|
Sinceramente, nunca creí que el señor Marx, Groucho, me concedería una
entrevista. Pero soy afortunado y, tras varios intentos, lo conseguí. El señor
Marx, Groucho, me recibió
una noche en Casablanca mientras, tocado con
un
gorro con forma de coco, preparaba una aromática
sopa de ganso. Recuerdo que fue un encuentro memorable porque un tipo montó
un lío
tremendo en el hotel de al lado, al parecer por
un mal día en las carreras. Mi anfitrión quiso compensar tanto alboroto con
una
invitación al circo, que cambió por
una noche en la
ópera cuando le dije que yo era alérgico a las
plumas de caballo. De tanta cháchara, al amable señor Marx, Groucho, se le
aguó la sopa. “Soy incapaz de pensar con el estómago vacío, amigo”, me dijo
mientras con el índice derecho violaba una redonda voluta desprendida del humo
de su cigarro. De modo que se acercó a la despensa y extrajo nuestra cena de una
lata sabrosamente repleta de
amor
en conserva.
–Señor Marx…
–Aclaremos una cosa, joven. Llámeme Groucho, no me gusta confundir...
–Como desee. ¿Cómo llegó a hacerse actor en tiempos tan difíciles?
–No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo
sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años
haciéndome pasar por uno de ellos.
–Usted se dedicó al cine y al teatro, ¿no le tentó nunca la televisión?
–Encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa
me marcho a otra habitación y leo un buen libro.
–Ya, pero gracias a la imagen usted ha podido pasar a la historia
cinematográfica. Su familia tendría que estar muy orgullosa...
–Todo lo que soy se lo debo a mi bisabuelo, el viejo Cyrus Tecumseh Flywheel. Si
aún viviera, el mundo entero hablaría de él... ¿Que por qué? Porque si estuviera
vivo tendría 140 años.
–¿Y en qué año nació usted?
–Debo confesar que nací a una edad muy temprana.
–Perdone que insista, pero es que ese es un dato que al parecer no está muy
claro...
–Mire joven, le diré que soy tan viejo que recuerdo a Doris Day antes de que
fuera virgen.
–Gran mujer Doris Day. ¿La conoció, trabajó con ella?
–Sí, pero no debí caerle simpático porque la primera vez que la vi le dije: “No
piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual”.
–Hombre, no es de extrañar. Con piropos así sería difícil que se enamorase de
usted.
–Escuche, joven. El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida y luego
ya no hay quien se lo quite de encima. Lo que no entiendo es por qué lo llaman
amor cuando quieren decir sexo.
–Una buena pregunta con respuesta impredecible… Sin embargo, si fuésemos tan
quisquillosos la especie se extinguiría, ¿no cree?
–Es posible, pero recuerde que no es la política la que crea extraños compañeros
de cama, sino el matrimonio.
–Sin embargo, a usted no le fue tan mal...
–Hombre, el matrimonio es una gran institución, si te gusta vivir en una
institución.
–No me diga que no le gustan las mujeres...
–También me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca.
–Amor, sexo y matrimonio: ¿una trilogía imperfecta?
–¡Desde luego! Fíjese que lo malo del amor es que muchos lo confunden con la
gastritis, y cuando se han curado de la indisposición se encuentran con que se
han casado.
–Exagera un poco, ¿no cree? Me recuerda a los políticos...
–Ya que la menciona le diré que entiendo la política como el arte de buscar
problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los
remedios equivocados.
–Es usted un hombre de conceptos claros y contundentes. Su sinceridad
apabulla...
–El secreto de la vida, muchacho, es la honestidad y el juego limpio... si
puedes simular eso, lo has conseguido.
–Buenos principios...
–Son los míos. Si no le gustan tengo otros.
–¡Qué va! Le quedan bien. Diría que es usted el paradigma de la honestidad.
–Para que se entere, sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto:
preguntárselo. Y si responde “sí”, entonces sabes que está corrupto.
–Evitaré hacerle esa pregunta entonces porque a un hombre que ha llegado tan
alto...
–¿Alto? Puedo decirle que partiendo de la nada alcancé las más altas cimas de la
miseria.
–Eso suena muy filosófico, pero, vistos los antecedentes, poco creíble.
–¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?
–Quería decir que sus amigos o los miembros de su club quizá...
–Mire, joven, yo nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien
como yo. Todavía recuerdo la última vez que estuve en uno. Les dije: “Disculpen
si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien”. Les pareció mal.
–Pero tendrá amigos, saldrán a cenar, hablarán...
–Humprey Bogart vino la otra noche a casa y acabó completamente borracho, algo
por otra parte bastante normal en él. Cuando va cocido es un pelmazo, pero la
verdad es que no mejora mucho cuando está sobrio.
–Si habla usted así de ellos no habrá quien quiera sentase a su lado ni siquiera
dirigirle la palabra, ¿me equivoco?
–En realidad, en las fiestas no me siento jamás; puede sentarse a mi lado
alguien que no me guste. Por otra parte, es mejor estar callado y parecer tonto
que hablar y despejar las dudas definitivamente.
–Me alegra comprobar que es usted un hombre jovial. Espero que lo sea por muchos
años.
–Pues yo espero que no porque si sigo cumpliendo años acabaré muriéndome.
–Pero usted, como todos, también se morirá y entonces, dada su fama de gran
actor, pasará a la posteridad. ¿No le preocuparía que no fuese así?
–Oiga, ¿por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la
posteridad por mí?
–A todo el mundo le gusta que le recuerden. Por cierto, ¿qué epitafio le
gustaría que figurase en su tumba?
–Perdonen que no me levante. ¿Quedaría bien, no?
–Un poco grosero, quizá...
–Oiga, joven, ¿le conozco de algo?
–Bueno, es posible que haya leído alguno de mis libros.
–¡Ah, cierto! Ahora lo recuerdo. Desde el momento en que cogí su libro me caí al
suelo rodando de risa. Algún día espero leerlo. ¿Queda mucho todavía para
acabar?
–No, en realidad ya hemos terminado. Le agradezco su tiempo y la entrevista, míster Groucho. Espero que volvamos a vernos.
–No se preocupe. Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción.
Publicado en
Migramundo, el 20 de
agosto de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 62 el
22 de agosto de 2007. Se reproduce
en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
|