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El actual embate a favor de la energía nuclear que se vive en algunos países
de América del Sur avanza aprovechando espacios políticos débiles y
deteriorados. Los promotores de la energía nuclear han logrado el apoyo de
empresarios, académicos, sindicalistas y hasta de los gobiernos que se
definen como de izquierda o progresistas. Los ámbitos de discusión política
se han debilitado y parecen incapaces de asegurar las condiciones necesarias
para debatir seria y abiertamente los riesgos de la energía nuclear. Esto
sucede a pesar de que si bien casi todos proclaman la derrota del
neoliberalismo, el regreso de los nuclearistas está empapado en una lógica
mercantil propia del neoliberalismo y un reforzamiento del viejo paradigma
del desarrollo material.
La razón económica prevalece como el argumento central para justificar la
instalación y ampliación de centrales nucleares en Brasil, Argentina y
Uruguay. Es una evaluación económica típicamente neoliberal ya que, por un
lado, está más interesada en aumentar el suministro de energía que en
discutir los usos de esa energía; y por otro lado, es una contabilidad
incompleta en tanto no incorpora los costos sociales y ambientales de las
centrales nucleares. Cualquiera de esos dos factores están en contradicción
con las declaraciones de los nuevos gobiernos progresistas, los que han
insistido en salirse de la estrecha perspectiva de la economía neoliberal y
en enfocar en especial los aspectos sociales.
Centrales nucleares por izquierda y derecha
Posiblemente el primer síntoma de que las cosas no estaban funcionando bien
en la discusión política sobre la energía ocurrió con el nuevo gobierno de
Lula da Silva en Brasil. Allí se reflotaron los proyectos de grandes
represas para generación hidroeléctrica, no se mejoró sustancialmente la
eficiencia en el uso de la energía, y por si fuera poco, se retomó el
programa nuclear, incluyendo el procesamiento de uranio como combustible de
los reactores. Entretanto en Argentina, el gobierno, sindicatos y
empresarios festejaban la venta de un reactor nuclear a Australia como
muestra de un gran éxito tecnológico y comercial, a pesar de haber aceptado
la dramática exigencia de recibir de regreso la basura radioactiva generada
por ese reactor. Semanas atrás el gobierno de Néstor Kirchner anunció que
relanza su programa nuclear: completará la tercera central nuclear y
construirá una cuarta planta. Finalmente, en Uruguay los sectores políticos
conservadores insisten instalar un programa nuclear, y el actual gobierno de
izquierda del Frente Amplio aparece dividido ante ese tema, donde hay varios
sectores que coquetean con la idea de la energía nuclear.
Tanto por derecha como por izquierda está renaciendo el sueño de la energía
nuclear. Fue suficiente que el barril del petróleo subiera de precio o que
el agua escaseara en las represas para que se volviera a los simples
cálculos contables para defender la obtención de electricidad desde
centrales nucleares. Las diferencias ideológicas se disuelven, y todas esas
corrientes parecen disfrutar del sueño de los átomos atrapados que
asegurarán un paraíso energético. Pero justamente esa defensa que se hace
desde izquierda y derecha deja en evidencia las serias limitaciones de la
cultura política latinoamericana actual para abordar temas complejos como la
energía nuclear. A mi modo de ver esas limitaciones son tan serias que
parecen indicar que los ámbitos políticos actuales son incapaces de
enfrentar a los nuclearistas.
¿Qué está sucediendo con nuestros espacios políticos? En primer lugar, la
dinámica política prevaleciente mira esencialmente el corto plazo. Los ojos
están puestos en el actual período de gobierno; las esperanzas miran a la
próxima elección. Intentar ver más allá de cinco años se hace muy difícil, y
entonces se termina desatendiendo a aquellos que alertan sobre basuras
nucleares que perdurarán por miles de años. Se quieren los beneficios
nucleares ya, y parece imposible pensar sobre el futuro a largo plazo.
En segundo lugar, la política tradicional sigue ensimismada con los análisis
económicos, en especial la rentabilidad económica bajo evaluaciones
simplistas donde se comparan los costos con los beneficios posibles. Sus
cuentas casi siempre favorecen la opción nuclear, simplemente porque los
costos no incorporan cuestiones claves como los aspectos ambientales o la
gestión del riesgo. Se compara entonces unos costos y unos beneficios que
están pobremente calculados y que dejan muchas preguntas sin responder:
¿dónde están los análisis de los costos del manejo de los desperdicios
nucleares durante miles de años? ¿cuáles son las evaluaciones económicas del
uso de enormes cantidades de agua en los reactores? ¿quiénes están
analizando el mercado futuro del uranio –un combustible más escaso que el
petróleo? Como estas cuestiones no se discuten, el embate atómico despoja la
política insistiendo que todo es cuestión de un análisis económico.
En tercer lugar, todo esto deja al desnudo las dificultades de la izquierda
gobernante en generar un programa económico alternativo. Como esa
alternativa no está a la mano, la gestión económica se ha vuelto
tradicional, basada en medidas tradicionales como el agronegocio exportador.
Y ahora se le suma la energía nuclear.
Cuando se cuestionan estos análisis se responde con un discurso político
simplista. Unos invocan slogans como la “soberanía” energética, el
“progreso” tecnológico, la urgencia de evitar el “atraso”, y así
sucesivamente. Otros reclaman más energía como ingrediente esencial para el
crecimiento económico. Finalmente, no falta quienes juegan con la idea de la
seguridad y el control policíaco para evitar abordar estas cuestiones.
Un problema con la cultura política
Bajo esta dinámica política no se logran organizar debates serios y
sostenidos sobre los aspectos positivos o negativos de la energía nuclear.
Más allá de los problemas con los actuales gobiernos, también debemos
reconocer que los movimientos sociales están inmersos en esa misma cultura
política y quedan atrapados en dificultades similares. Los nuclearistas han
ganado el apoyo de varios sindicatos, donde todos juntos marchan detrás de
la bandera del crecimiento económico y el progreso; parece ser que bastaría
tener una fuente de trabajo, aunque ella sea en una de las industrias de
mayor riesgo como la nuclear.
Los nuevos movimientos sociales y en especial los ambientalistas se
enfrentan entonces a enormes barreras culturales cuando advierten sobre los
riesgos del sector nuclear. Todas sus alertas y preguntas son tomadas como
ataques a la posibilidad del desarrollo futuro, desacreditándolos como
grupos atrasados que defienden un regreso a la edad de piedra.
El ámbito académico por lo general tampoco no auxilia a los nuevos
movimientos sociales. Por el contrario, muchos de sus actores, como
destacados ingenieros y expertos son entusiastas defensores. Incluso
desvirtúan las advertencias ecologistas: hay más de un universitario
nuclearista que defiende los reactores afirmando que son una “solución” al
problema ambiental del cambio climático ya que sus emisiones de gases
contaminantes son muy bajas. Ese razonamiento demuestra la incapacidad para
una evaluación multidisciplinaria ya que nada se dice sobre los enormes
impactos ambientales negativos de los residuos radioactivos o del uso del
agua. Una vez más falla la política latinoamericana: no logra superar las
limitaciones de la ciencia tradicional dividida en compartimientos estancos,
separados uno de otros, donde el ingeniero no dialoga con el ecólogo.
Todos estos ejemplos muestran que el debate político se ha simplificado y
hay muchas resistencia a las posturas novedosas y que ponen en entredicho el
saber convencional. Muchos gobiernos actuales no sólo no está logrando
desmontar esas limitaciones, sino que algunas de sus posturas refuerzan ese
problema, como por ejemplo rechazar las opiniones divergentes al sentirse
como representes únicos y legítimos de los sectores populares. Bajo esas
premisas, el ambientalismo anti-nuclear sería un “lujo” de las sociedad
ricas que nosotros, en la pobreza, no podemos darnos y debemos asumir el
riesgo de esa industria –razonan estos políticos.
El problema del debilitamiento de los escenarios políticos tiene estrecha
relación con la llamada “delegación democrática”, donde una vez que se ha
votado un presidente, éste y su equipo se creen con el derecho de llevar
adelante sus programas sin necesidad de consultar a nadie más. El parlamento
pierde importancia, las intendencias son relegadas, y la participación
ciudadana apenas se reduce a la información. Se invoca el diálogo pero se
reniega la participación con aquellos que tienen otras miradas, y solo se
mantienen relaciones con los que piensan como él (tal como ha sostenido un
ministro del gobierno Kirchner).
De esta manera una y otra vez caemos en una política que tiene enormes
dificultades en manejar decisiones complejas. No sabe cómo discutirlas,
reniega de quienes piensan distinto, sufre enormes presiones económicas, su
horizonte de tiempo son las próximas elecciones, y así, uno y otro factor,
la hace prácticamente incapaz de enfrentar un problema como la energía
nuclear. La prueba está a la vista: a pesar que la instalación de reactores
nucleares es una decisión grave que envuelve a toda la sociedad, y lo hará
por muchas generaciones, ninguno de los gobiernos del Cono Sur ha promovido
un debate nacional. Dramática paradoja para gobiernos que se definen de
izquierda, como progresistas y participativos.
Por el contrario, la autocomplacencia invocando las virtudes propias, y la
insistencia en los sueños de un futuro brillante para cada uno de nuestros
países, hacen que las ambiciones nucleares encajen perfectamente, y pasen a
ser un elemento que poco a poco está siendo aceptado por la gente. Por
supuesto que hay excepciones en esta dinámica, pero lo que interesa en esta
nota es reconocer las grandes tendencias que se están operando en la región.
Esa tendencia es la de una política cada vez más débil y que corre el riesgo
de no ser capaz de brindar las condiciones para enfrentar las propuestas
nucleares. Ya no basta denunciar los efectos negativos de los reactores, el
peligro de accidentes nucleares, el costo de esos emprendimientos y la
generación de residuos. También debemos comprender que debemos generar los
espacios políticos públicos para hacer posible esa discusión.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
12 el 30 de agosto 2006. Se permite la
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