Peripecias Nº 62 - 22 de agosto de 2007

CULTURA

 

 

El oráculo equivocado

 

Nidia Sánchez

 

 

N. Sánchez integra el Taller de Redacción Periodística dictado por Carmen Ollé en Lima, Perú.

 

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Lunes por la mañana.

 

Mi mente aún sufría los estragos del esfuerzo de ayer, pocas veces he tenido tanto temor de encontrar la verdad, como cuando Gina me dijo que debía pedirle al oráculo la respuesta a nuestro gran problema. Encendí el cirio dorado que despedía un fuerte olor a Cannabis –indudablemente me había equivocado de cirio– y sentí un repentino decaimiento, mejor dicho... dejé de sentir todo.

 

Horas más tarde y con la mente despejada, encendí el cirio correcto, hice mis abluciones, inicié el ritual e inclinándome hasta que mi frente tocó el piso, pregunté desde el fondo de mi mente: ¿seguirán pensando que todas las feministas son lesbianas? Recordaba muy bien la teoría expuesta por mi abuela Canuta al respecto, ella siempre me decía: Cuidado con esas mujeres libertinas, si las sigues te llevarán a la perdición. Sálvate hija mía y sigue a Franco como yo...

 

Mi abuela Canuta, a la que todos conocíamos como La Gallega, era una antigua militante del franquismo, tenía siempre el rostro enjuto, las pupilas dilatadas y un carácter fuerte y conservador. Sus rasgos parecían trazados con un fino delineador, sus puños casi siempre estaban cerrados, unidos a su bastón cuyos nudos eran una prolongación de su brazo; siempre llevaba sobre su cabeza una boina, sus gafas bifocales y una estola de paño que le otorgaban un aire de pomposa autoridad.

 

Estando absorta en mis recuerdos escuché de pronto desde la butaca del fondo de la sala el grito de mi abuela: Ursulita ven rápido!!!, era tanto el temor que mi abuela causaba en mí que ni bien terminó de gritar yo ya me encontraba a su lado. ¿Me podrías explicar que es esto? me dijo iracunda, enseñándome la portada del Trome del domingo, donde justamente aparecíamos Gina y yo en la marcha por el orgullo gay. En la foto de la portada, ambas sosteníamos un cartel rosa, lleno de flores y arcoiris y nuestras manos estaban entrelazadas. ¿Quién es esta sujeta? me dijo con una mirada llena de fuego y ansiedad, ¿No me dirás que te has pasado al otro equipo... o si? Es mi amiga Gina, abuelita –le dije– ¿No recuerdas que era mi mejor amiga en el colegio?

 

Gina era, ciertamente, mi mejor amiga desde el colegio. Habíamos ido juntas a la universidad y su hermano Alfredo había sido brigadier escolar porque era alto y el único que podía mantener firme el pabellón nacional en el desfile de fiestas patrias. Fui yo quien me hice amiga de Gina al descubrir que Alfredo era su hermano ya que siempre había estado enamorada de él, pero todas mis tentativas de acercármele nunca fueron correspondidas y no llegaba a comprender por qué... hasta el día de la marcha, en que encontré a Alfredo con su verdadero amor... Arturo.

 

Somos activistas de los derechos de los homosexuales abuelita, ¿por qué no te unes a nosotras...?, le dije. ¿Qué cosa?, me dijo ella, y sin mediar explicación alguna recibí un soberano sopapo. Luego ya no supe de mí.

 

Sentí de golpe que un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo. Mientras era levantada en vilo, mi frente chocaba a ratos con algo frío y rugoso y, alrededor mío, se producía un constante murmullo. De pronto, una voz grave y aguardentosa me dijo: Señorita, hasta aquí llega el recorrido de la combi. Abrí mis ojos y me di cuenta que ya me encontraba frente al trabajo.

 

El culpable había sido el té con pisco que habíamos tomado en el velorio de mi abuela, quien al fin descansaba luego de ciento diecinueve años de beata líder del Señor de los Milagros y a un año haberse convertido a la lucha franquista.

 

Publicado en el blog del Taller de Redacción Periodística dictado por Carmen Ollé en Lima, Perú, el 22 de agosto de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº 62 el 22 de agosto de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

 

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