad de la población del mundo. Las edificaciones ocupan grandes superficies, pero para la vida urbana también hay calles, carreteras, vías férreas, puertos y aeropuertos, sitios de almacenaje y transformación de mercaderías y mucho más. En porcentaje de la superficie terrestre, lo urbano representa el uno o el dos por ciento del total, pero como muestran los cálculos sobre huella ecológica, las urbanizaciones absorben recursos de todo el planeta, recursos minerales, agrícolas y energéticos. Lo único que nos “llega de afuera” es la energía solar; todo lo demás lo producimos en un espacio limitado.

 

Un nuevo aspirante a ocupar tierra agrícola

 

La reflexión que llevé hasta aquí en realidad no aporta gran cosa, pero surgió debido a un artículo sobre biopolímeros, plásticos de origen vegetal. Actualmente se utilizan mezclados con plásticos petroquímicos –así como el biodiesel se mezcla con gasoil de petróleo–, pero podrán explotarse puros cuando se desarrollen mejor algunas de sus características.

 

Muchos vegetales pueden ser la base de biopolímeros. Por ejemplo, un grupo de científicos mexicanos desarrolló bioplástico de transparencia, resistencia y elasticidad similares a las del poliéster, a partir de algas marinas bacteriales capaces de producir polixidroxialcanoatos. Otro mexicano creó un plástico para empacar frutas y verduras retrasando la maduración y aumentándoles la vida útil, a partir del almidón de la banana. Hay botellas de refresco hechas con maíz y platos y vasos descartables (y comestibles) del mismo material.

 

La lista es interminable, y en el paquete tecnológico entran la manipulación genética y las nanotecnologías. Los investigadores suman la preocupación por el manejo de los residuos con aspectos de marketing: lo “verde” vende cada vez más. La industria del envase, gigantesca productora de residuos, crece de la mano del comercio. Cómo será la cosa que hoy por hoy la mayor parte del trabajo de la industria gráfica es la impresión de envases, no de libros, diarios o revistas.

 

Los polímeros más utilizados tienen como base el maíz, la caña de azúcar o la soja. A su vez son tres alimentos básicos y tres generadores de biocombustibles cultivados y procesados por cadenas de empresas globales. América Latina es considerada “tierra de oportunidades” para desarrollar estos cultivos y en consecuencia la lucha por el territorio se va a acrecentar en nuestro continente. Los fundamentos de la producción se enfocarán según otras prioridades.

 

Sustentabilidad petroquímica

 

En noviembre pasado, 2007, tuvo lugar en Buenos Aires la 27 Reunión Anual Latinoamericana de Petroquímica. Representantes de Dow Chemical y Dupont expusieron sus planes sobre materiales renovables. Como abanderados de la sustentabilidad, la seguridad y la calidad de vida, los ejecutivos son optimistas.

 

Dupont se plantea duplicar las ventas de productos originados en recursos renovables para 2015, y quiere profundizar un compromiso con la conservación ambiental mediante envases “amigables”. Ponen como muestra la política de envases de los supermercados Wal Mart o Tesco.

 

Un ejecutivo de Dow Chemical, Diego Ordóñez, resaltó que "Latinoamérica /…/ es la región líder en producción de soja, maíz y caña de azúcar /.../ Tiene estabilidad en materia de factores climáticos y disponibilidad de tierras para producción en grandes cantidades. También posee un desarrollo tecnológico ascendente, lo que permite transformar el maíz, la soja y la caña de azúcar en plásticos" (revista Énfasis Packaging on line, enero 2008).

 

Ordóñez prevé asociaciones entre compañías petroquímicas y agrícolas, como Cargill y Crystalsev, para explotar y desarrollar materiales renovables. Dow y Crystalsev producen en Brasil un plástico para envases a partir de caña. La compañía estima que “en este país existe suficiente cantidad de caña de azúcar para producir 350 mil toneladas de polietileno por año”. Una desventaja es la competencia por la materia prima pues alza los precios, agrega Ordóñez.

 

Nada para decir...

 

“Si nosotros no soñamos nuestro futuro, vienen otros y lo sueñan ellos a su gusto”, afirmaba un político. Sin planes de desarrollo a largo plazo, sin más ley que la del mercado, sin otra meta que pagar la deuda externa y sobrevivir hasta la próxima elección, ¿qué decir ante la demanda de biocombustibles, celulosa, forraje, alimentos, y ahora plásticos? Aparentemente, nada. Ofrecemos tierra, agua y aire para que las transnacionales (el “mercado”…) hagan lo que quieran, no les cobramos impuestos, pedimos préstamos para construirles carreteras y vías férreas y estamos muy satisfechos con las migas que caen al suelo según proclaman los defensores del “efecto derrame”.

 

A lo mejor, los colosos del plástico y los agroquímicos logran construir un nuevo globo terráqueo inflable, cosa de que crezca de acuerdo a sus aspiraciones de territorio y recursos, pues el que tenemos ya no alcanza. Para inflarlo haría falta una bomba y, como la bomba sería privada, ¿adivinen quién la controlaría?

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 82 el 23 de enero de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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