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D. Pachón Soto es filósofo
colombiano.
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"El problema principal de la filosofía moderna
occidental reside, pues, en la forma selectiva de su escepticismo radical: en el
hecho de que nunca interrogó seria, ni sistemáticamente, a la colonialidad”.
(Maldonado-Torres, 2007, 157)
El objetivo del presente ensayo [1] es presentar un
nuevo movimiento filosófico surgido en América Latina. Se trata del Grupo
Modernidad/colonialidad (en adelante MC). Para llevar a cabo el objetivo
dividiré el ensayo en tres partes. En la primera, presentaré el grupo, sus
integrantes, sus principales características y su ubicación en el panorama
filosófico del siglo XX. En la segunda, se expondrán las bases conceptuales del
grupo, los principales aportes teóricos, así como su pensamiento crítico. En
esta parte se tratarán conceptos como sistema-mundo, mito de la modernidad,
colonialidad del poder, colonialidad del saber, violencia epistémica, el punto
cero, colonialidad del ser, etc. Por último, me centraré en la utopía
emancipatoria del colectivo.
El Grupo Modernidad/colonialidad
En una ponencia presentada en el Tercer Congreso Internacional de
Latinoamericanistas en Europa, Ámsterdam, julio de 2002, Arturo Escobar,
antropólogo colombiano, profesor de la Universidad de Carolina del Norte,
presentó la disertación “Mundos y conocimientos de otro modo”, en la cual
hacía un presentación general del Grupo MC [2]. El
título de la conferencia es importante porque, a mi juicio, contiene dos
aspectos nucleares del trabajo del grupo: “Mundos y conocimientos de otro modo”
se refiere, precisamente, a una utopía donde se busca un mundo mejor y a un
proyecto epistemológico nuevo. En ambos casos se trata de alternativas a la
modernidad eurocéntrica, tanto en su proyecto de civilización, como en sus
propuestas epistemológicas.
El grupo está formado por varios intelectuales de América Latina. Unos residen
en sus respectivos países, otros en Estados Unidos. Es un grupo heterogéneo,
transdisciplinar, cuyos integrantes comparten
un acervo conceptual común, realizan investigaciones, publicaciones conjuntas,
eventos y se reúnen frecuentemente para discutir sus aportes. En el grupo MC hay
también intelectuales militantes o comprometidos con movimientos políticos,
sociales, ONGs, etc. De tal manera que no se trata del filósofo clásico que se
enclaustra en su biblioteca y desde allí, con sus libros, conceptúa sobre lo
divino y lo humano. Esto no quiere decir que el trabajo individual del filósofo
no tenga ningún valor, de hecho lo tiene. Además, los grandes sistemas
filosóficos del pasado se construyeron individualmente. Sin embargo, en el caso
del grupo MC se lleva a la praxis eso que en estos tiempos se ha llamado
transdisciplinariedad, es decir, la confluencia de las disciplinas para el
estudio de un objeto particular. Ya no se trabaja monolíticamente en
compartimientos, sino abordando el objeto de estudio desde distintos ángulos y
miradas. Ya no es la exclusión, sino la inclusión de distintos saberes en la
investigación. Por eso en el grupo encontramos filósofos, sociólogos,
antropólogos, semiólogos, etc.
Hay que decir que en el grupo se discuten los aportes individuales de sus
miembros y se debaten esos nuevos conceptos. Dado el caso, son acogidos por el
grupo. De ahí que encontremos conceptos que se van popularizando entre sus
integrantes. De acuerdo con esto, podemos encontrar figuras centrales en el
colectivo y otras menores o que han participado menos o, tal vez, han aportado
en menor grado teóricamente. Sin duda, las figuras centrales del colectivo son
el filósofo argentino Enrique Dussel, el sociólogo peruano Aníbal Quijano y el
semiólogo y teórico cultural argentino-estadounidense Walter D. Mignolo, quienes
han aportado los conceptos que se han convertido en el punto de partida para los
demás miembros. Existe un segundo nivel de integrantes, que, igualmente, han
realizado aportes relevantes, pero su trabajo ya acoge los aportes del anterior
trío. Entre ellos se encuentran: el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez,
el antropólogo colombiano Arturo Escobar, el sociólogo venezolano Edgardo Lander,
el antropólogo venezolano Fernando Coronil, el filósofo puertorriqueño Nelson
Maldonado Torres, el sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel, la lingüista
norteamericana Catherine Walsh, quien trabaja desde la perspectiva de los
estudios culturales en Ecuador, etc. Otros intelectuales cercanos al grupo, o
que constituyen generaciones nuevas son: Oscar Guardiola Rivera, filósofo
colombiano, Zulma Palermo, Freya Schiwy, Juliana Flórez, Mónica Espinosa, etc.
Es justo resaltar aquí el diálogo, los aportes, también las actividades
académicas conjuntas que con los principales miembros del grupo ha realizado el
sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein.
¿Por qué el paradigma modernidad/colonialidad? La respuesta es sencilla, si bien
la riqueza conceptual que nace de ese paradigma es compleja y útil
analíticamente: “la colonialidad es constitutiva de la modernidad, y no
derivativa” (Mignolo, 2005, 61). Este es un postulado base del grupo. Sirve para
desmitificar la lectura simplista, eurocéntrica, donde el colonialismo aparece
derivado de la lógica moderna y, a lo sumo, aportando sólo recursos y mano de
obra para la constitución del capitalismo global. En realidad es un proceso
horizontal: sin colonialidad no hay modernidad ni viceversa, modernidad y
colonialidad son dos caras de la misma moneda. Una es impensable sin la otra.
Digamos, por ahora, que gracias a la colonialidad, Europa pudo producir las
ciencias humanas como modelo único (aunque no en una relación causal, sino de
interdependencia), válido, universal y objetivo de producir conocimientos, a la
vez que desechó todas las epistemologías de la periferia. En la base del grupo,
hay pues, una lectura de-constructiva de la visión tradicional de la modernidad,
una atención especial al colonialismo, a la subalternización cultural y
epistémica de las culturas no-europeas, una crítica al eurocentrismo, tal como
lo ha puesto en presente Arturo Escobar en la
conferencia citada.
Es necesario, también, indicar la razón del término “colonialidad” que aparece
en el paradigma y diferenciarlo del término “colonialismo”. Según Aníbal Quijano
(2007, 93) son dos conceptos relacionados pero distintos. El colonialismo está
referido a un patrón de dominación y explotación donde “el control de la
autoridad política, de los recursos de producción y del trabajo de una población
determinada lo detenta otra de diferente identidad, y cuyas sedes centrales
están, además, en otra jurisdicción territorial. Pero no siempre, ni
necesariamente, implica relaciones racistas de poder. El Colonialismo es,
obviamente, más antiguo, en tanto que la colonialidad ha probado ser, en los
últimos 500 años, más profunda y duradera que el colonialismo. Pero sin duda fue
engendrada dentro de éste, y, más aún, sin él no habría podido ser impuesta en
la intersubjetividad de modo tan enraizado y prolongado”. Por su parte, Nelson
Maldonado Torres, tal vez de forma más clara, aunque siguiendo a Quijano, los ha
diferenciado así: “Colonialismo denota una relación política y económica, en la
cual la soberanía de un pueblo reside en el poder de otro pueblo o nación, lo
que constituye a tal nación en un imperio. Distinto a esta idea, la colonialidad
se refiere a un patrón de poder que emergió como resultado del colonialismo
moderno, pero que en vez de estar limitado a una relación formal de poder entre
dos pueblos o naciones, más bien se refiere a la forma como el trabajo, el
conocimiento, la autoridad y las relaciones intersubjetivas se articulan entre
sí a través del mercado capitalista mundial y de la idea de raza. Así, pues,
aunque el colonialismo precede a la colonialidad, la colonialidad sobrevive al
colonialismo. La misma se mantiene viva en manuales de aprendizaje, en el
criterio para el buen trabajo académico, en la cultura, el sentido común, en la
auto-imagen de los pueblos, en las aspiraciones de los sujetos, y en tantos
otros aspectos de nuestra experiencia moderna. En un sentido, respiramos la
colonialidad en la modernidad cotidianamente” (2007, 131. Resaltados fuera del
texto). Con esto se quiere mostrar que el colonialismo es mucho más que una
imposición política, militar, jurídica o administrativa. Éste, en forma de
colonialidad, llega a capas más profundas y pervive aún a pesar de la
descolonización o emancipación de las colonias españolas en el siglo XIX o las
de Asia y África en el siglo XX. El grupo MC quiere mostrar que a pesar del fin
de los colonialismos modernos (como los de América, Asia o África), la
colonialidad pervive. Aquí es preciso recordar que con la emancipación
jurídico-política de África o Asia, proceso que culmina en los años 60, se
empezó a hablar de la época poscolonial, de ahí ese número impresionante de
estudios que surgieron, lo cual parecía indicar que el colonialismo se había
acabado, pues se estaba “más allá” del mismo. Sin embargo, si bien ese
colonialismo tradicional, “exterior”, terminó, las estructuras subjetivas,
imaginarios, colonización epistemológica, etc., pervivieron. Por eso los autores
citados han dicho que la colonialidad le sobrevivió al colonialismo. Sólo que la
colonialidad que sobrevivió se rediseña, se readapta, en el capitalismo
posmoderno, posfordista, pero no desaparece. A esa nueva colonialidad es lo que
algunos autores del grupo llaman poscolonialidad, en últimas, una colonialidad
posmoderna que se ha adaptado en la nueva versión del capitalismo global, en la
era de las información y el conocimiento; la era de la biotecnología, la
ingeniería genética, las patentes, los transgénicos, etc. Esa colonialidad
imperial moderna se transformó en colonialidad global posmoderna (poscolonialidad),
pues el tipo de relaciones antiguas, desiguales, jerárquicas, etc., entre centro
y periferia (por ejemplo las relaciones entre una Gran Bretaña y una India) aún
permanecen pero rediseñadas a nivel global. Eso es notorio en la subvaloración
del conocimiento tradicional, la explotación de la flora y la fauna en los
países tercermundistas, el monopolio de los transgénicos por las
multinacionales, etc. (Castro-Gómez, 2005a, 74 y ss.)
Ahora, ¿cuáles son las corrientes de pensamiento de las que parten los miembros
del grupo? Al rastrear las fuentes teóricas de las cuales bebe el colectivo
encontramos corrientes típicamente latinoamericanas, así como corrientes
europeas y norteamericanas, por ejemplo, la teología de la liberación, teoría de
la dependencia, filosofía de la liberación, Estudios poscoloniales, Estudios
culturales, Estudios subalternos, el marxismo, los debates en América Latina
sobre modernidad y posmodernidad, etc. En realidad es una perspectiva amplia que
se ha enriquecido gracias al diálogo que los autores han tenido con
intelectuales del mal llamado Tercer Mundo, Europa y Estados Unidos.
Pese a las corrientes filosóficas y de pensamiento que nutren al grupo, es
preciso hacer algunas aclaraciones, ya que la relación con representantes de
otras corrientes, incluso entre ellos, ha sido teóricamente conflictiva, lo
cual, valga decir de paso, ha contribuido al debate serio y crítico de las
perspectivas. En una presentación del colectivo que hicieron Santiago
Castro-Gómez y Ramón Grosfoguel se puso de presente las limitaciones de dos
perspectivas que han estado normalmente enfrentadas, pero donde ambas, en
términos generales (pues existen algunas excepciones y matices) poseen enfoques
que pueden calificarse de unilaterales. Una es la perspectiva del “sistema
-mundo”, donde la mayoría de sus miembros adoptan una posición que le da
prelación a las estructuras económicas, la división internacional del trabajo,
el dominio estratégico militar en el proceso de acumulación del capitalismo a
escala global y en su lectura del colonialismo. Desde esta perspectiva se piensa
que los discursos, lo simbólico, los imaginarios, etc., pertenecen a la super-estructura
y por lo tanto se derivan de la base económica-política. La segunda, son los
Estudios Poscoloniales anglosajones y los Estudios culturales, que, en términos
generales, soslayan, pretermiten o subvaloran los aspectos económico-políticos y
dan prelación a los análisis de discursos, lo simbólico, la formación de la
subjetividad. Al respecto han dicho los dos autores citados: “La crítica que
proviene de los estudios culturales y de los ‘postcolonial studies’ caracteriza
al sistema-mundo moderno/colonial como un sistema de significaciones culturales.
Creen que ámbitos semióticos tales como los imaginarios massmediaticos y los
‘discursos sobre el otro’ son un elemento sobredeterminante de las relaciones
económico-políticas del sistema capitalista, y que la lucha por la hegemonía
social y política del sistema pasa necesariamente por el control de esos códigos
semióticos. Para ellos, las relaciones económicas y políticas no tienen sentido
en sí mismas, sino que adquieren sentido para los actores sociales desde
espacios semióticos específicos”. Y agregan: “El hecho es que los teóricos del
sistema- mundo tienen dificultades para pensar la cultura, mientras que los
autores anglosajones de la poscolonialidad tienen dificultad pata conceptuar los
procesos políticos-económicos” (Grosfoguel y Castro-Gómez, 2007, 16). Frente a
estos dos reduccionismos o miradas unilaterales, el grupo MC propone la unión de
las dos perspectivas, es decir, postulan que una lectura del capitalismo y el
colonialismo debe unir tanto aspectos políticos, económicos, sociales, como los
lingüísticos, semióticos, discursivos, de género, raza, etc. En últimas, que
ningún grupo determina al otro, sino que el capitalismo global se constituye en
una red compleja de poderes. Así se reconoce que en el capitalismo hay procesos
diversos, heterogéneos, múltiples, formando una “heterogeneidad estructural”
(Aníbal Quijano). Aquí confluyen muchos dispositivos de poder (clases, género,
raza, discursos) que se imbrican en redes horizontales, donde no hay un nivel
superior que gobierna a los otros. Pensar el capitalismo de esta manera implica
acoger lo que los autores llaman, siguiendo al filósofo griego Kyriakos
Kontopoulos, un “pensamiento heterárquico (Ibíd.,18).
Además, frente a los Estudios culturales y Estudios Poscoloniales anglosajones,
existe otra diferencia radical del grupo MC. Los primeros beben de fuentes
posmodernas y son discursos que se inscriben en esa crisis de la modernidad
patentizada a partir de los años sesenta por la ciencia social. De tal manera
que tales estudios están aún marcados por la impronta eurocéntrica. La
posmodernidad para algunos de ellos, por ejemplo para Grosfoguel, “es una
crítica eurocéntrica al eurocentrismo” (2007, 74). Sus fuentes son, en parte,
autores de esa corriente y del pos-estructuralismo. Mientras que el grupo MC
bebe, en sus bases teóricas, de la tradición latinoamericana como la teoría de
la dependencia (si bien la critican fuertemente), la filosofía de la liberación,
la teoría de la Investigación-Acción Participativa (IAP) de Orlando Fals Borda,
etc., sin que esto prive a algunos de sus miembros de la influencia posmoderna,
como en el caso de Castro-Gómez, lo cual es notorio en su libro Crítica de la
razón latinoamericana (1996).
Asimismo, si bien el grupo acoge el marxismo para el análisis del “sistema-mundo
europeo/ euro-norteamericano capitalista/patriarcal moderno/colonial”, critica
fuertemente su universalismo abstracto, su eurocentrismo, su filosofía de la
historia, a la vez que su descuido por los aspectos étnicos, discursivos,
simbólicos: “Lo que Marx mantiene en común con la tradición filosófica
occidental es que su universalismo, a pesar de que surge de una localización
particular, en este caso el proletariado, no problematiza el hecho de que dicho
sujeto sea europeo, masculino, heterosexual, blanco, judío-cristiano, etc. El
proletariado de Marx es un sujeto en conflicto en el interior de Europa; lo que
no le permite pensar fuera de los límites eurocéntricos del pensamiento
occidental. La diversidad cosmológica y epistemológica, así como la
multiplicidad de relaciones de poder sexual, de género, racial, espiritual,
etc., no queda incorporada ni situada epistémicamente en su pensamiento (Grosfoguel,
2007, 69). Este conjunto de aspectos es lo que Castro-Gómez ha llamado “El punto
ciego de Marx”, donde además ha resaltado que éstos no son importantes para el
filósofo alemán sencillamente porque el colonialismo (que los implica) pertenece
a relaciones feudales, premodernas, siendo un ‘momento’ del comunismo, por lo
que desaparecerá en la dialéctica entre el proletariado y la burguesía (2005a,
13-20).
Por último, es preciso decir que el asunto del nombre de sus teorías es bastante
problemático. El grupo comparte aspectos teóricos con las “teorías
poscoloniales” (que incluye los Estudios poscoloniales anglosajones y los
Estudios subalternos), pero a la vez tiene con ellas grandes diferencias
[3]; comparten algunas bases teóricas, pero el Grupo MC bebe
principalmente de los teóricos latinoamericanos y no posmodernos o
pos-estructuralistas (una excepción es Santiago Castro-Gómez); asimismo, el
grupo MC tiene un lugar de enunciación distinto, América Latina, si bien parte
de sus integrantes laboran en universidades en Estados Unidos donde también
residen gran parte de los miembros de los Estudios poscoloniales. Es por eso que
el grupo MC han decido inscribirse en lo que ellos llaman “Teorías decoloniales”.
Una vez presentado este grupo de trabajo, esta “comunidad de argumentación”
(Escobar), y puesto de presente su composición, su carácter político,
transdisciplinar, heterogéneo, crítico y latinoamericano, en el siguiente
apartado se expondrá su armazón conceptual y teórico fundamental, a la vez que
se ampliará y precisará gran parte de lo enunciado en las líneas anteriores.
El aparato conceptual del grupo Modernidad/colonialidad
“En la no-Europa habían sido impuestas identidades raciales no-europeas o no
‘blancas’. Pero ellas, como la edad o el género entre los europeos, corresponden
a diferencias ‘naturales’ de poder entre europeos y no-europeos. En Europa están
en formación, o ya están formadas, las instituciones modernas de autoridad: los
Estados-nación modernos y sus respectivas identidades. Pero en la no-Europa sólo
son percibidas las tribus y las etnias como el pasado pre-moderno, pues ellas
serán reemplazadas en algún futuro por los Estados-nación ‘como en
Europa’.Europa es civilizada. No-Europa es primitiva. El sujeto racional es
europeo. La no-Europa es objeto de conocimiento. Como corresponde, la ciencia
que estudiará a los europeos se llamará ‘Sociología’, mientras que la que
estudiará a los no-europeos se llamará ‘Etnografía”.
(Quijano, 2007, 113)
Esta parte tiene como objetivo mostrar el andamiaje teórico y conceptual del
grupo MC. Sin embargo, es preciso decirlo, una exposición acabada de todo el
programa requeriría un mayor espacio o un estudio de otra naturaleza, por lo
que, tal vez, se omitan algunos conceptos, eso sí, no los más importantes. Hecha
la anterior aclaración, empecemos por el concepto que, a mi juicio, es la base
de los demás, o el concepto de donde parten y se sustentan los otros. Es el de
“sistema-mundo” creado por el sociólogo norteamericano Immanuel
Wallerstein en su monumental estudio The modern world-system publicado en
1974. Wallerstein, con gran influencia de Fernando Braudel, cambió la
perspectiva tradicional como se leía el capitalismo. El aporte del libro
consistió en poner de presente que el sistema–mundo, entendido como el conjunto
de redes y circuitos comerciales surgidos con los descubrimientos en los siglos
XV y XVI, ayudaba a “desprovincializar” a Europa, pues lo que interesaba en
adelante era ver las relaciones mundiales del capital y el estudio de las
periferias, las semiperiferias y los centros. El libro mostraba el impulso que
tomó el capitalismo una vez se reemplazó el mar Mediterráneo por el Océano
Atlántico, con lo cual la historia se hizo, por primera vez, según Dussel,
Historia Mundial. Es decir, aquí el sociólogo norteamericano daba un paso
esencial para la crítica del eurocentrismo, aspecto que será de suma importancia
en la obra del segundo Dussel [4] (después de los años
90) y en la de Aníbal Quijano.
El segundo concepto que aparece anclado en el anterior es la crítica a la
modernidad de Dussel o lo que el llama “el mito de la modernidad”. Lo que
pretende el filósofo de la liberación es mostrar que la modernidad no es la
línea que va de Grecia, Roma, el medioevo, el Renacimiento, la Ilustración y la
modernidad europea. Para el argentino esa es una visión eurocéntrica, una
autoimágen que los europeos crearon, en especial, el romanticismo alemán de
finales del siglo XVIII y principios del XIX. También filósofos como Kant y
Hegel. En esa lectura la modernidad aparece autoconstituida, producto de sí
misma, resultado de procesos y fenómenos intra-europeos. Esa lectura oculta el
colonialismo y el aporte de otras culturas en la constitución de Europa. Es
decir, esa visión genera el eurocentrismo.
Es aquí cuando Dussel acude al concepto de sistema-mundo para mostrar que la
modernidad no es producto de fenómenos intra-europeos, sino que es una
experiencia mundial, no local. Es mundial en el sentido de que se constituyó
gracias a las redes marítimas y comerciales desde 1492. Por eso para el
argentino, la modernidad nace en 1492, con el descubrimiento de América, si bien
su posibilidad se dio en las ciudades europeas de finales de la Edad Media. Dice
Dussel: “Proponemos una segunda visión de la ‘Modernidad’, en un sentido
mundial, y consistiría en definir como determinación fundamental del mundo
moderno el hecho de ser (sus estados, ejércitos, economía, filosofía, etc.)
“centro” de la Historia Mundial. Es decir, nunca hubo empíricamente Historia
Mundial hasta 1492 (como fecha de iniciación del sistema-mundo). Anteriormente a
esta fecha los imperios o sistemas culturales coexistían entre sí. Sólo con la
expansión portuguesa desde el siglo XV, que llega al extremo oriente en el siglo
XVI, y con el descubrimiento de América hispánica, todo el planeta se torna el
‘lugar’ de ‘una sola’ Historia Mundial (Magallanes-Elcano da la vuelta de
circunvalación a la tierra en 1521)” (Dussel, 2005, 46).
Esto quiere decir, simplemente, que el mundo moderno sólo fue posible con Europa
como “centro”, pero esa posición sólo la logró Europa a partir de 1492, pues
antes, por ejemplo, era más grande e incluso más desarrollado científica y
tecnológicamente el mundo musulmán, el mismo que invadió Constantinopla en 1453
y que aportó, con esa invasión, entre otras cosas, al descubrimiento de América.
Para Dussel España fue la primera nación ‘moderna’ que abrió la primera etapa
moderna del “mercantilismo mundial’. Aquí la argumentación de Dussel se aparta
de muchas interpretaciones corrientes. El argentino propone la existencia de dos
modernidades. La primera modernidad inicia en el “largo siglo XVI” con los
descubrimientos de Portugal, España e Italia; la segunda modernidad está
conformada por la Revolución Industrial y la Ilustración de los siglos XVIII y
XIX. Lo que Dussel ha llamado la “segunda modernidad” es la única modernidad que
Europa ha reconocido. Pero para Dussel esa segunda modernidad no hubiera sido
posible sin los procesos que se dan en la primera. En la segunda modernidad
España, Italia y Portugal fueron reemplazadas por nuevas potencias imperiales:
Holanda (siglo XVII), Francia e Inglaterra. Por otro lado, un Descartes, por
ejemplo, es “producto de un siglo y medio de ‘Modernidad’: [es]… efecto y no
punto de partida” (Ibíd.) Lo otro que el filósofo argentino resalta de esta
lectura es que sólo a partir de 1492 Europa ubica las otras culturas como su
periferia. Es decir, a partir de allí se da un proceso de periferialización del
Otro. Con ese proceso surge el etnocentrismo, que en realidad ha sido
característica de todas las culturas, sin embargo “el etnocentrismo moderno
europeo es el único que puede [gracias a la Historia ahora sí Mundial, D.P]
pretender identificarse con la ‘universalidad-mundialidad’. El ‘eurocentrismo’
de la Modernidad es exactamente el haber confundido la universalidad abstracta
con la mundanidad concreta hegemonizada por Europa como centro” (Ibíd., 48).
Europa logró ponerse como “centro” gracias a las riquezas de América (España y
Portugal), los conocimientos y experiencias adquiridas durante el siglo XVI, es
decir, gracias a la conquista. No fue con Inglaterra u otros países que entraron
en la lógica del colonialismo un siglo después. Esta es la razón por la que
Dussel dirá que antes del ego cogito cartesiano existió el ego
conquiro sobre América Latina. Y ese ego conquiro (Yo conquisto) es
sinónimo de ejercicio de la violencia sobre las poblaciones conquistadas. De ahí
la lectura de la modernidad como violencia contra el Otro. Otro que después
aparecerá invisibilizado y llamado por el colonizador a salir de la minoría de
edad, de la barbarie o el salvajismo [5]. Europa
aparece así con una racionalidad interna, pero que a la vez ejerce una
irracionalidad contra el Otro, una irracionalidad que se oculta después dada su
misión salvadora o la pretensión de que el Otro cumpla sus mismas etapas de
desarrollo histórico. Es lo que Dussel ha llamado “falacia desarrollista”, que
por supuesto, no está referida a lo meramente económico. Fue así, pues, como
“América Latina entra en la Modernidad…como la ‘otra cara’ dominada, explotada,
encubierta” (Ibíd.)
Aquí es imprescindible mencionar las consecuencias que se derivaron del mito de
la modernidad. Dussel menciona las siguientes:
a) La civilización moderna se autocomprende como más desarrollada, superior.
b) Esa superioridad obliga a desarrollar a los más primitivos, rudos, bárbaros.
Ese imperativo aparece como una exigencia moral.
c) El modelo de ese desarrollo debe ser el mismo camino seguido por Europa.
d) En este proceso aparece la violencia imbricada en el proceso civilizador. La
violencia contra el bárbaro que se opone a la civilización aparece justificada.
e) La modernidad aparece como salvadora, pero en ese proceso crea víctimas (el
indio colonizado, el esclavo africano, la mujer, la destrucción del medio
ambiente).
f) El ‘bárbaro’ aparece en este esquema como culpable, pues se opone a la
civilización, lo que a su vez justifica la ‘inocencia’ de la empresa
modernizadora
g) En último lugar, ese carácter civilizatorio de la modernidad interpreta los
sacrificios como inevitables. El barbarismo, salvajismo, la debilidad, etc.,
justifican esos sacrificios, pues en últimas, el beneficio es, sostiene el
colonizador, para el incivilizado, el premoderno (Ibíd., 49)
Estos aspectos son fundamentales para entender el proyecto emancipatorio del
grupo MC, pero no sólo para eso, sino para comprender que de esta crítica a la
modernidad y al eurocentrismo, al mito moderno, surge una profundización
conceptual que completa y supera los postulados de Dussel. Eso es, a mi juicio,
lo que logran autores como Mignolo, Quijano y Castro-Gómez.
Es aquí donde es pertinente introducir el tercer concepto fundamental del grupo,
esto es, la colonialidad del poder. El concepto fue propuesto por el sociólogo
peruano Aníbal Quijano, quien ha sido también un fuerte crítico del
eurocentrismo. Quijano es uno de los miembros del grupo que más énfasis hace en
la cuestión económica, con lo cual corrige algunas de las deficiencias de los
Estudios culturales y Poscoloniales tradicionales. Para muchos, entre ellos
Castro-Gómez, éste es el concepto del grupo MC. Esa centralidad se debe a que el
concepto permite hacer una analítica del poder que supera la perspectiva de
Foucault, principalmente porque define una estructura de control de la
subjetividad desde el siglo XVI (y no desde el XVIII como lo mostró el filósofo
francés); en segundo lugar, porque pone en el centro de análisis la “dimensión
racial de la biopolítica” y, por último, saca las consecuencias epistémicas de
ese conflicto, “mostrando que el dominio que garantiza la reproducción incesante
del capital en las sociedades modernas, para necesariamente, por la
occidentalización del imaginario” (Castro-Gómez, 2005a, 58).
Hay que decir, entonces, que la colonialidad del poder es, ante todo, una
estructura de dominación con la que fue sometida la población de América Latina
a partir de la conquista. En este sentido, la colonialidad del poder hace
alusión a la invasión del imaginario del Otro, en este caso, su
occidentalización. Se domina a través de un discurso que se inserta en el mundo
del colonizado, pero que también se reproduce en el locus del colonizador. De
esa manera, el colonizador destruye el imaginario del Otro, lo invisibiliza o
subalterniza, mientras que, por negación, reafirma el propio. Así se transforma
la vida del colonizado y, consecuentemente, se interioriza en él la cosmovisión
propia de la cultura dominante. La colonialidad del poder reprime los modos de
producir conocimiento, los saberes, los imaginarios, el mundo simbólico, las
imágenes, etc., del colonizado e impone unos nuevos. El concepto, pues, refiere
varios aspectos, como por ejemplo, la naturalización del imaginario del invasor,
la subalternización epistémica del Otro y el fetichismo que el colonialista
logra crear de su propia cultura. En este último sentido (el del fetichismo) la
cultura del colonialista aparece como seducción, de ahí el esnobismo que busca
imitarla (Castro-Gómez, 2005a, 60). Creo que esto explica el esnobismo de las
aristocracias colombianas del siglo XIX, cuando querían imitar los vestidos, los
modales y hasta la lengua de los franceses y que escenificó magistralmente José
María Vergara y Vergara en su escrito Las tres tazas (de chocolate, café
y té): “Casimiro Viñas fue llamado Casimiro de la Vigne, y como no tenía antes
sobrenombre alguno, le quedó este para secula seculorum. El mozo era de
talento y se hizo el bobo; se estuvo un semestre enfadándose cada vez que le
quitaban su ridículo apellido y le daban su elegante apodo. Los otros muchachos
por llevarle la contraria no le llamaban sino de la Vigne. Al fin del semestre
fingió el bribón de Casimiro que aceptaba el apodo por darles gusto y comenzó a
firmar con él. He aquí como logró bautizarse a su gusto. Provisto de aquel
apellido, de una buena figura y un carácter simpático, ha penetrado en todos los
salones de lo que se llama entre nosotros alta sociedad” (1967, 31). Este tipo
de simulaciones fue lo que el crítico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot
llamó, tomando el término de Rubén Darío, rastacuerismo. Este rastacuerismo, tan
propio de las aristocracias bogotanas y latinoamericanas, escenifica esa
consecuencia de la colonialidad del poder descrita arriba, a saber, que “La
europeización cultural se convirtió en una aspiración”.
La colonialidad del poder construyó la subjetividad del ‘periferializado’. Y
aquí es necesario ir, entonces, a la base del concepto, esto es, a la noción de
raza. Sólo así se dilucidan las complejas relaciones entre raza, color,
occidentalización del imaginario, subalternización epistémica y capitalismo
mundial. Es necesario, pues, desglosar el concepto de Aníbal Quijano.
Según el sociólogo peruano, si bien es posible rastrear categorizaciones
raciales en la Edad Media, es en el siglo XVI cuando aparece el problema en
primer plano. “La idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia
conocida antes de América. Quizá se originó como referencia a las diferencias
fenotípicas entre conquistadores y conquistados, pero lo que importa es que muy
pronto fue construida como referencia a supuestas estructuras biológicas
diferenciales entre estos grupos” (Quijano, 2005, 202). Para Quijano es claro
que la idea de raza fue aplicada primero a los indios que a los negros y que el
concepto de es tal vez una invención británica o norteamericana puesto que no
hay registro, según él, de esos usos en el siglo XVI. Es claro, por demás, que
el concepto de raza es una abstracción, una invención, que nada tiene que ver
con procesos biológicos, que no da fe, por ejemplo, de una mayor o menor
inteligencia. En el siglo XVI se crea, pues, la unión de color y raza.
Lo verdaderamente relevante aquí, es mostrar cómo el concepto de raza juega un
papel fundamental en el desarrollo del capitalismo moderno. “En América, la idea
de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación
impuestas por la conquista”. Fue una forma de justificar las viejas nociones de
inferioridad y superioridad. Con el concepto de raza unos grupos humanos
aparecen como inferiores, no sólo fenotípicamente, sino que igualmente son
inferiores sus producciones culturales y sus conocimientos. Y esta clasificación
de la población mundial va a desempeñar un papel clave en el capitalismo en
ciernes. En primer lugar, el concepto va a permitir una “clasificación mundial
de la población”, donde los colonizados son los productores de materias primas y
los que facilitan mano de obra. Es una forma mundial de control del trabajo y de
sus productos a favor del emergente capitalismo.
Pero el concepto de raza tuvo otras consecuencias: produjo una división racial
del trabajo y una división racial del salario. Los blancos no hacían oficios
innobles y recibían salario; mientras que los indios eran sometidos a la
servidumbre y los negros eran esclavizados y, por supuesto, el salario era
monopolio del colonizador español. El salario fue el que articuló todas esas
relaciones. En Europa, el trabajo asalariado permitió una mayor dinamización del
capitalismo. Según Quijano: “Esa colonialidad del control del trabajo determinó
la distribución geográfica de cada una de las formas integradas en el
capitalismo mundial. En otros términos, decidió la geografía social del
capitalismo: el capital, en tanto que relación social de control del trabajo
asalariado, era el eje en torno del cual se articulaban todas las demás formas
de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos [...] Pero al mismo
tiempo, dicha relación social específica fue geográficamente concentrada en
Europa, sobre todo, y socialmente entre los europeos en todo el mundo del
capitalismo. Y en esa medida y manera, Europa y lo europeo se constituyeron en
el centro del mundo capitalista” (Ibíd., 228, 221).
El concepto de raza arrojó otra consecuencia que ya ha sido mencionada y que
está también a la base del concepto de colonialidad del poder. No sólo se trató
de superioridad étnica del europeo, sino también de superioridad epistémica.
Todas las formas de producir conocimientos por parte de los indígenas y los
negros, así como otras culturas después, fueron consideradas inservibles. Eran
sólo mitos, conocimiento pre-racional, mágico, etc. En este sentido, Europa
ejerció lo que Castro-Gómez, siguiendo a la teórica hindú Gayatri Chakravorty
Spivak, llamó Violencia epistémica y que en estricto sentido está mejor descrito
con los términos acuñados por el sociólogo venezolano Edgardo Lander cuando
describe estos mismos fenómenos como colonialidad del saber (2005, 24).
Entonces, la colonialidad del poder implica la colonialidad del saber. Es lo que
Quijano nos dice: “Europa también concentró bajo su hegemonía el control de
todas las formas de control de la subjetividad, de la cultura, y en especial del
conocimiento, de la producción del conocimiento” (2005, 209). Por otro lado, más
adelante veremos cómo el concepto de violencia epistémica está relacionado con
el concepto de Castro-Gómez “el punto cero”. Digamos, de una vez, que toda esta
reflexión sobre la hegemonía epistemológica de la modernidad, su racismo
epistémico, fue lo que llevó al grupo a plantear formas ‘otras’ de conocimiento
y formular el programa de una reestructuración de las ciencias sociales en
América Latina.
Como vimos arriba, Quijano muestra a través del concepto colonialidad del poder
cómo operó el primer dispositivo de control de la subjetividad y su relación con
el capitalismo en el largo siglo XVI, es decir, en la primera modernidad de
Dussel. Aquí es donde empata otro autor del grupo MC, quien sin embargo, entabla
polémica especialmente con Wallerstein y desarrolla algunos postulados (o, mejor
intuiciones) de la crítica de Dussel. Se trata de Walter D. Mignolo, cuyo
énfasis de interpretación del sistema-mundo capitalista moderno/colonial está
dado desde la semiótica, la lingüística y la literatura, acudiendo, desde luego,
a la historia.
El punto de partida de Mignolo es un diálogo con Wallerstein. El argentino acoge
el concepto de sistema-mundo pero no comparte la teorización del sociólogo
norteamericano según la cual la primera geo-cultura moderna es el discurso
liberal, el cual, a la vez, legitimó la expansión del capitalismo mundial.
Mignolo, siguiendo a Dussel, sostiene que la primera geocultura moderna es la
hispánica, la cual no crea una subjetividad burguesa, pero si una caballeresca
aristocrática, basada en el honor, el prestigio social, una mentalidad
jerárquica y si se compara con la burguesa, ‘tradicional’. En este sentido,
Mignolo sostiene que Wallerstein se mantiene todavía en el eurocentrismo, pues
sólo reconoce la segunda modernidad, la de la Ilustración y la Revolución
Francesa, pero invisibiliza la primera forma de subjetividad moderna, la fundada
por España y Portugal. Para Mignolo, con 1492, el año del nacimiento de la
modernidad y donde por primera vez la historia se vuelve Historia Mundial, surge
también el primer discurso universalista que va a generar una subjetividad
específica: el discurso cristiano de la pureza de sangre. “Este discurso operó
en el siglo XVI como el primer esquema de clasificación de la población
mundial”. Para Mignolo el discurso de la pureza de sangre no surgió en el siglo
XVI, sino en la Edad Media e, incluso, hunde sus raíces en la antigüedad; pero
lo cierto es que sólo con la conquista española, con el sistema-mundo, se hizo
universal.
Desde la antigüedad surgió una visión tripartita del mundo. Esa visión fue
sugerida por Heródoto y retomada por pensadores como Polibio y, también, por
Tolomeo, quien como es ampliamente sabido, tuvo una influencia importante en el
movimiento científico y cartográfico que precedió el descubrimiento. En esa
visión antigua, la tierra estaba dividida en tres partes: África, Asia y Europa.
Los dos primeros fueron considerados por los griegos y romanos. Europa, pues,
aparecía como una cultura superior. Recordemos que en la época no se concebía la
existencia de otras tierras por fuera del orbis
terrarum. Según Mignolo, siguiendo el clásico libro de Edmund O´Gorman, La
invención de América, “los cristianos de la Edad Media se apropiaron de este
esquema de clasificación poblacional, introduciéndole algunas modificaciones”
(Vd. Castro-Gómez, 2005a, 52). En efecto, la apropiación del esquema donde
Europa aparecía como una cultura superior se reprodujo en el Medioevo. Dice
O´Gorman en el citado libro: “Europa, pues, sede de la cultura y asiento de la
Cristiandad, asumía la representación trascendente del destino inmanente y
trascendente de la humanidad, y la historia europea era el único devenir preñado
de auténtica significación” (2002, 148). En el esquema cristiano de la Edad
Media, el relato bíblico de Jafet, Sem y Cam, los hijos de Noé, contenida en
Génesis 6: 18, tomó gran fuerza. En el relato, Jafet es el hijo bendecido por
Noe y después del diluvio es mandado a poblar Europa, mientras Sem y Cam, los
otros hijos son enviados a poblar Asia y África respectivamente. Cam es
condenado como esclavo de sus otros dos hermanos. Así, África y Asia son
pobladas por gentes “degeneradas”, “maldecidas”, lo que se traduce
posteriormente en etnias bárbaras e inferiores frente a la Europa poblada por
los hijos de buen Jafet. Es decir, aquí se ha introducido, según Mignolo, una
diferenciación étnica. El cristianismo “resignificó el antiguo esquema de
clasificación poblacional” en términos étnicos y religiosos.
Cuando se descubrió que América era un territorio distinto al orbis terrarum
el hecho suscitó grandes debates en Europa. Era obvio. El descubrimiento de
otras tierras ponía en cuestión la antigua división tripartita del mundo, si
bien Isidoro de Sevilla, en el siglo VI, había hablado de la posibilidad de la
existencia de una cuarta parte. Ese es el debate que O´Gorman muestra
magistralmente en su libro. De ahí proviene la duda sobre la humanidad de los
indios. Sin embargo, como es sabido, España reconoce que los pobladores del
’Nuevo’ Mundo son hombres, para justificar la evangelización[6]. En esta
aceptación, América tuvo necesariamente que aparecer (eso también lo muestra
O´Gorman en su libro) como una prolongación natural de Europa, aunque inferior.
Esa inferioridad justificó y legitimó la “civilización” y cristianización de las
almas de los aborígenes. Es decir, legitimó la superioridad epistémica de
España. Dice Castro-Gómez: “El discurso de pureza de sangre es…el primer
imaginario neocultural del sistema-mundo que se incorporó en el habitus
de la población inmigrante europea, legitimando la división étnica del trabajo y
la transferencia de personas, capital, materias primas a nivel planetario”
(2005a, 55). Prueba del efecto de ese imaginario de la pureza de sangre, fue lo
que Castro-Gómez llamó el imaginario de la blancura, brillantemente desarrollado
en su libro La hybris del punto cero. Ciencia, raza e Ilustración en la
Nueva Granada 1750-1816 (2005b, 67 y ss), el cual estaba más relacionado con el
status social que con la raza. De ahí la escenificación del status a través de
accesorios, vestidos y rituales sociales de exhibición y confirmación del
reconocimiento. Los pleitos por el don, los diagramas de las castas para
ilustrar la relación existente entre el proceso de mestizaje (mancha de la
tierra) y el estatus social, ilustran los efectos de ese imaginario en la
subjetivación de los actores sociales en estas tierras: entre más blanco se era,
más posibilidades se tenía de reconocimiento, ascenso o movilidad social.
Vemos cómo Mignolo al profundizar en el discurso de la pureza de sangre
(discurso reforzado y universalizado con la expulsión de moros y judíos en
1492), concretiza el postulado de Dussel al mostrar una forma específica de
subjetividad a partir del siglo XVI y, a la vez, llega a conclusiones iguales a
las de Quijano en torno a la subjetividad y al capitalismo, poniendo de presente
igualmente que ese discurso en términos étnicos y religiosos produjo la
subalternización epistémica de los habitantes del ‘Nuevo’ Mundo, esto es, el
análisis crítico de Mignolo lleva también al concepto de Colonialidad del saber
ya mencionado, concepto que situaremos aquí en cuarto lugar dentro del andamiaje
categorial del grupo MC, en especial, por su utilidad para analizar las actuales
relaciones epistémicas en la era del conocimiento.
El semiólogo argentino/estadounidense ha creado varios conceptos, entre los más
importantes, diferencia colonial, pensamiento fronterizo o de frontera, mirada
pluritópica y monotípica, etc., que no los incluyo aquí, porque, a mi parecer,
están más relacionados con la propuesta emancipatoria del grupo MC. Por eso se
hará alusión a ellos en la tercera parte.
Mignolo ha teorizado también, al hablar de los imaginarios, el tema del
occidentalismo (2005, 55 y ss). Asimismo, se ha ocupado del orientalismo. En el
caso del orientalismo, el autor argentino no comparte con Edward Said, autor
palestino perteneciente a los Estudios poscoloniales, la afirmación según la
cual Occidente se define en contraposición con Oriente, pues eso sucede en el
siglo XIX, con lo cual Said sigue manteniendo una perspectiva eurocéntrica, pues
sólo reconoce la “segunda modernidad” y los discursos sobre el Otro forjados por
Francia e Inglaterra, obviando la primera modernidad teorizada por Dussel y los
discursos sobre el Otro producidos en el siglo XVI y XVII. Said obvia el primer
discurso universalista con el cual Europa construye al Otro y se autocomprende a
la vez. Por lo demás, el occidentalismo no surge frente a Europa, sino que al
ser América reconocida como una prolongación de Europa y no como su otro
exterior, ésta creó una diferenciación interna. Eso es notorio con los términos
indias occidentales para referirse al Nuevo Mundo. Por lo tanto, el discurso
occidentalista es anterior al mencionado por Said.
El punto donde confluyen Said y Mignolo es en el reconocimiento de que se
requiere un discurso y la implantación de un imaginario para sostener una
relación de colonialidad. No basta el dominio político-militar. Por otro lado,
Said, siguiendo a Foucault, le ha aportado al grupo MC la idea de la relación
del nacimiento de las ciencias humanas y su correspondencia con el colonialismo.
Ese tema lo trataremos enseguida donde haremos énfasis en el vínculo existente
entre las ciencias humanas, el surgimiento del estado-nación en Europa y el
capitalismo.
Para Wallerstein, Dussel y Mignolo, el Estado-nación moderno debe leerse en la
perspectiva del sistema-mundo. De hecho es el Estado-nación el que jalona el
proyecto moderno, un proyecto que puede describirse con Weber como
racionalización de la vida y desencantamiento del mundo
[7]. Dice Weber en La
ética protestante y el espíritu del capitalismo: “Como lema de toda
investigación en torno al racionalismo debería figurar este sencillo principio,
olvidado a menudo: que es posible ‘racionalizar’ la vida desde los más distintos
puntos de vista y en las más variadas direcciones” (1997, 80). La
racionalización es la tarea que emprende el Estado. Para realizarlo necesitó
homogenizar la vida de las personas, crear una síntesis social y un sujeto
determinado para configurar la nación. El estado necesitó formar identidades
específicas que le permitieran la realización de sus programas y proyectos
políticos, sociales y, por supuesto, económicos. No olvidemos que, según el
mismo Weber, la relación entre el Estado y el capitalismo fue de
interdependencia. Todo esto fue lo que Foucault llamó gubernamentalidad. En esa
tarea el Estado se vio en la necesidad de agenciar las ciencias sociales. Éstas
le sirvieron como instrumento útil para establecer su hegemonía sobre la
sociedad. Dice Castro-Gómez: “El nacimiento de las ciencias sociales no es un
fenómeno aditivo a los marcos de organización política definidos por el
Estado-nación, sino constitutivos de los mismos. Era necesario generar una
plataforma de observación científica sobre el mundo social que se quería
gobernar. Sin el concurso de las ciencias sociales, el Estado moderno no se
hallaría en la capacidad de ejercer el control sobre la vida de las personas,
definir metas colectivas a largo y a corto plazo, ni de construir y asignar a
los ciudadanos una identidad cultural. No sólo la reestructuración del a
economía de acuerdo a las nuevas exigencias del capitalismo internacional, sino
también la redefinición de la legitimidad política, incluso la identificación
del carácter y los valores peculiares de cada nación, demandaba una
representación científica avalada sobre el modo que ‘funcionaba’ la realidad
social” (2005c, 147). Las ciencias sociales estuvieron relacionadas en su matriz
con el capitalismo: buscaron “ajustar la vida de los hombres al aparato de
producción”, eso fue, precisamente, lo que mostró Foucault (2000, 111 y ss).
Las ciencias sociales agenciadas por el Estado moderno cumplieron un rol
fundamental en la invención del Otro. Es aquí donde el libro de Edward Said,
Orientalismo, publicado en 1978, juega un papel importante. Lo que puso de
presente Said era que el colonialismo tenía una dimensión cognitiva, lo que
equivale a decir que hubo un discurso colonial de las ciencias humanas, de lo
cual no se percató Michel Foucault. Por lo demás, Said hacía su lectura desde el
filósofo francés, es decir, situaba el problema en los siglos XVIII y XIX, la
“segunda modernidad”, sin percatarse que el problema era de, por lo menos, dos
siglos antes [8]. Las ciencias crearon, por ejemplo, la noción de progreso. La
etnografía, al realizar estudios comparativos, creó la visión de que ciertas
culturas pertenecían al pasado de Europa. En ese sentido, el camino desde esa
barbarie hasta el estado actual de la cultura Europea se denominó progreso. Hoy
sabemos los efectos que esa idea ha tenido sobre el Tercer Mundo en la versión,
por ejemplo, del desarrollo económico. Con la idea de progreso Europa, entonces,
creó una línea temporal donde ella aparecía en la cima. Esto significó
deslegitimar la coexistencia espacial. Es decir, ahí operó un mecanismo de
poder, pues si todos los pueblos existían en la época en el mismo tiempo (por
ejemplo, siglo XVII), aunque en distintos espacios geográficos, por qué suponer
que unas formas culturales eran superiores a otras. En efecto, ahí hubo una
valoración basada en el etnocentrismo, etnocentrismo que tenía como antecedente
la idea de raza, con la cual se subalternizaba al otro a quien se consideró
premoderno, bárbaro, salvaje, incivilizado, tal como lo mostró Quijano.
Es clara, pues, la relación de las ciencias sociales con el Estado-nación y con
el colonialismo: gracias a las ciencias sociales, Europa se construyó a
contraluz. Eso es claro en la idea de progreso que invadió la ciencia, la
filosofía y la economía a partir del siglo XVII (Castro-Gómez, 2005b, 21-42). Es
así como esas ciencias aparecen despojadas de su “objetividad” y pureza, pues lo
que sale a flote es que fueron “dispositivos ideológicos” generados dentro de lo
que Mignolo ha llamado “sistema-mundo moderno/colonial”. Como corolario se puede
recalcar con Castro-Gómez que: “Las ciencias sociales funcionan estructuralmente
como un aparato ideológico que, de puertas para adentro, legitimaba la exclusión
y el disciplinamiento de aquellas personas que no se ajustaban a los perfiles de
subjetividad que necesitaba el Estado para implementar sus políticas de
modernización; de puertas para afuera [en su relación colonial, D.P], en cambio,
las ciencias sociales legitimaban la división internacional del trabajo y la
desigualdad de los términos de intercambio entre el centro y la periferia, es
decir, los grandes beneficios sociales y económicos que las potencias europeas
estaban obteniendo del dominio sobre sus colonias. La producción de alteridad
hacia adentro y la producción de alteridad hacia fuera formaban parte de un
mismo dispositivo de poder. La colonialidad del poder y la colonialidad del
saber se encontraban emplazadas en una misma matriz genética” (2005c, 154).
Para Castro Gómez, la etnografía, la geografía, la antropología, la
paleontología, la arqueología, la historia, etc., al estudiar el pasado de las
civilizaciones, sus productos culturales e instituciones, permitieron elaborar
comparaciones con respecto al mundo Europeo y en ese sentido justificaron el
colonialismo. Lo curioso es que el canon, el molde, la medida, el patrón, de
comparación es el del “centro” de la Historia Mundial, esto es, Europa. Allí lo
Otro aparecía naturalmente inferior. Es decir, el otro fue visto como mera
naturaleza, visión que se popularizó en el siglo XVIII y que tiene sus ecos en
Hegel. Pero el asunto no era nuevo. El Otro es naturalizado ya en el siglo XVI.
Las Casas, por ejemplo, alegaba que la gran arquitectura mejicana servía para
probar que los indios eran hombres de cultura, pero Sepúlveda alegaba que las
arañas y las abejas podían construir arquitecturas que ni siquiera el hombre
podía imitar, sin embargo, eran animales.
Hay un quinto concepto importantísimo del Grupo MC que está relacionado con el
tema ya tratado de las ciencias y que sirve para explicar, ante todo, lo que
puede llamarse la hegemonía epistémica eurocéntrica sobre el resto del orbe. Se
trata del concepto “la hybris del punto cero” del filósofo colombiano Santiago
Castro-Gómez. El concepto lo podríamos relacionar con el de colonialidad de
poder o incluso estaría subsumido en el de colonialidad del saber, pero dada su
importancia esclarecedora para el nacimiento de las ciencias sociales en Europa
y su posterior monopolio sobre el resto de formas de producir conocimiento, la
hegemonía epistémica producida durante la modernidad y la relación de éstas con
el colonialismo, lo trataremos aquí de forma independiente. Además, porque éste
concepto le ha servido al filósofo colombiano para plantear una crítica a la
universidad y, a la vez, proponer una reestructuración o re-fundamentación de la
misma.
Para dilucidar el origen del concepto es necesario remitirnos a Descartes y al
siglo XVII. En este siglo en realidad muchas cosas habían cambiado. Hubo
interesantes avances en la física, la matemática, la astronomía, la navegación,
la técnica, el capitalismo mundial estaba en ciernes, etc. Fue todo este
espíritu, forjado desde 1492, el que hizo posible, como sostuvo Dussel, un
Descartes y, por ende, el nacimiento de la ciencia moderna. Es precisamente esta
ciencia la que emerge con fuerza en este siglo con autores como Bacon, Galileo,
Spinoza, etc. Esa ciencia está en sus orígenes hermanada con la filosofía. Sin
embargo, la mirada sobre el mundo empieza a cambiar con ella. El mundo medieval
empieza a desgarrarse y nace una nueva concepción del mundo. Danilo Cruz Vélez,
el precursor de la filosofía en Colombia, dirá que con Descartes el mundo
naciente encontró seguridad. Esa seguridad se instaló en la subjetividad, lo
cual desencadenaría un proceso que se prolonga hasta Husserl (Sierra, 1996, 95).
En efecto, lo que Castro-Gómez quiere resaltar es que con Descartes cambia
totalmente el paradigma como se observa el mundo. En pocas palabras, el hombre
requiere verdades claras y distintas, que lo alejen de lo falso. La matemática
se convierte en el prototipo del conocimiento. Es la razón la que ahora se
instala donde antes estaba instalado Dios. La razón se convirtió en el nuevo
Dios y con ella surgió la matematización del cosmos, de la naturaleza, que ahora
es res extensa, pero en últimas, de ahí nació la pretensión de regular
igualmente la polis, la comunidad, la sociedad. Este proyecto es el que el
filósofo colombiano, siguiendo a Stephen Toulmin, llama el proyecto cosmópolis
(2005b, 23-24).
El hecho de que el conocimiento tenga a la base la matemática es la garantía de
la verdad, de lo inobjetable. Por eso era necesario, dice Castro-Gómez,
deshacerse de las opiniones comunes y asumir la razón para llegar a la verdad.
Recordemos, de paso, que este fue el postulado de Hegel, en la Introducción de
la Fenomenología del espíritu (1807) cuando enunció su programa de elevar la
filosofía a la ciencia. Descartes, pues, anunció el programa donde las
opiniones, la doxa, el error, la incertidumbre, desaparecían. Buscó
seguridad absoluta en la certeza que le arrojó el “pienso, luego existo”. Ese
postulado, junto con el dualismo res cogitans - res
extensa, llevó a que el lugar, las culturas, los sitios de enunciación
fueran invisibilizados. La universalidad del conocimiento no podía estar ligada
a la pluralidad de espacios y culturas [9]. Ese punto seguro, desde el cual se
observa todo, se mira todo, es lo que Santiago Castro-Gómez llama: la “hybris
del punto cero” (2005b, 25). Esto significa que Descartes funda un nuevo
comienzo y “Comenzar todo de nuevo significa tener el poder de nombrar por
primera vez el mundo; de trazar fronteras para establecer cuáles conocimientos
son legítimos y cuáles son ilegítimos, definiendo por ejemplo, cuáles
comportamientos son normales y cuáles patológicos. Por ello, el punto cero es el
comienzo epistemológico absoluto, pero también el del control económico y social
sobre el mundo. Ubicarse en el punto cero equivale a tener el poder de
instituir, de representar de construir una visión sobre el mundo social y
natural reconocida como legítima y avalada por el Estado. Se trata de una
representación en la que los se definen así mismos como observadores neutrales e
imparciales de la realidad” (Ibíd.). Este es el gran aporte de Descartes. El
término hybris sirve para referir precisamente el pecado cometido por los
humanos al querer ser dioses. Descartes cometió ese pecado, pues su ego
cogito sustituyó la mirada observadora, donadora de sentido y controladora
de la realidad del Dios medieval. Así se da una sustitución: la teo-política del
conocimiento de la Edad Media es reemplazada por la ego-política del
conocimiento del sistema-mundo moderno/colonial (Mignolo).
Descartes fundó de esta manera la razón universal, una razón donde el
conocimiento se autoproduce. El sujeto de ese conocimiento está descorporalizado,
descontaminado. Se sitúa en el lugar donde todo lo puede ver, pero a la vez, en
el lugar donde él no puede ser visto. Es el lugar epistémico absoluto. Con razón
ha dicho Ramón Grosfoguel: “Se trata entonces, de una filosofía donde el sujeto
epistémico no tiene sexualidad, género, etnicidad, raza, clase, espiritualidad,
lengua, ni localización epistémica en ninguna relación de poder, y produce la
verdad desde un monólogo interior consigo mismo…”, así se “inaugura el mito
epistemológico de la modernidad eurocentrada de un sujeto autogenerado que tiene
acceso a la verdad universal, más allá del espacio y del tiempo…. a través de
una ceguera ante su propia localización espacial y corporal en la cartografía
del poder mundial” (2007, 64. Supresiones fuera del texto). Esto indica que
cuando Descartes postula el ego cogito no está pensando en otras
culturas, ni en otros saberes u otras formas de producir conocimiento. Éstas
quedan de suyo encubiertas. Él no está pensando que su filosofía se está
haciendo desde Europa. Sin embargo, le da valor universal, tal vez porque ha
interiorizado la visión según la cual la no-Europa no tiene racionalidad, sino
conocimientos mágicos, prerracionales. De ahí que los primeros renglones que
abren el Discurso del método no se refieren en realidad a todos, sino a los
europeos varones. Recordemos el pasaje: “El buen sentido (la razón) es la cosa
que mejor repartida está en el mundo”. Más adelante dirá que ese ‘buen sentido’
es “por naturaleza igual en todos los hombres” (Descartes, 1986, 69). Aquí en
realidad no se refiere a todos los hombres, pues la visión que en ese momento
Europa tenía de América era la difundida por los cronistas, viajeros, clérigos,
etc., donde el indígena y el negro aparecen como subhumanos y bárbaros, carentes
de razón, etc., motivo por el cual hay que ‘civilizarlos’.
Por su parte, el filósofo puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres ha llevado las
consecuencias de la filosofía cartesiana a otro nivel: “Debajo del ‘yo pienso’
podríamos leer ‘otros no piensan’, y en el interior de ‘soy’ podemos ubicar la
justificación filosófica para la idea de que ‘otros no son’ o están desprovistos
de ser. De esta forma descubrimos una complejidad no reconocida de la
formulación cartesiana: del ‘yo pienso, luego soy” somos llevados a la noción
más compleja, pero a la vez más precisa, histórica y filosóficamente: ‘yo
pienso’ (otros no piensan o no piensan adecuadamente), luego soy (otros no son o
no deben existir o son dispensables” (Maldonado-Torres, 2007, 144).
No sobra decir, que esta pretensión epistémica de occidente, que floreció en la
primera modernidad, aún persiste. Por eso aún muchos sólo consideran filosofía
la producida en Europa, ciencia la producida en los laboratorios del Primer
Mundo y no-conocimiento a los llamados conocimientos tradicionales. La
colonialidad del poder creó un fetichismo epistémico, poniendo de presente la
colonialidad del saber sobre el resto del mundo. De ahí surgió la hegemonía
epistémica de Europa que se impuso sobre el orbe. Con esa operación se
evidenció, como lo han sostenido desde el grupo MC, la existencia de una
geopolítica del conocimiento, esto es, un conocimiento único, objetivo,
imparcial, universal y verdadero producido y agenciado desde Europa. Pero las
consecuencias de la hazaña epistémica europea son mayores. Una vez las ciencias
europeas (nacidas en los países con mayor desarrollo del capitalismo, como
Inglaterra, Francia, Alemania, Italia) se ubicaron en el “el punto cero” se
legitimó científicamente una mirada colonial sobre el mundo, es decir, en
adelante el colonialismo apareció justificado científicamente. De esta manera,
por ejemplo, la antropología empezó a estudiar culturas, a compararlas con el
desarrollo europeo, legitimando así, la necesidad de modernizar a su objeto de
estudio. Si bien la antropología auscultó también otras culturas y formas de
vida, ampliando la mirada de Europa (Restrepo, 2007). El ejemplo de la
antropología explica la emergencia de estudios en el Tercer Mundo. Ciencias
ávidas de exoticidades. Refiriéndose al orientalismo ha dicho Castro-Gómez: “El
dominio europeo sobre el mundo requería de una legitimación científica y es aquí
donde empiezan a jugar un papel fundamental las nacientes ciencias del hombre:
filología, arqueología, historia, etnología, antropología, geografía,
paleontología. Al ocuparse del pasado de las civilizaciones orientales, estas
disciplinas construyen a contraluz el presente ilustrado de Europa (2005b, 45).
Todo esto testimonió de nuevo y ratificó el fundamento colonial del nacimiento
de las ciencias en la modernidad.
Hay que decir, además, que la violencia epistémica tratada aquí produjo
igualmente la subalternización de las lenguas. Es decir, después del siglo XVI
y, en especial, durante la segunda modernidad operó una geopolítica lingüística
y epistémica (Garcés, 2007, 217-242). Mignolo ha sostenido que las lenguas
coloniales o imperiales han sido respectivamente: en la antigüedad, el griego y
el latín; en la primera modernidad, el italiano, el portugués y el castellano y,
en la segunda modernidad, el francés, el inglés y el alemán. Europa ejerció
también un monopolio lingüístico. Despreció las lenguas de los aborígenes y con
ellas, despreció y subvaloró las ideas, imaginarios, cosmovisiones de las
culturas mismas. En este mismo proceso, las culturas con escritura se impusieron
sobre las culturas ágrafas, orales. Éstas últimas fueron barbarizadas. En su
libro Del sentimiento trágico de la vida (1913), el filósofo
vitalista-cristiano-existencial don Miguel de Unamuno sostuvo: “la sangre del
espíritu es la lengua” (1983, 313). Pues bien, gracias a la violencia física y
epistémica ejercida por Europa, las culturas americanas y africanas se
desangraron y con ese desangre desaparecieron muchas manifestaciones
espirituales.
Para terminar esta parte, sólo queda por exponer uno de los conceptos más
significativos del grupo MC. Es un concepto que sintetiza gran parte de los
anteriores, porque denota y contiene todas las consecuencias prácticas que de
ellos se derivan. Es la inscripción del ejercicio colonial en la vida y la
existencia misma del colonizado. Se trata del concepto Colonialidad del ser, del
filósofo puertorriqueño Nelson Maldonado Torres. Él lo ha construido en diálogo
Con Heidegger, Levinas, Dussel, Frantz Fanon, entre otros. En este sentido,
puede decirse, es un concepto síntesis.
Maldonado Torres sostiene que el ser como fue pensado por Heidegger es un ser
excluyente, pues es el ser europeo desde los griegos, que para el filósofo
alemán fue ocultado por la filosofía hasta la Edad Moderna. Fue lo que Heidegger
llamó el “olvido del ser”. Sin embargo, el ser de Heidegger no incluye la
experiencia colonial, ni tiene en cuenta aspectos como la raza o el género. Es
un ser europeo. De ésta reflexión se pasa fácilmente a poner de presente algo en
lo que Levinas y Dussel han insistido: la negación que el ser hace del Otro, la
forma como desconoce la alteridad y el modo cómo relega al diferente, en
últimas, cómo lo convierte en no-ser, en nada.
Esa negación del Otro fue una experiencia violenta. Y Dussel ha hecho énfasis en
esa violencia originaria de la modernidad, violencia que tiene su origen en la
conquista. Por eso Maldonado Torres acoge el concepto dusseliano de ego conquiro
y lo relaciona con el concepto de ego cogito. Primero fue la certidumbre del ser
conquistador y luego la certidumbre cartesiana. Aquí el puertorriqueño acude a
lo que Fanon en su libro Los condenados de la tierra llamó una realidad colonial
maniquea. Recordemos a Fanon: “El mundo colonial es un mundo maniqueo. No le
basta al colono limitar físicamente, es decir, con ayuda de sus policías y de
sus gendarmes, el espacio del colonizado. Como para ilustrar el carácter
totalitario de la explotación colonial, el colono hace del colonizado una quinta
esencia del mal. La sociedad colonizada no sólo se define como una sociedad sin
valores […] El indígena es declarado impermeable a la ética; ausencia de
valores. Es, nos atrevemos a decirlo, el enemigo de los valores. En este
sentido, es mal absoluto. Elemento corrosivo de todo lo que está cerca, elemento
deformador, capaz de desfigurar todo lo que se refiere a la estética o la moral,
depositario de fuerzas maléficas…” (Fanon, 2003, 35-36). Es decir, el
colonizador desfigura y deforma el imaginario del colonizado. Fue lo que
hicieron la mayoría de españoles con los indígenas. En esa maniqueización se
ejerce violencia, la violencia típica del ego imperial, la actitud imperial del
ego conquiro.
La recurrencia al ego conquiro y al ego cogito apunta a poner de
presente que antes de la duda metódica en el campo del conocimiento sobre el yo
y el mundo, existió una duda que la precedió. Esta duda estaba sustentada en el
yo conquistador, que en su acción violenta “dudaba” de la humanidad del
conquistado. Ese ego conquiro está representado por los españoles de la
primera modernidad. Por eso dudaron de la humanidad del indio. De ahí los
debates sobre si éstos tenían o no alma. Esa actitud fundó una forma de
escepticismo, un escepticismo que surgía frente al Otro, al diferente. Era un
escepticismo sobre su humanidad, su condición de hombres pertenecientes a la
misma especie. Fue una duda sobre el Otro, Otro que era el dominado y que por
carecer de humanidad se le podía matar, humillar, maltratar, degradar. Esa duda
era más fuerte y precedió a Descartes. Esa duda sobre la humanidad misma del
conquistado es lo que el autor llama “escepticismo maniqueo misantrópico”, un
misantropismo racista/imperial (2007, 134).
El maniqueísmo desconfigura y deforma la realidad del colonizado. El ego
conquiro impuso la no-ética de la guerra propia de toda actitud imperial,
conquistadora. Y como la modernidad está sustentada en esas conquistas, ésta
resulta siendo el paradigma de la guerra. La modernidad es, intrínsecamente,
violenta. Está relacionada con el genocidio, la guerra y la dominación física y
espiritual. De la conquista se deriva la violación de mujeres, el asesinato de
las mismas, los niños y los hombres. La modernidad como paradigma de la guerra
puede prescindir del Otro, lo convierte en alguien desechable, dispensable. Los
colonizados en esta lógica aparecen como “los condenados de la tierra”. Por eso
“El colonialismo moderno puede entenderse como condena o vida en el infierno,
caracterizada por la naturalización de la esclavitud” (Maldonado-Torres, 2007,
137). De hecho ese control sobre los no-europeos y la naturaleza, provienen para
el filósofo de la división cartesiana mente/cuerpo. Así el Otro y lo Otro
aparecieron como objetos de dominio, objetos para ser adueñados (como dice el
filósofo en el Discurso del método), apropiados y expoliados.
Lo que Maldonado-Torres ha querido significar con el concepto Colonialidad del
ser es la inscripción en la vivencia diaria de los individuos de situaciones
donde la vida misma está en peligro constante, donde se la puede perder a la
vuelta de la esquina; es la normalización de situaciones excepcionales; es
convertir la no-ética de la guerra moderna en algo habitual, que nos acecha; es
cuando se vive dominado, domeñado, sin esperanzas. La colonialidad del ser se ha
mostrado históricamente en los colonizados americanos y asiáticos; en los
‘condenados’ de Fanon en el continente negro; en las víctimas del holocausto
nazi. La colonialidad del ser es la “vida dañada” de la que habló Adorno en
Mínima moralia. El filósofo de la Escuela de Frankfurt la expresó cuando
escribió un apartado ya célebre, casi un cliché: “Luego de lo que pasó en el
campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema, y este hecho corroe
incluso el conocimiento que dice por qué se ha hecho hoy imposible escribir
poesía” (1984, 248). La colonialidad del ser mata la esperanza de vivir, mata la
utopía, el deseo, lo pone en suspenso.
Mignolo, quien propuso el concepto, sostuvo que éste era engendrado por la
colonialidad del ser y el saber. Por eso es un concepto , que, por supuesto,
tiene el racismo como uno de sus elementos constitutivos; éste manifiesta la
realidad de millones de niños que mueren de hambre en el Tercer Mundo, la
realidad de los indigentes o los mal llamados ‘desechables’ en nuestro medio,
así como la destrucción del planeta, pues la depredación ambiental, la
usurpación del material genético para uso de las multinacionales, sólo indica
que la colonialidad del poder, en estos tiempos posmodernos, muta en
biocolonialidad del poder, esto es, en el control y colonización de la vida
misma (Cajigas-Rotundo, 2007, 169 y ss.) [10].
El proyecto emancipatorio del grupo Modernidad/colonialidad.
“Decidamos no imitar a Europa y orientemos nuestros músculos
y nuestros cerebros en una dirección nueva. Tratemos de inventar al
hombre total que Europa ha sido incapaz de hacer
triunfar”. (Fanon, 2003, 289)
Los debates sobre posmodernidad han sido abundantes en América Latina. De las
múltiples interpretaciones quisiera resaltar dos. La primera es nihilista. Acoge
la destrucción del sujeto, las utopías, los metarrelatos, las filosofías de la
historia. Estas lecturas aceptan implícitamente que la posmodernidad es un
estado de cosas al cual se ha llegado. Este estado puede ser interpretado como
la crisis de la modernidad. Y puede decirse que es una perspectiva conservadora,
conformista con el status quo e, incluso, que entra en connivencia con el actual
sistema neoliberal. Existe otra interpretación que puede ser más optimista y
fructífera. Consiste en ver la posmodernidad, no como una crítica eurocéntrica a
la modernidad como piensa Grosfoguel, sino como una autocrítica de la modernidad
misma. En este sentido, los principios mismos de la modernidad son cuestionados,
pero ese cuestionamiento no lleva a la aceptación explícita ni implícita del
estado de cosas presente, sino a la vislumbre de nuevas posibilidades,
propuestas de nuevos proyectos y nuevas utopías. Es decir, consiste en ver la
posmodernidad como una alternativa y una oportunidad para replantear los
principios de la modernidad y así avizorar nuevos caminos, “mundos otros”. Esta
es la perspectiva de autores como Boaventura de Sousa Santos quien ha propuesto
un posmodernismo de oposición (2003, 25 y ss), del filósofo colombiano Darío
Botero Uribe que la ha apostado a una posmodernidad vitalista (2006, 123 y ss) y
Santiago Castro Gómez que ha visto nuevos caminos en la autocrítica de la
modernidad (1996, 31 y ss), alineándose hoy en las propuestas emancipatorias de
las “teorías decoloniales”. Es a esta última propuesta a la que me referiré en
adelante.
En Esta presentación del grupo MC se hizo énfasis en la colonialidad
estructurada desde el siglo XVI con la colonización española y portuguesa y
perviviente hasta nuestros días. Se mostró en qué consiste la colonialidad del
poder, del saber y del ser y se mencionaron algunas de las consecuencias
profundas que estas colonialidades producen en la subjetividad del colonizado.
Se mencionó igualmente, que la colonialidad no desapareció con el fin formal de
los colonialismos en los siglos XIX y XX, sino que adquiría nuevas formas en la
actual lógica del sistema capitalista, por ejemplo, en la biocoloniaidad del
poder. A la colonialidad posmoderna se la denominó poscolonialidad (Mignolo). De
tal manera que la lucha contra la colonialidad tiene que ser un proyecto
de-constructivo de la misma, pero no una mera de-construcción crítica, sino, en
el sentido positivo, esta de-construcción debe dar lugar a un programa de
emancipación epistemológica y política. Eso es lo que significa la expresión:
“mundos y conocimientos de otro modo” de Arturo Escobar. De ahí la acertada
denominación “Teorías decoloniales”. Se trata de de-construir en el doble
sentido la colonialidad. Es de estos giros semánticos que ha surgido la
expresión de-colonialidad, equivalente también a “giro de colonial”,
desarrollado por Nelson Maldonado Torres. El giro decolonial o la decolonialidad
menta, pues, el proyecto emancipatorio del grupo MC.
Este proyecto emancipatorio ataca las bases de la colonialidad para posibilitar
nuevas perspectivas, caminos y utopías. Por eso el giro decolonial implica
buscar mundos, posibilidades de ser distintas al proyecto moderno eurocéntrico.
“El giro decolonial es la apertura y la libertad del pensamiento y de formas de
vida-otras (economías-otras, teorías políticas-otras); la limpieza de la
colonialidad del ser y del saber; el desprendimiento de la retórica de la
modernidad y de su imaginario imperial articulado en la retórica de la
democracia. El pensamiento decolonial tiene como razón de ser y objetivo la
decolonialidad del poder” (Mignolo, 2007, 29-30). Ese giro decolonial también
implica un cambio de actitud práctica frente a la vida, las epistemologías y el
discurso moderno. Busca, en últimas, transformar la vida, cambiar la vida. En
este sentido, el grupo MC se acerca a la propuesta del Vitalismo Cósmico
propuesta desde Colombia (Botero, 2002)[11]. El giro decolonial “es también un
giro humanístico, que aspira, en parte, a completar aquello que Europa pudo
haber hecho, pero que el ego conquiro hizo imposible: el reconocimiento de todo
humano como miembro real de una misma especie, más allá de todo escepticismo
misantrópico…” (Maldonado-Torres, 2007, 161). La decolonialidad implica, pues,
no dudar de la humanidad del Otro, sino, con Levinas y Dussel, apostarle a la
solidaridad, el reconocimiento, la bondad, la donación, la ética, la
responsabilidad. Es asumir el cara-cara, esto es, acoger la propuesta del tú de
la que habló Fanon. El giro decolonial implica acabar con la modernidad como
paradigma de la guerra y apostarle a una convivencia universal de las culturas.
Dentro de este programa emancipatorio, es importante el concepto de
transmodernidad propuesto por Enrique Dussel. El concepto denota, precisamente
alternativas múltiples de vida, de formas de ser, pensar, conocer, distintas a
la modernidad europea, pero eso sí, en diálogo con ella. La trans-modernidad es
“un proyecto mundial de liberación donde la Alteridad, que era co-esencial de la
Modernidad, se realice igualmente”. En este sentido, la modernidad y la
alteridad se realizarían por mutua “fecundidad creadora”. La Trnas-modernidad,
dice Dussel, “es co-realización de solidaridad, que hemos llamado analéctica,
del Centro/periferia, Mujer/Varón, diversas razas, diversas etnias, diversas
clases, Humanidad/Tierra, Cultura Occidental/Culturas del Mundo Periférico
ex-colonial, Etcétera; no por pura negación, sino por incorporación desde la
Alteridad.
De manera que no se trata de un proyecto pre-moderno, como afirmación folclórica
del pasado; ni un proyecto antimoderno de grupos conservadores, de derecha, de
grupos nazis o fascistas o populistas; ni un proyecto posmoderno como negación
de la Modernidad como crítica de toda razón, para caer en un irracionalismo
nihilista” (Dussel, 2005, 50. Resaltados fuera del texto, D.P). Es decir, la
Transmodernidad es un proyecto de liberación “político, económico, ecológico,
erótico, pedagógico, religioso, etcétera” (Ibíd., p. 51).
En este punto es necesario decir que Santiago Castro-Gómez mal interpretaba a
Dussel en su libro Crítica de la razón latinoamericana, cuando sostenía que el
argentino oponía el Otro, el pobre, el oprimido, el colonizado, de forma
absoluta al europeo. La exterioridad de Dussel no es otro toalmente desligado
como pareciera argumentarse en el libro citado de Castro-Gómez. Como puede
verse, esa no es la posición de Dussel en los años 90. Dussel no está
proponiendo continentalismos, ni tercermundismos radicales. Su perspectiva de
liberación es global, es mundial, si bien, en sus inicios, y dado el momento
histórico, se inscribió en ese tercermundismo que, por ejemplo, promulgó Frantz
Fanon en su libro, ya citado, Los condenados de la tierra, publicado en 1961 y
que ejerció una notable influencia en esa época. Valga decir de paso, que el
éxito del libro se debe, en parte, al bello pero acrítico prólogo de Jean-Paul
Sartre, quien en la época era una figura notabilísima en la izquierda mundial.
La Trasmodernidad le apuesta a la convivencia de la diversidad cultural y a su
reconocimiento de igual a igual. No se trata de oposición frente a Europa, sino
del valor que por sí mismo tiene cada cultura frente al mundo. Es lo que Mignolo
ha llamado, con un neologismo, diversalidad. Pero esa convivencia de culturas no
implica un solipsismo y un reconocimiento pasivo, se trata también, a través de
la interculturalidad, entendida como diálogo entre las mismas, de establecer
intercambios y desarrollar proyectos mutuos transformadores de la sociedad. Es
decir, ya no es el indígena que reclama solo, como actor social, sus derechos,
sino que se une con otros actores (gays, inmigrantes, desplazados, etc.) para
reforzar sus demandas y reivindicarlas conjuntamente. Eso no quiere decir que
cada grupo pierda su ‘identidad’. La interculturalidad, debe entenderse, pues,
no sólo como dialogo cultural, sino también como la posibilidad de realizar
proyectos conjuntos políticos que transformen la sociedad y la historia (Walsh,
2007, 53 y ss.) En este sentido, el grupo diferencia intercuralismo y
multiculturalismo. Este último implica reconocer la diversidad y la
multiplicidad de culturas, pero no más. En ese sentido, se presta para ser
utilizado por las políticas del capital y del Estado, sin valorar el potencial
transformador de los actores sociales.
En la Transmodernidad se realiza una crítica a los universalismos abstractos,
como el de Kant, Hegel o Marx, que eran eurocentristas. Por ejemplo, la paz
cosmopolita de Kant no incluía a los pueblos indígenas y negros. Era un proyecto
sólo para los pueblos con instituciones como la constitución política. El
eurocentrismo fue en realidad un uni-versalismo. El guión no es gratuito. Indica
que fue un modo de ver el mundo que se impuso sobre los otros. Por eso la
Transmodernidad le apuesta a la pluri-versalidad donde nadie se otorga el
derecho de imponer sus cosmovisiones sobre los otros (Mignolo, 2007, 45). En
este mismo sentido, se hace necesaria una nueva mirada sobre la historia. Es
indispensable que ésta se reescriba. Fanon tenía razón cuando sostuvo: “El
colono hace la historia” (2003, 45). No sólo la hace, sino que tergiversa o
invisibiliza las múltiples historias locales de las culturas que coloniza,
somete, domina y explota. La hegemonía epistémica de la modernidad ha creado una
sola visión de la historia, una visión universal. Es por eso que desde las
“teorías decoloniales” se hace necesario descreer de la “Historia Universal” de
Hegel, para quien América Latina estaba por fuera de lo que él llamó,
precisamente, “Historia Universal”, una historia gobernada por la razón, cuya
meta era la libertad y que él creó ver realizada en la Europa de su tiempo. La
Transmodernidad implica para el grupo MC permitir la emergencia de múltiples
historias locales. Sólo con esta emergencia, sólo con muchas historias, es
posible una mirada pluritópica del mundo, lo cual permite, a su vez, una
hermenéutica pluritópica para comprenderlo, y no la observación monotópica
impuesta por la modernidad eurocéntrica (Mignolo).
El giro decolonial le apuesta a la liberación de la Otredad y la alteridad. De
ahí que proponga el rescate, reconocimiento y aceptación de otras formas de
producir conocimientos, símbolos, imágenes; otras formas de ver el mundo. Se
reivindica el que desde la alteridad negada por la modernidad europea emerjan
discursos-otros, pensamientos-otros, cosmovisiones-otras que permitan observar
el mundo con otros ojos. Ese pensamiento surge en las fronteras de Europa, en
las fronteras del eurocentrismo y de la modernidad. Eso es lo que Mignolo ha
llamado “pensamiento fronterizo”, un pensamiento que emerge en la diferencia
colonial, esto es, desde las diferencias surgidas en el ámbito de la
colonialidad entre el colonizado y el colonizador. Se refiere, especialmente, a
diferencias culturales y epistémicas, que han sido colonizadas y ocultadas. Es
un espacio que se divisa desde la exterioridad y que tiene un papel importante
en la emergencia de nuevos discursos. Es un lugar de enunciación desde la
alteridad doblegada, que puede emerger desde la frontera de la modernidad
hegemónica y en ese sentido aportar a la emancipación y enriquecer las
cosmovisiones sobre el mundo. En nuestro caso específico como latinoamericanos,
permitiría realizar, con su aporte crítico, el desagravio y el desencubrimiento
del ‘Nuevo Mundo’, encubrimiento y agravio que nacieron con la conquista (Dussel,
1992, 73-87).
El pensamiento de frontera es, pues, un lenguaje y un pensamiento-otro; es una
forma crítica de pensar, no etnocida (Escobar), que ayuda a la fecundación mutua
entre culturas. Es desde la diferencia colonial donde pueden emerger nuevas
formas de producir conocimiento, esto es, nuevas epistemologías, nuevos saberes.
No se trata, aclara Arturo Escobar, de reemplazar las epistemologías o la
epistemología europea, se trata, más bien, de complementarlas o de abrir nuevas
posibilidades de conocer.
Los autores reconocen que, incluso, desde los mismos inicios de la modernidad en
1492, se presentó un pensamiento decolonial crítico que está ejemplificado en la
resistencia al colonizador, en Montesinos, en el padre Las Casas, en Guaman Poma
de Ayala, en Tupac Amarú, en Mariátegui, los zapatistas y en otros autores y
movimientos populares e indígenas modernos. En Colombia podría incluirse a
Quintín Lame. Y si bien la perspectiva del grupo MC puede parecer exclusivamente
americanista, empezando porque la lectura de la modernidad y el fenómeno de la
colonialidad lo estudian a partir de la conformación del sistema mundo en 1492,
autores como Mignolo, uno de los más productivos del grupo como ha podido verse,
incluye en el pensamiento decolonial de la historia a personajes como Gandi,
Aimé Césaire, Fanon y movimientos como el Foro Social Mundial, cuyo lema es,
precisamente, “Otro mundo es posible”.
Hay un último punto que quisiera tratar aquí. La crítica de la modernidad
europea lleva a la teoría decolonial a la necesidad de desmitologizar la misión
salvacionista de esa modernidad y su violencia correlativa, lo que implica, por
supuesto, descreer de sus visiones desarrollistas y progresistas. En este
sentido, la lucha contra la violencia epistémica es un presupuesto fundamental.
De ahí surge la propuesta fructífera de reestructurar las ciencias sociales en
América Latina, asunto en el que han estado comprometidos intelectuales cercanos
al grupo como Boaventura de Sousa Santos y el mismo Immanuel
Wallerstein. Se trata, ahora, de rescatar los aportes al pensamiento científico,
crítico y social de los intelectuales latinoamericanos, así como los llamados
conocimientos tradicionales. Por eso es un imperativo repensar las ciencias
sociales en este continente. Ese es un paso necesario para la emancipación
mental y para la lucha contra el colonialismo intelectual denunciado en América
Latina por Leopoldo Zea, Salazar Bondy, Dussel, entre otros, y en Colombia por
Nariño (en su crítica a Camilo Torres por su deseo de instaurar el federalismo
norteamericano), López de Mesa, Fernando González, Fals Borda y, más
recientemente, Darío Botero Uribe (2004).
El proyecto de una crítica a la epistemología imperante requiere, por otro lado,
y según la propuesta de Castro-Gómez, decolonizar la universidad. Esto quiere
decir, que hay necesidad de crear universidades transculturales donde se
enriquezca la mirada sobre el mundo y la forma de producir conocimientos, así
como llevar a la praxis la transdisciplinariedad o el pensamiento complejo. Se
requiere, igualmente, luchar contra la forma como se ha organizado
burocráticamente la universidad (departamentos, institutos) en disciplinas que
trabajan aisladas. La universidad actual reproduce el colonialismo epistémico
eurocéntrico y en ese sentido debe replantearse. Además, así se lograría crear
una universidad más diversa y plural (Castro-Gómez, 2007, 79-91).
La anterior es, en términos generales, una presentación general y esquemática
del grupo MC: sus integrantes, su procedencia geográfica, sus conceptos y
aportes teóricos principales y su propuesta emancipatoria; es un grupo creativo
conceptualmente que se ubica en los clamores actuales que le apuestan a una
nueva utopía y a nuevos paradigmas para vivir, actuar e interpretar el mundo; es
un grupo convencido de que hay que renovar el vocabulario de la filosofía y las
ciencias sociales; es, también un grupo comprometido con la realidad
latinoamericana que busca cambios políticos y sociales alternativos a la
modernidad ya gastada y sin horizontes; es un grupo que ha ganado espacio
significativos en América Latina, con representantes en diversos países y, que
en Colombia, cuenta con grupos de trabajo en la Universidad Nacional, Central,
Javeriana y Universidad del Cauca. En este sentido, tal vez tenga razón Arturo
Escobar cuando sostiene que es un movimiento crítico que ha realizado desde
América Latina uno de los mejores aportes teóricos al pensamiento continental en
las últimas décadas.
Bogotá, Agosto 23 de 2007
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Notas:
[1] Ponencia presentada en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas,
Universidad Nacional de Colombia, Agosto 25 de 2007.
[2]
http://www.decoloniality.net/files/escobar-tabula-rasa.pdf
[3] Una de ellas, es que el grupo MC se centra en la herencia colonial-moderna
de España y Portugal en América desde el siglo XVI hasta el siglo XX, mientras
los Estudios poscoloniales tradicionales centran su trabajo en el colonialismo
Inglés y Francés de los siglos XVIII, XIX y XX. Los primeros ubican a los
segundos dentro de la tradición eurocéntrica, pues comparten la visión clásica,
según la cual la modernidad está representada en la Ilustración y la Revolución
Francesa, mientras ellos la ubican en 1492. Véase, Revista Nómadas, No. 26,
Bogotá, Universidad Central, 2007. En especial, la Editorial.
[4] El primer Dussel hacía énfasis en que el pensamiento europeo desde los
griegos hasta Heidegger manejaba una ontología totalizante y dominadora que
ocultaba y ejercía violencia sobre la alteridad, el Otro. (Dussel, 1983, 79 y ss).
Sin embargo, en el segundo Dussel hubo un desplazamiento de lo ontológico a lo
ético y epistemológico como puede verse (Castro-Gómez, 2005a, 44-45). Esto no
implica que otros conceptos del primer Dussel hayan desaparecido, simplemente,
muchos de ellos, han sido reformulados.
[5] Más adelante veremos como este punto (el de la modernidad como paradigma de
la violencia) es fundamental en Maldonado-Torres, miembro del grupo MC, para su
teorización de la Colonialidad del ser, concepto propuesto por Mignolo pero
desarrollado por el puertorriqueño.
[6] Es válido decir con Dussel que la expresión Nuevo Mundo ya es eurocéntrica y
europeista, puesto que la novedad aparece frente al europeo que observa el
mundo, a la vez que desconoce la antigüedad de nuestras civilizaciones (1992,
78).
[7] Desde la perspectiva de Dussel y el grupo MC la interpretación desde Weber
hasta Habermas, pasando por la Escuela de Frankfurt, se mueve en la perspectiva
de la ciencia social eurocéntrica. Pues suponen que se dio un proceso continuo
de racionalización desde las sociedades tradicionales hasta las modernas o, en
términos marxistas, de la sociedad precapitalista a la sociedad capitalista,
obviando la colonialidad y los complejos procesos que consolidaron el
capitalismo mundial y la misma modernidad y, peor aún, legitimando la violencia
ejercida sobre aquellos a los que Europa tenía que modernizar.
[8] Mignolo ha mostrado, entre otras cosas, cómo el humanismo del Renacimiento
en el siglo XVI debe mirarse en la perspectiva del sistema-mundo. Para probarlo,
bastaría mencionar el debate de Valladolid entre las Casas y Sepúlveda, así como
los Ensayos de Montaigne. La invisibilización del aporte del colonialismo a ese
humanismo es lo que el argentino ha llamado “el lado oscuro del Renacimiento”,
así como la colonialidad, que es diferente al colonialismo, como ya se puso de
presente, es el “lado oscuro” o la “cara oculta” de la modernidad.
[9] Recordemos que Husserl, ya en el siglo XX y al final de su vida, en su libro
La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, criticó a
la ciencia moderna, en especial a Galileo, el que hiciera abstracción del mundo
de la vida, el que se desligara de él, de lo sensible. Es decir, Husserl puso de
presente la abstracción matemática desligada del mundo material. La ciencia
olvidó eso y gracias a ese olvido se debía, en parte, “la crisis”. El Mundo de
la vida es para Husserl algo concreto, fuente de cualquier enunciación cognitiva
sobre el mundo, por eso no se puede prescindir de él. Este hecho refuta el
presunto subjetivismo que se la ha endilgado al padre de la fenomenología y que
él mismo rechaza en su libro citado. (Husserl: 1991: 28, 130).
[10] Omito en este recorrido conceptual algunos trabajos importantes que se
vienen desarrollando dentro del grupo, por ejemplo, el trabajo teórico de
Escobar sobre el desarrollo, el posdesarrollo y la naturaleza, así como otros
aportes de Fernando Coronil.
[11] Si bien en este punto el grupo MC se acerca a la filosofía vitalista de
Darío Botero, las diferencias y las perspectivas son distintas. Botero Uribe se
mueve en la interpretación clásica de la modernidad, motivo por el cual el
análisis del fenómeno colonial no alcanza la profundidad de la del grupo. El
vitalismo de Botero descuida igualmente el fenómeno de la interculturalidad o lo
que con Raúl Fornet-Betancur puede llamarse “filosofía intercultural”. Asimismo,
no hay en Botero Uribe una preocupación fundamental por la reestructuración y
reconocimiento de epistemologías y saberes-otros, como alternativas a la
hegemonía epistémica de la modernidad europea. Pero, por otro lado, Botero no
suscribe el radicalismo con el que el grupo MC critica la modernidad misma.
Igualmente, si el grupo MC carece de reflexiones teóricas en torno a la
naturaleza, la economía alternativa y los problemas de género, según juicio de
Arturo Escobar, el Vitalismo Cósmico podría aportar mucho con su propuesta de
una economía social como alternativa al capitalismo hegemónico imperante y, muy
especialmente, con su teoría del vitalambientalismo. El vitalismo podría aportar
también desde su teoría social del derecho. Por otro lado, frente a la propuesta
de Botero de una posmodernidad vitalista, se contrapone la del grupo MC de una
transmodernidad, término que toman de la filosofía de la liberación. Por último,
es pertinente anotar que para subsanar la deficiencia del grupo en la
teorización de economías alternativas, un acercamiento al pensamiento económico
de Manfred Max-Neef podría resultar productivo (Vd.
Pachón, 2006, 136-158).
Publicado en la bitácora
Filosofando el 25 de agosto de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
63 el 29 de agosto de 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |