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G. Castro H. es Licenciado en Letras y Doctor
en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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En tanto que objeto de conocimiento, la salud suele ser objeto de dos
definiciones básicas. Una la concibe como la ausencia de enfermedad en el
individuo. Otra, como presencia de bienestar en la sociedad. Estas definiciones
no son excluyentes entre sí. Por un lado, la incidencia de enfermedades en los
individuos es un factor importante del bienestar social. Por otro, la capacidad
de la sociedad para crear y sostener un ambiente saludable incide directa e
indirectamente en el riesgo de enfermar para las personas. El primer nivel, así,
se refiere a los problemas relacionados con la identificación y tratamiento de
factores de enfermedad en las personas. El segundo, a los factores de orden
social que generan riesgos de enfermedad. El campo de conocimiento del primero
es la medicina; el del segundo, la salud pública y en particular la salud
ambiental.
Para conocer y utilizar las interacciones entre estos niveles de un modo útil al
desarrollo humano conviene encararlas a partir de la relación entre la especie
humana y su entorno natural a lo largo del tiempo, entendiendo a lo social y lo
individual como aspectos distintos pero interdependientes de esa relación. De
este modo, si se entiende que en cualquiera de esos niveles la salud del grupo
humano al que pertenecemos se logra –o no– en el seno del ecosistema que
ocupamos, cabe afirmar que el estado de salud de ese grupo indicado la calidad
de las relaciones que mantiene con su ambiente.
Esa lección, por otra parte, debe tomar en cuenta de que ha correspondido a los
humanos –a lo largo de los últimos 100 mil años, y en especial de los pasados
cinco siglos–, el aporte mayor de perturbación y conflicto en el proceso de
evolución y cambio constante a que se encuentra sometido el ecosistema global
del que depende nuestra existencia. Esa capacidad de impacto ambiental es ante
todo social y cultural, y se expresa en dos planos distintos de manera
simultánea. El primero corresponde a los procesos de reorganización del mundo
natural que siempre acompaña a la producción de los entornos que la especie
necesita. Y el segundo, a los complejos procesos de reordenamiento de las
estructuras de organización social, los patrones de conducta y los valores
culturales que siempre acompañan a esa reorganización del mundo natural.
De este modo, si por un lado la calidad de las relaciones que los distintos
grupos de una sociedad mantienen entre sí constituye un factor determinante en
su capacidad para producir una relación saludable con su entorno, por el otro la
producción de relaciones saludables entre la sociedad y ese entorno pasa por la
creación y preservación de relaciones solidarias y equitativas entre los grupos
que la integran. Así, nuestra civilización está atrapada hoy en un círculo
vicioso, en el que el deterioro de sus recursos sociales contribuye al de sus
recursos naturales, que a su vez exacerba al primero.
Todo esto se ve agravado por el abordaje con estructuras de pensamiento y
métodos de gestión del conocimiento obsoletos los problemas –y las
oportunidades– que plantea el proceso de globalización. Nos encontramos, así,
ante un conflicto entre un enfoque esencialmente antropocéntrico, que asume al
ser humano como medida de todas las cosas, y la forja en curso de una cultura de
orientación ecocéntrica, que busca su medida de todas las cosas en la calidad de
la relación existente en cada caso entre la especie humana y su medio natural.
De este modo, si por un lado la globalización significa la transformación del
viejo mercado mundial constituido entre 1550 y 1850 en una verdadera economía
mundial, por otro implica la mundialización de la salud en un contexto global de
deterioro social y ecológico generalizado. En ese marco, enfrentamos tanto los
riesgos de que el comercio global aumente la posibilidad de que sean
introducidos vectores de enfermedades nuevas en poblaciones inadvertidas, como
los problemas asociados a la incidencia -aún mal conocida- de la combinación de
factores como el calentamiento global, la contaminación masiva de las aguas
costeras con elementos químicos y el deterioro de la calidad de vida en los
ambientes urbanos en que ya reside más de la mitad de la población del planeta.
Ante esta situación, inédita en tantos sentidos, resaltan las limitaciones de
una visión de lo ambiental como problema de salud construida desde las
certidumbres aparentes del desarrollismo de ayer, y restringida en lo esencial a
la atención de los problemas técnicos que plantean el abastecimiento de agua
potable, la disposición de desechos, y el control de vectores peligrosos para el
ser humano. Hoy, la lucha por la salud en las circunstancias de la globalización
plantea un problema político –esto es, de cultura en acto– que debe ser resuelto
por medios técnicos, y no al revés. Precisamente por eso, resalta la creciente
importancia de las referencias a las condiciones biológicas, ecológicas,
socioculturales y económicas que actúan como mediadoras entre los procesos más
generales que conforman el modo de vida de la sociedad, y la situación de salud
de cada grupo particular de la población.
Un ejemplo puede ser útil aquí. En su libro La Próxima Epidemia. Nuevas
enfermedades emergentes en un mundo desequilibrado, Laurie Garret señala que la
comprensión de las interacciones entre nuestra especie y el mundo microbiano
requiere vincular entre sí a no menos de 15 disciplinas científicas. Así, en el
campo de las ciencias naturales menciona la ecología básica, la biología de la
evolución, la primatología, la entomología, la parasitología, la virología, la
bacteriología, la medicina, la salud pública y la epidemiología, y en el de las
ciencias sociales incluye a la economía, la sociología, la psicología, la
antropología cultural y el derecho social y "ese conjunto vago de prácticas y
doctrinas que hoy conocemos como el ambientalismo".
Más que la amplitud del conjunto –que siempre podría ser mayor–, lo que destaca
aquí es el criterio de selección. Todas las disciplinas mencionadas, en efecto,
atienden más al estudio de las relaciones entre elementos de una estructura
global, que al proceso de conformación y evolución de tal estructura. La
historia, en efecto, es la gran ausente en ese conjunto, y esa ausencia es tanto
más importante cuanto que la historia puede y debe, justamente, enseñarnos como
ninguna otra disciplina a interrogar de un modo nuevo a la realidad. Y en este
caso, no se trata tanto de indagar en las tareas de reorganización de la
naturaleza que deben ser cumplidas para garantizar la salud de los humanos en el
mundo nuevo, sino y sobre todo en las relacionadas con la reorganización de las
sociedades que definen los términos de la presencia de la vida, la muerte y la
salud en ese mundo.
La crisis global por la que atravesamos –al decir del historiador británico Eric
J. Hobsbawn– combina las amenazas a la vida humana que se derivan del "puro
crecimiento exponencial de la producción y la contaminación", con los conflictos
inherentes a un mundo "dividido en una minoría de Estados muy ricos y la mayoría
de los pobres". Por eso mismo, añade, el desafío mayor de nuestro tiempo radica
en que si un problema de esta magnitud y complejidad no es encarado "por gente
que cree en los valores de la libertad, la razón y la civilización", lo será
"por gente que no cree en ellos, porque tendrán que ser emprendidos por
alguien". Porque de esto se trata, a fin de cuentas: de saber que la búsqueda de
la relación con el medio ambiente que mejor garantice la salud de las personas,
implica también -y antes- la de la sociedad nueva que haga de esa relación el
fundamento de nuestro futuro.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
109 el 13 de agosto
de 2008. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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