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A. Acosta es presidente de la Asamblea Nacional
Constituyente del Ecuador.
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Durante la sesión del 6 de junio del 2008, un día después del día clásico
del liberalismo ecuatoriano y del día del ambiente a nivel internacional, la
Asamblea Constituyente fue el escenario de uno de los momentos que sin lugar
a dudas pasará a la historia. Al decir de Eduardo Galeano, por primera vez
en la historia universal, se reconoció –en primer debate– el derecho de la
Naturaleza de tener derechos.
Esta acción remite al pensamiento de Eloy Alfaro, líder del liberalismo,
crítico a su manera de la dependencia, audaz en asunto de derechos e
innovador en temas económicos, sobre todo en relación a la deuda externa. El
pensamiento liberal de Alfaro le habría llevado a alegrarse al Viejo
Luchador por el hecho de que se reconozcan derechos a la Naturaleza en esta
Constitución, que se elabora justamente en su ciudad natal, 113 años más
tarde del triunfo de la revolución liberal. Se revierte, con esta decisión,
una tradicional práctica conservadora de desconocer derechos, sea a los
indios, a los negros, a las mujeres...
Hay que reconocer que la preocupación por el ambiente ha estado presente en
diversas Constituciones del Ecuador. En 1945 se incorporó el derecho de
proteger los “lugares notables por su belleza natural y la flora y la fauna
peculiares del país” (art. 145, sección de educación y cultura). En la
Constitución codificada de 1984, en el art. 19, numeral 2 se introdujo “el
derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación y la obligación del
Estado a tutelar la preservación de la naturaleza”.
A partir de allí, en las sucesivas reformas, se mantuvo este derecho. Sin
embargo, en la Constitución de 1998 la Naturaleza fue vista todavía desde
una visión antropocéntrica. Ésta era considerada como el medio ambiente del
cual los seres humanos dependen. Esta visión implicó que para ejercer
mecanismos constitucionales de protección al ambiente se requiera que los
impactos negativos o daños ambientales necesariamente tengan relación con la
afectación a los derechos de las personas.
Aún cuando el avance en los temas ambientales ha sido lento, éste ha sido
constante. Y su acumulado histórico da resultados. Así, en la Constitución
que estamos construyendo, hay importantes elementos que se han incorporado
en los diferentes capítulos. La sustentabilidad como norma básica; el Buen
Vivir como forma, contenido y objetivo del régimen económico; la soberanía
alimentaria y energética; la protección de los ecosistemas: el derecho al
agua como un derecho humano fundamental; son temas que se han incorporado en
diferentes capítulos. El ambiente se convirtió en un tema transversal.
Sin embargo, el verdadero reto que asumimos, y por el cuál ésta será una
Constitución realmente innovadora, es que se reconocieron los derechos de la
Naturaleza, no como objeto, sino como sujeto de derechos. Conforme a lo
planteado en el debate, “la Naturaleza tiene el derecho inalienable e
imprescriptible a existir, perdurar, mantener y regenerar sus ciclos
vitales, estructura y funciones”.
Desde las primeras discusiones sobre los derechos de la Naturaleza hasta la
sesión plenaria que los sometió a primer debate en la Asamblea, hemos vivido
un verdadero proceso de aprendizaje. El escepticismo que al principio se
manifestaba en algunos asambleístas ha ido transformándose y
retroalimentando los conceptos hacia una construcción más elaborada de
derechos y una progresiva superación de las dudas y temores. Como diría el
asambleísta Leonardo Viteri, “al principio pensé que era un absurdo que la
Naturaleza tenga derechos, pero por qué va a ser absurdo si hasta las
compañías tienen derechos”.
Estos derechos son el resultado de la búsqueda de un equilibrio entre los
derechos de las personas y las colectividades, la producción de bienes y
servicios y el respeto y la preservación de la Naturaleza, que es fuente de
vida. Lo que de acuerdo la asambleísta Gabriela Quezada denominamos “el buen
vivir supone que todos quienes participamos de ella seamos sujetos de
reconocimiento de existencia y, por ende, de derechos.”
El reconocimiento de estos derechos, al decir del asambleísta Rafael
Estévez, desde el inicio uno de los más fervientes impulsores de esta
transformación revolucionaria, implica la necesidad de construir instancias
que los garanticen. Se ha planteado la creación de una Defensoría del
Ambiente y la Naturaleza o de una Procuraduría que asuma su defensa, y en
todo caso será necesaria una Ley Orgánica de los Derechos de la Naturaleza.
Para otros asambleístas, como Mae Montaño existe una serie de decisiones
políticas que deberán ser desarrolladas; por ejemplo, ¿quién realiza las
acciones de reparación, a la que la Naturaleza tendrá derecho? Su propuesta
es que las poblaciones locales, con la debida formación, podrían hacerlo,
evitando así, que quienes se beneficien de estas acciones, hoy obligatorias
por la Constitución, sean las grandes empresas remediadoras, como ha
sucedido en el caso de los derrames petroleros.
Del debate de los derechos de la Naturaleza hay dos elementos que resaltar:
• Nunca fue tan profundo el debate sobre los impactos ambientales en nuestro
país, ni tan digno el escenario en el que este dio. El país ha sido testigo
de un trabajo intenso, serio, democrático en el seno de la Asamblea.
• En intensas sesiones se había logrado importantes niveles de acuerdo y
hasta de consenso sobre el tema. Desde todas las bancadas se levantaron
voces de respaldo a esta nueva visión en relación a la Naturaleza.
Pensar que los temas ambientales dejaron de ser marginales, es algo que debe
llenarnos de orgullo a los y las asambleístas, al igual que la Naturaleza
tenga finalmente derecho a tener derechos. Este es, a no dudarlo, un
esfuerzo digno de la herencia liberadora de Eloy Alfaro.
Publicado en el
blog de
Alberto Acosta en la página de la
Asamblea Nacional
Constituyente del Ecuador el 17 de
junio de
2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 101 el
18 de junio de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
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