Peripecias Nº 59 - 1 de agosto de 2007

CULTURA

 

 

Los Simpson como celebración del fracaso

 

Mario Moraes

 

 

M. Moraes es un analista argentino en temas de cultura y comunicación.

 

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Se ha estrenado la película de los Simpson en América Latina. Debo reconocer que los personajes de esa historieta no me gustan mucho. Si bien a veces me hacen reír y sonreír, la atmósfera que genera y el mensaje que brinda me rechina.

 

Una crítica superficial diría que los Simpson son un ejemplo más de la cultura estadounidense. Una suerte de imperialismo cultural que emana desde Hollywood invadiendo al propio Estados Unidos, y desde allá al resto del mundo. Esa misma crítica simplista establecería fáciles comparaciones con otras tiras cómicas, posiblemente apuntando al ratón Mickey o la familia del pato Donald. Así como años atrás se publicó aquel famoso manual sobre cómo entender al pato Donald, no faltará quien escriba algo similar, en el mismo tono y las mismas advertencias, basándose en lo que dice y hace Homero Simpson y el resto de los personajes.

 

Pero ese sería un abordaje simplista. Homero Simpson es un tonto, pero sus mensajes y las escenificaciones no son una tontería y no deben ser minimizados. Allí reside uno de los aspectos positivos de la serie: se burlan de sí mismos. Todo está montado para generar una crítica de la sociedad estadounidense, de su estrecha cultura, sus repetidas esquematizaciones, la violencia cotidiana, el consumismo, el peligro tecnológico de una central nuclear próxima a estallar, el adoctrinamiento televisivo, y así sucesivamente. Es una crítica risueña, a veces más ácida, otras veces más azucarada.

 

Les acepto y concedo ese aspecto positivo. Es muy importante y ojalá se extendiera por el resto de los programas de televisión. Nada mejor que ver las tonterías contradictorias de Homero como empleado en la central nuclear para desbaratar la ilusión del paraíso estadounidense del empleo, o repasar los diálogos del bar de Springfield para reconocer el simplismo galopante en el seno de la supuesta primera potencia mundial. Todo esto se agiganta en la medida que los Simpson persiste, casi en solitario, como el único programa televisivo que hace o intenta una crítica inteligente sobre su propia sociedad.

 

Todo eso está muy bien... ¿pero casi veinte años repitiendo las mismas críticas? Los Simpson repitieron sus burlas y críticas a lo largo de los gobiernos de Clinton, y en las presidencias de George W. Bush. No han tenido ningún éxito en cambiar algo. Podría sostener que Bush no entiende, y por lo tanto seguramente no mira en la televisión a los Simpson. Pero a estas alturas es evidente que la serie ya es funcional al sistema cultural estadounidense. Es ese pequeño aporte de incorrección política y crítica ácida que le permite presentarse como plural, pero que no apunta a la raíz de los problemas, y que por lo tanto permite la regeneración continua de los actuales patrones culturales. En casi veinte años, los Simpson no logró ningún cambio trascendente en aquel país. Como intento contracultural es un rotundo fracaso.

 

Se ha montado una serie que cuestiona y se burla sobre una cultura, que finalmente la adopta como propia, y pasa a ser un bien de consumo más. No ha generado transformaciones ni ha sido rechazada o combatida por sus denuncias. Los soldados estadounidenses la miran en Irak y Afganistán. Los Simpson critican el marketing pero la serie se ha convertido en un producto de marketing. Es más, celebra el consumismo: cuestiona las hamburguesas de McDonads, pero la película tiene un acuerdo con Burger King (si no me cree, vea el sitio web para “simpsonizar” su hamburguesa a un tamaño mayor www.simpsonizeme.com). Eso explica lo que considero la faceta triste de la serie: repite y recrea esas miserias humanas que parecen inmunes al cambio.

 

Pero es todavía más preocupante que los Simpson tengan proporcionalmente una mayor audiencia en los países del Cono Sur, y de hecho más alta que en el propio Estados Unidos. En Argentina es la película con el mayor número de espectadores en su arranque registrados en la historia del cine del país. Impactante. Es así que, una vez más, nosotros celebramos que la película y la serial se burlan de Estados Unidos (“mirá que ignorantes que son”, celebran algunos jóvenes en la butaca del cine), pero aquí compramos la serie y la película, y eso es justamente lo que buscan sus vendedores. Por si fuera poco, compramos un “producto” fracasado, que no logró el prometido cambio cultural en Estados Unidos.

 

A este paso, en el futuro cercano no faltará una historieta creada por algún discípulo de Jackie Chan, mostrando una familia en alguna pequeña ciudad china, que se burlará del “comunismo autoritario de mercado”, y que al final del día servirá para fortalecer a los ancianos que gobiernan Pekín. Nosotros, aquí en Argentina, compraremos esa historieta, pagaremos por ella, y la convertiremos en un éxito de taquilla, juntando los bonos para aumentar el tamaño de los arrolladitos primavera en el fast food de la esquina.

 

Publicado en el semanario Peripecias Nº 59 el 1 de agosto de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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