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No somos lo que éramos: nos hemos transformado como colectividad, como
humanidad y, también, hemos influido en el desarrollo de la naturaleza, de
la Tierra, de los lugares que habitamos. Un hombre del siglo XVIII no se
reconocería en nosotros y tampoco entendería el paisaje de hoy. Hay muchos
cambios tanto a nivel cultural (entendida la cultura como lo que hacemos, la
manera de comportamos y qué instrumentos tecnológicos usamos) como
ecológico.
Cuando en el siglo XIX inició la revolución industrial, no se pensaba en los
efectos que los adelantos tecnológicos tendrían en la naturaleza, en nuestro
entorno. Lo importante era producir la mayor cantidad de mercancías en el
menor tiempo posible. El obrero era tratado como esclavo, siempre en aras de
obtener el más óptimo beneficio. La lucha, pues, se centró en el
mejoramiento de las condiciones laborales del proletariado. Fueron batallas
encarnizadas las que se libraron y que hoy, en pleno siglo XXI, se continúan
dando. La relación capital, fuerza de trabajo y materias primas no se
centró, en esa época, en los efectos que podría traer el desarrollo
industrial y tecnológico en la tierra, en el mundo que pisamos, en el aire
que respiramos, en las aguas que bebemos.
A mediados de siglo pasado comenzaron a surgir movimientos que pugnaban por
la no destrucción del planeta. De un momento a otro la humanidad se encontró
con su realidad, su cruda realidad: un deterioro constante y preocupante de
la naturaleza. Los movimientos ecologistas se fueron consolidando a pesar
del desdén de los gobiernos y, en especial, de las grandes empresas
contaminantes. En varios países, algunos líderes políticos comprometidos con
la mejora del medio ambiente iniciaron luchas para detener la destrucción
del orbe.
En México, sin embargo, no existe esta tradición. Los designios
empresariales son los que mandan: los funcionarios públicos los obedecen,
jamás los contradicen. Hay discursos por parte de las autoridades de
mejoramiento ambiental, de proyectos para que se contamine menos, pero en la
realidad, nada pasa, nunca se actúa con eficacia. Caso elocuente de este
proceso es el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que en lugar de
pugnar por la mejora del planeta, se dedica a aliarse a quien sea con tal de
mantener puestos en la administración pública.
En Jalisco la situación es preocupante. En días pasados, el niño Miguel
Angel López Rocha cayó al río Santiago. Caída peligrosa, caída letal: hoy se
encuentra en coma, mirando a la muerte y alejándose de la vida. Pero no
solamente es él: los habitantes de El Salto y Juanacatlán que habitan en las
inmediaciones del contaminado río sufren los efectos nocivos de las aguas
infectadas de arsénico, cadmio, cromo, plomo, zinc, níquel, mercurio, cobre
y demás sustancias. Ante esto, ¿dónde está la autoridad? ¿dónde las
supuestas acciones de mejoramiento de la naturaleza? ¿dónde el compromiso de
las empresas para con el medio ambiente?
Hoy es ineludible discutir el problema de la contaminación. Pero no
solamente se necesita hablar, también hay que actuar. Al río Santiago hay
que sanearlo; y para eso hay que invertir. Nada se solucionará con el
entubamiento del río en la parte de Juanacatlán y El Salto. Es una
propuesta, como mencionó Arturo Curiel Ballesteros, investigador de la
Universidad de Guadalajara, que obedece más a la realidad de la época
colonial que a nuestro siglo XXI.
No solamente se necesita sanear los ríos y cumplir las leyes encaminadas a
detener el deterioro del medio ambiente. También hay que prever. Por
ejemplo, en la Zona Metropolitana de Guadalajara, los vehículos
contaminantes cada vez son más. No se ha planteado un sistema de transporte
público no contaminante (como una ampliación del Tren Ligero) que mejore la
calidad de vida de los habitantes. Si la situación continúa como hasta
ahora, pronto será más y más insalubre vivir en la ciudad.
El mejoramiento del medio ambiente es una tarea de todos. El gobierno
necesita actuar rápido y eficazmente, lo cual no ha hecho: la actual
administración, a sabiendas del grave problema de la contaminación del río
Santiago, continúa empeñada en edificar la presa de Arcediano, la cual
dotará a la Zona Metropolitana de Guadalajara de las mismas aguas que hoy
tienen en una cama de hospital, mirando la muerte, al niño Miguel Angel
López Rocha. Por su parte, las empresas deben comprometerse con el medio
ambiente y buscar no contaminar tanto: una utopía, sin duda, pues a los
grandes capitalistas lo único que les importa es la mayor ganancia y los
menores costos. Y a la ciudadanía, al pueblo, le corresponde luchar para
vivir en un entorno más sano. Ojalá se evite que este mundo, con sus tierras
y sus ríos, sea considerado en estado de coma. Si así fuere, la humanidad se
pondría a mirar la muerte y distanciarse de la vida.
Publicado en
La Jornada Jalisco el 10 de
febrero de
2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
84 el 13 de febrero de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
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