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"Las imágenes no tienen necesidad de traducción y las palabras de izquierdas no
salvan las imágenes de derechas".
Glauber Rocha (Declaraciones de principios del "Cinema Novo") [1]
Desde finales de la década de 1950, el territorio del sur se vio impulsado por
aires renovadores en diversos aspectos políticos, sociales y culturales. La
visión reducida frente a la necesidad del cambio, que hasta esos momentos había
sido predominante, empezó a ponerse en duda, razón por la cual, se buscó
propiciar algunos espacios para que el devenir de aquellos territorios
adquiriera una dimensión dinámica, tal como ya se presentaba en las grandes
ciudades europeas. Estas intenciones, sólo alcanzaron a fructificar en algunas
experiencias, pero en la mayoría de los casos, se vieron rápidamente reprimidas
por los sectores conservadores que se negaban a aceptar las nuevas propuestas
organizativas. Como producto de aquello, se consolidaron varios regímenes
autoritarios que provocaron la censura, la persecución, el exilio y la muerte de
notables intelectuales comprometidos con las ideas utópicas de equidad,
solidaridad, respeto, soberanía y fortalecimiento de los lazos de amistad entre
los habitantes de este vasto territorio.
En este periodo, el cine fue asumido como mecanismo idóneo para desarrollar los
proyectos que buscaban establecer otras formas de relaciones sociales. Fue así
cómo, desde mediados de la década del cincuenta, se empezaron a establecer
vínculos entre productores y directores latinoamericanos, y se hicieron los
primeros intentos de organización de Festivales, tales como: el Festival bienal
en Montevideo, organizado por la Corporación de Arte Sodre en 1958, en el cual
se presentaron filmes de Argentina, Brasil, Bolivia y Perú [2]; Festival de Mar
del Plata en Argentina (primera versión realizada en 1959) [3]; y el Primer
Festival de Cine Documental Latinoamericano, en la ciudad de Mérida, Venezuela,
en 1968 [4]. Pero fue en Viña del Mar (Chile), donde se dio en 1967, el primer
gran encuentro de cineastas latinoamericanos, convocados por el director del
cine club de dicha ciudad, Aldo Francia, con el presupuesto de construir lo que
luego denominaron como el nuevo cine latinoamericano. A partir de este
Festival, la mirada de los realizadores se afianzó en la orientación hacia el
fondo de las propuestas ideológicas y culturales que les sugería la realidad.
Para alcanzar las intenciones que se querían plasmar en la pantalla, fueron
varias las influencias que se acogieron. Por un lado, el neorrealismo
italiano que mostraba la pobreza y desolación de la posguerra en aquel país,
influyó de forma predominante sobre los cineastas latinoamericanos, quienes
también veían en sus países, situaciones de atrasos, de economías precarias, de
desequilibrios sociales y de padecimientos de hambre. Por lo tanto, empezaron a
concebir el cine como un instrumento que debería transformar esas situaciones.
El arte tendría que estar vinculado con la vida para mejorarla, y la creación
fílmica, sería la expresión idónea para desnudar la realidad. Asimismo, se
adoptaron influencias de expresiones renovadoras que provenían de otros
movimientos cinematográficos como la Nouvelle Vague y el Free Cinema.
También se acogió el avance que se daba en otras expresiones artísticas cómo el
teatro, la poesía y la filosofía.
Las búsquedas que se generaron intentaban: reflejar una imagen propia que fuera
a la vez aceptación de la diversidad cultural; romper con la mentalidad pequeño
burguesa que no había logrado desprenderse de la visión colonial; actuar como
alternativa contra la hegemónica propuesta técnica y narrativa que ofrecía la
escuela norteamericana y con el dominio en el manejo de la distribución y
exhibición por trasnacionales de idéntica procedencia; y, recorrer el territorio
“con una cámara en la mano y una idea en la cabeza”, pues el cine era el medio
para cambiar el mundo.
Más adelante, estos sueños se frustraron con la llegada de los gobiernos
militares. Se desencadenó una persecución contra los cineastas por su compromiso
político, ideológico, cultural y estético, en contra de toda expresión represiva
y preservadora del colonialismo en su nueva versión. Gran parte de los
realizadores, tuvieron que continuar su creación desde el exilio.
Posteriormente, ante la caída de aquellos gobiernos dictatoriales, se logró el
retorno de algunos directores, que continuaron tejiendo lazos de comunicación y
de apoyo cultural. Lamentablemente, algunos volvieron con los sueños
transformados y olvidados.
Más adelante, aparecieron instituciones para la formación académica y técnica, y
para la preservación de la memoria fílmica. También se consolidaron los
festivales existentes y se crearon nuevos, dedicados a la promoción de películas
nacionales. De igual manera, se logró un mayor apoyo por parte del Estado, a
través de entidades que pusieron en funcionamiento las leyes del cine que habían
sido condenadas al olvido.
Si bien es cierto que hay varios elementos comunes en el desarrollo de las
cinematografías latinoamericanas, también hay situaciones particulares en los
diversos territorios. Por ese motivo, haremos un recorrido general por los
distintos procesos que tuvieron mayor trascendencia.
Cuba
Antes del proceso revolucionario ocurrido en 1959, Cuba se presentaba para los
productores de Hollywood y de México como un interesante escenario en el cual
era posible ubicar las historias y realizar los rodajes. Por su parte, la
producción nacional no alcanzaba a tener mucha trascendencia, aunque ya se
habían consolidado algunas estrellas actorales que rápidamente fueron llevadas a
México.
Tres meses después del triunfo de la revolución socialista, se dio un paso
importante para la conformación de un cine propio que llegaría a posicionarse
como uno de los más importantes en Latinoamérica: el 24 de marzo de 1959, fue
instalado el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC),
el cual tenía el propósito de crear e integrar la cinematografía nacional bajo
unos presupuestos técnicos y conceptuales que sirvieran de apoyo para la nueva
experiencia política.
Las primeras obras que se realizaron fueron documentales y algunos noticieros.
La figura más destacada como documentalista fue Santiago Álvarez, con sus
trabajos: Now! (1965), Hanoi, martes 13 (1967) y 79 primaveras
(1969). Este creador desarrolló su trabajo como autodidacta y logró implementar
notables cambios en la tradicional estructura fílmica, especialmente en el
manejo del sonido y de la edición.
A nivel argumental, se destacaron: Julio García Espinosa, con Las aventuras
de Juan Quin Quin (1967), comedia que narra las aventuras de dicho personaje
hasta que logra convertirse en un apasionado revolucionario; Humberto Solás, con
Lucía (1968), en la cual, bajo un tono melodramático, confronta tres
historias de mujeres que reflejan experiencias reales de los habitantes locales;
y Tomás Gutiérrez Alea, con La muerte de un burócrata (1966), sátira
cómica contra la mecanización de la burocracia, Memorias del subdesarrollo
(1968), una visión crítica de la realidad, en la que el protagonista refleja
diversos deseos que acompañan a una sociedad en proceso de cambio, y La
última cena (1976), reflexión sobre la esclavitud, cuyo fondo es el discurso
religioso cristiano fortalecido por el afrocubano.
Los cineastas se plantearon debates en torno a la forma y a la temática que
desarrollaban en sus producciones, teniendo como fundamento y aspiración, apoyar
y reflejar el proceso revolucionario pero sin renunciar a la constante
renovación estética que permitiera romper con la “forma clásica” y experimentar
con nuevas propuestas, en las cuales, el propósito conceptual fuera mostrar el
proceso cultural de los habitantes de la isla.
Un trabajo también destacado, ya en los años ochenta, fue el desarrollado por
Juan Padrón, quien, con su largometraje animado Vampiros en la Habana
(1985), ha marcado un punto de referencia para los estudiosos de aquel género;
este director también realizó la serie Quinoscopios y la saga Elpidio
Valdés.
Como primeros intentos educativos para crear una memoria fílmica a partir de los
años sesenta, vale la pena resaltar: la fundación de la Cinemateca Cubana; el
programa televisivo 24 cuadros por segundo; y la puesta en circulación de
la revista Cine cubano.
De igual manera, en Cuba se realizaron algunos eventos trascendentales para el
fortalecimiento del cine latinoamericano: se creó el Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana en 1979, bajo la dirección de Alfredo
Guevara, quien luego de muchas luchas, le dio inicio a este encuentro con las
siguientes palabras “El festival es una realidad. Parecía un sueño y es una
realidad”; se le dio vida a la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano en
1985, bajo la dirección del Nóbel colombiano, Gabriel García Márquez; y se fundó
la Escuela Internacional de Cine, Televisión y Vídeo de San Antonio de los Baños
en 1987, espacio por el cual continúan circulando varios de los más renombrados
directores latinoamericanos.
Brasil
El intento renovador de la cultura brasileña, orientado desde las políticas
gubernamentales en los años cincuenta, fue frustrado por la inoperancia de sus
planteamientos y por el golpe militar de 1964. No obstante, en la cinematografía
se presentaron cambios de trascendencia mundial con la experiencia del Cinema
Novo desde los años sesenta. En los cine clubes, se organizaron una serie de
debates académicos sobre la industria fílmica, tales como la I Convención
Nacional de la Crítica Cinematográfica (1960), en la cual, Paulo Salles Gomes,
como figura central, hizo énfasis sobre la importancia de tener conciencia
respecto de la sujeción a referentes coloniales y las condiciones de alineación
y subdesarrollo en que se vivía. Esto, junto con los trastornos estéticos y
políticos que se presentaban en muchos lugares de occidente, llevó a los
cineastas a intentar plasmar “el rostro de Brasil en las pantallas”. Fue así
como se dio inicio a una propuesta llamada el Cinema Novo, la cual
buscaba, en primer lugar, bajar los costos de producción de los filmes,
renunciando a la grabación en estudios y dándole cabida a los actores naturales
–elementos, evidentemente, adoptados del neorrealismo italiano y de la
nueva ola francesa–. Más adelante, la discusión se centró entre la oposición
del cine de autor con el cine industrial, sumada a la lucha por
descentralizar el poderío de Río de Janeiro y Sao Paulo.
El documental Aruanda (1960) de Linduarte Noronha, orientó la mirada
hacia el norte del país –lugar en el cual, la reforma agraria había suscitado
notables problemáticas a nivel socio político–. Sin duda, este era el escenario
propicio para ubicar la reflexión con el nuevo presupuesto de creación
cinematográfica.
Este nuevo marco creativo tomó como líneas conceptuales: las denuncias de la
visión colonial, del subdesarrollo y de la pobreza; y el compromiso a favor del
cine de autor, de lo nacional y de lo popular. A nivel formal, se
propugnó por el avance de una estética nacional para romper con la
esquematización del cine norteamericano, dándosele cabida a la transmisión de la
luz natural (sin filtros), al manejo de la cámara en mano y a la fluidez en la
ejecución de los guiones.
Entre las obras más representativas de este periodo, mezcla de documentales y
argumentales, tenemos: Vidas secas (1963) de Nelson Pereira dos Santos,
una denuncia, con fondo humanista, de la explotación de los campesinos por parte
de las autoridades en un desolado escenario; Los fusiles (1963) de Ruy
Guerra, la cual nos muestra la lucha de unos campesinos en un periodo de sequía
y la represión militar que desliga los intentos de apoyo; y Dios y el Diablo
en la tierra del sol (1963) de Glauber Rocha –el más importante teórico del
Cinema Novo–, en la cual, de una manera teatral y metafórica, se desnudan
alienaciones, derivadas del hambre y del criterio religioso, que tienen un
desenlace violento.
Más adelante, tuvo presencia un movimiento contrario al Cinema Novo: el
Udigrudi, este concebía a la periferia como el lugar donde se recicla la
basura, de ahí su denominación de cine basura. Su primer éxito fue con El
bandido de la luz roja (1968) de Rogelio Sganzerla y luego, con Bangue,
bangue (1971) de Andrea Tonacci. Este movimiento no alcanzó a tener mucha
trascendencia, sin embargo es importante tenerlo en cuenta por su mirada
experimental.
En los años setenta tuvieron fuerza las adaptaciones literarias, la más
destacada de ellas fue Doña Flor y sus dos maridos (1976) de Bruno
Barreto, la cual alcanzó una notable taquilla.
En los años ochenta se presentó un masivo cierre de teatros, práctica constante
en todos los países latinoamericanos cómo resultado de la precaria situación
económica por el excesivo endeudamiento con los Bancos trasnacionales y cómo
expresión del descuido a que son sometidas las actividades artísticas por parte
de los diversos gobiernos. Esto hizo que se presentara una crisis en la
producción nacional. Los filmes más destacados en estos años fueron: Pixote
(1981) y El beso de la mujer araña (1985), ambos de Héctor Babenco.
México
Luego del periodo brillante que vivió la cinematografía mexicana durante los
años cuarenta, vinieron momentos de dificultad y decaimiento para esta
importante industria que había alcanzado altos niveles dentro de la economía del
país. La falta de renovación temática y técnica en las producciones de los años
cincuenta, fue la principal causa para que se produjera este descenso. Además,
la presencia de la televisión, desde inicios de la década, también le restó
considerable audiencia a las salas de cine, las cuales se veían cada vez más
vacías. Por otro lado, la burocratización de la industria cinematográfica y los
problemas con los sindicatos de las productoras, llevaron al olvido la época
de oro del cine mexicano.
Un hecho importante en estos años, fue la presencia del realizador español Luís
Buñuel, quien comenzó una etapa esencial de su filmografía en el territorio
azteca, con filmes como: Los olvidados (1950), una reflexión en torno a
lo marginal y a la pobreza que refleja todo un continente y desnuda la visión
oficial del “Estado protector”; La ilusión viaja en tranvía (1953);
Ensayo de un crimen (1955); Nazarín (1958); y El ángel
exterminador (1962). Sin embargo, este director, quien se mantuvo distante
de la producción oficial, no logró llamar la atención de los realizadores
locales del momento.
Durante este periodo también tuvieron presencia los filmes sobre lucha libre que
pasaron de la televisión al cine. La bestia magnífica (1952) de Chano
Urueta, fue el primero de estos filmes, que luego se convirtieron en un género
con gran aceptación popular.
Con la llegada de los años sesenta soplaron nuevos vientos. Los críticos
empezaron a desmitificar las bondades del cine nacional y propugnaron por la
apertura hacia otras experiencias: se creo el grupo Nuevo Cine, conformado por
críticos y cineastas, quienes promovieron una producción independiente. Como
resultado, vio la luz En el balcón vacío (1961) de Jomi García Ascot,
realizada con muy poco presupuesto y con algunas innovaciones técnicas. Desde
los cine clubes se mantuvo al tanto de la producción europea y se propició el
análisis del fenómeno fílmico. Fue así como, en 1963, la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM), fundó el Centro Universitario de Estudios
Cinematográficos (CUEC), primera escuela oficial de cine en México
[5].
La década de 1970, con la llegada al gobierno de Luís Echavarría, trajo un
resurgimiento para el cine, ya que el audiovisual se implementó como herramienta
para la formación y la comunicación. El gobierno, entonces, apoyó la creación
fílmica con productoras estatales, con la creación de la Cineteca Nacional en
1974 y con el establecimiento de otra escuela de cine, el Centro de Capacitación
Cinematográfica, en 1975. Los resultados no tardaron en aparecer, pues se hizo
un cine con riqueza estética, con visión industrial, con madurez y con expresión
social. Filmes como El castillo de la pureza (1972) y El lugar sin
límites (1977) de Arturo Ripstein, La pasión según Berenice (1975) de
Jaime Hermosillo, Canoa (1975) de Felipe Cazals y Los albañiles
(1976) de Jorge Fons, son una muestra de los importantes logros en esta época.
Pero el cambio de gobierno en 1976, volvió a dejar huérfana esta propuesta
renovadora. En adelante, se crearon productoras privadas que quisieron recuperar
la “época dorada” de los años cuarenta, las cuales no tuvieron mucho éxito.
Además, la crisis económica del país, mantuvo relegado el apoyo para el cine
hasta 1983, cuando se creo el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), el
cual se encargaría de recuperar la importancia de la producción nacional.
Argentina
La promulgación de la ley 12.999 del 14 de agosto de 1947, trajo un nuevo
sistema jurídico para el cine argentino. Esta estableció la regularidad con que
debían programarse las películas nacionales en las diferentes salas, tanto de la
capital como de la provincia; definió los porcentajes a pagar por parte de los
exhibidores a favor de los productores y distribuidores; y fijó las respectivas
sanciones en caso de incumplimiento [6].
No obstante, esta protección del Estado, la industria cinematográfica en los
años cincuenta experimentó una crisis, reflejada en el cierre de varios
estudios.
Los realizadores que mantuvieron un alto nivel estético y crítico, y que
marcaron el rompimiento con la narrativa clásica, fueron: Leopoldo Torre Nilsson,
con filmes como Días de odio (1954), realizada a partir de un cuento de
Borges, El protegido (1956), una crítica social con un leve fondo
romántico, La casa del ángel (1957), El secuestrador (1958) y La
mano en la trampa (1962); Fernando Ayala, quien realizó Ayer fue primavera
(1955), una comedia intimista y romántica que empieza a establecer rupturas con
la narración clásica, Los tallos amargos (1956), la cual se concentra el mundo
interior de un criminal, y desarrolla una propuesta innovadora a nivel
tecnológico, con la vinculación musical de Astor Piazzolla, y El jefe
(1958), realizada junto con Héctor Olivera, su socio en la productora Aries
Cinematográfica; y Mario Soficci, director de Rosaura a las 10 (1958),
filme precedente de las propuestas de autor, que irrumpe con un nuevo manejo del
tiempo.
En 1957, se creó el Instituto Nacional de Cinematografía, el cual empezaría a
prestar un apoyo importante para la producción nacional.
Con la llegada de los años sesenta, analistas y críticos que habían conformado
varios cine clubes, se propusieron la tarea de realizar sus propios filmes,
tomando como base las ideas provenientes de las nuevas experiencias europeas. De
éstos trabajos podemos destacar: Alias Fardelito (1961) de Laútaro Murúa,
La cifra impar (1961) de Manuel Antín, Los jóvenes viejos (1962)
de Rodolfo Kuhn, y Dar la cara (1964) de José Martínez Suárez.
Por su parte, en la ciudad de Santa Fe, Fernando Birri desarrolló una
experiencia que sirvió de base para el “nuevo cine latinoamericano”. A través de
ella se propuso realizar una adaptación del neorrealismo al contexto de América
Latina, hacer énfasis en la creación del cine popular nacional y fortalecer el
manejo local de la distribución y la exhibición. De sus trabajos en esa época
son importantes: Tire die (1958), Los inundados (1961) y La
pampa gringa (1963).
Luego, a raíz del golpe militar de 1966, se abrió un nuevo ciclo para la
cinematografía argentina. Los realizadores que se comprometieron activamente en
contra del régimen represivo, propiciaron reflexiones en torno a lo nacional, lo
popular y el tercer mundo. La hora de los hornos (1966-68) de Fernando
Solanas y Octavio Getino (miembros del grupo Cine Liberación) se constituyó en
una obra fundamental para el propósito de vincular el cine con el cambio
político. En este trabajo hay innovación estilística, mezcla entre documental y
ficción, y un claro compromiso con la renovación social. Tras proyectar
clandestinamente la película, los directores escribieron un ensayo, en el cual
presentaron los planteamientos para un “tercer cine” que se preocupara por
alcanzar la descolonización cultural, y que buscara ir más allá del cine de
Hollywood y del cine de autor. Con planteamientos similares, el grupo Cine de la
Base, cuyo principal realizador era Raymundo Gleyzer, acogió un planteamiento
socialista y realizó filmes como México: La
revolución congelada (1970) y Los traidores (1973).
Después de 1973, el gobierno, nuevamente democrático, volvió a tener incidencia
en el cine. A partir de ese momento se recrearon historias nacionalistas, entre
ellas Patagonia rebelde (1974) de Héctor Olivera y Quebracho
(1974) de Ricardo Wullicher. Asimismo, se reflejaron las vivencias de la cultura
popular gauchesca en los trabajos de Leonardo Favio, Juan Moreira (1973)
y Nazareno cruz y el lobo (1975). Con anterioridad, Leonardo Favio había
debutado con su magnífica ópera prima, Crónica de un niño solo (1964), en
la cual hacía una profunda reflexión sobre la niñez desamparada.
El regreso de la dictadura militar en 1976 trajo, de nuevo, consecuencias
negativas. Varios realizadores tuvieron que exiliarse (Solanas, Getino y Murúa);
otros fueron desparecidos (Gleyzer y Walsh). En estos años el gobierno apoyó
producciones para ocultar la realidad de sus acciones, básicamente, comedias y
melodramas.
Luego de 1983, tras el derrumbe del gobierno de facto, se renovó la producción y
aparecieron filmes de diversas temáticas. Camila (1984) de María Luisa
Bemberg y La historia oficial (1985) de Luís Puenzo, sirvieron para que
todo un país se viera ante el espejo y confirmara algunos hechos de su dolorosa
historia: la represión, el mundo ocultado, el sentimiento que lucha contra la
radicalización, el cambio que parece a la vuelta y el camino del sacrificio.
También se revivieron las historias de los desaparecidos en La noche de los
lápices (1986) de Héctor Olivera, y se recordó el exilio con todas sus
implicaciones en Tangos, el exilio de Gardel (1985) y Sur (1988)
de Fernando Solanas. Por otro lado, apareció un cine cargado de contenidos
poético-simbólicos con los trabajos de Eliseo Subiela, Un hombre mirando al
sudeste (1986) y Últimas imágenes del naufragio (1989).
Notas
[1] Augusto M. Torres, Glauber Rocha y “cabezas cortadas”, Barcelona,
editorial Anagrama, 1970, p. 19.
[2] John King, El carrete mágico, Colombia, Tercer Mundo Editores, 1994
p. 145.
[3] Historia del cine argentino, en página web:
http://webs.satlink.com, Cinematec@,
Buenos Aires, Argentina.
[4] John King, op. cit., p. 308.
[5] Maximiliano Maza, en Más de cien años de cine mexicano, página web:
http://cinemexicano.mty.itesm.mx/,
Maximiliano Maza, México, 1996.
[6] Historia del cine argentino, en página web:
http://webs.satlink.com, Cinematec@,
Buenos Aires, Argentina.
Publicado en
Cinematógrafo(s) del Tercer
Mundo en una Sexta Generación, el 13 de
agosto de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 61 el
15 de agosto de 2007. Se reproduce
en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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