Peripecias Nº 15 - 20 de setiembre de 2006

AMBIENTE

 

Ambientalismo y ecología

 

 

Guillermo Castro Herrera

 

 

 

G. Castro Herrera es Licenciado en Letras y Doctor en Estudios Latinoamericanos y presidente de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.

 

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Nada se pierde con volver a recordar, una vez más, que la ecología es una disciplina científica, no una ideología. En eso se distingue del ambientalismo que, en sus múltiples expresiones, expresa las visiones que resultan de la interpretación de los resultados de la labor de la ecología y otras disciplinas en lo que hace a las relaciones entre nuestra especie y el mundo natural. Y esas interpretaciones, de un modo u otro, están siempre condicionadas por la cultura y los intereses característicos de cada sociedad.

 

El proceso histórico de formación del ambientalismo –mejor, de los ambientalismos– de nuestro tiempo es de una gran riqueza y complejidad. En Occidente, ese proceso tiene una clara expresión a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando se forja una visión crítica, científicamente fundamentada, de las consecuencias de la transformación de la naturaleza en capital natural en curso desde el siglo XVI. A esa visión contribuyó de manera decisiva la obra madura de Darwin, y la primera definición de la ecología como disciplina científica por Haeckel, discípulo entusiasta del primero. Para esa época, también, el ambientalismo encontró una primera expresión cultural en Estados Unidos, en la obra del filósofo de la naturaleza Henry David Thoreau. Hacia 1860, animó además la obra Man and Nature, en la que el hombre público y diplomático John Perkins Marsh examinó de manera sistemática, por primera vez, lo que hoy llamaríamos el impacto ambiental de las relaciones entre los seres humanos y el mundo natural de la Antigüedad clásica al siglo XIX, en la cuenca del Mediterráneo y Europa Occidental.

 

En el plano filosófico, con un enfoque ya muy cercano a las preocupaciones de nuestro tiempo, hay una clara expresión de ese primer ambientalismo en el ensayo (inconcluso) El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, de Federico Engels (1876). Y en el cultural estas primeras visiones encontraron expresión en la obra de autores como el poeta Walt Whitman, el naturalista John Muir y el explorador y naturalista John Wesley Powell a fines del XIX.

 

Esa corriente de pensamiento fue desplazada a los márgenes de la vida cultural y política de las naciones más desarrolladas a lo largo de las primeras seis décadas del siglo XX. En la visión dominante en ese período, expresada por ejemplo en la obra de los hermanos Odum Principios de Ecología, esta disciplina adquiere un sesgo cercano al de una ingeniería de nuestras relaciones con la naturaleza, concebidas como un problema esencialmente técnico de optimización, ajuste y control.

 

La fractura de ese consenso en el plano cultural se inicia por supuesto con la publicación de La Primavera Silenciosa, de Rachel Carson, hacia 1962. Pero la obra de Carson no surgía de la sola (y magnífica) capacidad de la autora. Ella misma era heredera de la gran tradición crítica del ambientalismo Occidental, que había sobrevivido a lo largo del siglo XX en la obra de geógrafos como Carl Sauer y de historiadores como Clarence Glacken, y había mostrado su madurez en 1956, en el simposio internacional titulado El papel del hombre en la transformación de la faz de la Tierra, organizado –entre muchos otros– por el propio Sauer.

 

En esta perspectiva, las preocupaciones del Club de Roma sobre los límites del crecimiento, y las del informe Brundland sobre la sostenibilidad del desarrollo están más referidas a la tradición tecnocrática que a la tradición crítica, y representan en el mejor de los casos un intento de transacción entre ambas corrientes. Ese intento se prolonga hasta nuestros días en la propuesta de un desarrollo (económico, dentro del ordenamiento social vigente) que sea sostenible, frente a las preocupaciones por la sostenibilidad del desarrollo de nuestra especie, que animan a los continuadores de la tradición crítica.

 

De este modo, la concurrencia masiva al primer Día de la Tierra, celebrado en Estados Unidos en 1970, y la enorme capacidad de convocatoria de la Conferencia Cumbre de Rio de Janeiro sobre Ambiente y Desarrollo en 1992, no expresan tanto una súbita toma de conciencia, como la maduración de preocupaciones de larga data en la geocultura del sistema mundial, y su correspondiente expresión en el plano de una política entendida –justamente– como cultura en acto. En lo más cercano a nosotros, esas preocupaciones, y su maduración, aún están pendientes de un examen histórico adecuado.

 

José Augusto Papua, en Brasil, ha iniciado ese examen en lo que hace a las discusiones sobre el impacto del progreso en el medio natural de su país desde fines del siglo XVIII. Esas mismas preocupaciones ocupan un lugar más importante de lo que usualmente imaginamos en las reflexiones de José Martí sobre el papel de la naturaleza en el progreso económico de los pueblos hispanoamericanos, ya desde 1876 y a todo lo largo de la década de 1880. Y finalmente, sin ser exhaustivos ni mucho menos, es de justicia destacar cómo, en 1980, Osvaldo Sunkel y Nicolo Gligo pudieron editar la antología Medio Ambiente y Desarrollo en América Latina, en una iniciativa conjunta de la CEPAL y el Fondo de Cultura Económica, que reunió en dos tomos los aportes críticos de un número de expertos de nuestra región que sólo podría resultar sorprendente para quien no nos conozca en nuestras verdaderas capacidades.

 

Ya ha sido realizada la obra de cimiento del ambientalismo latinoamericano. Entramos ahora en la de verdadero crecimiento. Como no construimos sobre aire, ni por mera imitación de lo creado por otros, nuestro aporte es mucho más rico y diverso de lo que quizás imaginamos, e ilumina ya todos los rincones de nuestra cultura. Acaba de ser creada, por ejemplo, la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental, que convoca a más de doscientos humanistas de toda nuestra región, constituida en su Tercer Simposio, y que organiza ya el Cuarto, que tendrá lugar en Belho Horizonte, Minas Gerais, en el año 2008.

 

No en balde fue desde nosotros que el joven Martí advirtió que cuando se estudia un acto histórico, “se ve que la intervención humana en la Naturaleza acelera, cambia o detiene la obra de ésta, y que toda la Historia es solamente la narración del trabajo de ajuste, y los combates, entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana.” (1) El ambientalismo latinoamericano se suma, así, a la tarea de crear en el Nuevo Mundo un mundo que sea realmente nuevo en su capacidad para hacer, de la armonía de las relaciones sociales, la base de la armonía de las relaciones de nuestras sociedades con el mundo natural.

 

Nota:

(1) “Serie de artículos para La América”. “Artículos varios”. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, tomo 23, p. 44.

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 15 el 20 de setiembre 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.

 

 

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