Peripecias Nº 111 - 27 de agosto de 2008

AMBIENTE

 

 

Historia, ambiente y cultura

de la naturaleza en Panamá

 

 

Guillermo Castro H.

 

 

 

G. Castro Herrera es Licenciado en Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.

 

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Para Alfredo Castillero Calvo

 

El abordaje en perspectiva histórica de los problemas que plantea la sostenibilidad del desarrollo en un territorio determinado pasa por el estudio de las interacciones entre los sistemas naturales y sociales en dicho territorio a lo largo del tiempo, y de las consecuencias de esas interacciones para ambos. Dicho estudio parte de una serie de premisas tan claras como sencillas:

 

• Que nuestros problemas ambientales de hoy son el resultado de las intervenciones de nuestra especie en los ecosistemas de ayer.

 

• Que esas intervenciones son imprescindibles para la transformación en recursos naturales de un segmento de los elementos que forman parte de esos ecosistemas, mediante procesos de trabajo socialmente organizados.

 

• Que dichos procesos de trabajo utilizan tecnologías y procedimientos de complejidad correspondiente a la de las relaciones sociales predominantes en la sociedad que los utiliza.

 

• Que la transformación de los elementos naturales en recursos naturales genera una reorganización tanto de los ecosistemas así intervenidos, como de las sociedades que intervienen en ellos.

 

• Que dichos procesos dan lugar a la formación de territorios, paisajes y mentalidades característicos, los cuales pasan a convertirse en estructuras de larga duración que desempeñan un importante papel en el desarrollo ulterior de las formas de interacción entre los sistemas naturales y los sistemas sociales características de cada sociedad.

 

• Que en el mundo contemporáneo estos procesos, y las opciones de cambio que nos ofrecen, expresan en todo momento el despliegue de las relaciones entre realidades de orden local, nacional y global, que deben ser incorporadas por necesidad al análisis y valoración de dichas opciones.

 

En el caso de Panamá, a partir de la Conquista europea del siglo XVI esas relaciones con el mundo exterior dieron lugar a una organización del territorio del Istmo gestada en su primer momento –con la fundación de la Ciudad de Panamá, primer asentamiento urbano europeo en el Pacífico americano, por Pedrarias Dávila en 1519–

 

de manera que sirviera, primero, para la expansión ultramarina hacia Oriente, que era en ese momento lo que tenía mayor prioridad para la Corona. Luego, partir de 1532, el gran motor es la conquista del Perú; y finalmente, a partir de mediados del siglo XVI, los factores que deciden son la plata altoperuana y la subsecuente creación del sistema de ferias y galeones. La geografía panameña quedó organizada en torno a dos ciudades terminales en cada mar (Nombre de Dios y Panamá), y un interior apendicular que le serviría como proveedor de alimentos. De esa manera, se implantó una inexorable racionalidad a su territorio, insertándolo en una economía de mercado a grandes distancias, y destinado a servir a los tránsitos entre España y las minas argentíferas altoperuanas. La interoceanidad del istmo panameño quedó establecida con carácter permanente, y ha mantenido su vigencia hasta nuestros días. Así pues, el potencial geográfico de Panamá pudo ser anticipado desde temprano y de allí que se organizara tan precozmente. Sin embargo, fue un caso un tanto excepcional, pues pocos países americanos pudieron encontrar su función geográfica tan tempranamente de manera tan precisa. [1]

 

El papel en nuestro devenir de las estructuras así creadas emerge en plenitud en el contraste con la organización precedente. Así, en las vísperas de la Conquista europea, el territorio del Istmo

 

estaba organizado en cacicazgos en constante confrontación entre sí por el control de fajas paralelas de orientación Sur-Norte. Esas fajas de territorio discurrían a lo largo de grandes cuencas –como las de los ríos Santa María, Coclé, Bayano y el sistema Chucunaque-Tuira– que facilitaban en su parte alta el tránsito interoceánico. Por lo mismo, su control garantizaba el acceso tanto a una multiplicidad de ecosistemas y recursos –desde los manglares de las zonas de grandes mareas del Pacífico, hasta el bosque tropical húmedo y los yacimientos de oro aluvial del Atlántico–, como a rutas de intercambio comercial entre los mundos chibcha y maya, por ejemplo, por las que circulaba una abundante riqueza. No es de extrañar, por tanto, que las principales concentraciones de población se ubicaran en las zonas aluviales y los estuarios de la Bahía de Parita, el Bayano, el Darién, y en sus contrapartes Atlánticas, como el actual río Indio. [2]

 

A partir de la Conquista europea se gestan también otras estructuras, sociales y culturales, que inciden hasta hoy en la organización de las relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno natural en el Istmo. En lo social, por ejemplo, la herramienta fundamental de esa organización entre los siglos XVI y XVII fue la esclavitud africana. Ya para 1575 Alonso Criado de Castilla podía decir que en Panamá la “gente de trabajo y de servicio son negros todos, porque de la gente blanca ninguno que sirba, ni se dé al trabajo, á cuya causa es grande la suma de negros que en este reyno están”. De los esclavos dependía, en efecto, el servicio doméstico en la ciudad de Panamá; las labores en la agricultura y la ganadería; la conducción de “las recuas de mulas que andan en el camino de Cruces y de Nombre de Dios”; la pesca de perlas; los trabajos de cantería y el de “las sierras y aserraderos de donde se saca la madera”, y el trabajo en las minas. [3]

 

Desde la cultura del trabajo correspondiente a esa organización social –con sus claras manifestaciones de racismo, y de desdén por la labor física–, se forjaron también las tensiones internas inherentes a la cultura de la naturaleza en nuestra sociedad. En efecto, mientras los remanentes indígenas y los campesinos pobres veían en el entorno natural un medio de vida y desde esa visión creaban un rico folklore animista, los terratenientes y comerciantes lo percibían desde la óptica del interés en la ganancia, y a menudo tendían a considerarlo mezquino. De este modo, mientras los indígenas y campesinos tendían a apreciar los ecosistemas por el valor de uso del conjunto de sus componentes, los terratenientes y comerciantes tendían a hacerlo a partir del valor de cambio de algunos de esos componentes en particular.

 

Esta diferencia en la valoración de la naturaleza implicaba además una importante dimensión social. Así, entre los pobres del campo existía una permanente disposición y capacidad para establecerse en las montañas o en zonas de manglar en busca de una vida libre de tributos, jerarquías y trabajo servil. Una familia dotada de herramientas de metal y de un conocimiento básico del medio tropical, en efecto, podía sobrevivir en un régimen de agricultura y recolección tan bien como lo hicieran sus predecesores del neolítico, lo cual constituía un constante problema para los terratenientes y las autoridades civiles y eclesiásticas, que se veían así privados de trabajadores y tributarios. No es de extrañar, en este sentido, que esas áreas de refugio –que tan enorme valor habían tenido para las poblaciones indígenas– pasaran a ser percibidas en la cultura de la naturaleza de los señores y sus funcionarios como inútiles, dañinas y aun peligrosas.

 

En suma, se gestó de esta manera un estilo de desarrollo que Alfredo Castillero designó en 1973 con el nombre de transitismo, cuyas características incluyen:

 

• El monopolio del tránsito por una ruta en particular bajo control de una potencia extranjera hasta 1999, y del Estado panameño desde entonces.

 

• El uso de ese control para garantizar subsidios ambientales y sociales al tránsito, y para concentrar y centralizar la vida económica del país en torno a esa actividad.

 

• El control de las relaciones exteriores a través del control de la ruta de tránsito.

 

De ello resultó un territorio organizado a partir de un único eje de tránsito interoceánico Norte – Sur, complementado por un hinterland que abarca las sabanas de la región Sur central país, entre el piedemonte y el litoral. Ese hinterland, a su vez, bisecta todas las cuencas hidrográficas presentes en el espacio donde se ubica, y genera una relación conflictiva entre las estructuras económica, política y natural del territorio así estructurado.

 

Por su parte, esa organización territorial contribuye a la reproducción incesante de una estructura económica que concentra en el sector terciario magnitudes de actividad y producción que en el resto de la región corresponden por lo general a los sectores primario y secundario. Y el conjunto así estructurado se expresa, en sus relaciones con el mundo natural, en una cultura de la naturaleza escindida en dos visiones contrapuestas.

 

Una, la de los sectores dominantes en la sociedad panameña, considera como natural –y no como histórica– la llamada “vocación de servicio” de la sociedad panameña, valora la posición geográfica como principal recurso para el ejercicio de esa “vocación”, y desdeña –cuando no considera negativamente– aquellos ecosistemas que no están directamente asociados a dicho ejercicio. Otra, correspondiente sobre todo a sectores indígenas y campesinos que ocupan zonas aún relativamente marginales con respecto a tal “vocación”, valora esos ecosistemas a partir de su capacidad para proveer los recursos necesarios para producir los medios de vida necesarios para reproducirse a sí mismos, y ejercerse desde su propia identidad.

 

Desde esta perspectiva, cabe señalar dos rasgos característicos del proceso de formación y transformación de nuestra cultura de la naturaleza. Uno, que estas visiones del mundo natural están unidas por sus mismas contradicciones, pues expresan dos aspectos distintos de una misma realidad. El otro, que esas contradicciones han venido acentuándose sin cesar a lo largo de los últimos diez años, al menos, en la medida en que el sector hegemónico en la sociedad transitista tiende a ampliar como nunca antes los espacios de servicio del territorio, complementando los del tránsito mismo con los del ecoturismo, la minería, la producción de energías renovables y la de otros bienes y servicios ambientales. Este conflicto, que se agudiza día con día, sólo podrá ser resuelto con el paso de formas nuevas de organización de las relaciones de la sociedad panameña con su entorno. Y eso implica, a su vez, el paso a formas nuevas de organización de la propia sociedad.

 

Ambiente, historia, territorio: (algunas) lecciones aprendidas

 

Hoy en día, la necesidad de una organización sostenible del desarrollo en Panamá pasa necesariamente por el reconocimiento de la insostenibilidad de la organización vigente, y de las estructuras de larga duración en las que ella se asienta desde el siglo XVI a nuestros días. Así lo evidencia por ejemplo el hecho de que, a comienzos del siglo XXI, hayamos llegado a la más singular de las contradicciones de nuestra historia ambiental: aquella en la que el transitismo se constituye en el peligro mayor incluso para la actividad del tránsito en Panamá.

 

Desde la óptica del transitismo, en efecto, resulta cada vez más difícil traducir en formas nuevas de organización del desarrollo la comprensión, ya establecida en lo mejor de nuestra cultura, de que nuestra propia gente, el agua y la biodiversidad de los ecosistemas que garantizan su presencia en el Istmo son los principales recursos de Panamá, y de que la unidad fundamental de interacción de esos recursos está constituida por cada una de las 52 cuencas hidrográficas que organizan desde sí el territorio de la nación. Y esto se expresa en el hecho –visible sobre todo en la Cuenca del Canal– de que si por un lado ya es evidente la necesidad de gestionar el territorio desde sus estructuras naturales, por el otro esa necesidad encuentra uno de sus más tenaces obstáculos en las estructura político–administrativa gestada por y para la organización territorial transitista.

 

Para encarar el tipo de problema que nos plantean las estructuras de larga duración que sustentan al modelo de desarrollo transitista, conviene recordar que quien desea un desarrollo distinto aspira en realidad a una sociedad diferente que, en el mundo de hoy, carece de modelos históricos que puedan ser imitados. Allí radica el nudo gordiano de los problemas ambientales en nuestro país, que se expresa hoy en la demanda general de un desarrollo que sea finalmente sostenible, esto es, distinto y antagónico a las formas en que el transitismo organiza las relaciones entre la sociedad panameña y su entorno natural.

 

No sabemos cómo será la sociedad que surja de un desafío así planteado. Pero sabemos al menos tres cosas. Una, que su organización territorial se caracterizará por la convergencia de sus estructuras políticas y administrativas con las estructuras naturales del espacio que ocupa. Otra, que sus relaciones con la naturaleza tendrán el mismo carácter armónico que las relaciones que mantengan entre sí los distintos grupos humanos y clases sociales que hacen parte de nuestra sociedad. Y, finalmente, que una sociedad así no podrá ser creada por decreto sino por medio de la acción política que nos lleve desde el país que somos al que merecemos ser.

 

 

Notas:

 

[1] Castillero Calvo, Alfredo: “Frontera, ordenamiento territorial y poblamiento en Panamá, segunda mitad del siglo XVIII”. Conferencia dictada el miércoles 17 de octubre de 2007, durante el Seminario Internacional Territorio, Razón y Ciudad Ilustrada, celebrado en el Archivo de Bogotá del 16 al 19 octubre de 2007. Este Seminario ha sido organizado por la Alcaldía Mayor de Bogotá, la Universidad Nacional de Colombia, sede de Bogotá, Facultad de Artes, Doctorado en Arte y Arquitectura, y la Universidad Javeriana. En prensa en la Revista Tareas.

 

[2] Castro Herrera, Guillermo: “Panamá: territorio, sociedad y gestión pública en la perspectiva del siglo XXI”. Fundación Ciudad del Saber. Inédito.

 

[3] Y muchos eran, en efecto: 8.639 negros, de los cuales 5.839 esclavos, y los demás horros o cimarrones, frente a 3.748 españoles y 950 indios. Criado de Castilla, Alonso: “Sumaria descripción del Reyno de Tierra Firme”, 1575, en Jaén Suárez, 1981: Geografía de Panamá. Biblioteca de la Cultura Panameña, Universidad de Panamá, p. 25.

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 111 el 27 de agosto de 2008. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.

 

 

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