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J. Lazarte R. es analista político.
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En los últimos tiempos, una de las pretensiones más comunes fue hacer creer que
el problema político del país consiste en lo que se denominó "empate
catastrófico". A fuerza de repetición casi mecánica lo que en su origen fue una
categoría sociológico-política, terminó convirtiéndose en una banalidad
discursiva, pero temible por sus efectos prácticos. En un cierto sentido el país
vive, efectivamente, una situación de "empate" entre el oriente y el occidente,
en la que ninguna de las fuerzas puede vencer a la otra. La cuestión es cómo
vivimos y, sobre todo, cómo pensamos este empate (y el desempate), y su relación
con la democracia.
En todo caso, la idea del empate no es reciente. Fue difundida a principios de
los años ochenta bajo la forma de "empate histórico" entre dos fuerzas —la COB y
las FFAA—, que en su incapacidad de imponer su "hegemonía" en el país, habrían
estado en la base de la crisis política del pasado. En esta idea es fácilmente
reconocible la huella del pensamiento de Gramsci, al que se adscribieron los
intelectuales de la izquierda neomarxista.
En los años noventa, particularmente a principios de los años 2000 ("guerra del
agua", movimientos de rebelión, derrocamiento de Sánchez de Lozada) se cambió la
fórmula y se dijo que la crisis política del presente es el "empate
catastrófico" entre las nuevas fuerzas que habrían reemplazado a las anteriores,
y que había que desempatar para salir de la nueva crisis. Así el empate pasó de
"histórico" a "catastrófico". Con ello se retornó plenamente a su ilustre
origen, pero sin asumir sus consecuencias, y tuvo mucha fortuna entre muchos
analistas e intelectuales desprevenidos, aún no libres de sus antiguas
pulsiones.
Desde enero del 2006 el empate catastrófico se convirtió en visión de poder y en
estrategia de acción. El resultado electoral de diciembre del 2005 fue
interpretado como el inicio de la ruptura de este empate. La Asamblea
Constituyente debía ser la consagración constitucional de esta "revolución
democrática".
También a la luz de esta fórmula se interpretaron los dudosos resultados del
referéndum revocatorio del 10 de agosto, asegurando que con ello la media luna
había "dejado de existir".
Lo que importa en la fórmula no es el "empate", en sí mismo banal, sino su
calificación de "catastrófico". Para sus partidarios más entusiastas, lo que se
debería hacer para salir de la crisis del país es dar fin al "empate" con la
victoria de las fuerzas "progresistas" sobre las fuerzas "regresivas", y el
establecimiento de la "nueva hegemonía", tal como figura en el proyecto
constitucional excluyente de Oruro.
Si este es el fin, y mucha gente vinculada al Gobierno comparte esta idea, los
costos reales sí serían catastróficos (como lo han sido ya en violencia
destructiva), pues la otra parte va a resistir con todos sus recursos, peor aún
si se busca acorralarla. Sin lugar a dudas, este no es el camino de la
concertación, sino de la imposición de la voluntad de una fuerza contra la
voluntad de la otra.
De otra parte, no deja de llamar la atención que utilicen la noción del "empate
catastrófico" los mismos que se declaran a favor de la democracia, lo que es
incongruente. Pensar que el empate es "catastrófico" resulta contradictorio con
la democracia, por lo menos con aquella que es aceptada internacionalmente. Un
principio transversal de la democracia es el de equilibrio: equilibrio entre sus
distintos principios, equilibrios institucionales, equilibrios de fuerzas. El
pluralismo es una de sus manifestaciones angulares. La democracia no es la
anulación de las fuerzas que se equilibran, sino su preservación, ciertamente
que fluctuante y cuyas oscilaciones se expresan y definen en procesos
electorales regulares. Países con democracias estables viven con sus "empates"
entre fuerzas de "izquierda" y "derecha" sin que se les ocurra a sus ciudadanos,
ni menos a sus intelectuales, condenarlos por "catastróficos". Más bien, el
"empate" es la garantía de que todos serán tomados en cuenta en el largo tiempo
por compensaciones y desplazamientos sucesivos.
Cuando Gramsci teorizó el "empate" o "equilibrio catastrófico", pensaba que la
continuación del enfrentamiento sólo podía conducir a la "destrucción recíproca"
y que para evitar esta salida "catastrófica" suele intervenir desde el
"exterior" una tercera fuerza que impone la "solución cesarista". El país
conoció estas salidas "cesaristas" en el pasado. Los que siguen creyendo que el
empate es catastrófico, ¿están a su vez de acuerdo con esta consecuencia a la
que el intelectual italiano llegó por la lógica de su pensamiento? En todo caso,
Gramsci nunca dijo que era un demócrata, sino un marxista empeñado en construir
un "príncipe moderno" (partido) para una nueva "hegemonía" (otro de los
comodines conceptuales, que igualmente no rima con la democracia). Hoy Italia
vive bajo un sistema de equilibrios inestables, contra las previsiones de los
herederos de Gramsci.
El "empate" debería ser vivido y pensado como una condición del equilibrio
siempre cambiante de la sociedad y ser regulado para evitar sus disrupciones
eventuales. Lo catastrófico del empate es que se piense que es catastrófico. Lo
que sí puede ser catastrófico es empeñarse en resolver el empate con la
eliminación de una de las partes. El empate, en democracia, es motor de cambio,
que, en el caso de Bolivia, debe corregir las enormes asimetrías.
Publicado en
La Razón el 14 de septiembre de 2008. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 114 el 17 de septiembre de 2008.
Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos. |