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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
Prólogo del libro Transformaciones de la Tierra,
de Donald Worster. Editorial Coscoroba, Biblioteca Latinoamericana de
Ecología Política. Montevideo, 2008

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La irrupción de la naturaleza en el campo de las ciencias humanas constituye
ya uno de los hechos más notables de la cultura de nuestro tiempo. De una
manera que parece casi súbita por contraste con el prolongado período de
especialización y separación de campos que precedió al tiempo que vivimos,
lo ambiental se torna en objeto de preocupación y estudio para la economía,
la sociología, la ciencia política y, naturalmente, la historia.
En alguna medida, esta tendencia nueva a la cooperación y la síntesis
expresa la necesidad de dar forma a las preguntas inéditas que nos plantea
la época en que vivimos, marcada desde hace más de un decenio por una
circunstancia de crecimiento económico sostenido acompañado de un constante
deterioro social y ambiental. Y de todas esas preguntas, ninguna es tan
importante como la que se refiere al carácter y el significado de la
evidente crisis por la que atraviesan las relaciones entre los humanos y su
entorno natural.
No se trata, por supuesto, de nuestra primera crisis de relación con el
mundo natural. El dominio del fuego, la generalización de la agricultura, el
surgimiento de la civilización, son apenas algunos ejemplos de hechos del
pasado que han provocado un vasto impacto ambiental. Aquellas crisis, sin
embargo, fueron por lo general de carácter local; afectaron a sociedades
específicas; se desarrollaron de manera gradual, y su impacto estuvo
circunscrito a ambientes humanos particulares, que habían rebasado la
capacidad de sustentación que podían ofrecerles los ecosistemas en que se
sustentaban.
Por contraste, la crisis de hoy tiene un carácter global; afecta a todas las
sociedades del planeta; se ha venido gestando con intensidad creciente en un
período de apenas doscientos años –y sobre todo en el último medio siglo–, y
da muestras ya de estarse transformando en una crisis ecológica, y no
meramente ambiental. A ello cabe agregar, también, que en esta crisis aflora
–como quizás nunca antes–, la estrecha relación existente entre las
relaciones que los seres humanos establecen entre sí en la producción de sus
condiciones de vida, y las que como especie establecen con el conjunto del
mundo natural.
Van quedando atrás, así, los tiempos en que lo ambiental se reducía a un
problema tecnológico, demográfico, o meramente económico, para dar paso a
una visión de creciente complejidad, que demanda por lo mismo formas nuevas
de colaboración e interacción entre las ciencias humanas y las naturales. En
esta relación nueva resaltan dos elementos cruciales. Por un lado, que lo
social y lo natural deben ser comprendidos en el marco más amplio de las
interacciones entre los sistemas sociales y los sistemas naturales. Por
otro, que la historia puede y debe contribuir a plantear tres factores de
importancia decisiva para comprender el alcance de esas interacciones en el
desarrollo de nuestra especie.
En primer término, que los problemas ambientales que enfrentamos hoy tienen
su origen en las formas en que hemos venido haciendo uso de los ecosistemas
en el pasado. Enseguida, que el uso de la naturaleza por nuestra especie
constituye un factor de creciente importancia en la historia natural. Y, por
último, que nuestras ideas acerca de la naturaleza y de las formas en que
debe ser puesta al servicio de nuestras necesidades están socialmente
determinadas de maneras a la vez evidentes y sutiles.
Este es, precisamente, el universo de problemas y tareas al que se refiere
la obra de Donald Worster (1941), quien ocupa la cátedra Hall para
profesores distinguidos de historia de los Estados Unidos en el Departamento
de Historia de la Universidad de Kansas. Desde allí, persiste en la obra que
años atrás lo llevó a convertirse en uno de los fundadores de la historia
ambiental, cuya forja tuvo lugar al calor del creciente interés por los
problemas de la biósfera que ha venido caracterizando a las culturas
noratlánticas a partir de la década de 1970.
En ese sentido, dicha disciplina fue definida por el propio Worster a
principios de la década de 1980 como una “nueva historia” que busca combinar
una vez más la ciencia natural y la historia, no como otra especialidad
aislada, sino como una importante empresa cultural que modificará
considerablemente nuestra comprensión de los procesos históricos. Lo que
esta indagación implica, aquello para lo que nuestros tiempos nos han
preparado (es)... el desarrollo de una perspectiva ecológica en la historia.
No sólo se trata, así, de que la historia ambiental procure entender la
crisis global de la biósfera como el resultado de un proceso en el que han
venido interactuando fenómenos de larga y muy larga duración –como el
desarrollo de la agricultura y el crecimiento de la población–, con otros de
plazo más breve e intensidad mucho mayor, como el uso masivo de los
combustibles fósiles en los siglos XIX y XX, o la generalización de la
agricultura de monocultivo sostenida en el consumo de agroquímicos en enorme
escala en todo el planeta en la segunda mitad de este siglo. Se trata, sobre
todo, de que la historia ambiental se propone el estudio de la interacción
que tiene lugar entre la especie humana y sus entornos, cada vez más
artificializados, y las consecuencias y advertencias que resultan de esa
interacción para los humanos en lo ecológico como en lo político, lo
cultural y lo económico.
En esa perspectiva, Donald Worster ha producido ya una amplia obra, que
incluye entre sus títulos más conocidos Nature’s Economy. A history of
ecological ideas. Cambridge University Press, 1994; The Wealth of Nature.
Environmental history and the ecological imagination. Oxford University
Press, New York, 1993, y Rivers of Empire. Water, Aridity and the Growth of
the American West. Oxford University Press, New York Oxford, 1992. Para un
conocimiento de primera mano de los orígenes, tendencias y preocupaciones
fundamentales de la historia ambiental, además, tienen especial importancia
sus ensayos “La Historia como Historia Natural: un ensayo sobre teoría y
método“ (Pacific Historical Review, 1984); “Transformaciones de la Tierra:
hacia una perspectiva agorecológica en la historia” (Journal of American
History, March 1990) y “Encuentro de Culturas: la historia ambiental y las
ciencias ambientales” (Environment and History, Vol. I, Num. 1, 1996).
La obra de Donald Worster ha sido traducida a casi todos los idiomas cultos
de la Tierra, desde el sueco al mandarín y el japonés. Sin embargo, su
difusión en lengua española ha sido lenta y difícil. Se inició en Panamá,
con la publicación de los tres ensayos arriba mencionados en distintas
ediciones de la revista Tareas a mediados de la década de 1990, continuó con
la primera edición de esta antología por el Instituto de Estudios Nacionales
de la Universidad de Panamá en el año 2000, y con una segunda edición en la
Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, en costa Rica, en el año
2006. A ello se ha sumado, además, una persistente difusión de textos de
Donald Worster entre los integrantes de la Sociedad Latinoamericana y
Caribeña de Historia Ambiental, creada en el año 2006, a la que están
vinculado un importante grupo de sus discípulos norteamericanos.
La que ahora ofrece CLAES es la primera edición sudamericana. Con ella,
CLAES ofrece un importante servicio a la comunidad ambientalista del Cono
Sur, en sí misma y en sus relaciones con sus pares de otras regiones del
mundo. La historia que Worster propone puede y debe, en efecto, ampliar y
enriquecer significativamente el diálogo entre las ciencias humanas y las
ciencias naturales en torno a los problemas ambientales que enfrenta América
Latina, y porque sin duda facilitará y estimulará además el acceso a este
campo del conocimiento a un creciente número de personas interesadas en el
tema.
Todo esto contribuirá sin duda a estimular entre nosotros la búsqueda de
nuevos enfoques en la cooperación entre las sociedades de nuestro
Hemisferio, y entre ellas y la comunidad global, a partir de una mejor
comprensión del sustrato histórico y cultural que subyace tras las
concepciones de cada una acerca de sus relaciones con su mundo natural. La
obra de historiadores como Worster se remite a fin de cuentas a
interacciones de escala planetaria, y estará siempre incompleta en la medida
en que no consiga incorporar al diálogo que la sustenta la producción de
estudiosos de lo ambiental y lo cultural en regiones como América Latina.
Desde nosotros, será evidente que si la historia ambiental es la historia
del concepto de ambiente –como nos lo dijera hace ya algunos años Enrique
Leff–, y si ese concepto sintetiza el resultado de las interacciones entre
los sistemas sociales y los sistemas naturales a lo largo del tiempo humano,
la historia ambiental latinoamericana puede y debe estar cargada de futuro,
porque sólo podremos cambiar nuestras relaciones con la naturaleza en la
medida en que estemos dispuestos a cambiar, también, las relaciones sociales
que nos permiten interactuar con ella. Así entendida, la historia ambiental
no tiene ya que ser la crónica terrible de una devastación inevitable. Por
el contrario, al permitirnos entender los caminos por los que hemos llegado
a la situación en que nos encontramos, nos ayuda a comprender mejor los que
pueden alejarnos de ella para crear las condiciones nos permitan trascender
y superar, desde hoy hacia mañana, las formas de organización del desarrollo
de nuestra especie que nos han conducido a crear los riesgos crecientes de
deshumanización y aun de extinción que ya enfrentamos.
Fundación Ciudad del Saber,
Panamá, junio de 2008
Prólogo del libro de Donald Worster,
Transformaciones de la Tierra, Editorial Coscoroba,
Biblioteca Latinoamericana de
Ecología Política de CLAES, Montevideo, junio 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
115 el 24 de septiembre de 2008.
Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.
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