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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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Desde la historia ambiental, la ecología política puede ser asumida como la
disciplina que se ocupa de los conflictos que animan y expresan a un tiempo
las interacciones entre los sistemas naturales y los sistemas sociales a lo
largo del tiempo. De este modo, ella vendría a ofrecernos la dimensión
política de la historia ambiental, en una doble relación de la mayor
importancia para ambas.
La política, a fin de cuentas, es el medio por el cual nuestra especie
construye su propia historia, que es también por necesidad la de sus
relaciones con el resto del mundo natural. No lo hace sin embargo a su
antojo, sino en el marco de la tradiciones, las restricciones y las opciones
creadas por las generaciones precedentes, sea prolongándolas, sea
contradiciéndolas y transformándolas. Por lo mismo, la política también
puede ser entendida como cultura en acto, esto es, como una práctica social
ejercida desde una visión del mundo históricamente determinada.
La incorporación de lo ecológico a la política así entendida constituye sin
duda una clara y rica expresión de los modos en que las determinaciones y
las opciones de nuestro tiempo van tomando forma y encontrando sentido en
una cultura ambiental nueva. Esa cultura expresa una circunstancia histórica
marcada por la eclosión de todas las contradicciones y todos los conflictos
acumulados a lo largo del proceso de formación, y de las transformaciones,
del moderno sistema mundial. Verdaderamente, nos encontramos otra vez ante
un momento en que todo lo que ayer parecía sólido se disuelve en el aire, y
en que carecemos aún de las categorías necesarias para interrogar a la
realidad que emerge de manera nueva.
Es natural que, en el plano de la cultura, éste sea un tiempo de metáforas
como las de desarrollo, ambiente y sostenibilidad, que aluden y eluden de
manera simultánea la raíz de los problemas que nos aquejan. Esto no
significa que se trate de un tiempo de ambigüedades – por más que existan
sectores conservadores que las ejercen de manera deliberada para
distorsionar y desdibujar los términos del debate. Sí implica, en cambio,
que estamos en un momento de polisemia, en el que los problemas son
abordados desde múltiples perspectivas de significado no excluyentes entre
sí.
Es allí, precisamente, donde cabe buscar la clave de necesidad y de
dificultad de nuestra tarea. Todos los discursos de la certidumbre –desde el
neoliberalismo hasta el tardoestalinismo– son meros estertores de un mundo
que ha dejado de existir. Hoy nosotros, los humanos, somos muchísimos más –y
vivimos más años– que nunca antes en nuestra historia: al menos 6 mil 500
millones, según estimaciones recientes. La presión de nuestra especie sobre
todos los ecosistemas del Planeta ha alcanzado ya –y tiende constantemente a
sobrepasar– una escala que ayer apenas podía parecer inimaginable.
Y nuestros modos de estar en el mundo también han experimentado ya cambios
de enorme complejidad. Somos ya una especie fundamentalmente urbana, que ha
estructurado sus relaciones de poder, organización y trabajo a escala
planetaria. Un archipiélago de enclaves de prosperidad se sostiene sobre la
labor de enormes masas de un proletariado periférico, que trabaja y vive y
sufre en condiciones aún peores que las descritas por Charles Dickens y
Víctor Hugo para los países centrales del siglo XIX, y por Frantz Fanon para
el mundo colonial. Contamos ya, también, con las nuevas Leyes de Pobres
gestadas en las políticas migratorias de la Unión Europea y la Unión
Norteamericana, y en las últimas fronteras de recursos de Asia, África y
América Latina, se renueva a escala de ecocidio la tragedia de los Bienes
Comunes.
Es la escala de este drama, y la de sus implicaciones, la que demanda un
abordaje de los conflictos de relación de nuestra especie con el mundo
natural desde una perspectiva política, esto es, desde la identificación y
la ponderación de nuestras opciones de futuro, en el más activo de los
sentidos. Problemas nuevos, actores nuevos, circunstancias inéditas,
requieren abordajes innovadores. Y mucho de lo innovador en esos abordajes,
mucha de su eficacia, dependerá de nuestra capacidad para incorporar los
mejor del pasado a la construcción de un futuro mejor.
Estrategia es política, decía Martí, que exige plan contra plan. Otros, en
su infinita necrofilia, han encontrado ya –y promueven– nuevas oportunidades
de ganancia en la agonía misma de la civilización de la que surgen los
peligros que nos amenazan. A nosotros nos toca otra tarea: la de contribuir
a la defensa de la vida frente a la muerte que la circunda, para hacer de la
agonía de la civilización que perece el camino hacia otra, en la que el
desarrollo de nuestra especie llegue a ser sostenible por lo humano que
llegue a ser. Plan contra plan, en efecto: éste es el trazo fundamental del
nuestro.
Reproducido en el semanario Peripecias Nº
105 el 16 de julio de 2008. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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