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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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Para Salomón Vergara
La extraordinaria complejidad ecosistémica, social y cultural de América
Latina tiene su origen más visible en el período 1500-1550, cuando la región
se ve incorporada al proceso de formación del moderno sistema mundial como
proveedora de alimentos y materias primas y como espacio de reserva de
recursos. Esa modalidad de inserción define, a su vez, una estructura de
larga duración que opera con tiempos y modalidades distintas en al menos
tres sub regiones diferentes, y en todos los planos de la interacción entre
los sistemas sociales y naturales presentes en cada una de ellas.
En efecto, esa función global –y sus consecuencias– se despliegan en tres
modalidades principales entre los siglos XVI y XIX, de acuerdo a la forma
fundamental de organización de las interacciones entre los sistemas sociales
y naturales. Una se articula a partir del trabajo esclavo, asociado sobre
todo –pero no exclusivamente– a actividades de plantación. Otra se articula
a partir de distintas modalidades de trabajo servil –desde la encomienda al
peonaje–, destinado sobre todo a la producción de alimentos y a la
explotación minera. Y otra más se articula a partir de una amplia modalidad
de actividades de subsistencia en las áreas de la región que escapan a la
articulación directa en el mercado mundial durante un período más o menos
prolongado.
El tránsito del siglo XIX al XX es testigo de la formación de mercados de
trabajo y de tierra constituidos mediante procesos masivos de expropiación
de territorios sometidos a formas no capitalistas de producción, para crear
las premisas indispensables a la apertura de la región a la inversión
directa extranjera y la creación de economías de enclave en el marco del
llamado Estado Liberal Oligárquico. Los ciclos posteriores –populista,
desarrollista y neoliberal– marcarán el camino hacia el siglo XXI entre las
décadas de 1930 y 1990.
En el proceso, surgieron nuevos grupos sociales cada vez más vinculados a la
economía de mercado; se expandieron las fronteras de explotación de recursos
naturales; esa explotación ganó en intensidad y complejidad tecnológica,
incluyendo a menudo procesos de elaboración de importante impacto ambiental;
se produjo un notable proceso de des-ruralización y urbanización; todas las
sociedades de la región ingresaron en procesos de transición demográfica, y
la huella ecológica de ese conjunto de procesos se hizo cada vez más vasta y
compleja. Y todo esto, a su vez, inauguró un período de nuestra historia en
que los conflictos de origen ambiental –esto es, aquellos que surgen del
interés de grupos sociales distintos en hacer usos excluyentes de los
ecosistemas que comparten– tienen un papel cada vez más importante.
En esta perspectiva, el principal rasgo distintivo de la actual fase del
desarrollo del proceso descrito consiste en la tendencia a la transformación
masiva de la naturaleza en capital natural, a partir de al menos tres
procesos, a menudo contradictorios entre sí:
• La ampliación de los espacios de explotación de lo que Nicolo Gligo llama
“ventajas competitivas espurias” –en particular, recursos naturales y
trabajo baratos, y amplias posibilidades de externalización de los costos
ambientales–, asociada a menudo a la inversión masiva en megaproyectos de
infraestructura;
• La organización de mercados de bienes y servicios ambientales con el apoyo
técnico, financiero y político de instituciones financieras internacionales,
y
• La formación de una fracción “verde” del capital, vinculado a iniciativas
globales como el Mecanismo de Desarrollo Limpio, que coexiste –a menudo en
contradicción, y a veces en conflicto– con las fracciones agraria,
industrial y financiera, más tradicionales.
Encarar este momento de la historia de las interacciones entre los sistemas
naturales y los sistemas humanos en la región, poniendo en evidencia sus
implicaciones para la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana en
nuestra América es una tarea que plantea singulares dificultades de orden
teórico y metodológico. En particular, porque exige de nosotros el esfuerzo
necesario para pasar de un enfoque estructural, referido a modelos más o
menos bien definidos a priori, a un enfoque sistémico, referido a relaciones
de interdependencia entre factores múltiples en cambio constante, en el
análisis de los problemas ambientales. Y dado que toda nuestra educación ha
tendido a formarnos en torno a una concepción estructural y funcionalista de
la realidad, el solo hecho de reconocer y enfrentar este reto representa ya
un logro muy importante para nuestra región, sobre todo si consideramos la
larga duración que usualmente tienen los procesos de cambio cultural en la
historia de nuestra especie.
No hay otra manera, sin embargo, de establecer el camino hacia la
sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie en nuestra América. Hoy,
por ejemplo, empezamos a entender que el desarrollo sostenible no es el
crecimiento económico con preocupaciones ambientales, sino el camino hacia
la creación de sociedades nuevas, capaces de ejercer en sus relaciones con
la naturaleza la armonía que caracterice a las relaciones de sus integrantes
entre sí, y con el resto de sus semejantes. Habremos llegado a ese estadio
de nuestro desarrollo como especie cuando la equidad haya dejado de ser una
meta, para convertirse en la norma de nuestra convivencia. Porque esa es la
tarea verdadera: no simplemente enfrentar la crisis en lo peor de sus
consecuencias, sino en la oportunidad que nos ofrece para ir a la
construcción de un mundo nuevo, comprobando una vez más, por esa vía, la
razón que asiste a José Martí al afirmar que toda gran verdad política es
una gran verdad natural.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
97 el 21 de mayo de 2008. Se permite la reproducción del
artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con
algunas restricciones.
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