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Nuestro país tiene un sistema de generación de electricidad esencialmente
hidráulico. La potencia instalada es de unos 1500 megavatios (MW) en
hidroeléctricas y 500 MW en centrales de generación térmica a fuel oil y
gasoil. En estos días se están agregando 200 MW más, con la nueva central
térmica de Punta del Tigre. El pico de consumo anual se registra en alguna
noche de invierno, cuando puede llegar a 1400 MW. Quiere decir que en un año
de buena hidraulicidad, con suficiente agua en los embalses, es muy
poco lo que se necesita generar en las térmicas y podemos abastecernos sin
riesgos. El problema es que a veces el agua no alcanza y debe recurrirse a
la generación térmica o importar de países vecinos. Tenemos, entonces, tres
fuentes de abastecimiento: hidráulica, térmica e importaciones.
Pero el mercado de la energía no es estático, los precios del combustible
varían, las economías fluctúan y la demanda de electricidad cambia. Como las
inversiones en el sector energético tienen períodos de retorno muy largos y
la construcción de centrales toma mucho tiempo, hay que prever con
antelación el futuro. En nuestro caso, las variables más importantes para
determinar ese futuro son tres: cuánto va a crecer la demanda, cuál va a ser
el precio del petróleo y cuanta lluvia caerá sobre las cuencas del río
Uruguay y el Negro.
Dijimos que el mercado de la energía no era estático, pero tampoco es
impermeable. Hay decisiones políticas o económicas que se toman dentro o
fuera del sector que pueden modificar alguna de las tres variables
mencionadas: el precio del petróleo lo maneja la OPEP; la lluvia, los
dioses; las importaciones, el humor de los vecinos. Quiere decir que la
demanda es la única de las tres variables sobre la que podemos incidir
–además de aumentar la oferta, claro está. Hablar del futuro del sector
eléctrico en Uruguay implica entonces determinar el riesgo que estamos
dispuestos a asumir por la falta de agua, por alzas del precio de los
hidrocarburos, por la relación con los vecinos, y determinar también qué
políticas incrementarán o disminuirán la demanda.
Lo nuclear
Esta larga introducción muestra que, antes de definir la instalación de
nuevas plantas, sean del tipo que sean, se requieren una serie de decisiones
y supuestos que muchas veces son pasados por alto. Recién después, si
llegamos a la conclusión de que se necesita nueva capacidad instalada,
entonces veamos cuál es la mejor alternativa. En este contexto ubicamos la
discusión sobre la energía atómica.
Hay que tener en cuenta que la hidraulicidad varía y también lo hacen las
diferencias de consumo a lo largo del día y de las estaciones del año:
podemos requerir 200 MW en una tarde de verano y 1400 MW en una noche de
invierno. Para cubrir estas variaciones necesitamos una fuente energética
que pueda “entrar y salir” del sistema más o menos rápida y frecuentemente.
La flexibilidad necesaria ya de por sí dejaría afuera la opción nuclear para
nuestro país: la puesta en operación de las centrales nucleares es muy lenta
y costosa; tales instalaciones están pensadas para funcionar “en la base”,
es decir, todo el tiempo. Además, las centrales nucleares suelen ser de gran
capacidad generativa, por encima de los 700 MW y esto dificulta aún más su
inserción en el pequeño volumen del sistema uruguayo.
Finalmente, los tiempos de construcción de una central nuclear son del orden
de los diez años como mínimo y dado que esperamos una demanda creciente es
probable que de cualquier manera haya que instalar otro tipo de generación
mientras se completa la construcción. Otra cosa sería una nucleoeléctrica
para exportar energía: en este caso, el inversor deberá prever las mismas
variables de futuro, lluvia, precios, demanda e importaciones, pero a escala
regional. Los beneficios para Uruguay serían muy parciales, pues de la
generación total se podría consumir entre un 10 y un 20 por ciento, mientras
el resto sería para exportar.
Los riesgos de la energía nuclear son conocidos. Básicamente podemos hablar
de tres problemas fundamentales: riesgos de accidentes, disposición final de
los residuos radiactivos por decenas de miles de años, posibilidad de que el
combustible nuclear pueda derivarse a fines bélicos. Analizar estos
problemas excede el alcance de este artículo, pero aunque sus promotores
suelen afirmar que Chernobyl fue el último accidente en centrales atómicas,
hay una larga lista de pequeños desastres a lo largo de la historia. Más
allá de todo esto, la instalación de una central nuclear sería innecesaria,
como usted podrá comprobar si lee lo que sigue, pues hay opciones a nuestro
alcance y de riesgo mucho menor.
Alternativas
Fuentes de energía como la solar, la eólica y la biomasa ofrecen diferentes
soluciones para situaciones también diferentes. Por ejemplo, la energía
solar fotovoltaica es muy cara en nuestro país, pero no lo es la térmica,
también de origen solar o de fuentes termales. Esta energía puede ser
utilizada masivamente para calentamiento de agua o calefacción, reduciendo
así la demanda de generación centralizada de electricidad.
La energía eólica tiene la desventaja de ser variable como la hidráulica,
pero utilizarla cuando hay viento adecuado nos ayudaría a ahorrar agua y
administrar mejor los embalses. Los costos de generación eólica son
similares por unidad a los de la nueva central térmica de Punta del Tigre.
Otra excelente fuente de energía son los residuos agropecuarios forestales,
arroceros, azucareros y demás; utilizarlos para generación tendría la
ventaja de solucionar de pasada la disposición final de los mismos.
Todas estas alternativas sumadas al manejo de la demanda bastarían para
solucionar nuestros problemas eléctricos, pero los augures nucleares
insisten en que hay que tener una “oferta” firme, de gran porte y
centralizada. Agregaré una alternativa que puede cumplir con estas
aspiraciones de grandeza pero es más convincente: la leña.
La generación con leña tiene muchas ventajas respecto a las demás y sobre
todo ante la nuclear. Es un combustible nacional; a diferencia del petróleo
o el uranio no necesitamos importar leña, no dependemos de precios
internacionales ni del humor de los proveedores. Hay en el país una amplia
experiencia en la construcción, manejo y mantenimiento de calderas a leña
que quizá sea única en el mundo y por eso nos cuesta tanto aceptarla.
Una central a leña es flexible. Puede funcionar intermitentemente, entrando
o saliendo del sistema en el momento que haga falta, y construirse en
módulos de 100 o 200 MW, centralizados o dispersos, a la vez o acompañando
el crecimiento de la demanda, sin exigir una única gran inversión. Haría
falta actualizar los estudios de costos, pero todo hace suponer que una
central a leña de capacidad similar, no sería más cara que las nuevas
térmicas de Punta del Tigre.
En los aspectos sociales, la generación a leña tiene la potencialidad de
crear decenas de veces más empleos que la nuclear. Tampoco se necesitarían
grandes extensiones de nuevos cultivos forestales: lo que hoy ya está
plantado alcanzaría para generar toda la electricidad que se consume en
Uruguay. Por otra parte, las emisiones de gases de impacto local pueden ser
controladas y la leña no produce gases de efecto invernadero.
En conclusión, antes de sentarnos a discutir cualquier solución nuclear
veamos seriamente cuáles son las oportunidades que nos ofrecen el manejo de
la demanda, el modelo de inserción regional y –particularmente– las ventajas
comparativas de generar electricidad a partir de nuestra leña.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
12 el 30 de agosto 2006. Se permite la
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