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Una decisión judicial tiene en vilo a toda la población indígena de Brasil. Si
se permite a seis latifundistas permanecer en la tierra indígena de Raposa Serra
do Sol, todas las tierras demarcadas hasta el momento podrán ser ambicionadas
por el agronegocio. Dos modelos de desarrollo –el de los pueblos indígenas y el
de las grandes corporaciones– luchan por ganar una crucial batalla jurídica cuyo
desenlace se conocerá el próximo mes de agosto.
Raposa Serra do Sol –situada en la Amazonia brasileña al nordeste del Estado de
Roraima, en la frontera con Venezuela y Guyana– es una tierra de agua y
abundancia, demarcada y homologada por el Gobierno de Lula en 2005. Allí viven
más de 19.000 indígenas de los pueblos Macuxi, Wapixana, Taurepang, Patamona e
Ingarikó. El pasado mes de abril, el presidente Lula envió a la Policía Federal
a expulsar a los arroceros que invadían las tierras indígenas. Los latifundistas
respondieron con violencia. Diez indígenas fueron heridos. “Comenzaron a
dispararnos, tiraron bombas y empezamos a retroceder. Fui herido en la pierna,
en la espalda y también en la cabeza”, nos comenta un joven macuxí. Santinha Da
Silva estaba también con sus tres hijos el día de la agresión. “No voy a decir
que no tengo miedo –afirma–. Tengo miedo, pero voy a enfrentarlos. Si ellos
quieren matarme, que me quiten la vida, pero dejando la tierra para mis hijos”.
Días después de las agresiones, una decisión de la justicia brasileña provocó el
estupor en las organizaciones indígenas. El Superior Tribunal Federal no sólo
decidió cancelar la operación policial del presidente Lula para expulsar a los
latifundistas, sino que admitió un recurso que, de prosperar, permitirá a los
arroceros continuar en tierra indígena, creando un peligroso precedente.
“Estarán en riesgo, no sólo Raposa Serra do Sol, sino todas las reservas
indígenas del país”, afirma Rosane Lacerda, profesora de derecho de la
Universidad de Brasilia. La abogada considera que Raposa Serra do Sol “es uno de
los casos ejemplares de violación de la Constitución brasileña” que reconoce el
derecho de pose y usufructo de los indígenas sobre sus tierras.
Invasión y esclavitud
Son muchos años de ver agresiones y abusos en Raposa Serra do Sol. El tuxaua
(jefe indígena) de la aldea de Uiramutá, Orlando Pérez Da Silva, confirma con su
relato de vida la trágica historia. “Llegaron los no indios e invadieron
nuestras tierras. Empezaron a contratarnos en sus fazendas. Cuando un indio
reclamaba su salario, le daban una paliza y lo echaban. Y así fueron usando a
los indios. En esa época yo tenía 8 años. Mi padre bebía mucho y un día llegó un
garimpeiro (buscador de oro) y le dijo que precisaba de uno o dos niños que
ayudaran a su mujer. El garimpeiro le dio a mi padre aceite, sal y algunos
utensilios. Y yo fui vendido”. Orlando Pérez Da Silva pasó seis años como
esclavo en el garimpo. “Perdí mi idioma y cuando volví a mi comunidad no tenía
nada”, afirma Orlando. “Después volví a trabajar con mi padre en el campo y pude
ser más consciente de toda esa situación que causaba tanto sufrimiento: vivíamos
totalmente esclavizados. Para comprar una hamaca teníamos que trabajar un mes
entero…”
El abuelo y el bisabuelo de Orlando fueron testigos de cómo el general Rondón,
ya en 1917, demarcó la tierra indígena de Raposa Serra do Sol. “Rondón llegó a
San Marcos y pidió que le acompañaran los líderes indígenas, porque ellos
conocían los límites de su tierra”, cuenta el tuxaua Orlando. De esa época queda
una placa de hierro en la Comunidad do Barro donde puede leerse: “Tierras
reservadas para domicilio y aprovechamiento de los indios. Ley Estatal 941” Un
indígena nos la muestra con orgullo y un grupo de mujeres nos rodea señalando la
placa como evidencia de casi cien años de incumplimiento de la ley.
Marcados igual que el ganado
Una de las personas que mejor conoce la historia de los pueblos indígenas de
Roraima es el Padre diocesano de Boa Vista, Vanthuy Neto. Nos enseña fotografías
antiguas de los indios que vivían a principios de siglo en Raposa. Muchos de
esos pueblos ya no existen: fueron extinguidos. Vanthuy nos cuenta las sucesivas
invasiones que durante cinco siglos han sufrido los pueblos indígenas:
conquistadores portugueses, ganaderos, garimpeiros y, por último, latifundistas
del agronegocio. “Los portugueses –comenta Vanthuy– ya pensaban que la manera de
controlar a los indios era crearles necesidades con productos que no tuvieran en
sus tierras” El alcohol fue uno de esos productos que causó fuertes trastornos
en las comunidades. “Los ganaderos –continúa Vanthuy– llegaron a marcar a los
indios igual que marcaban a las reses, como si fuesen de su propiedad”. Después,
los garimpeiros incrementaron el clima de violencia, trajeron enfermedades y
causaron graves daños al medio ambiente.
Guerra declarada contra los indígenas
Sin embargo, la llegada de los latifundistas es más reciente. En 1992 se
detectan por primera vez por satélite las plantaciones de arroz en Raposa Serra
do Sol; eran 2.111 hectáreas ocupadas. En 2005, ya eran más de 14.000: en sólo
trece años crecieron siete veces. Aunque produjeron graves daños ambientales,
como la deforestación y el envenenamiento de los ríos con agrotóxicos, el
Gobierno del Estado de Roraima premió a los arroceros con la exención de
impuestos. Sin embargo, ninguno de ellos ha pagado las multas por deterioro
ambiental impuestas por el IBAMA (Instituto Brasileño de Medio Ambiente) y
tampoco hay nadie en prisión por las agresiones a los indígenas. “Ya fueron
presas algunas de esas personas, pero por periodos muy cortos, ya que disponen
de recursos, de capital y de mucha influencia política que consigue revertir los
procesos o convertirlos en disputas jurídicas interminables”, afirma Paulo
Santille, Coordinador de Identificación y delimitación de las Tierras Indígenas
de la FUNAI. Los indígenas de Raposa están acostumbrados a que la justicia tenga
una doble vara de medir. Mientras los arroceros agreden con impunidad, ellos son
multados con 100.000 reales (63.000 dólares) por cortar los caminos en señal de
protesta. “Existe justicia, aquí en nuestra tierra, para las personas que tienen
dinero, que la pueden comprar, mientras nosotros somos olvidados”, afirma un
joven indígena de la aldea Dez Irmaos.
Rosane Lacerda, profesora de derecho de la Universidad de Brasilia, asegura que
“existe un intenso proceso de criminalización del movimiento indígena” Para la
abogada se puede hablar de “una guerra declarada contra los pueblos indígenas
por parte de los sectores que tienen intereses económicos en sus tierras”.
“El problema es de quien defiende la vida”
Davi Kopenawa, el líder del pueblo yanomami es consciente de la importancia que
la decisión judicial tendrá para todos los indígenas “Si nosotros perdemos esta
pelea, se derramará mucha sangre en nuestra tierra”. Los yanomami, también
habitantes del Estado de Roraima, sufren aún la invasión de 600 garimpeiros y
empresas mineradoras, a pesar de que su tierra fue demarcada en 1992. Su mayor
problema son las enfermedades traídas por los hombres blancos que diezman a su
población. En los años 80 murió un 20% de la población yanomami.
Oro Kayapó, jefe de la aldea Mocaracó –donde viven 400 indios Kayapó– nos cuenta
en Brasilia, frente a la sede de la FUNAI, que si los parientes de Raposa Serra
do Sol necesitan ayuda, irán allí todos a luchar para impedir que se sigan
produciendo agresiones contra los indígenas. Oro ha venido a Brasilia con parte
de su comunidad. También tienen graves problemas de salud y necesitan más apoyo
educativo por parte de las instituciones brasileñas. Una de las organizaciones
que se dedica a coordinar la lucha indígena es la Comisión de Organizaciones
Indígenas de la Amazonia Brasileña (COIAB), presidida por el indio Sateré-Maué,
Gecinaldo Barbosa. Lo entrevistamos en Manaos, frente a las aguas del Río Negro.
Para Barbosa el problema trasciende las fronteras de Brasil. “Amazonia es de
Brasil, pero el problema es del mundo entero; el problema es de quien defiende
la vida”.
La soja, primera causa de deforestación
La presión sobre las tierras indígenas del agronegocio se ha intensificado a
partir de la “revolución de los biocombustibles” y de la necesidad de producir
piensos para alimentar la cabaña ganadera mundial y dar respuesta a la creciente
demanda de carne. Según cálculos de Greenpeace, desde la llegada al poder del
Presidente Lula da Silva en enero de 2003, se han destruido casi 70.000 km2 de
selva amazónica. La organización ecologista señala a las plantaciones de soja
como primera causa de deforestación. Tres multinacionales estadounidenses –Archer
Daniels Midland (ADM), Bunge y Cargill– controlan el 60% de las exportaciones de
soja procedente de Brasil. Para Gecinaldo Barbosa, “la Ministra de Medio
Ambiente –que dimitió el pasado mes de mayo– fue sacrificada por el agronegocio.
Ese poder está ganando fuerzas y está cercando al Presidente Lula”, y añade “en
nombre del progreso se está destruyendo Amazonia”.
El único país con nombre de árbol extinguido
Beto Ricardo, coordinador del Instituto Socio Ambiental de Brasil (ISA),
considera al gobierno de Lula como un “gobierno desarrollista” inmerso en un
clima de “cierta euforia económica”. “La presión sobre los indígenas es múltiple
–afirma–. No sólo por parte del agronegocio, sino también por obras públicas
como carreteras, hidroeléctricas, diques…” Beto Ricardo cuenta cómo en el Parque
del Xingú se está viviendo lo que se denomina “el abrazo de la muerte” por causa
del agronegocio. “Creado en 1960, este Parque cuenta con tres millones de
hectáreas donde viven quince pueblos indígenas. Es un paraíso –dice Beto
Ricardo– pero las nacientes del Río Xingú están fuera del Parque y en los
últimos diez años el agronegocio ha cortado todas las selvas que rodeaban esas
nacientes”. Para el coordinador del ISA “las tierras indígenas no sobrevivirán
si no hay un reordenamiento ecológico y económico del país y de Amazonia”. Como
metáfora de lo que sucede, afirma que “Brasil es el único país con nombre de un
árbol extinguido”. Beto Ricardo se refiere al pau brasil. En el siglo XVI los
colonizadores portugueses comenzaron a exportar la madera roja de este árbol de
la que se extraía una tinta muy apreciada por la aristocracia europea. El árbol
se extinguió por completo.
La última frontera agrícola
Para Nilva Barauna, Superintendente del IBAMA en Roraima, Raposa Serra do Sol
constituye “la última frontera agrícola” ambicionada por el agronegocio. Además
de las agresiones hacia los indígenas, Barauna destaca las consecuencias
ambientales. “En Raposa Serra do Sol vamos a tener una modificación importante
del paisaje, de los recursos hídricos, de la fauna y de la flora debido a las
plantaciones de arroz”. Gercimar Moraes Malheiro, indio macuxí y coordinador en
Boa Vista del Proyecto de Protección de las Poblaciones y Tierras Indígenas de
Amazonia (PPTAL), confirma el daño ambiental: “Todo el veneno, todos los
residuos de la pulverización del arroz, son vertidos en los ríos”. Una de las
marcas de arroz que vende el latifundista Paulo César Quartiero, “Arroz
Acostumado”, lleva impreso en la bolsa en grandes letras “Arroz limpio”.
A pesar de las agresiones y de los informes del IBAMA sobre el impacto
ambiental, la inmensa mayoría de la población no indígena del Estado de Roraima
apoya la permanencia de los arroceros, ya que “aportan riqueza y empleo”, y
considera a los indios un impedimento para el desarrollo de la región. Tienen
miedo a que haya una crisis económica si los arroceros son expulsados. Para la
superintendente del IBAMA, el bienestar que para la población ofrecen las
plantaciones de arroz es mínimo, ya que “la mayoría del trabajo es mecanizado”
–no crea puestos de trabajo–, no pagan impuestos y los beneficios se concentran
en pocas manos. Líderes indígenas señalan como causantes de la desinformación de
la población de Roraima a los medios de comunicación locales. La abogada Rosane
Lacerda confirma que ciertos sectores mediáticos “están haciendo una difusión
sistemática de argumentos contrarios a los derechos indígenas”. Y el tuxaua de
Cajú, Severino Oliveira, cree que “los medios de comunicación dan una imagen del
indio tonto y perezoso, aunque los indios hoy seamos médicos, abogados, técnicos
agrícolas, dentistas y estudiemos en la universidad”.
El dilema de la interculturalidad
La capacitación y el desarrollo llevados a cabo en Raposa Serra do Sol contrasta
con los tópicos que aún prevalecen sobre las poblaciones indígenas. En Raposa
Serra do Sol actúan 250 profesores indígenas en 116 escuelas, y más de 400
agentes indígenas de salud. Tienen 62 laboratorios y 187 puestos sanitarios.
Algunas personas entrevistadas en Boa Vista piensan que los indios que llevan
ropa o usan Internet están perdiendo su identidad. El tuxaua Severino Oliveira
replica: “A veces me dicen que si llevo ropa dejo de ser indio. Yo me pregunto
qué harían conmigo en la ciudad si apareciera desnudo por la calle…” Santinha Da
Silva también responde con rotundidad: “¿si usted se pone un collar indígena
deja de ser blanca?” La mayoría de los indios ven con buenos ojos la
interculturalidad, “siempre que la cultura indígena se mantenga viva” y dicen
que “la educación es lo mejor que el hombre blanco trajo a los indígenas”.
“Nunca murió un indio de hambre”
Los indígenas de Raposa Serra do Sol han desarrollado una economía de
autoabastecimiento. Cultivan maíz, frijol, plátano, mandioca…, poseen 35.000
cabezas de ganado, y compaginan la “medicina de los blancos” con la medicina
tradicional indígena, fundamentada en las plantas medicinales. Santinha Da Silva
nos cuenta que “hay gente que dice que cuando los arroceros se marchen, los
indígenas morirán de hambre. Ustedes lo están viendo (señalando varias reses).
Nunca murió aquí un indio de hambre”. Orlando, el tuxaua de Uiramutá, comenta:
“Sabemos plantar, sabemos criar y con mucho cuidado. Sabemos también preservar
la naturaleza. La tierra para nosotros es nuestra madre. Hay gente que dice: ah,
ustedes no tienen capacidad. Tenemos capacidad... y de sobra”.
La propuesta indígena
En Brasil hay 604 tierras indígenas, habitadas por 215 pueblos distintos que
hablan 180 idiomas e innumerables dialectos. En ellas viven 600.000 indígenas.
En su cosmogonía no existen las fronteras, ni la burocracia, ni la pertenencia
de la tierra a ninguna persona. Ahora luchan por adaptarse a la nueva realidad
para poder defender su tierra y su modelo de desarrollo, pero sin perder su
identidad. Piensan que tienen mucho que aportar en un momento que la naturaleza
se “está rebelando contra el mundo” Gecinaldo Barbosa asegura: “vamos a resistir
hasta el final de nuestras vidas. Como pueblos indígenas vamos a defender la
naturaleza porque tenemos esa concepción de la vida, esa cosmogonía del mundo
para el futuro de la humanidad”.
Campaña de movilización
La ONG Pueblos Hermanos y la empresa audiovisual
CIPÓ HYPERLINK han lanzado una campaña
de concientización sobre la vulnerabilidad de los pueblos indígenas. En
septiembre presentarán un documental rodado en Raposa Serra do Sol. Desde
HYPERLINK pueden enviarse
mensajes de apoyo a las comunidades indígenas y cartas al Superior Tribunal
Federal de Brasil solicitando la expulsión de los latifundistas.
Publicado en
Diario CoLatino el 30 de julio de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
108 el 6 de agosto de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos. |