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En 2006, publiqué un pequeño libro que se llama Vientos Verdes [1],
lleno de metáforas sobre todo tipo de vientos negativos, que arrastran
tormentas, huracanes, polvo sucio y mal humor. Los Vientos Verdes, positivos
o de esperanza, que conseguimos en aquel momento identificar son menos y nos
exigen una fuerte dosis de utopía para alcanzarlos (utopía que es un lugar
aún no existente pero alcanzable).
En aquel momento me dirigí hacia un público amplio, a partir de reflexiones
no sólo sobre la Argentina sino sobre el contexto mundial. Pero hoy, en
estas editoriales sobre lo que podemos desear o reclamar para el 2016,
cuando la Argentina conmemore sus 200 años de independencia es precisamente
este incomprensible país, el que tratamos de imaginar y refundar.
Tal es así que en aquellos vientos dañinos no imaginamos el humo que durante
casi una semana ha cubierto la vida de casi 15 millones de argentinos, desde
el Delta del Paraná hasta el lejano sur del área metropolitana de Buenos
Aires. Una humareda gigantesca que detuvo vuelos, transporte terrestre e
infinitas actividades derivadas, no sin antes haberse cobrado muchas vidas
en distintos tipos de accidentes ruteros.
¿Quién creó semejante impacto ambiental y socio-económico?
La interpretación que parece más verídica (aunque hay humaredas de
oscurecimiento también en cuanto a la veracidad) es el siguiente ciclo
perturbador:
1) La expansión de los cultivos de soja expulsan a la actividad ganadera
hacia zonas marginales.
2) Los ganaderos deben manejar intensivamente el suelo, pues esas zonas
marginales no son las más aptas.
3) Uno de esos casos, llevó a los ganaderos de la provincia de Entre Ríos a
expandirse a las tierras bajas del Delta del Paraná.
4) Para mejorar las pasturas de esas zonas, donde desde hace mucho tiempo se
recurría a quema de pastizales, en algunos sectores mínimos llevó entre
algunos productores imprudentes, a difundir dicha práctica de quemazones a
la inmensa superficie de 70.000 has.
5) Algunas informaciones indicarían que las condiciones imperantes durante
esos días (dirección de los vientos, baja presión atmosférica) habrían
contribuido a que esa inmensa humareda se quedara más tiempo y se difundiera
más en el territorio, a pesar de los ingentes esfuerzos por apagar las
quemazones.
6) Algunos ideólogos de la situación, acusan además al gobierno de utilizar
este “accidente”, para generar una reacción social negativa a los reclamos
del sector productivo agrario, que se opone a aumentos de retención a la
producción de la soja y desacreditar así a dicho sector.
Quizás esta somera enumeración de hechos e interpretaciones no es la mejor,
y se precisen mejores evaluaciones y el paso del tiempo, para que se eche
una luz verdadera sobre el acontecimiento, pero en los hechos hubo un
desastre ambiental y una nueva sensación de desazón de muchos argentinos que
perciben casi la maldición de “las 7 plagas de Egipto”, como relató la
Biblia.
Lo cierto es que la situación general es de humareda, que tiene acepciones
de neblina u oscurecimiento, e incluso de intoxicación, como le sucedió a
muchos durante el episodio.
El conflicto gobierno - sector agropecuario parece tener un fin justo y
ambientalista, como el que sería castigar el cultivo de soja con una mayor
retención, para evitar la expansión de la frontera agropecuaria sobre
tierras poco aptas para dicho fin. Pero que ello ha sido pésimamente
comunicado y ha ido contra la vocación productiva de millones y pequeños
productores rurales que naturalmente buscan aumentar la rentabilidad, en
lugar de haber ido más claramente contra quienes producen la semilla de soja
y propician su cultivo, parece una verdad inapelable.
Que esos millones de pequeños y medianos productores generan una enorme
riqueza y sobretodo una gran distribución de la misma, también es una
aseveración irrefutable.
Ha habido humareda en la forma de comunicar la iniciativa gubernamental y se
la ha ideologizado, con consignas trasnochadas de un populismo que ha
fracasado.
Las humaredas y sus vientos sucios no son nunca positivas. La buena y
transparente comunicación es un viento verde básico de las democracias
organizadas (o quizás deberíamos decir de las repúblicas democráticas).
Argentina nuevamente parece balancearse inestablemente sobre un discurso
confuso, con alianzas internacionales confusas, con reyertas sociales más
reactivas que preactivas, con maniqueísmo entre buenos y malos, que llevan a
que otros se defiendan y coloquen la bondad y la maldad en los opuestos.
Llegar al 2016 sin humos, requiere mejores tratativas republicanamente
digeridas y aprobadas (mucho trabajo legislativo) y excelente comunicación
social (opinión pública informada).
Ente humaredas, sólo ganan los buitres acechantes.
Pero percibo un insistente cambio de metas entre las primeras opiniones que
vertí en “Argentina 2016” y las últimas… Un cambio de las epopeyas
grandiosas, a “las pequeñas grandes cosas” que propuse recientemente.
Es un juego peligroso y apasionante entre “lo grande es lo poderoso” y “lo
pequeño es hermoso”, distinción que suscitara muy bien Ramón Folch [2] hace
más de dos decenios y que ese autor amigo, resolvía por “lo hermoso es
poderoso”: la utopía de hacer cosas hermosas, ya sean pequeñas o grandes,
como camino para que sean poderosas.
Será necesario construir (como un proceso educativo) las tramas y redes
sociales, los niveles de tolerancia y articulación y la confianza entre
muchos, como principio de convivencia política. Transparencia en lugar de
humo.
Y entonces sí, podrán consistir las pequeñas grandes cosas con las grandes y
hermosas.
Notas:
[1] Vientos Verdes, Rubén Pesci, 2006, Editorial CEPA y Nobuko, La Plata,
Argentina.
[2] Ramón Folch, Licenciado y Doctor en Ciencias Biológicas, Barcelona,
España.
Publicado en la revista
Ambiente en mayo de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
96 el 14 de mayo de 2008. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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