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Lunes por la mañana.
Mi mente aún sufría los estragos del esfuerzo de ayer, pocas veces he tenido
tanto temor de encontrar la verdad, como cuando Gina me dijo que debía pedirle
al oráculo la respuesta a nuestro gran problema. Encendí el cirio dorado que
despedía un fuerte olor a Cannabis –indudablemente me había equivocado de cirio–
y sentí un repentino decaimiento, mejor dicho... dejé de sentir todo.
Horas más tarde y con la mente despejada, encendí el cirio correcto, hice mis
abluciones, inicié el ritual e inclinándome hasta que mi frente tocó el piso,
pregunté desde el fondo de mi mente: ¿seguirán pensando que todas las
feministas son lesbianas? Recordaba muy bien la teoría expuesta por mi
abuela Canuta al respecto, ella siempre me decía: Cuidado con esas mujeres
libertinas, si las sigues te llevarán a la perdición. Sálvate hija mía y sigue a
Franco como yo...
Mi abuela Canuta, a la que todos conocíamos como La Gallega, era una antigua
militante del franquismo, tenía siempre el rostro enjuto, las pupilas dilatadas
y un carácter fuerte y conservador. Sus rasgos parecían trazados con un fino
delineador, sus puños casi siempre estaban cerrados, unidos a su bastón cuyos
nudos eran una prolongación de su brazo; siempre llevaba sobre su cabeza una
boina, sus gafas bifocales y una estola de paño que le otorgaban un aire de
pomposa autoridad.
Estando absorta en mis recuerdos escuché de pronto desde la butaca del fondo de
la sala el grito de mi abuela: Ursulita ven rápido!!!, era tanto el temor
que mi abuela causaba en mí que ni bien terminó de gritar yo ya me encontraba a
su lado. ¿Me podrías explicar que es esto? me dijo iracunda, enseñándome
la portada del Trome del domingo, donde justamente aparecíamos Gina y yo en la
marcha por el orgullo gay. En la foto de la portada, ambas sosteníamos un cartel
rosa, lleno de flores y arcoiris y nuestras manos estaban entrelazadas.
¿Quién es esta sujeta? me dijo con una mirada llena de fuego y ansiedad,
¿No me dirás que te has pasado al otro equipo... o si? Es mi amiga Gina,
abuelita –le dije– ¿No recuerdas que era mi mejor amiga en el colegio?
Gina era, ciertamente, mi mejor amiga desde el colegio. Habíamos ido juntas a la
universidad y su hermano Alfredo había sido brigadier escolar porque era alto y
el único que podía mantener firme el pabellón nacional en el desfile de fiestas
patrias. Fui yo quien me hice amiga de Gina al descubrir que Alfredo era su
hermano ya que siempre había estado enamorada de él, pero todas mis tentativas
de acercármele nunca fueron correspondidas y no llegaba a comprender por qué...
hasta el día de la marcha, en que encontré a Alfredo con su verdadero amor...
Arturo.
Somos activistas de los derechos de los homosexuales abuelita, ¿por qué no te
unes a nosotras...?, le dije. ¿Qué cosa?, me dijo ella, y sin mediar
explicación alguna recibí un soberano sopapo. Luego ya no supe de mí.
Sentí de golpe que un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo. Mientras era
levantada en vilo, mi frente chocaba a ratos con algo frío y rugoso y, alrededor
mío, se producía un constante murmullo. De pronto, una voz grave y aguardentosa
me dijo: Señorita, hasta aquí llega el recorrido de la combi. Abrí mis
ojos y me di cuenta que ya me encontraba frente al trabajo.
El culpable había sido el té con pisco que habíamos tomado en el velorio de mi
abuela, quien al fin descansaba luego de ciento diecinueve años de beata líder
del Señor de los Milagros y a un año haberse convertido a la lucha franquista.
Publicado en el blog del
Taller de Redacción Periodística
dictado por Carmen Ollé en Lima, Perú, el 22 de
agosto de 2007. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 62 el
22 de agosto de 2007. Se reproduce
en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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