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José da Cruz es geógrafo y novelista, y analista en
CLAES D3E.
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¿En qué país sólo el 21 por ciento de los jóvenes tiene confianza en la Iglesia
pero el 51 por ciento confía en la policía? En España. Eso indica un estudio
sobre preocupaciones y preferencias de los jóvenes españoles, publicado en 2005
y comentado en el artículo Los jóvenes dibujan su realidad, en el sitio
de noticias InSurGente.
Uno se siente tentado a dar validez a estas respuestas para todos los jóvenes de
la Unión Europea, pero no tiene porqué ser así; menos aún tendrían validez las
cifras para América Latina. Sin embargo, el corte generacional puede dar alguna
pista.
Los jóvenes depositan su confianza en las organizaciones de voluntariado con un
69 por ciento, en el sistema de enseñanza (60), la seguridad social (54), la
policía (51) y la Unión Europea (50); los últimos puestos son para las Fuerzas
Armadas (37), la OTAN (36), las grandes empresas y multinacionales (24) y la
Iglesia (21). Ante la política parlamentaria tradicional, el 75 por ciento de
los encuestados cree que los políticos profesionales sólo buscan su propio
interés; el 15 opina que trabajan por el interés general; casi la mitad no
eligen partido; tres de cada cuatro se ubican en el centro o la izquierda.
El simple olfato sociológico que uno –cree que– posee indica que la mayor
confianza se deposita en lo más cercano, lo cotidiano. Eso explicaría las altas
calificaciones para la enseñanza, la policía y la seguridad social –hospitales,
seguros de desempleo, asistencia a los pobres– y aún lo de las ONG: poner una
moneda en la colecta, firmar un manifiesto, donar algo para una campaña dan
ocasión a cualquiera de participar en una actividad altruista y positiva.
Sorprende tanta confianza en la UE, pero no olvidemos que España fue el gran
receptor de ayuda europea para su ingreso al consumo con bombos y platillos, y
el 70 por ciento de los votos españoles emitidos favoreció al proyecto de
constitución de la UE rechazado en Francia y Holanda.
Si sumamos todo esto –un poco a la fuerza– con el desprecio por los políticos y
la desconfianza en la Iglesia, las fuerzas armadas y las grandes empresas, tal
vez obtuviéramos como resultado que hay un gran desengaño con los sectores más
conservadores de lo establecido y con la democracia parlamentaria, lo que no es
novedad. El leve tinte izquierdista que caracterizaría políticamente a los
jóvenes reforzaría este resultado. Ante las fuerzas más duras de la competencia
empresarial y nacionalista los jóvenes favorecerían las instituciones solidarias
del Estado de bienestar que aún sobreviven.
Otro capítulo interesante es el del individuo ante la sociedad. ¿Cuáles son los
peores problemas? En primer lugar el terrorismo, luego la droga, la
desocupación, la vivienda y la violencia doméstica; corrupción política,
contaminación ambiental, pobreza y marginación importan mucho menos. En mi
interpretación, esto vuelve a reforzar la importancia de lo más cercano y
cotidiano. El terrorismo le toca a cualquiera, como un terremoto, y lo vimos en
Atocha; la droga te destruye como pasó con tanta gente conocida; la desocupación
y la falta de vivienda te impiden la independencia necesaria para consumir y
estructurar tu vida aparte de tus padres. Corruptos, contaminadores y pobres han
existido siempre y poco se puede hacer ante ello: se trata de salvarse uno
mismo.
Los jóvenes organizan su vida en torno al ocio y el tiempo libre, no en torno al
trabajo o actividades públicas, participativas. La comparación con una encuesta
similar de 1999 muestra que decrecieron la actividad deportiva, la concurrencia
a museos y la lectura de libros, mientras aumentó el interés por escuchar
música, ver cine y televisión, salir a bares o similares y escuchar programas de
música y deportes en la radio, actividades que reúnen entre el 90 y el 98 por
ciento de las preferencias. El mundo es un audiovisual; el mundo es mi clan, mis
amigos; yo consumo lo que me ofrecen ya hecho por profesionales: no es
interesante cantar, bailar, participar en la Juventud Comunista o la Falange,
hacer teatro o jugar a la pelota, pero sí ver y escuchar a quienes lo hacen.
Leer da trabajo y hay que imaginarse cosas; basta con leer el diario o alguna
novelita mientras uno viaja largos tramos en el Metro o los trenes de cercanías
hacia la escuela, el trabajo o los amigos. Claro, al mismo tiempo suena el
mp3...
No juzgo si esto es bueno o malo, justo o injusto, si lleva a un mundo peor o
mejor, si hay un modelo a seguir o ningún modelo. Me parece claro, eso sí, que
toda acción política que aspire a cierta relevancia debería partir, hoy, de las
convicciones menos ambiciosas, del foco más individual, de aquella regla básica
de “no hagas al Otro lo que no quieres que te hagan a ti”.
Es nuestro mundo posmoderno, es el fin de los grandes principios. Claro, esto no
quita que muchos jóvenes se enrolen en cruzadas por la libertad y la justicia en
el mundo o por la pureza de la raza superior, que sigan el camino de la Fe en
Algo, el Manchester United o el heavy metal, pero en el centro predomina
el ombligo privado.
Alguna vez di clases en Europa a nivel terciario, ante alumnos jóvenes y
sensibles, comprometidos e inteligentes, chicas y muchachos extraordinarios,
cultos y amables. Un día compartimos el relato de un prisionero en un campo de
concentración nazi. Lo que más horror les causó, en una reacción completamente
espontánea y sincera, fue que les raparan el cabello: eso era un choque, un
verdadero atentado. Todo lo que además ocurría en la prisión se alejaba
sentimentalmente de sus preocupaciones; lo comprendían de manera intelectual. La
empatía de mis alumnos con la suerte de los prisioneros, sin duda un sentimiento
verdadero y comprometido, recién se abrió paso a partir de los tijeretazos del
verdugo.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 26 el 6 de
noviembre
2006. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas
restricciones. |