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M. Moraes es un analista argentino en temas de cultura
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Se ha estrenado la película de los Simpson en América Latina. Debo reconocer que
los personajes de esa historieta no me gustan mucho. Si bien a veces me hacen
reír y sonreír, la atmósfera que genera y el mensaje que brinda me rechina.
Una crítica superficial diría que los Simpson son un ejemplo más de la cultura
estadounidense. Una suerte de imperialismo cultural que emana desde Hollywood
invadiendo al propio Estados Unidos, y desde allá al resto del mundo. Esa misma
crítica simplista establecería fáciles comparaciones con otras tiras cómicas,
posiblemente apuntando al ratón Mickey o la familia del pato Donald. Así como
años atrás se publicó aquel famoso manual sobre cómo entender al pato Donald, no
faltará quien escriba algo similar, en el mismo tono y las mismas advertencias,
basándose en lo que dice y hace Homero Simpson y el resto de los personajes.
Pero ese sería un abordaje simplista. Homero Simpson es un tonto, pero sus
mensajes y las escenificaciones no son una tontería y no deben ser minimizados.
Allí reside uno de los aspectos positivos de la serie: se burlan de sí mismos.
Todo está montado para generar una crítica de la sociedad estadounidense, de su
estrecha cultura, sus repetidas esquematizaciones, la violencia cotidiana, el
consumismo, el peligro tecnológico de una central nuclear próxima a estallar, el
adoctrinamiento televisivo, y así sucesivamente. Es una crítica risueña, a veces
más ácida, otras veces más azucarada.
Les acepto y concedo ese aspecto positivo. Es muy importante y ojalá se
extendiera por el resto de los programas de televisión. Nada mejor que ver las
tonterías contradictorias de Homero como empleado en la central nuclear para
desbaratar la ilusión del paraíso estadounidense del empleo, o repasar los
diálogos del bar de Springfield para reconocer el simplismo galopante en el seno
de la supuesta primera potencia mundial. Todo esto se agiganta en la medida que
los Simpson persiste, casi en solitario, como el único programa televisivo que
hace o intenta una crítica inteligente sobre su propia sociedad.
Todo eso está muy bien... ¿pero casi veinte años repitiendo las mismas críticas?
Los Simpson repitieron sus burlas y críticas a lo largo de los gobiernos de
Clinton, y en las presidencias de George W. Bush. No han tenido ningún éxito en
cambiar algo. Podría sostener que Bush no entiende, y por lo tanto seguramente
no mira en la televisión a los Simpson. Pero a estas alturas es evidente que la
serie ya es funcional al sistema cultural estadounidense. Es ese pequeño aporte
de incorrección política y crítica ácida que le permite presentarse como plural,
pero que no apunta a la raíz de los problemas, y que por lo tanto permite la
regeneración continua de los actuales patrones culturales. En casi veinte años,
los Simpson no logró ningún cambio trascendente en aquel país. Como intento
contracultural es un rotundo fracaso.
Se ha montado una serie que cuestiona y se burla sobre una cultura, que
finalmente la adopta como propia, y pasa a ser un bien de consumo más. No ha
generado transformaciones ni ha sido rechazada o combatida por sus denuncias.
Los soldados estadounidenses la miran en Irak y Afganistán. Los Simpson critican
el marketing pero la serie se ha convertido en un producto de marketing. Es más,
celebra el consumismo: cuestiona las hamburguesas de McDonads, pero la película
tiene un acuerdo con Burger King (si no me cree, vea el sitio web para
“simpsonizar” su hamburguesa a un tamaño mayor
www.simpsonizeme.com). Eso explica lo
que considero la faceta triste de la serie: repite y recrea esas miserias
humanas que parecen inmunes al cambio.
Pero es todavía más preocupante que los Simpson tengan proporcionalmente una
mayor audiencia en los países del Cono Sur, y de hecho más alta que en el propio
Estados Unidos. En Argentina es la película con el mayor número de espectadores
en su arranque registrados en la historia del cine del país. Impactante. Es así
que, una vez más, nosotros celebramos que la película y la serial se burlan de
Estados Unidos (“mirá que ignorantes que son”, celebran algunos jóvenes en la
butaca del cine), pero aquí compramos la serie y la película, y eso es
justamente lo que buscan sus vendedores. Por si fuera poco, compramos un
“producto” fracasado, que no logró el prometido cambio cultural en Estados
Unidos.
A este paso, en el futuro cercano no faltará una historieta creada por algún
discípulo de Jackie Chan, mostrando una familia en alguna pequeña ciudad china,
que se burlará del “comunismo autoritario de mercado”, y que al final del día
servirá para fortalecer a los ancianos que gobiernan Pekín. Nosotros, aquí en
Argentina, compraremos esa historieta, pagaremos por ella, y la convertiremos en
un éxito de taquilla, juntando los bonos para aumentar el tamaño de los
arrolladitos primavera en el fast food de la esquina.
Publicado en el semanario
Peripecias Nº 59 el 1 de agosto de 2007. Se reproduce en nuestro sitio
únicamente con fines informativos y educativos.
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