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M. Rey Rosa es guatemalteca,
investigadora en temas ambientales.
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Si quisiéramos minimizar los impactos de la crisis ecológica que
desencadenamos, tenemos que empezar a tratar de ver la vida de una nueva
manera.
Los habitantes de las ciudades modernas tienen tan poco contacto con el
mundo natural que se sienten completamente ajenos al sistema de vida del
cual son parte.
Los habitantes de los sitios más aislados en los países menos desarrollados
tampoco están completamente conscientes de la conexión que existe entre
ellos y las modernas y gigantescas ciudades industriales.
Pero todos existimos dentro de la misma atmósfera, respirando el mismo aire.
Estamos conectados todos con todos por este vínculo invisible. No todos
hemos contribuido en igual medida en la producción de los gases que están
calentando la atmósfera ni en la deforestación, pero todos podríamos hacer
un esfuerzo para contribuir a detener el proceso de destrucción del sistema
de vida que evolucionó sobre el planeta Tierra.
Es la forma irreflexiva en que se está derrochando, malgastando y
desperdiciando todo lo que nos rodea, la que está destruyendo nuestro único
mundo y todo lo que éste nos ofrece para sobrevivir.
Es obligado reflexionar sobre lo que tenemos que hacer para revertir este
proceso suicida. El problema es muy complejo, si se le enfoca de manera
integral, pero es relativamente sencillo, si lo abordamos de manera
personal. Basta sumar todas las acciones que realizamos cotidianamente,
considerando el uso de recursos que éstas implican. Por ejemplo, cuántos
litros de agua utilizo cada día. Tengo que sumar cuántas veces al día: me
baño, me lavo la cara, me lavo las manos, me lavo los dientes, me lavo el
pelo, echo agua en el inodoro, lavo mis alimentos, lavo los trastos, lavo el
trapeador, lavo la ropa; casi todas estas acciones son necesarias para
mantener la higiene personal y de nuestro lugar de habitación.
Además, hay quienes necesitan agua para regar las plantas, para bañar al
perro, para lavar el carro. O llenar la piscina, mantener verde el campo de
golf.
Todo suma, cuando estamos evaluando nuestro consumo de energía y de materias
primas: de agua, de papel, de energía eléctrica, de gasolina, de jabones, de
perfumes, de aceites, de productos enlatados, envasados, empacados, de
productos plásticos. Para cada persona el reto será diferente, dependiendo
de su nivel de consumo, pero el reto ineludible, si queremos hacer algo, es
disminuir. Podrá sonar fácil, pero no lo es. Porque estamos en la era del
consumo. Desde todos los rincones posibles, la publicidad moderna nos grita
que lo único que vale la pena en esta vida es consumir, consumir y consumir.
La consigna ecologista, en cambio, requiere lo contrario: reducir, reciclar,
reusar, rechazar. Reducir nuestro consumo, reciclar y reusar todo lo que sea
posible, rechazar todo aquello que sea innecesario o nocivo.
Si el costo de una pulsera de oro es la destrucción de una montaña y la
dignidad de un pueblo indígena, si el costo de un abrigo de pieles es la
vida de una foca, si el costo de una bolsa de plástico son 400 años de
contaminación en el océano, sencillamente no podemos justificar su consumo.
Sin pretender regresar a la época de las cavernas o renunciar a todos los
beneficios de esta época, lo que se requiere es utilizar los bienes que
tenemos a nuestro alcance, con sumo cuidado.
Publicado en
Prensa Libre, Guatemala, el 26
de octubre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 120
el 29 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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