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G. Castro
Herrera es Licenciado en Letras y Doctor
en Estudios Latinoamericanos y presidente de la
Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental.
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No hay odio de razas, porque no hay razas.
José Martí, Nuestra América, 1891
Desde hace algún tiempo, intelectuales vinculados a los sectores panameños de
origen afroantillano vienen realizando una valiosa labor de divulgación de
hechos y biografías que comprueban la importancia del aporte africano a la
formación de la sociedad panameña. Esa labor, de gran importancia para combatir
la presencia del racismo en nuestra cultura y nuestra vida social, nos lleva a
recordar que ese mal tiene su origen en la imposición de la esclavitud africana
como forma dominante de organización del trabajo y de la vida social en el Istmo
durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Además, considerando que el Caribe está
hoy donde la esclavitud estuvo ayer –desde la cuenca media del Mississipi hasta
el Nordeste de Brasil–, nos ayuda también a entender el carácter caribeño de la
cultura panameña, y nuestro persistente desencuentro cultural con Centroamérica, región de carácter mucho más indoamericano.
Sin duda, al ser abolida a principios de la década de 1850, la esclavitud en
Panamá estaba reducida a formas de servicio doméstico relativamente benignas.
Sin embargo, el daño mayor y más prolongado ya estaba hecho. El racismo, en
efecto, es el complemento ideológico indispensable de la esclavitud: una
creación social y una herramienta de dominación, tanto en el sentido de
marginación de grupos enteros de población, como en el de promoción de
divisiones y enfrentamientos entre los sectores dominados.
Así, una historia del racismo en Panamá tendría que formar parte de una historia
del trabajo en el Istmo. En lo más fundamental, la información necesaria para
llevar a cabo esa tarea ya está disponible en obras como la Historia General de
Panamá en 5 tomos, coordinada y dirigida por Alfredo Castillero Calvo, en uno de
cuyos capítulos se recuerda que para 1575 Alonso Criado de Castilla pudo decir
que “La gente de trabajo y servicio son negros todos, porque de la gente blanca
ninguno que sirba, ni se dé al trabajo, á cuya causa es grande la suma de negros
que en este reyno están”. Y eran muchos, en efecto: 8.639 negros, de los cuales
5.839 esclavos, y los demás horros o cimarrones, frente a 3.748 españoles y 950
indios. De aquellos africanos dependía el servicio doméstico en la ciudad de
Panamá, la labor en las huertas, la conducción de “las recuas de mulas que andan
en el camino de Cruces y de Nombre de Dios”; los hatos de vacas, la pesca de
perlas, los trabajos de cantería, y el de “las sierras y aserraderos de donde se
saca la madera”; los “veinte y cinco barcos que llevan la ropa al río de Chagre”;
el trabajo en las minas y, en la Villa Nueva de Los Santos, la labor en las
rozas “do se coge maiz”. Trescientos, si, eran libertos, y no es de extrañar que
pasaran “de dos mil quinientos” los cimarrones.
Mucho después, durante la construcción de una vía interoceánica a través del
Istmo por el Estado norteamericano en el enclave conocido como Zona del Canal de
Panamá, se produjo simultáneamente la introducción de las más modernas
tecnologías de construcción y la del racismo como norma de organización para la
fuerza de trabajo empleada en la construcción. “Para el norteamericano medio”,
nos dice el historiador norteamericano David Mc Cullough, “Panamá era una tierra
de gente oscura, ignorante y de pequeña estatura que obviamente le disgustaba”,
y se pensaba “que el panameño era muy poco agradecido por todo lo que se había
hecho por él”. Pero la hostilidad racista hacia los nativos expresaba además el
proceso de la construcción de grupos étnicos como parte del proceso de
organización y control de la fuerza de trabajo empleada en la construcción del
Canal por parte de la administración norteamericana.
Y eso no era poca cosa. Al decir de McCullough, “todo el sistema [...] dependía
de los trabajadores negros”. A los millares de afroantillanos empleados en las
excavaciones o en la construcción de las esclusas había que agregar “meseros
negros en los hoteles, cargadores negros en los muelles, empleados de color en
las estaciones y en los vagones del tren, empleados indígenas en los hospitales,
cocineros, lavanderos, mujeres de servicio, porteros, mensajeros, cocheros,
hieleros, recolectores de basura, jardineros, carteros, policías, plomeros,
albañiles y sepultureros”.
De hecho, agrega Mc Cullough, “la línea de color, sobre la que casi no se
hablaba en letra de molde”, funcionaba como un importante criterio de
organización de todos los aspectos de la vida cotidiana en todos los sectores
del Istmo, al punto de que los propios empleados norteamericanos del enclave
atribuían “aquellas prácticas a la clase alta de los panameños, que eran
extremadamente racistas”. En realidad ambas partes compartían un pasado común de
esclavismo, y se confirmaban entre sí en sus valores. Sin embargo, existía entre
ellos una diferencia sustancial: el racismo de los criollos panameños era un
práctica cultural, mientras el de los administradores de la Zona fue ejercido
como un criterio gerencial. Y esto, a su vez, terminó por dar un aura de
renovada legitimidad al racismo criollo, como hecho histórico de larga duración
que persiste hasta nuestros días.
Como vemos, un estudio realmente integral de nuestra historia ofrece una valiosa
herramienta para la lucha contra el racismo en nuestra cultura y nuestra vida
social, porque permite comprender la razón de su persistencia a través del
conocimiento de las razones de su origen, y de sus funciones en sociedades como
la nuestra. Se trata, sin duda, de una tarea de la mayor importancia para la
construcción de las formas nuevas de solidaridad que nos permitan a todos los
panameños encarar finalmente con éxito los graves problemas que aquejan a
nuestro país.
Publicado en el semanario Peripecias Nº
11 el 23 de agosto 2006. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones.
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