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José da Cruz es geógrafo, novelista, y analista en
CLAES D3E.
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Hace un año, partiendo desde el caos desatado en la mayor ciudad de América del
Sur, circuló desenfrenadamente por Internet el texto de una entrevista realizada
por Arnaldo Jabor, del diario brasileño O Globo, al jefe de la banda Primeiro
Comando da Capital (PCC). Este hombre se llama Marcos Williams Herbas Camacho,
apodado Marcola, y adquirió notoriedad estentórea con la “toma” de Sâo Paulo que
costó cientos de muertos y grandes daños materiales.
El texto es corto y contundente. De las seis preguntas planteadas, tres le piden
al entrevistado una solución para la violencia social en Brasil, de la cual él
es un exponente. Eso da pie a que Marcola se explaye acerca de una especie de
plataforma política. Lo que opina Marcola recuerda planteos, giros y expresiones
del subcomandante Marcos.
La coincidencia resulta sospechosa. Raúl Alberto Lilloy escribió el 24 de
diciembre de 2006 en el blog Carnegie & Kafka: “He buscado en la página de O
Globo, la supuesta entrevista a Marcola /.../ No hay nada, y sin embargo me ha
llegado un correo y si ponen en el google marcola entrevista, les aparecerán
cientos de páginas de blog, con una noticia que está claro que es
fascinante, romántica y contraria a lo que uno supone que es un mafioso /…/”.
Claro está que el artículo tiene que haber existido, por lo menos en algún lado;
pero parece difícil que sea más que una construcción, un hoax.
El senador del partido Radical argentino Rodolfo Terragno, afirma en su blog
que la entrevista nunca existió, y que fue inventada por Arnaldo Jabor del
primero al último renglón. No vacila en comparar el caso con la famosa
adaptación radial de la novela La guerra de los mundos, hecha por Orson Welles.
Dice Terragno: “Un cineasta y periodista brasileño, Arnaldo Jabor, acaba de
hacer su propia demostración. En este caso, la radio fue substituida por
Internet. /…/ Autor de libros como Sandwiches de realidade o Invasão das
salchichas gigantes, Jabor hizo una entrevista apócrifa pero verosímil. /…/
Aprovechando una leyenda, según la cual Marcola lleva leídos 3 000 libros, Jabor
lo hizo elaborar un discurso erudito. Su propósito era mostrar que los poderes
públicos, en manos de una dirigencia incompetente o corrupta, han destruido (en
Brasil como en otras partes) las bases de la convivencia social”.
La estructura del artículo nos inclina a coincidir con Terragno. Sería torpe
insistir tres veces en que el entrevistado proponga una solución; parece que el
autor supusiese que tal solución surgirá de algún modo mesiánico y milagroso de
entre los marginados y excluidos, no sabemos cómo. Puesto que no lo sabemos, la
“solución” es nihilista: no hay solución, repite Jabor –Marcola más de una vez.
El reportaje es un discurso contra los políticos y un grito de angustia
apocalíptica... de Jabor.
Se pone en boca del entrevistado, también tres veces, la referencia a su gusto
por la obra del Dante. La repetición quiere indicarnos, parecería, que los
valores culturales y de cohesión social de la clase media, de la cual el Dante
funcionaría como un símbolo, no son garantía de ciudadanía ni de honestidad, ni
se contraponen al ejercicio del crimen, ni habilitan una diferencia entre
ellos y nosotros. Los buenos ciudadanos aceptan y aún practican la delincuencia de
cuello blanco, el contrabando, la defraudación. También esa cultura
clasemediera forma parte del bagaje de educación terciaria de los oficiales
militares y policiales que robaron, torturaron, violaron, mataron y
desaparecieron a sus adversarios políticos. La impunidad campea; otra vez, no
hay solución.
El personaje Marcola, real o mejorado, ha conquistado un lugar en los medios.
Sobre su vida se puede leer en Wikipedia que es hijo de un boliviano y una
brasileña, que uno de sus dos hermanos es diputado por el MAS en Bolivia y que
empezó su vida delictiva a los nueve años, como carterista; ahora anda por los
cuarenta, y la mitad de esos años los vivió en prisión, donde habría terminado
la escuela primaria. Quiere la leyenda que haya completado dos carreras
universitarias. Es viudo de una abogada, asesinada en una guerra interna del PCC
en 2002.
Mafias tecnificadas
Vivimos en plena sociedad para dos tercios –o para uno–, y quienes quedan fuera
parecen ver en gente como Marcola un héroe o un monstruo al que se ama o se
teme, pero se obedece. Es la misma imagen tejida en torno a Bin Laden o a los
capos de la droga colombianos o mexicanos: una capa de Robin Hood combinada con
jerarquía militar, moral machista, teléfonos celulares, vehículos de todo tipo,
armas antitanque y “cien mil hombres bomba”, como dice el artículo.
En versión posmoderna, la sociedad entera pasa a ser una organización en la que
cada individuo es en la medida en que esté encuadrado en algo que puede ser tan
banal como la hinchada de un cuadro de fútbol, y en ello le va literalmente la
vida. La identidad se compra de acuerdo al nivel de consumo posible y hay
presiones hacia la fidelización del cliente mediante la propaganda y la
manipulación, o mediante la boca de un arma y la promesa de satisfacciones
materiales inmediatas.
Si queremos verlo en forma dramática, las mafias no hacen otra cosa que
brutalizar los métodos de creación y perpetuación de poder y riqueza vigentes
para el conjunto social, quitándoles el revestimiento legitimador de leyes,
religiones y costumbres. “Somos una empresa moderna” hace decir Jabor a su
entrevistado. La mafia funciona como un parásito: sin el huésped no vive, y si
mata al huésped muere él también; nunca va a sustituir al poder político y
financiero. El símbolo Marcola sabe que los 40 millones de dólares que se dice
que mueve el PCC se volverían humo si ese mismo PCC contribuyese a cambiar las
condiciones sociales que le dieron origen. Su objetivo, como señala James
Petras, combina la apropiación de bienes con la apropiación de un lugar para
escapar de la anomia. Se trata de ser alguien, no importa cómo.
Las actividades legales e ilegales se complementan y reflejan como en un juego
de espejos. Nada rinde más ganancia que lo ilegal, como lo demuestran las
fortunas generadas por la droga, el tráfico de armas o el de niños y mujeres
para prostituir. Si ese dinero sucio se blanquea en las manos de ciudadanos
honestos y venerables nadie dice nada; si lo hace en manos de marginales, salen
la policía y los paramilitares a acribillar gente en los barrios. Los imperios
–el calificativo europeos sobra– acumularon más fortuna mediante guerras de
rapiña, extorsión y contrabando que a través del comercio, al cual de todos
modos controlaban; y mucho más por el tráfico y la utilización de esclavos. ¿Qué
tiene de extraño que la mafia actúe de forma parecida? ¿Para qué tiene que
escudarse, como los imperios, detrás de un pretendido derecho que aún llegó al
extremo de reputarse de origen divino?
El ejército criminal
Grupos como el PCC se parecen al poder ejecutivo de un sub estado marginal, una
parcela en la cual lo público ha renunciado a ejercer la soberanía. Cuando el
Estado actúa en ese territorio es un ejército invasor y genera resistencia. Este
dibujo surge de la lectura de un artículo de La Nación, de Argentina, del 17 de
mayo de 2006. Comenta que los motines que habían asolado durante tres días la
ciudad de Sâo Paulo y 73 penitenciarías, cesaron inmediatamente después de una
reunión entre Marcola, su abogada y las autoridades. La crisis había detonado
por el traslado de un grupo de jefes del PCC a una prisión de alta seguridad a
600 kilómetros de la capital estadual.
Durante un fin de semana, el PCC realizó 270 ataques, eliminó a 56 policías y
civiles y a 13 presidiarios. La policía abatió a 80 sospechosos en
enfrentamientos pero hubo denuncias en la prensa de que fueron masacres de
vecinos en algunas favelas, como venganza. Otro artículo del día 20 sumó los
daños como medio centenar de bajas entre policías y civiles, 80 colectivos
incendiados, 11 sucursales bancarias destruidas y 110 sospechosos muertos por
las fuerzas de seguridad.
El comisario Ruy Ferraz Fontes dijo en Folha de Sâo Paulo que el PCC cuenta con
140 000 hombres, y ha creado una enorme industria de delitos. Financia incluso a
ladrones que después de cometer sus robos deben devolver el dinero con
intereses, introduce a sus miembros en concursos para cargos públicos y quiere
organizarse para los comicios electorales. Ferraz sostuvo que Marcola admira a
Trotsky y al teórico chino de la guerra, Sun Tzu.
James Petras analiza que estas bandas se forman gracias a varios factores. Uno
es la concentración brutal de la riqueza –más que notoria en Brasil, México,
Argentina, Guatemala– y la de jóvenes en las cárceles. Eso posibilita la
organización y el reclutamiento. Los jóvenes vienen de una masa de desocupados
sin esperanza de hallar trabajo y optan por lo ilegal como forma de
subsistencia. Ante la negación fáctica de los derechos, ser bandido les otorga
una ciudadanía sustituta.
El PCC, dice Petras, es “una organización subversiva extremadamente violenta, no
política, /.../ con un alto nivel de guerrilla urbana, una ética de omertá
(secreto y honor en la mafia siciliana) y un encuadramiento de género y
generacional.” La organización es portadora de “una tradición sociocultural, una
línea, un discurso” con fuertes valores de “heroísmo, protección al débil,
castigo al verdugo y al injusto.” La movilización de 6 000 combatientes en Sâo
Paulo mostró gran capacidad para la disciplina, las comunicaciones y los
transportes, en armas y poder de fuego y en el ejercicio de una violencia
extrema. Son los nuevos cangaçeiros.
Según el análisis de Petras, al tope de la cadena de mandos del PCC están los
jefes, inmediatamente después las jefas consortes o favoritas, que funcionan de
correos entre la cárcel y el exterior y lo asumen como tarea de identidad de
género. Cuadros, aspirantes y reclutas ejecutan las órdenes; a un nivel inferior
están los colaboradores ocasionales y periféricos.
Álvarez sostiene que hay un estado mayor conocido como las torres, seis hombres
liderados por Marcola. Las instrucciones se transmiten a los pilotos, dentro y
fuera de las cárceles, que las traspasan a la organización jerárquica de
soldados ejecutores. Según el mismo autor, el PCC cuenta con unos 800 reclusos,
más de 100 000 simpatizantes en las cárceles y de 8 000 a 10 000 afiliados en la
calle. Todos pagan cuotas.
América Latina: el continente de la violencia
La cantidad de miembros y el esquema organizativo adjudicados al PCC varían
según las fuentes, y conocer esos detalles da una idea ilusoria de comprender la
situación. El hecho es que este grupo domina el crimen en Sâo Paulo, así como el
Comando Vermelho lo hace en Rio de Janeiro, y el tráfico de drogas y los
secuestros son sus actividades principales. Sâo Paulo “tiene más helipuertos que
Nueva York debido al temor de los ejecutivos de las grandes empresas a
desplazarse por la ciudad en sus automóviles” y “tiene la mayor demanda mundial
per cápita de vehículos blindados para uso civil”, informa Luis Esteban
Manrique.
Esto no es un signo de los tiempos, como parecen creen muchos que recuerdan
cuando nadie cerraba las puertas, sino de causas que podemos resumir con el
concepto exclusión. Es objetivo que, según la Organización Mundial de la Salud,
el número de homicidios anuales con armas de fuego en América Latina es tres
veces mayor que la media mundial, y que en las dos últimas décadas la violencia
fue la principal causa de muerte entre los latinoamericanos de entre 15 y 44
años.
Nuestro continente es el más desigual; nuestras ciudades son las más inseguras:
en los años noventa, tres de cada cuatro habitantes de las grandes urbes
latinoamericanas fueron víctimas de algún tipo de acto delictivo. A pesar de
tener sólo el ocho por ciento de la población mundial, América Latina registró
el 75 por ciento de los secuestros ocurridos en el mundo en 2003, aporta
Manrique.
Podemos creer que la realidad cambiará si llenamos las calles de policías y
militares con gatillo fácil, y si construimos cárceles para alojar a un buen
porcentaje de la población, pero es una reacción de pánico. Si prescindimos del
contexto social no tendremos explicación sobre lo que está pasando, y menos
podremos imaginar su desarrollo futuro. Un rasgo de hondas consecuencias es que
la integración a grupos criminales se da a edades cada vez más tempranas: los
niños soldados, cuya presencia se denuncia en África y Asia, también están en
estos ejércitos mafiosos, ya que no son imputables penalmente. Un signo más es
el establecimiento de las bandas juveniles, en especial las que se conocen como
maras.
Las maras, apócope de marabuntas, se cree que surgieron entre los círculos de
marginados de los Estados Unidos, especialmente inmigrantes latinoamericanos.
Delincuencia general y tráfico de drogas las caracterizan, pero son mucho más
que grupos criminales: son asociaciones para sobrevivir. Se estima que en
América Central habría entre 70 000 y 100 000 mareros. Existen en gran número en
los Estados Unidos, y se habla también de su presencia en muchos lugares de
América del Sur.
No son la misma cosa que las pandillas de jóvenes, sobre todo pobres y no
necesariamente delincuentes, que florecen en los márgenes de las grandes
ciudades. Quienes se asocian a esos grupos buscan más que nada protección y
cariño, contención, amigos, defensa ante la agresión exterior, y la falta de
dinero también juega su papel. Para ser admitidos, los aspirantes tienen que
pasar por pruebas y requisitos. Estos grupos son locales, competitivos, y
perduran o no; pueden orientarse hacia formas de solidaridad mutual o ser
escuelas de delito.
Pandillas estables, con historia, se organizan en naciones con territorios
regionales y una estructura jerárquica. Estos modelos organizativos surgieron en
Nueva York y en Puerto Rico, y se han extendido. Los inmigrantes regresan de
Estados Unidos o de países europeos con una experiencia de rechazo y
reivindicación de latinidad (sea cual sea el contenido del término) y reproducen
las costumbres adquiridas.
La activista Nelsa Curbelo, que trabaja con estos jóvenes en Guayaquil, comenta
que si bien puede interpretarse como rebeldía juvenil, integrarse a una pandilla
también obliga a seguir reglas y a una autoridad en forma muy clara y definida,
lo que otras instituciones sociales no logran. Es un compromiso de por vida, que
queda en suspenso cuando se forma una familia o se entra a una religión, pero no
desaparece. Las pandillas de Guayaquil comprenden a 60 000 miembros.
Ante estas lealtades tan fuertes que a veces llevan a arriesgar y perder la
vida, la cohesión formal, deshilachada, lejana, abstracta y deslucida que el
Estado semi ausente pretende de sus semi ciudadanos, no tiene fuerza. Como
comenta Petras, la marginalidad recuerda el estado de sacer, que en la antigua
Roma correspondía a aquellos totalmente excluidos. Ni siquiera podían ser
esclavos: ya habían perdido el derecho a la vida, todo derecho. “Era menos que
un condenado a muerte porque sobre este había un espectáculo y la posibilidad de
una memoria y una piedad. Hay que haber vivido ciertos momentos de la cárcel y
del cautiverio para saber lo que es sacer” –dice Petras.
Cada cual buscará su explicación, pero el futuro de nuestras democracias
dependientes, productoras de commodities a costa del ambiente y la miseria para
pagar la deuda externa, está negativamente condicionado por estos desarrollos.
Los jóvenes en proceso de exclusión no tienen un Estado con el que identificarse
y menos que los defienda, pero tienen la mara y la identidad de bandido como
horizontes posibles. Ante la ausencia de futuro, consumamos rápido el presente,
a cualquier costo; no hay más.
En Uruguay, que muestra índices relativamente mejores de distribución de la
riqueza e inclusión social, la mitad de los niños nacen en hogares pobres.
Muchos de entre ellos buscarán su lugar en alternativas marginales, y ya hay 70
000 jóvenes que no estudian ni trabajan. Si ese es el panorama uruguayo, ¿qué
podemos esperar de sociedades donde la población pobre supera al 80 por ciento?
Fuentes:
Páginas electrónicas de Fred Álvarez Palafox, artículo ¿Quién es Marcola?,
fechado el 21 mayo de 2006; Wikipedia; www.radiocentenario.com.uy, reportaje a
James Petras por Efraín Chury Iribarne de mayo de 2006; blog de Rodolfo
Terragno, artículo Reportaje apócrifo al rey de los narcos paulistas, en revista
Debate del 16 de noviembre de 2006; blog Carnegie & Kafka, intervención de Raúl
Alberto Lilloy del 24 de diciembre de 2006; artículos en La Nación de Argentina
el 17 y el 20 de mayo de 2006, artículo de Patricia Gainza en la revista Factor
S, n. 52, de diciembre de 2006, Montevideo; artículo Un poder paralelo: el
crimen organizado en América Latina, por Luis Esteban G. Manrique, Real
Instituto Elcano, área América Latina - ARI Nº84, 25 de julio de 2006.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 53 el 20 de junio de
2007. Se permite la reproducción del artículo siempre
que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |