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En Uruguay se está planteando actualmente la posibilidad de instalar una
central atómica para complementar la generación eléctrica (que básicamente
es hidráulica con unidades térmicas para las épocas de sequía).
Ello ha planteado una polémica: Los partidarios dicen que sería una solución
global, y que los accidentes como el de Chernobyl ya no ocurren. Quienes
están en contra indican que el tamaño mínimo de una central atómica es
exagerado para el Uruguay, y que habría que explotar al máximo las energías
autóctonas y renovables antes de pensar en lo nuclear.
A pesar de que el presidente Vázquez no rechaza a priori la instalación, el
ministro de Industria y Energía ha dicho públicamente que no conviene que
una única fuente concentre más del 10 o 15% del suministro.
Respecto al tema de los accidentes, y aunque las actuales centrales son más
seguras que las anteriores, nunca se pueden descartar. Tomamos de la prensa
un ejemplo ilustrativo:
“El gran acelerador de partículas del Consejo Europeo para la Investigación
Nuclear (CERN), en la frontera suizo-francesa, suspendió sus actividades por
dos meses debido a una falla ocurrida el viernes.”... “el dispositivo de
alta tensión ha fundido una conexión eléctrica”...
“Las investigaciones sugieren que la causa de la falla se origina en una
conexión eléctrica defectuosa. La fuerte corriente eléctrica fundió el
dispositivo conector...” “Debido a que las fallas requieren de calentamiento
y enfriamiento de una parte del acelerador, la reparación toma varias
semanas”...
Hablamos de uno de los más ambiciosos proyectos de la humanidad. Suponemos
que se está realizando con las más altas normas de seguridad de diseño, y
que los técnicos europeos asignados al mismo son de primera línea. La
preparación de los técnicos uruguayos es muy buena, y saben que las
conexiones eléctricas son causa de gran porcentaje de las fallas eléctricas
(como la que ocurrió en Europa); pero como todo ser humano están sujetos a
distracciones o errores.
Aquí en el Uruguay también han ocurrido accidentes importantes en la
industria energética, de los cuales mencionaremos dos de los últimos años
que los montevideanos recuerdan muy bien por su trascendencia.
En la Sexta unidad de la más importante central termoeléctrica, una errónea
intervención de mantenimiento, que podríamos llamar tonta si no hubiera sido
por sus consecuencias, provocó un incendio que destruyó totalmente la
planta, y afectó también a la Quinta unidad, amenazando a una zona de la
ciudad que fue aislada por los bomberos.
Si bien en la única refinería de Uruguay han ocurrido muchos accidentes, se
recuerda uno en particular por la admiración que despertó la heroica
intervención de un bombero. El funcionario no estaba de servicio, pasaba por
un camino cercano, y se precipitó entre las llamas para cerrar una válvula
que estaba atascada. Logró así evitar una destrucción total de la planta a
costa de sufrir serias quemaduras.
Hoy en día se considera de mal gusto acordarse de los accidentes de la
industria atómica especialmente por parte de los que venden -o intentan
vender- las centrales. Hablar de Chernobyl es casi imperdonable, y quienes
lo hacen están sujetos al escarnio público: son retrógrados, alarmistas o
mal intencionados.
Pero no se precisa un desastre de esa magnitud para que una eventual central
atómica uruguaya deje el país a oscuras: bastaría algo como lo que ocurrió
cerca de Tarragona el 24 de agosto pasado. La central Vandellós II tuvo que
detenerse, y aún no hay fecha prevista para su entrada en servicio. De paso,
digamos que Vandellós I, por un accidente similar ocurrido anteriormente
tuvo que sacarse de servicio y está desmantelada en un 80 por ciento. El 20
por ciento restante está cubierto por un sarcófago de hormigón.
Publicado en el semanario Peripecias Nº 116
el 1 de octubre de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente.
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