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V. Lobato es
investigadora del CLAES
(Centro Latino Americano de Ecología Social) en energía.
Más información en
Agrocombustibles
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Criticados por desplazar cultivos alimentarios, provocar el encarecimiento de
los alimentos, y de no contribuir mayormente a la reducción de la emisión de
Gases de Efecto Invernadero, los agrocombustibles o biocombustibles de primera
generación están dando paso al desarrollo de nuevas tecnologías de producción de
biocombustibles que no afectan la seguridad alimentaria, la biodiversidad y los
recursos naturales a la vez que contribuyen mas eficientemente a la reducción de
emisiones de GEI.
Las consecuencias que ha acarreado a la humanidad el indiscriminado consumo de
combustibles fósiles ha impulsado la búsqueda de fuentes alternativas de
energía, en especial en los sectores donde las ingentes cantidades de petróleo y
gas se incrementan día a día hasta alcanzar dimensiones insostenibles. Es así
que el ahorro de energía, el uso racional de la misma, los cambios en los
hábitos de consumo, el mejoramiento de la eficiencia energética y la sustitución
por energías renovables aparecen como caminos inevitables para mitigar las
secuelas de doscientos años de consumo de combustibles fósiles. En este
escenario, los biocombustibles líquidos tradicionales, biodiesel y etanol, han
desatado un fuerte debate entre sus partidarios y aquéllos que afirman que
perjudican más que lo que benefician.
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El aumento de la movilidad de las personas y las mercancías entre el siglo
pasado y el presente ha disparado un considerable incremento del transporte de
carga y pasajeros a nivel mundial, con el consiguiente aumento del consumo de
energía de este sector. El transporte funciona casi exclusivamente con motores
de combustión interna, los que en su mayor parte consumen combustibles derivados
del petróleo –gasolina o nafta y combustible diesel o gasoil–. Eso explica que
en los últimos veinticinco años el transporte se haya transformado en el mayor
consumidor de petróleo a nivel mundial con más del 60% del consumo total del
mismo, alcanzando los 2.226 Mtep (megatoneladas equivalentes de petróleo) en el
2006, a lo que hay que agregar algo más del 6% del consumo total de gas natural.

Fuente: Key World Energy Statistics, IEA 2008
Las primeras generaciones de biocombustibles
En la década del 70, cuando se produjeron las primeras crisis del petróleo,
algunos países pioneros -Alemania, Austria, Estados Unidos, Brasil- preocupados
por su altísima dependencia del petróleo y por las perspectivas de su
agotamiento, comenzaron las investigaciones con el objeto de encontrar
combustibles que sustituyeran al petróleo en sus motores. Los aceites vegetales
y sus esteres –biodiesel–, el etanol y las mezclas fueron considerados las
alternativas más promisorias: los primeros para sustituir el gasoil en motores
diesel y el segundo para complementar o sustituir las gasolinas o naftas. El
desarrollo de los nuevos combustibles biológicos se orientó al uso de materias
primas que se encontraban disponibles –cultivos agrícolas lo suficientemente
conocidos– en los países que conducían las investigaciones: etanol de caña de
azúcar en Brasil, de remolacha en Francia, de maíz en Estados Unidos, biodiesel
de soja en Estados Unidos y de colza en Alemania y Canadá. A estos primeros
combustibles provenientes de cultivos agrícolas tradicionales se les llamó
“agrocombustibles” dado su origen agrícola, y más recientemente “biocombustibles
de primera generación (B1G)”.
En pocos temas de la historia reciente se han dado debates tan intensos en un
plazo tan corto, como en la discusión acerca de los agrocombustibles. Los
defensores destacan las ventajas medioambientales de consumirlos y los
detractores describen las funestas consecuencias de su uso: que son los
responsables del aumento en los precios de alimentos, que contribuyen a la
desertificación y destrucción paulatina de bosques (“el carbono retenido en los
bosques es mayor que las emisiones evitadas por uso de biocombustibles”), que
colaboran con la pérdida de hábitat reduciendo la biodiversidad para aumentar
áreas agrícolas.
Todo puede ser peor
Sin embargo, la incidencia de los agrocombustibles es ínfima en la actualidad,
en comparación con la dependencia de los derivados de petróleo: 0,5% del consumo
mundial, aunque las metas de la Unión Europea de consumo de biocombustibles son
mucho más ambiciosas. Alcanzar el 10% de biocombustibles en la matriz energética
europea al 2020 aparece para muchos como una meta peligrosa, que pondrá en
riesgo vastas zonas de la Amazonia, de Malasia o Indonesia. La Unión Europea no
posee suficientes tierras de cultivo para producir los volúmenes requeridos, por
lo que los biocombustibles van a tener que provenir de otros sitios, por lo
menos las materias primas para producirlos. Consciente de esta situación, la
Unión Europea está revisando a la baja su meta y negociando acuerdos con Brasil
para “comprar en forma sostenida cantidades sustanciales de agrocombustibles".
Simultáneamente, la EPEA [1] sostiene que “hay pruebas científicas sólidas, que
apoyan la opinión de que la primera generación de biocombustibles crea muchos
más problemas de los que resuelve, entre ellos: deforestación, aumento de las
emisiones de GEI, requerimientos de tierras inexistentes para lograr efectos
positivos para el medio ambiente, aumento de la inseguridad alimentaria,
creación de más pobreza, aumento de la degradación de los suelos, disminución de
la biodiversidad, acelerado agotamiento de los recursos naturales. Cuando son
eficaces en la reducción de emisiones, no son rentables”.
La panacea
Lo que se desprende de estas discusiones es que los B1G no son la solución
esperada a los problemas planteados por el consumo de combustibles fósiles, por
lo menos por si solos. Y que la mayor vulnerabilidad es la de los países
productores de agrocombustibles, la de sus recursos y sus economías. También es
cierto que esta polémica ha contribuido al desarrollo de nuevas generaciones de
biocombustibles en la búsqueda de tecnologías que sean capaces de salvar las
dificultades planteadas por la producción y consumo de los agrocombustibles.
En este mismo escenario, los pronósticos de agencias especializadas indican que
para el 2030 la demanda mundial de energía aumentará a un ritmo aproximado del
1,8% anual acompañada de un crecimiento más rápido en los países
subdesarrollados que en los industrializados, pasando de un 40 % en la
actualidad a más de la mitad en 2030. El consumo mundial de petróleo podría
alcanzar la cifra de 106 millones de barriles diarios en ese año. En el mismo
sentido, la demanda del transporte lejos de disminuir tenderá a incrementarse y
a equilibrar las diferencias entre países industrializados y subdesarrollados.
Lo que se mantendrá constante es que el sector transporte seguirá siendo de los
mayores responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero a la
atmósfera. El problema que queda claro es que no hay acuerdo en cual es la
contribución real de los agrocombustibles a la reducción de estas emisiones.
Las otras generaciones
En ese marco los biocombustibles de segunda generación (B2G) se posicionan como
una respuesta a las acusaciones contra los B1G. El objetivo de la segunda
generación es ampliar la cantidad de biocombustible que puede producirse por el
uso de cultivos no alimentarios, como los pastos perennes, la jatrofa y el
álamo, los residuos de cultivos, tales como paja de cereales, y los residuos
agroindustriales y forestales. También se pretende que estos cultivos no
alimentarios ocupen áreas marginales, para no desplazar los alimentos de las
tierras agrícolas. Sus emisiones de CO2 deben ser, como mínimo, un 35% menor que
las de los combustibles fósiles.
Los países que llevan la delantera en la investigación de los B2G son casi los
mismos que lideraron los B1G: Alemania, Estados Unidos, Canadá, Brasil. La
investigación de estas nuevas alternativas involucra patentes, propiedad
industrial, inversiones, infraestructura. Las empresas que más han invertido en
los últimos tres años en el desarrollo de estas nuevas tecnologías son
precisamente de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea. En América Latina,
Brasil lidera nuevamente la investigación en B2G. El H-Bio es un desarrollo de
Petrobras mediante el cual el aceite vegetal, antes destinado a la producción de
biodiesel, ahora se incorpora en el proceso de refinación del petróleo.
La ingeniería genética aplicada a la conversión de biomasa en energía ha
permitido desarrollar los biocombustibles de tercera generación (B3G). Las
mismas tecnologías de producción que los B2G se aplican a materias primas
genéticamente modificadas con un objetivo determinado. Es el caso del etanol de
madera obtenido a partir de árboles con bajo contenido de lignina, minimizando
de esta forma los costos del pretratamiento, los más altos del proceso total. La
mejora en las materias primas y los procesos de producción también están en la
mira de la tercera generación de biocombustibles: etanol de celulosa, etanol de
maíz con celulosas integradas, biodiesel de algas, enzimas hidrolíticas,
procesos de síntesis y gasificación de biomasa (BTL por “biomass to liquids”),
entre otros.
¿Hasta donde se puede llegar?
Parecería no haber fronteras para el desarrollo de los biocombustibles para el
transporte. Los biocombustibles de cuarta generación (B4G) son producto de
modificaciones tanto en las materias primas como en los procesos con el objetivo
de captar y almacenar la mayor cantidad de carbono posible. Se dice que los
biocombustibles de cuarta generación encarnan el concepto de “bioenergía con
almacenamiento de carbono”. En octubre del pasado año se podía leer en la página
web de Biopact sobre los B4G que “la materia prima no sólo se adapta para
mejorar la eficiencia de proceso, sino que se diseña para captar más CO2, a
medida que el cultivo crece. Los procesos termoquímicos se combinan con
tecnologías de captación y almacenamiento de carbono que encauzan el CO2 a las
formaciones geológicas o lo almacenan en forma de carbonatos. De esta manera, se
piensa que los B4G contribuyen más a reducir las emisiones de GEI porque son más
neutros o incluso negativos en carbono si se comparan con los biocombustibles de
las otras generaciones”.
En la afanosa búsqueda de nuevos combustibles para el transporte, queda por el
camino el cambio en los hábitos de consumo. Acciones del tipo de limitar el uso
de automóviles en el transporte de personas, fomentar el transporte colectivo,
desarrollar motores más limpios, eficientes y duales (híbridos, hidrogeno),
promover el consumo local y regional de bienes para minimizar el transporte de
mercaderías deberían complementar las investigaciones y el desarrollo de nuevos
combustibles.
Nota:
(1) EPEA. Environmental Protection Encouragement Agency. Food for Fuel? A
Scientific Assessment of Environmental and Social Impacts of First-Generation
Biofuels. Hamburg, 2007.
Publicado en el Suple Energía
de La Diaria, Montevideo, el 5 de
diciembre de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
126 el 10 de diciembre de 2008. Se
reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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