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F. Machicado Teran es economista y politólogo
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Las naciones crean mitos que guían su accionar, muchas veces con nefastas
consecuencias.
La manzana de la discordia que entorpece la evolución de la paz sobre la Tierra,
es la soberanía sobre territorios ancestrales cuya legítima propiedad fue
reclamada en las cruzadas por moros y cristianos, y más recientemente por los
pueblos de Palestina e Israel. Supuestamente fue el mismísimo Dios quien
confirió al pueblo de Israel la tierra prometida, mito que ha convertido a un
pueblo otrora perseguido y discriminado, en un imperio accidental. El creerse
“pueblo elegido” ha radicalizado a sectores, obstaculizando los procesos de
reconciliación y paz en el Oriente Medio.
La unidad indisociable entre la tierra y cultura-etnia es también parte integral
de los usos y costumbres del pueblo alemán. Posteriormente, bajo la consigna
ancestral de Blut und Boden, los nazis desarrollaron un nacionalismo
totalitario que suponía a la raza aria única y legítima dueña del destino
germano, justificando así el genocidio y atropello de aquellos moralmente
inferiores.
El Destino Manifiesto es la creencia que los EE.UU. estaba destinado a expandir
su territorio desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. Este mito no
solamente ha justificado la obtención de territorios más allá de los límites
continentales originalmente establecidos, sino que ha alimentado la convicción
política que es la misión de los norteamericanos promover y defender la
democracia en el mundo.
En el preámbulo al proyecto de constitución, se pretende crear el mito de los
“tiempos inmemoriales”, cuando nuestros pueblos “comprendían” la pluralidad y la
diversidad como seres y culturas. Tal vez comprendíamos ello, pero jamás lo
pusimos en la práctica. La verdad sobre aquellos tiempos es que pueblos sometían
a pueblos, y los vencidos eran a veces sacrificados a los dioses. Si nuestros
antepasados celebraban la pluralidad, lo hacían con sangre y sometimiento.
Quienes quieren hacernos creer que nuestra raza ha sido eximida de las cruentas
prácticas propias de la evolución humana, pecan de deshonestidad intelectual. Si
pretenden hacernos creer que el imperio Inca se construyó de manera benevolente,
sin discriminar o subyugar a quienes eran conquistados, es porque pretenden
victimizar, dividir y conquistar al pueblo boliviano.
Queremos crear una nación que, más que “comprender” la pluralidad, sepa crear
condiciones para ella. Lamentablemente, la agenda del gobierno también incluye
perpetuarse en el poder. Para ello, quieren promover el mito que “jamás
comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la
colonia”. El racismo es la escoria de la humanidad, y construir un Estado
moderno requiere eliminar todo tipo de discriminación. Sin embargo, absolver a
nuestra naturaleza humana de la primitiva herramienta utilizada para diferenciar
a quienes amenazaban nuestra supervivencia, es pretender que nuestra raza es
superior a las demás. En tiempos inmemoriales, no existían naciones, ni Estado
de derecho. Existía guerra entre los pueblos, y para diferenciarnos nos
tatuábamos la cara, deformábamos labios u orejas, y creamos dioses e idiomas. No
entiendo en qué se han de diferenciar los tiempos, si pretenden imponernos mitos
que, al vilificar a los españoles, logre que los neo-racistas se perpetúen en el
poder.
Publicado en el blog
Guccio's Pensamientos Diversos el 11 de febrero de
2008. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 86 el 27 de febrero de
2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con
fines informativos y educativos. |