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Desde la década pasada la aplicación unilateral de una serie de leyes que
fomentan el libre mercado, ha provocado muchas crisis focalizadas entre el
gobierno y las organizaciones indígenas, pues los impactos negativos de la
extracción de recursos autorizadas a grandes empresas nacionales o
transnacionales en territorios indígenas, han sido tan graves como
invisibilizados ante la opinión pública.
Desde el 8 de
agosto, diversas organizaciones indígenas de la Amazonia peruana, tanto en el
sur como en el norte (Bagua y Utcubamba en Amazonas, Datem del Marañón en
Loreto, Echarate, en La Convención-Cuzco) realizaron una serie de acciones como
el bloqueo de carreteras y la toma de instalaciones energéticas, demandando al
gobierno la derogación de un paquete de leyes que violan sus derechos
fundamentales, y que jurídicamente son inconstitucionales.
Los DL N° 1015 y N° 1073 reducen de 66% a 50% +1 los votos necesarios para que
la Asamblea Comunal apruebe la venta de tierras. Una mayoría simple bastante
precaria que según muchos analistas, es una sentencia de extinción para las
comunidades, pues se mediría sólo entre los asistentes presenciales, además los
miembros con derecho a voto sólo necesitarían tener un año de antigüedad dentro
de la comunidad.
El artículo N° 89 de la actual Constitución Peruana (1993), aún cuando limitó
una serie de derechos ya reconocidos, avala la autonomía de las comunidades
indígenas (”nativas” y “campesinas”) en lo organizativo, lo económico y en lo
que se refiere al uso del territorio.
El Convenio 169 de la OIT que tiene carácter vinculante y ha sido firmado y
ratificado por el gobierno peruano en 1993, avala los derechos colectivos al
territorio y a la consulta previa e informada (artículos 6, 15, 17). La
Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas de la ONU, aprobada en
septiembre de 2007 y firmada por el gobierno peruano, ratifica este derecho.
Si bien las acciones de fuerza pueden cuestionarse, lo cierto es que el gobierno
nunca ha atendido las demandas formales de los pobladores, y carece de una
estrategia realista para la prevención de conflictos. Al declarar el Estado de
Emergencia en las zonas de conflicto y eludir el diálogo al más alto nivel con
el Presidente y el Premier, el Gobierno y los medios oficialistas subestimaron
los alcances político-sociales de las protestas.
Al reducir a los indígenas a ser un grupo de violentistas desinformados,
manipulables por ONG y organizaciones de izquierda, no sólo traslucieron el
racismo inscrito en su discurso y práctica, sino negaban el peso político y
simbólico de los hechos: por primera vez los indígenas amazónicos han
consensuado demandas comunes y madurado una agenda sustentada para debatir las
leyes que afectan sus vidas y su futuro.
El 20 de agosto las protestas se suspendieron tras el compromiso del Congreso de
debatir la derogatoria de las leyes. El día 22 el Congreso derogó los decretos
en cuestión, generando entusiasmo y esperanza en las organizaciones indígenas.
El Presidente (”un error histórico”) y diferentes altos funcionarios consideran
que con esto se condena a los pueblos indígenas a seguir en la pobreza y el
abandono, un visión muy unilateral, ya que el desarrollo no sólo depende de
inversiones económicas sino de políticas públicas adecuadamente implementadas.
Qué pasa en las comunidades andinas afectadas principalmente por proyectos
mineros, hidroeléctricos y energéticos, donde yá rige la legislación que los
pobladores amazónicos rechazan. La propiedad colectiva de la tierra ha sido
mucho más erosionada, generando que las comunidades rurales se “vacíen” de
jóvenes que emigran a las ciudades para vivir en la mayoría de casos en los
cinturones de pobreza, y convertirse en precarios consumidores de un dudoso
“bienestar”.
La tendencia a parcelar y titular individualmente es incluso deseada por los
pobladores para poder vender y acceder a nuevos espacios de la economía de
mercado imperante, pues no existe una política coherente de desarrollo agrario
en el Ande.
El programa Sierra Exportadora no tiene estrategias de investigación,
revaloración y posicionamiento de la biodiversidad y el conocimiento local, sino
que tiende a insertar cultivos foráneos para satisfacer mercados externos,
agregando a ello la amenaza del ingreso de transgénicos.
Todo esto por supuesto ha desestructurado profundamente las unidades
productivas, el tejido social y la cultura tan admirable que hay en el Ande. No
sólo en el campo sino en las ciudades, se ven los efectos caóticos de la
globalización descontrolada.
Hasta ahora, el gobierno ha legislado sin informar ni consultar a las
comunidades andinas y amazónicas, tratando de aplicar un modelo de inversiones
primario-exportadoras que no redistribuye la riqueza, sino que promueve una
lamentable aculturación y mayores brechas sociales.
No se trata de mantener una tradición inamovible, sino de proyectarse a la
modernidad a partir de la matriz cultural propia. Los pueblos indígenas quieren
tener libertad de decidir qué tipo de desarrollo, de modernidad y de alianzas
les benefician, y no resignarse a una asimilación que significa más
empobrecimiento, e incluso la desaparición como pueblos.
Los/as pueblos andino-amazónicos necesitan (deben) estar mayor y mejor
informados, fortalecer a sus representantes locales, fortalecer sus alianzas
dejando de lado discrepancias individuales, participar más en la toma de
decisiones y la implementación de proyectos que afectan su futuro. El gobierno
se fortalecería siendo más dialogante, teniendo apertura a otras formas de
concebir el bienestar y el desarrollo. Sólo así, las leyes que se hagan serán
más justas y estables, y lograremos verdadero progreso con paz social.
Publicado el boletín Wayra,
producido por el Centro de Documentación del
Centro de Culturas Indígenas Chirapaq
Año 4, agosto 2008 N° 49. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
112 el 3 de septiembre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos. |