Peripecias Nº 44 - 18 de abril de 2007

CIUDADANÍA

 

Ecuador

 

El graffitero condenado a muerte

 

 

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El pasado enero, Paúl Alejandro Guañuma, un joven de 16 años, fue torturado y asesinado. El hecho intentó ser encubierto como un homicidio y las evidencias apuntan a policías quiteños. Los organismos de derechos humanos ecuatorianos se encuentran en plena campaña para esclarecer esta muerte.

 

Paúl Alejandro Guañuma Sanguña fue un adolescente de 16 años, cuya vida no hubiera sido coartada de no haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado y haciendo algo que, a los policías que lo detuvieron, les pareció también equivocado: pintar una pared con un marcador, es decir, estar graffiteando.

 

El tratar de expresar en un muro las inquietudes y sentimientos propios de la juventud fue una acción tan errada que Paúl Alejandro mereció ser sancionado con la pena más grave y cruel, que no debería pero que se impone a un ser humano: la pena de muerte.

 

Sí, así de simple, pena de muerte y una tortura previa: sus manos fueron quemadas con un cigarrillo. Pena de muerte sin defensa, pues su único abogado defensor fue su propio grito de desesperación, grito ahogado en la penumbra de la noche y el gas lacrimógeno, grito de silencio de un cuerpo que quisieron hacerlo suicidar después de muerto: los muertos no se suicidan, los muertos están muertos, y particularmente a este muerto lo mataron.

 

A este muerto lo mataron, así lo determinó la autopsia, la segunda, la que se hizo después de exhumar el cadáver, porque en la primera los policías dijeron que se suicidó solito, que saltó de un puente y solo se murió sin que se dañe ningún órgano. A este muerto lo mataron, así de simple, sin más debido proceso que las garantías que pueden ofrecer un grupo de asesinos, sin más orden de detención que el grito de “alto o disparo”, sin más juez ni jurado que las manos de los policías que lo detuvieron, quienes con todo el rigor de su ley, le impusieron una pena no sujeta a ninguna apelación posterior, una pena no susceptible de rebajas, una pena no encaminada a la rehabilitación del supuesto infractor, del niño criminal, del futuro terrorista, como dirían las máximas autoridades del primer mundo. Una pena despreciable y que desprecia a la vida: la pena de muerte.

 

Sí, la pena de muerte, el castigo máximo y también el ejemplo máximo de lo que le puede pasar a quienes, al igual que Paúl Alejandro, se atrevan a quebrantar las normas esenciales de un sistema obsoleto, a transgredir los principios básicos de una sociedad enferma, a romper los parámetros fundamentales de la normalidad y atreverse... sí, atreverse a pintar una pared.

 

La ejecución de Paúl Alejandro es idónea para atemorizar a quienes se atrevan a pensar en desafiar a las normas sociales, las normas que, supuestamente, buscan el bien común. La sentencia de Paúl fue dictada y la pena cumplida sin ningún tipo de posibilidad de defensa, los verdugos permanecen ocultos entre las faldas de una institución que cobija a todos sus hijos bajo el velo una impunidad llamada jurisdicción policial ¿y es que acaso no bastaba con tener grupos especiales, comisariatos especiales, botas especiales, chalecos especiales, gases, uniformes y hasta perros especiales? ¡¡¡Pues no!!! También necesitaba un fuero especial y especialmente utilizado para garantizar que la justicia no pueda ver, para que los culpables no sean sancionados y todo continúe en la oscuridad.

 

Una vez más la policía –como reza su propio lema– fue más que un buen amigo.

 

¿Quien fue Paúl Guañuna?

 

Desde el Colegio Central Técnico, donde estudiaba Paúl, cuatro compañeros del 5to. B 1 de Mecánica Industrial hablan de él. Recuerdan que era un compañero alegre, bromista, tranquilo. Entre sus gustos predilectos estaba el dibujar, como deporte favorito el fútbol, pertenecía a un Club de la Liga Barrial de Zámbiza, jugaba como delantero y medio campista. Gustaba del hip-hop, rap, reaggeton y hasta las rocoleras.

 

Como sobrenombre le decían “maestro”. Uno de sus compañeros con el que regresaban camino a casa nos comenta que alguna vez le conversó que luego del colegio quería irse al cuartel y, regresando de la conscripción, buscaría una fábrica para trabajar.

 

Otro de los compañeros opina que Paúl era colaborador, solidario y amiguero. Alguna vez que habló de su hermano mayor, que estaba en la Universidad, decía que con él habla de las “peladas”.

 

Otro compañero dice: “Paúl dejo un espacio, un vacío entre nosotros los que hacíamos grupo, que no se puede reemplazar”.

 

Su familia es pobre, con mucho esfuerzo buscan el sustento y sacan adelante el porvenir de sus hijos, su padre como chofer y su madre con una pequeña tienda de víveres, oriundos todos de Zámbiza, han encontrado en todo el pueblo muchas manifestaciones de solidaridad, han realizado diferentes programas para recaudar fondos, como el caso de una parrillada en un domingo. “Todo el pueblo nos acompaña en la medida de las posibilidades”, manifiesta doña Piedad, madre de Paúl. El pueblo ha respondido con mucha solidaridad, su familia acompaña a Don Leonardo a los diferentes trámites y actos como poner la denuncia en la Fiscalía, actos de denuncia y reclamo ante la Defensoría del Pueblo. Los padres de familia, maestros y alumnos del colegio Central Técnico realizaron una movilización pacífica para demandar del gobierno central se ordene las investigaciones pertinentes para dar con los responsable de este hecho, a través del Subsecretario del Ministerio de Gobierno.

 

La familia de Paúl está conformada por tres hermanos de los cuales Paúl era el segundo, su hermano mayor de 20 años, que estudia en la Universidad Central, y su hermano menor de 14 años que está en el colegio de Zámbiza.

 

Paúl en su niñez estudió en Zámbiza en la escuela Pedro Luis Calero, su madre comenta que desde niño era tranquilo y responsable, y muy aficionado al fútbol. Pertenecía al Club San Miguel y formaba parte de la selección de Zámbiza.

 

Compartía mucho con su hermano menor con el que jugaba fútbol y hasta con el que se peleaba por una pelota.

 

Los hechos

 

El día sábado 6 de enero del 2007, Paúl pidió permiso a su madre, la señora Piedad Sanguña, para asistir a un programa festivo del Colegio 24 de Mayo; luego deciden, con unos compañeros, dirigirse a un festival de hip-hop en el parque Inglés, por el sector de San Carlos. Al atardecer regresó con algunos amigos hasta la estación de La Y, del trolebús, hicieron trasbordo en el bus Los Laureles y deciden bajarse en la Río Coca, caminaron hasta la calle Las Palmeras e ingresaron en una tienda para “tomar unas cervezas”, ahí permanecieron hasta las 8 de la noche y se dirigieron caminando hacia la 6 de Diciembre.

 

Algunos amigos se fueron a sus casas, se quedaron tres: Pedro, Cristian y Paúl. En ese punto del trayecto se ponen a rayar una pared con palabras como “Mapas”, “Latente” y es el momento en el que un patrullero, con dos miembros de la policía, los sorprende. Paúl y Pedro corren, mientras que Cristian se queda parado y asustado; los miembros policiales lo requisan, le quitan la billetera y el celular, le dan un puñete en el rostro y lo suben al patrullero en donde le consultan cuál es el nombre de la pandilla; insistiendo para que hable le lanzan gas a los ojos.

 

Paúl corre y se alcanza a meter en un pasaje o callejón, Pedro continúa hacia arriba y se pierde de los policías.

 

El patrullero continúa con Cristian, dan la vuelta a la manzana y encuentran a Paúl que salía del callejón, lo cogen los policías y lo suben al patrullero. Les preguntan en donde vivían y responden que en Zámbiza.

 

Cristian comenta que por los efectos del gas y el maltrato del que fue víctima no sabía por donde les llevaban. Más o menos a la altura del redondel que divide Nayón y Zámbiza se dio cuenta en donde estaban, más abajo en el puente lo bajan del patrullero a él y luego se dirigen de regreso hacia el Inca con su amigo Paúl; es lo último que recuerda de lo que vivió y padeció Cristian con Paúl. Terrible sorpresa fue saber al día siguiente que su amigo estaba muerto.

 

El padre y la familia de Paúl se encontraban en búsqueda desesperada entre amigos y vecinos, hasta que su hermana le informa que en el fondo del puente que cruza a la nueva vía Oriental se encuentran el cadáver de una persona, se trasladan allí y comprueban que se trataba del cuerpo de su hijo Paúl.

 

Publicado en el boletín de la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (INREDH), Quito (Ecuador). Reproducido en el semanario Peripecias Nº 44 el 18 de abril de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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