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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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Para Alfredo Castillero Calvo
El abordaje en perspectiva histórica de los problemas que plantea la
sostenibilidad del desarrollo en un territorio determinado pasa por el
estudio de las interacciones entre los sistemas naturales y sociales en
dicho territorio a lo largo del tiempo, y de las consecuencias de esas
interacciones para ambos. Dicho estudio parte de una serie de premisas tan
claras como sencillas:
• Que nuestros problemas ambientales de hoy son el resultado de las
intervenciones de nuestra especie en los ecosistemas de ayer.
• Que esas intervenciones son imprescindibles para la transformación en
recursos naturales de un segmento de los elementos que forman parte de esos
ecosistemas, mediante procesos de trabajo socialmente organizados.
• Que dichos procesos de trabajo utilizan tecnologías y procedimientos de
complejidad correspondiente a la de las relaciones sociales predominantes en
la sociedad que los utiliza.
• Que la transformación de los elementos naturales en recursos naturales
genera una reorganización tanto de los ecosistemas así intervenidos, como de
las sociedades que intervienen en ellos.
• Que dichos procesos dan lugar a la formación de territorios, paisajes y
mentalidades característicos, los cuales pasan a convertirse en estructuras
de larga duración que desempeñan un importante papel en el desarrollo
ulterior de las formas de interacción entre los sistemas naturales y los
sistemas sociales características de cada sociedad.
• Que en el mundo contemporáneo estos procesos, y las opciones de cambio que
nos ofrecen, expresan en todo momento el despliegue de las relaciones entre
realidades de orden local, nacional y global, que deben ser incorporadas por
necesidad al análisis y valoración de dichas opciones.
En el caso de Panamá, a partir de la Conquista europea del siglo XVI esas
relaciones con el mundo exterior dieron lugar a una organización del
territorio del Istmo gestada en su primer momento –con la fundación de la
Ciudad de Panamá, primer asentamiento urbano europeo en el Pacífico
americano, por Pedrarias Dávila en 1519–
de manera que sirviera, primero, para la expansión ultramarina hacia
Oriente, que era en ese momento lo que tenía mayor prioridad para la Corona.
Luego, partir de 1532, el gran motor es la conquista del Perú; y finalmente,
a partir de mediados del siglo XVI, los factores que deciden son la plata
altoperuana y la subsecuente creación del sistema de ferias y galeones. La
geografía panameña quedó organizada en torno a dos ciudades terminales en
cada mar (Nombre de Dios y Panamá), y un interior apendicular que le
serviría como proveedor de alimentos. De esa manera, se implantó una
inexorable racionalidad a su territorio, insertándolo en una economía de
mercado a grandes distancias, y destinado a servir a los tránsitos entre
España y las minas argentíferas altoperuanas. La interoceanidad del istmo
panameño quedó establecida con carácter permanente, y ha mantenido su
vigencia hasta nuestros días. Así pues, el potencial geográfico de Panamá
pudo ser anticipado desde temprano y de allí que se organizara tan
precozmente. Sin embargo, fue un caso un tanto excepcional, pues pocos
países americanos pudieron encontrar su función geográfica tan tempranamente
de manera tan precisa. [1]
El papel en nuestro devenir de las estructuras así creadas emerge en
plenitud en el contraste con la organización precedente. Así, en las
vísperas de la Conquista europea, el territorio del Istmo
estaba organizado en cacicazgos en constante confrontación entre sí por
el control de fajas paralelas de orientación Sur-Norte. Esas fajas de
territorio discurrían a lo largo de grandes cuencas –como las de los ríos
Santa María, Coclé, Bayano y el sistema Chucunaque-Tuira– que facilitaban en
su parte alta el tránsito interoceánico. Por lo mismo, su control
garantizaba el acceso tanto a una multiplicidad de ecosistemas y recursos
–desde los manglares de las zonas de grandes mareas del Pacífico, hasta el
bosque tropical húmedo y los yacimientos de oro aluvial del Atlántico–, como
a rutas de intercambio comercial entre los mundos chibcha y maya, por
ejemplo, por las que circulaba una abundante riqueza. No es de extrañar, por
tanto, que las principales concentraciones de población se ubicaran en las
zonas aluviales y los estuarios de la Bahía de Parita, el Bayano, el Darién,
y en sus contrapartes Atlánticas, como el actual río Indio. [2]
A partir de la Conquista europea se gestan también otras estructuras,
sociales y culturales, que inciden hasta hoy en la organización de las
relaciones de los seres humanos entre sí y con su entorno natural en el
Istmo. En lo social, por ejemplo, la herramienta fundamental de esa
organización entre los siglos XVI y XVII fue la esclavitud africana. Ya para
1575 Alonso Criado de Castilla podía decir que en Panamá la “gente de
trabajo y de servicio son negros todos, porque de la gente blanca ninguno
que sirba, ni se dé al trabajo, á cuya causa es grande la suma de negros que
en este reyno están”. De los esclavos dependía, en efecto, el servicio
doméstico en la ciudad de Panamá; las labores en la agricultura y la
ganadería; la conducción de “las recuas de mulas que andan en el camino de
Cruces y de Nombre de Dios”; la pesca de perlas; los trabajos de cantería y
el de “las sierras y aserraderos de donde se saca la madera”, y el trabajo
en las minas. [3]
Desde la cultura del trabajo correspondiente a esa organización social –con
sus claras manifestaciones de racismo, y de desdén por la labor física–, se
forjaron también las tensiones internas inherentes a la cultura de la
naturaleza en nuestra sociedad. En efecto, mientras los remanentes indígenas
y los campesinos pobres veían en el entorno natural un medio de vida y desde
esa visión creaban un rico folklore animista, los terratenientes y
comerciantes lo percibían desde la óptica del interés en la ganancia, y a
menudo tendían a considerarlo mezquino. De este modo, mientras los indígenas
y campesinos tendían a apreciar los ecosistemas por el valor de uso del
conjunto de sus componentes, los terratenientes y comerciantes tendían a
hacerlo a partir del valor de cambio de algunos de esos componentes en
particular.
Esta diferencia en la valoración de la naturaleza implicaba además una
importante dimensión social. Así, entre los pobres del campo existía una
permanente disposición y capacidad para establecerse en las montañas o en
zonas de manglar en busca de una vida libre de tributos, jerarquías y
trabajo servil. Una familia dotada de herramientas de metal y de un
conocimiento básico del medio tropical, en efecto, podía sobrevivir en un
régimen de agricultura y recolección tan bien como lo hicieran sus
predecesores del neolítico, lo cual constituía un constante problema para
los terratenientes y las autoridades civiles y eclesiásticas, que se veían
así privados de trabajadores y tributarios. No es de extrañar, en este
sentido, que esas áreas de refugio –que tan enorme valor habían tenido para
las poblaciones indígenas– pasaran a ser percibidas en la cultura de la
naturaleza de los señores y sus funcionarios como inútiles, dañinas y aun
peligrosas.
En suma, se gestó de esta manera un estilo de desarrollo que Alfredo
Castillero designó en 1973 con el nombre de transitismo, cuyas
características incluyen:
• El monopolio del tránsito por una ruta en particular bajo control de una
potencia extranjera hasta 1999, y del Estado panameño desde entonces.
• El uso de ese control para garantizar subsidios ambientales y sociales al
tránsito, y para concentrar y centralizar la vida económica del país en
torno a esa actividad.
• El control de las relaciones exteriores a través del control de la ruta de
tránsito.
De ello resultó un territorio organizado a partir de un único eje de
tránsito interoceánico Norte – Sur, complementado por un hinterland que
abarca las sabanas de la región Sur central país, entre el piedemonte y el
litoral. Ese hinterland, a su vez, bisecta todas las cuencas hidrográficas
presentes en el espacio donde se ubica, y genera una relación conflictiva
entre las estructuras económica, política y natural del territorio así
estructurado.
Por su parte, esa organización territorial contribuye a la reproducción
incesante de una estructura económica que concentra en el sector terciario
magnitudes de actividad y producción que en el resto de la región
corresponden por lo general a los sectores primario y secundario. Y el
conjunto así estructurado se expresa, en sus relaciones con el mundo
natural, en una cultura de la naturaleza escindida en dos visiones
contrapuestas.
Una, la de los sectores dominantes en la sociedad panameña, considera como
natural –y no como histórica– la llamada “vocación de servicio” de la
sociedad panameña, valora la posición geográfica como principal recurso para
el ejercicio de esa “vocación”, y desdeña –cuando no considera
negativamente– aquellos ecosistemas que no están directamente asociados a
dicho ejercicio. Otra, correspondiente sobre todo a sectores indígenas y
campesinos que ocupan zonas aún relativamente marginales con respecto a tal
“vocación”, valora esos ecosistemas a partir de su capacidad para proveer
los recursos necesarios para producir los medios de vida necesarios para
reproducirse a sí mismos, y ejercerse desde su propia identidad.
Desde esta perspectiva, cabe señalar dos rasgos característicos del proceso
de formación y transformación de nuestra cultura de la naturaleza. Uno, que
estas visiones del mundo natural están unidas por sus mismas
contradicciones, pues expresan dos aspectos distintos de una misma realidad.
El otro, que esas contradicciones han venido acentuándose sin cesar a lo
largo de los últimos diez años, al menos, en la medida en que el sector
hegemónico en la sociedad transitista tiende a ampliar como nunca antes los
espacios de servicio del territorio, complementando los del tránsito mismo
con los del ecoturismo, la minería, la producción de energías renovables y
la de otros bienes y servicios ambientales. Este conflicto, que se agudiza
día con día, sólo podrá ser resuelto con el paso de formas nuevas de
organización de las relaciones de la sociedad panameña con su entorno. Y eso
implica, a su vez, el paso a formas nuevas de organización de la propia
sociedad.
Ambiente, historia, territorio: (algunas) lecciones aprendidas
Hoy en día, la necesidad de una organización sostenible del desarrollo en
Panamá pasa necesariamente por el reconocimiento de la insostenibilidad de
la organización vigente, y de las estructuras de larga duración en las que
ella se asienta desde el siglo XVI a nuestros días. Así lo evidencia por
ejemplo el hecho de que, a comienzos del siglo XXI, hayamos llegado a la más
singular de las contradicciones de nuestra historia ambiental: aquella en la
que el transitismo se constituye en el peligro mayor incluso para la
actividad del tránsito en Panamá.
Desde la óptica del transitismo, en efecto, resulta cada vez más difícil
traducir en formas nuevas de organización del desarrollo la comprensión, ya
establecida en lo mejor de nuestra cultura, de que nuestra propia gente, el
agua y la biodiversidad de los ecosistemas que garantizan su presencia en el
Istmo son los principales recursos de Panamá, y de que la unidad fundamental
de interacción de esos recursos está constituida por cada una de las 52
cuencas hidrográficas que organizan desde sí el territorio de la nación. Y
esto se expresa en el hecho –visible sobre todo en la Cuenca del Canal– de
que si por un lado ya es evidente la necesidad de gestionar el territorio
desde sus estructuras naturales, por el otro esa necesidad encuentra uno de
sus más tenaces obstáculos en las estructura político–administrativa gestada
por y para la organización territorial transitista.
Para encarar el tipo de problema que nos plantean las estructuras de larga
duración que sustentan al modelo de desarrollo transitista, conviene
recordar que quien desea un desarrollo distinto aspira en realidad a una
sociedad diferente que, en el mundo de hoy, carece de modelos históricos que
puedan ser imitados. Allí radica el nudo gordiano de los problemas
ambientales en nuestro país, que se expresa hoy en la demanda general de un
desarrollo que sea finalmente sostenible, esto es, distinto y antagónico a
las formas en que el transitismo organiza las relaciones entre la sociedad
panameña y su entorno natural.
No sabemos cómo será la sociedad que surja de un desafío así planteado. Pero
sabemos al menos tres cosas. Una, que su organización territorial se
caracterizará por la convergencia de sus estructuras políticas y
administrativas con las estructuras naturales del espacio que ocupa. Otra,
que sus relaciones con la naturaleza tendrán el mismo carácter armónico que
las relaciones que mantengan entre sí los distintos grupos humanos y clases
sociales que hacen parte de nuestra sociedad. Y, finalmente, que una
sociedad así no podrá ser creada por decreto sino por medio de la acción
política que nos lleve desde el país que somos al que merecemos ser.
Notas:
[1] Castillero Calvo, Alfredo: “Frontera, ordenamiento territorial y
poblamiento en Panamá, segunda mitad del siglo XVIII”. Conferencia dictada
el miércoles 17 de octubre de 2007, durante el Seminario Internacional
Territorio, Razón y Ciudad Ilustrada, celebrado en el Archivo de Bogotá
del 16 al 19 octubre de 2007. Este Seminario ha sido organizado por la
Alcaldía Mayor de Bogotá, la Universidad Nacional de Colombia, sede de
Bogotá, Facultad de Artes, Doctorado en Arte y Arquitectura, y la
Universidad Javeriana. En prensa en la Revista Tareas.
[2] Castro Herrera, Guillermo: “Panamá: territorio, sociedad y gestión
pública en la perspectiva del siglo XXI”. Fundación Ciudad del Saber.
Inédito.
[3] Y muchos eran, en efecto: 8.639 negros, de los cuales 5.839 esclavos, y
los demás horros o cimarrones, frente a 3.748 españoles y 950 indios. Criado
de Castilla, Alonso: “Sumaria descripción del Reyno de Tierra Firme”, 1575,
en Jaén Suárez, 1981: Geografía de Panamá. Biblioteca de la Cultura
Panameña, Universidad de Panamá, p. 25.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
111 el 27 de agosto de 2008.
Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.
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