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A pesar de que los commodities agrícolas se pagan a buen precio, es
menor que el de hace treinta años. Hoy hay que vender un tercio más que
entonces para comprar lo mismo. Ese factor, la falta de servicios y la
esperanza –real– de conseguir mejores ingresos en un medio urbano, produce
un éxodo rural ininterrumpido desde hace décadas en todo el mundo. Me asalta
un pensamiento conspirativo. ¿No será que ese éxodo es, en realidad, deseado
y bienvenido, pues deja la tierra en otras manos con otros métodos y
objetivos? Tal vez el agro esté finalizando su papel principal a lo largo de
la historia humana: producir alimentos.
El estado de las cosas
Cuanto menos gente produzca su alimento, surgirán más oportunidades de
ganancia para quienes poseen los medios de producción. La tierra de los
campesinos emigrados queda a disposición de la agroindustria y aumentan los
monocultivos y el uso de agroquímicos y transgénicos, según el modelo de la
Revolución Verde.
La tierra agrícola no es ilimitada. El precio de la hectárea se disparó
cuando los países ricos tomaron la decisión de consumir biocombustibles,
pero ya iba en alza debido a la insaciable demanda de soja y pulpa de
celulosa. Como es notorio, toda producción agrícola necesita agua y el
acceso al agua dulce es conflictivo.
Otro factor más debe ser considerado: la necesaria conservación de la
naturaleza. Hay zonas que simplemente no se deberían tocar. Son
imprescindibles para asegurar la supervivencia no solo de nuestra especie,
sino de la estructura sistémica de equilibrios ecológicos que ha dado origen
a las formas de vida que conocemos, estructura cuya fragilidad muestra el
cambio climático.
Sin embargo, una sociedad de mercado se rige por la demanda, no por la
necesidad. Las commodities compiten por la tierra cultivable, y el
alimento para animales y seres humanos es solo una posibilidad de
explotación entre otras. Si la demanda de biocombustibles crece, algún otro
producto será desplazado y subirá de precio, como el maíz en México, o se
correrá la frontera agrícola a costa de tierras vírgenes.
Eso aumenta la presión sobre el ambiente, pero la principal es la que
ejercen las ciudades, donde vive más de la mitad de la población del mundo.
Las edificaciones ocupan grandes superficies, pero para la vida urbana
también hay calles, carreteras, vías férreas, puertos y aeropuertos, sitios
de almacenaje y transformación de mercaderías y mucho más. En porcentaje de
la superficie terrestre, lo urbano representa el uno o el dos por ciento del
total, pero como muestran los cálculos sobre huella ecológica, las
urbanizaciones absorben recursos de todo el planeta, recursos minerales,
agrícolas y energéticos. Lo único que nos “llega de afuera” es la energía
solar; todo lo demás lo producimos en un espacio limitado.
Un nuevo aspirante a ocupar tierra agrícola
La reflexión que llevé hasta aquí en realidad no aporta gran cosa, pero
surgió debido a un artículo sobre biopolímeros, plásticos de origen vegetal.
Actualmente se utilizan mezclados con plásticos petroquímicos –así como el
biodiesel se mezcla con gasoil de petróleo–, pero podrán explotarse puros
cuando se desarrollen mejor algunas de sus características.
Muchos vegetales pueden ser la base de biopolímeros. Por ejemplo, un grupo
de científicos mexicanos desarrolló bioplástico de transparencia,
resistencia y elasticidad similares a las del poliéster, a partir de algas
marinas bacteriales capaces de producir polixidroxialcanoatos. Otro mexicano
creó un plástico para empacar frutas y verduras retrasando la maduración y
aumentándoles la vida útil, a partir del almidón de la banana. Hay botellas
de refresco hechas con maíz y platos y vasos descartables (y comestibles)
del mismo material.
La lista es interminable, y en el paquete tecnológico entran la manipulación
genética y las nanotecnologías. Los investigadores suman la preocupación por
el manejo de los residuos con aspectos de marketing: lo “verde” vende cada
vez más. La industria del envase, gigantesca productora de residuos, crece
de la mano del comercio. Cómo será la cosa que hoy por hoy la mayor parte
del trabajo de la industria gráfica es la impresión de envases, no de
libros, diarios o revistas.
Los polímeros más utilizados tienen como base el maíz, la caña de azúcar o
la soja. A su vez son tres alimentos básicos y tres generadores de
biocombustibles cultivados y procesados por cadenas de empresas globales.
América Latina es considerada “tierra de oportunidades” para desarrollar
estos cultivos y en consecuencia la lucha por el territorio se va a
acrecentar en nuestro continente. Los fundamentos de la producción se
enfocarán según otras prioridades.
Sustentabilidad petroquímica
En noviembre pasado, 2007, tuvo lugar en Buenos Aires la 27 Reunión Anual
Latinoamericana de Petroquímica. Representantes de Dow Chemical y Dupont
expusieron sus planes sobre materiales renovables. Como abanderados de la
sustentabilidad, la seguridad y la calidad de vida, los ejecutivos son
optimistas.
Dupont se plantea duplicar las ventas de productos originados en recursos
renovables para 2015, y quiere profundizar un compromiso con la conservación
ambiental mediante envases “amigables”. Ponen como muestra la política de
envases de los supermercados Wal Mart o Tesco.
Un ejecutivo de Dow Chemical, Diego Ordóñez, resaltó que "Latinoamérica /…/
es la región líder en producción de soja, maíz y caña de azúcar /.../ Tiene
estabilidad en materia de factores climáticos y disponibilidad de tierras
para producción en grandes cantidades. También posee un desarrollo
tecnológico ascendente, lo que permite transformar el maíz, la soja y la
caña de azúcar en plásticos" (revista Énfasis Packaging on line, enero
2008).
Ordóñez prevé asociaciones entre compañías petroquímicas y agrícolas, como
Cargill y Crystalsev, para explotar y desarrollar materiales renovables. Dow
y Crystalsev producen en Brasil un plástico para envases a partir de caña.
La compañía estima que “en este país existe suficiente cantidad de caña de
azúcar para producir 350 mil toneladas de polietileno por año”. Una
desventaja es la competencia por la materia prima pues alza los precios,
agrega Ordóñez.
Nada para decir...
“Si nosotros no soñamos nuestro futuro, vienen otros y lo sueñan ellos a su
gusto”, afirmaba un político. Sin planes de desarrollo a largo plazo, sin
más ley que la del mercado, sin otra meta que pagar la deuda externa y
sobrevivir hasta la próxima elección, ¿qué decir ante la demanda de
biocombustibles, celulosa, forraje, alimentos, y ahora plásticos?
Aparentemente, nada. Ofrecemos tierra, agua y aire para que las
transnacionales (el “mercado”…) hagan lo que quieran, no les cobramos
impuestos, pedimos préstamos para construirles carreteras y vías férreas y
estamos muy satisfechos con las migas que caen al suelo según proclaman los
defensores del “efecto derrame”.
A lo mejor, los colosos del plástico y los agroquímicos logran construir un
nuevo globo terráqueo inflable, cosa de que crezca de acuerdo a sus
aspiraciones de territorio y recursos, pues el que tenemos ya no alcanza.
Para inflarlo haría falta una bomba y, como la bomba sería privada,
¿adivinen quién la controlaría?
Publicado en el semanario Peripecias Nº 82
el 23 de enero de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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