|
Si la Justicia Social fue en el siglo XX el eje de las luchas sociales, la
conflictividad ambiental es la de mayor atención y movilización a escala
mundial, en lo que va del siglo XXI, en demanda no sólo de un ambiente sano,
sino de un respeto a los derechos de la Naturaleza lo que conlleva a la
Justicia Ambiental. Nadie podía imaginar el siglo pasado que los principales
conflictos tanto a nivel local como global estarían ligados al ambiente.
Hasta ahora se ha intentado enfrentar los problemas e incluso las demandas
ambientales con medidas legales que regulan el comportamiento humano. Sin
embargo, es cada vez más fuerte la sospecha de que los actuales marcos
normativos terminan justificando/tolerando los daños ambientales; al no
cuestionar el actual modelo depredador, se concentran apenas en definir
cuánta contaminación (es decir destrucción) de la Naturaleza está permitida.
Incluso la visión de remediar el daño ambiental se enfoca en restituir a la
persona o comunidad aquello que usaba del ecosistema y de ninguna manera en
recuperar el sistema natural en si mismo.
Adicionalmente, se puede añadir el fenómeno de la mercantilización de la
contaminación: países enriquecidos comprando a países empobrecidos la
diferencia entre lo que contaminan y lo que podrían contaminar, o
depositando en los territorios de los empobrecidos los residuos tóxicos de
sus empresas más contaminantes; todo dentro del marco de las
correspondientes normas legales.
Como resultado de esta visión del derecho y de la ley relacionada con el
ambiente, no se previene ni impide la contaminación y la destrucción
ambiental, esto apenas conduce a su codificación y, en el mejor de los
casos, la penaliza.
El meollo del problema consiste en que para la sociedad occidental y la
egolatría consumista, la Naturaleza y las especies vivientes son
consideradas como objeto de propiedad o simples “recursos” naturales. No
consideran a la Naturaleza como un todo, sino que reconocen sus elementos en
tanto tienen una utilidad inmediata para la ganancia y el consumismo sin
limites, que hace de todo una mercancía; la madera, los bananos, los órganos
humanos, el agua o los minerales del subsuelo, son recursos para ser
explotados, comprados y vendidos. Visión similar a la que primaba en el
tráfico de esclavos.
A lo largo de la historia jurídica, cada ampliación de los derechos y las
leyes conexas fue anteriormente impensable. La emancipación de los esclavos
o la extensión de los derechos civiles a los afroamericanos, a las mujeres,
a los niños y niñas fueron resistidas por las autoridades que las
consideraban un absurdo jurídico, ya que los consideraban como objetos de
protección.
La abolición de la esclavitud, supuso el que se reconozca “el derecho de
tener derechos”, esto fue posible desde un esfuerzo político para cambiar
las leyes y costumbres que negaban esos derechos. Para liberar a la
Naturaleza de esta condición de sujeto/objeto sin derechos o de simple
objeto de propiedad, es necesario un esfuerzo político que reconozca que la
Naturaleza es sujeto de derechos.
Las ausencia del reconocimiento de que la Naturaleza es sujeto de derechos
lleva a que, por ejemplo, los ambientalistas no sean considerados en tanto
activistas luchando en defensa de derechos fundamentales, sino más bien,
como sabemos, en ocasiones se los tilda como “criminales” que afectan los
derechos de propiedad de otros, como “desadaptados” que frenan el
desarrollo, incluso como “fundamentalistas” que impiden resolver los
problemas de las grandes mayorías.
En las actuales condiciones tecnológicas, organizativas y de consumo, desde
una perspectiva no solo ecológica, el “modelo occidental de desarrollo”
resulta imposible de repetir y será insostenible en poco tiempo, hasta en
los mismos países industrializados.
El modelo industrialista de progreso y bienestar del mundo occidental,
basado en recursos inagotables, eternos, no es ni intergeneracional ni
internacionalmente viable. Es más, desde una aproximación ecológica global,
los países industrializados, con un alto desarrollo técnico y una gran
acumulación de capital material, aparecen ahora como países subdesarrollados
o –como dice José María Tortosa– mal desarrollados y más aún mal
desarrollantes, ya que son justamente ellos los que más ponen el peligro la
sostenibilidad del mundo, sea de forma directa o indirecta. Como para
complicar más el escenario del futuro, el desarrollo económico
estructuralmente desigual se mantiene y acrecienta, incluso en los países
industrializados.
Desde esta perspectiva, hay que repensar la lógica del desarrollo
tradicional. Hay que denunciar el mito del desarrollo, detrás del cual corre
la mayoría de habitantes del planeta.
Superada la percepción minimalista de la Naturaleza como “frontera salvaje”
a ser dominada por el ser humano, se han ido paulatinamente aproximando
otras visiones. Las visiones tradicionales que entienden a la Naturaleza
como una canasta de recursos, como un sistema a ser aprovechado, como
capital a ser invertido y explotado, no sólo que son insuficientes para
explicar el actual deterioro ambiental, sino que resultan en esencia
depredadoras. Eduardo Gudynas nos invita a entender a “la categoría
Naturaleza como una creación social distinta en cada momento histórico,
cambiante de acuerdo a cómo los hombres se vinculan con su entorno”. Esta
aproximación sustancial para la construcción democrática de sociedades
sustentables, que no deja de ser compleja, nos aboca a un trabajo de
reconocimiento y replanteamiento de muchas de las categorías ontológicas
dominantes. Si por un lado es evidente una pluralidad de ideas sobre la
Naturaleza, por otro, esta aproximación exige entendimientos dialécticos que
permitan reconstruir la idea misma del desarrollo.
La acumulación material permanente esta en entredicho. Y no cualquier
acumulación material, sino en especial aquella acumulación sustentada en la
destrucción de la Naturaleza. Esto implica un cuestionamiento conciente del
desarrollo en tanto opción cuasimágica para la solución de los problemas del
Sur, a través del crecimiento económico ilimitado. En realidad lo que se ha
hecho hasta ahora es insertar en los países del Sur la lógica muchas veces
devastadoras de la acumulación capitalista, que afecta el ambiente y las
culturas, al tiempo que promociona las desigualdades. Para lograrlo hay que
dilucidar un punto crucial; la compresión de las interrelaciones existentes
entre Naturaleza y estrategias de desarrollo, a partir de la negación del
“progreso occidental”, visto desde la época de Sir Francis Bacon, como un
instrumento para dominar la Naturaleza.
La reconceptualización de la Naturaleza abre la puerta para el tratamiento
de asuntos trascendentales, como la biogenética y los alimentos transgénicos,
la explotación incontrolada de recursos naturales, la polución y los
tratados internacionales en el ámbito del clima global, para mencionar
algunos puntos claves. Es desde la experiencia acumulada, que hay que
impulsar respuestas para el mundo actual. Las respuestas deben contener
compromisos con la vida del futuro desde un profundo contenido ético.
En concreto, la perspectiva del desarrollo sustentable, respetuosa del
patrimonio natural, exige coordinar los procesos productivos con los límites
y demandas ambientales y confronta la base ideológica del desarrollo
dominante que asume como costos necesarios los destrozos ambientales y que
pretende auto convencerse de que luego podrán “ser remediados con los
resultados cuantitativos y tecnológicos obtenidos”.
El desarrollo sustentable, bajo una lógica renovadora asume y al mismo
tiempo supera, el ámbito nacional, pues exige respuestas locales pensadas e
interrelacionadas globalmente. En este contexto, teniendo presente el patrón
histórico de poder, cuando el deterioro ambiental y las desigualdades en el
mundo se extienden aceleradamente, urge plantear el desarrollo o mejor aún
sería decir, la forma de organizar la vida humana en el planeta, como una
signatura universal, que tiene que ser asumida nacional y globalmente.
Urge entender que el ser humano no puede sobrevivir al margen de la
naturaleza que por cierto contiene cadenas alimentarias indispensables para
la vida de la humanidad. El ser humano forma parte de ella, no la tienen ahí
como si fuese una ceremonia en la que el ser humano resulta el espectador.
Todo lo anterior conduce a entender que la Naturaleza tiene que ser asumida
como sujeto de derechos. Derechos de la Naturaleza que deben ser reconocidos
a partir de la identidad del ser humano que se encuentra a si mismo en tanto
parte de ella. Y desde esta perspectiva amplia e incluyente, el nuevo marco
normativo constitucional de nuestro país, en consecuencia, tendría que
reconocer que la Naturaleza no es solamente un conjunto de objetos que
podrían ser propiedad de alguien, sino también un sujeto propio con derechos
legales y con legitimidad procesal.
Cualquier sistema legal apegado al sentido común, sensible a los desastres
ambientales que hoy en día conocemos, y aplicando el conocimiento
científicos modernos –o, los conocimiento antiguos de las culturas
originarias– sobre como funciona el universo, tendría que prohibir a los
humanos llevar a la extinción a otras especias o destruir a propósito, el
funcionamiento de los ecosistemas naturales. Como declara la famosa ética
sobre la tierra de Aldo Leopold, “una cosa es correcta cuando tiende a
preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es
incorrecta cuando hace lo contrario”.
En esta línea de reflexión algunas premisas fundamentales para avanzar hacia
lo que se denomina como “la democracia de la Tierra” son:
• Los derechos humanos individuales y colectivos deben estar en armonía con
los derechos de otras comunidades naturales de la Tierra.
• Los ecosistemas tienen derecho a existir y seguir sus propios proceso
vitales.
• La diversidad de la vida expresada en la Naturaleza es un valor en sí
mismo.
• Los ecosistemas tienen valores propios que son independientes de la
utilidad para el ser humano.
El establecimiento de un sistema legal en el cual los ecosistemas y las
comunidades naturales tengan un derecho inalienable de existir y prosperar
situaría a la Naturaleza en el nivel más alto de valores y de importancia.
Sin duda esto tendrá como efecto directo prevenir los daños, repensar muchas
actividades humanas cuyo costo ambiental es demasiado grande y aumentar la
conciencia y respeto a los otros.
Vendrá el día en que el derecho de la Naturaleza sea, por conciencia de
todos y todas, cumplido, respetado y exigido. Y ojala no sea tarde. Todavía
estamos a tiempo para que nuestras leyes reconozcan el derecho de un río a
fluir, prohíban los actos que desestabilicen el clima de la Tierra, e
impongan el respeto al valor intrínseco de todo ser viviente. Es la hora de
frenar la desbocada mercantilización de la Naturaleza, como fue otrora
prohibir la compra y venta de los seres humanos.
Publicado en la página de la
Asamblea Nacional
Constituyente del Ecuador el 29 de
febrero de
2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
87 el 5 de marzo de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
|