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G. Castro Herrera es Licenciado en
Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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Nada se pierde con volver a recordar, una vez más, que la ecología es una
disciplina científica, no una ideología. En eso se distingue del
ambientalismo que, en sus múltiples expresiones, expresa las visiones que
resultan de la interpretación de los resultados de la labor de la ecología y
otras disciplinas en lo que hace a las relaciones entre nuestra especie y el
mundo natural. Y esas interpretaciones, de un modo u otro, están siempre
condicionadas por la cultura y los intereses característicos de cada
sociedad.
El proceso histórico de formación del ambientalismo –mejor, de los
ambientalismos– de nuestro tiempo es de una gran riqueza y complejidad. En
Occidente, ese proceso tiene una clara expresión a partir de la segunda
mitad del siglo XIX, cuando se forja una visión crítica, científicamente
fundamentada, de las consecuencias de la transformación de la naturaleza en
capital natural en curso desde el siglo XVI. A esa visión contribuyó de
manera decisiva la obra madura de Darwin, y la primera definición de la
ecología como disciplina científica por Haeckel, discípulo entusiasta del
primero. Para esa época, también, el ambientalismo encontró una primera
expresión cultural en Estados Unidos, en la obra del filósofo de la
naturaleza Henry David Thoreau. Hacia 1860, animó además la obra Man and
Nature, en la que el hombre público y diplomático John Perkins Marsh
examinó de manera sistemática, por primera vez, lo que hoy llamaríamos el
impacto ambiental de las relaciones entre los seres humanos y el mundo
natural de la Antigüedad clásica al siglo XIX, en la cuenca del Mediterráneo
y Europa Occidental.
En el plano filosófico, con un enfoque ya muy cercano a las preocupaciones
de nuestro tiempo, hay una clara expresión de ese primer ambientalismo en el
ensayo (inconcluso) El papel del trabajo en la transformación del mono en
hombre, de Federico Engels (1876). Y en el cultural estas primeras
visiones encontraron expresión en la obra de autores como el poeta Walt
Whitman, el naturalista John Muir y el explorador y naturalista John Wesley
Powell a fines del XIX.
Esa corriente de pensamiento fue desplazada a los márgenes de la vida
cultural y política de las naciones más desarrolladas a lo largo de las
primeras seis décadas del siglo XX. En la visión dominante en ese período,
expresada por ejemplo en la obra de los hermanos Odum Principios de
Ecología, esta disciplina adquiere un sesgo cercano al de una ingeniería
de nuestras relaciones con la naturaleza, concebidas como un problema
esencialmente técnico de optimización, ajuste y control.
La fractura de ese consenso en el plano cultural se inicia por supuesto con
la publicación de La Primavera Silenciosa, de Rachel Carson, hacia
1962. Pero la obra de Carson no surgía de la sola (y magnífica) capacidad de
la autora. Ella misma era heredera de la gran tradición crítica del
ambientalismo Occidental, que había sobrevivido a lo largo del siglo XX en
la obra de geógrafos como Carl Sauer y de historiadores como Clarence
Glacken, y había mostrado su madurez en 1956, en el simposio internacional
titulado El papel del hombre en la transformación de la faz de la Tierra,
organizado –entre muchos otros– por el propio Sauer.
En esta perspectiva, las preocupaciones del Club de Roma sobre los límites
del crecimiento, y las del informe Brundland sobre la sostenibilidad del
desarrollo están más referidas a la tradición tecnocrática que a la
tradición crítica, y representan en el mejor de los casos un intento de
transacción entre ambas corrientes. Ese intento se prolonga hasta nuestros
días en la propuesta de un desarrollo (económico, dentro del ordenamiento
social vigente) que sea sostenible, frente a las preocupaciones por la
sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, que animan a los
continuadores de la tradición crítica.
De este modo, la concurrencia masiva al primer Día de la Tierra, celebrado
en Estados Unidos en 1970, y la enorme capacidad de convocatoria de la
Conferencia Cumbre de Rio de Janeiro sobre Ambiente y Desarrollo en 1992, no
expresan tanto una súbita toma de conciencia, como la maduración de
preocupaciones de larga data en la geocultura del sistema mundial, y su
correspondiente expresión en el plano de una política entendida –justamente–
como cultura en acto. En lo más cercano a nosotros, esas preocupaciones, y
su maduración, aún están pendientes de un examen histórico adecuado.
José Augusto Papua, en Brasil, ha iniciado ese examen en lo que hace a las
discusiones sobre el impacto del progreso en el medio natural de su país
desde fines del siglo XVIII. Esas mismas preocupaciones ocupan un lugar más
importante de lo que usualmente imaginamos en las reflexiones de José Martí
sobre el papel de la naturaleza en el progreso económico de los pueblos
hispanoamericanos, ya desde 1876 y a todo lo largo de la década de 1880. Y
finalmente, sin ser exhaustivos ni mucho menos, es de justicia destacar
cómo, en 1980, Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo pudieron editar la antología
Medio Ambiente y Desarrollo en América Latina, en una iniciativa
conjunta de la CEPAL y el Fondo de Cultura Económica, que reunió en dos
tomos los aportes críticos de un número de expertos de nuestra región que
sólo podría resultar sorprendente para quien no nos conozca en nuestras
verdaderas capacidades.
Ya ha sido realizada la obra de cimiento del ambientalismo latinoamericano.
Entramos ahora en la de verdadero crecimiento. Como no construimos sobre
aire, ni por mera imitación de lo creado por otros, nuestro aporte es mucho
más rico y diverso de lo que quizás imaginamos, e ilumina ya todos los
rincones de nuestra cultura. Acaba de ser creada, por ejemplo, la Sociedad
Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, que convoca a más de
doscientos humanistas de toda nuestra región, constituida en su Tercer
Simposio, y que organiza ya el Cuarto, que tendrá lugar en Belho Horizonte,
Minas Gerais, en el año 2008.
No en balde fue desde nosotros que el joven Martí advirtió que cuando se
estudia un acto histórico, “se ve que la intervención humana en la
Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia
es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la
Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana.” (1) El ambientalismo
latinoamericano se suma, así, a la tarea de crear en el Nuevo Mundo un mundo
que sea realmente nuevo en su capacidad para hacer, de la armonía de las
relaciones sociales, la base de la armonía de las relaciones de nuestras
sociedades con el mundo natural.
Nota:
(1)
“Serie de artículos para La América”. “Artículos varios”. Obras Completas,
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 23, p. 44.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
15 el 20 de
setiembre 2006. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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