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Está científicamente demostrado que las razas humanas no existen, así que muchos
ya se han lanzado a propagar el siguiente silogismo que, en nombre del rigor
conceptual, da cobertura a sus propias ideas políticas: si no hay razas,
entonces, en buena lógica, tampoco tiene sentido hablar de racismo. En realidad,
en Brasil algunos aprovechan para decir que este país vanguardista ya había
descubierto esa simple verdad hace mucho mucho tiempo, allá cuando los primeros
“senhores de engenho”, los terratenientes de la caña de azúcar o del café,
decidieron salir a hurtadillas de la casa grande para darse un revolcón en la
“senzala” con aquella graciosa morena traída de África, que insistía en
contonearse provocativamente mientras servía la mesa. Posiblemente, el gusto por
el mestizaje fecundo ya se manifestaba en todo su esplendor en aquellas escenas
domésticas del Brasil colonial, cuando bebés rubiecitos y rechonchos se colgaban
ávidos de los enormes pechos nutricios de su ama de cría, y mamaban allí la
negra leche blanca que los mantendría fuertes y relativamente a salvo de
enfermedades tropicales.
El mito del Brasil como país mestizo, como “democracia racial”, se encuentra en
la misma fundación de su identidad nacional, y me parece que tiene alguna
responsabilidad en el hecho de que durante tanto tiempo se desconsideraran las
terribles consecuencias sociales causadas por siglos de esclavismo (que sufrían,
no es necesario aclararlo, los de piel oscura, traídos a la fuerza de lo que se
conocía como “África negra”). Ese mito también debe tener alguna relación con el
hecho de que Brasil fuese uno de los últimos países del mundo en prohibir la
esclavitud.
Uno de los temas más controvertidos de la política nacional, durante todos estos
años de gobierno Lula, es precisamente el de la cuota para negros, mestizos e
indios en las universidades federales. Una medida de discriminación positiva que
supone un desesperado intento por cambiar la cara de las universidades públicas
brasileñas, donde hasta hoy la presencia de negros (es decir, de personas de
piel oscura) es ínfima.
El sistema de cuotas tiene, sin duda, muchos problemas, empezando por la
dificultad de decidir quién es negro y quién no lo es. Como es obvio, los
criterios fisionómicos son muy limitados. Como en aquel cuento de Cortázar en el
que un fama, dejándose llevar por su fe en las ciencias, resuelve clasificar a
un grupo de cronopios según sus características físicas. Para ello usa como
anzuelo un banquete, reuniendo a los cronopios alrededor de una mesa de comida.
Los chatos (o ñatos) a un lado, los de nariz aguileña a otro, y entre unos y
otros se ve en la necesidad de sub-clasificar los de nuca prominente…, no sé (no
recuerdo bien), los de hombros anchos… Al final, cada individuo acaba
representando exclusivamente a su propio sub-grupo, quitándole todo valor a esa
operación clasificatoria, y además, cansados del juego, los cronopios se
abalanzan sobre la mesa y devoran por su cuenta los manjares del banquete,
abalando así, de una vez por todas, la confianza científica y la paciencia del
pobre fama.
Ante las dificultades taxonómicas que ofrecen las características físicas de los
individuos, el sistema de cuotas en Brasil ha optado por la auto-declaración. Es
negro, mestizo (aquí le dicen “pardo”) o indio quien se declare como tal. Sin
duda, ninguna medida urgente puede sustituir una auténtica política igualitaria,
que invierta los recursos necesarios para conseguir una educación pública de
calidad, haciendo que las oportunidades de todos para llegar a la universidad
sean exactamente las mismas. Sin embargo, siempre me había provocado una enorme
desconfianza la radical oposición que algunos comentaristas en la prensa
mostraban hacia ese tipo de políticas de discriminación positiva, destinadas a
provocar una ruptura en inercias sociales históricas que siempre desfavorecían a
los mismos.
La elección en los EEUU de Barack Obama como presidente ha proporcionado un
arsenal de argumentos a los enemigos de políticas especiales para la población
negra, que ahora ya cuestionan incluso la propia existencia en el gobierno de un
Ministerio de la Igualdad Racial, o que critican con especial inquina a las
oenegés o agrupaciones que dirigen su acción social preferentemente a la
población negra. Si con la elección de Obama (que según los criterios brasileños
ni siquiera sería negro, sino mulato) se abre una era histórica post-racial, no
tendría ningún sentido continuar formulando políticas basadas en la cuestión de
la raza. Siendo todos, como somos, mestizos, los que insisten en hablar de raza
serían, ellos mismos, los racistas. Para los que apoyan medidas de
discriminación positiva han inventado un nuevo término, “racialistas”.
No sé, no sé. Personalmente, no necesitaba que análisis de ADN o argumentaciones
fenotípicas en contraste con evidencias genotípicas me demostrasen que las razas
humanas no existen, tal vez porque mi poca fe en las ciencias ya me mostraba la
debilidad de cualquier intento clasificatorio de los seres humanos según el
grado de melanina de su piel, o utilizando cualquier otro criterio. Por otra
parte, es evidente, es decir, es algo que salta a la vista, que las diferencias
sociales tienen marcas físicas visibles en Brasil. Que casi todos los presos de
las cárceles que veo en la tele o en documentales (nunca visité una prisión) son
morenos o muy morenos, que casi todos los niños que veo en la calle con uniforme
de colegio público municipal son morenos o muy morenos, que casi todos los que
viven en favelas, los que trabajan en la construcción, los que sirven mesas en
los bares, son morenos o muy morenos. Que en la puerta de los colegios privados
los niños que veo son todos más bien de piel blanquita, y que abundan los
rubios, y son morenos o muy morenos el portero, las niñeras…; que en las pocas
ocasiones que me permito cenar en un restaurante caro el único ser humano de
piel oscura que encuentro está en la puerta, como vigilante de seguridad o
aparcando coches.
Por eso, saber que las razas no existen no me sirve de nada. Nadie podrá negar
que el color de la piel es un dato socialmente relevante. La “raza” es, sin
duda, una construcción social, pero como representación tiene un poder evidente,
que se nos impone a todos, querámoslo o no. No por casualidad, Brasil tiene una
dura legislación contra crímenes de discriminación racial, que muchas veces
sorprende a extranjeros idiotas que acaban pagando muy caro sus comentarios
despectivos o sus actitudes prejuiciosas.
Me temo que la situación no va a cambiar por el simple hecho de que repitamos,
satisfechos con nosotros mismos, el discurso del mestizaje y de la hibridación.
El discurso podrá ser post-racial, pero la realidad insiste en no serlo. Mi
desconfianza ante ciertas categorías, que parecen más bien destinadas a ocultar
los conflictos, se transforma en pura indignación cuando veo que el discurso del
mestizaje se utiliza para negar la realidad social, para hacer pasar a las
víctimas por verdugos, para mirar hacia otro lado. Y yo, que nunca creí en las
razas, estoy convencido de que en Brasil existe una histórica “cuestión racial”,
y que es necesario y urgente plantarle cara.
Publicado en
Libro de Notas el 12 de diciembre de 2008. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 127 el 17 de diciembre de 2008.
Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y
educativos. |