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O. Méndez (Buenos Aires, 1970). Publicó Basura Pert
(tsé=tsé, Buenos Aires, 2000). Pueden rastrearse algunos otros textos
suyos en cds, publicaciones gráficas y medios virtuales.
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Esta idea aún tiene mucho margen de juego en el plano expresivo;
he señalado con la empuñadura del bastón
algo que debí señalar con la punta de una aguja.
Lichtenberg
Aunque parezca mentira, un asunto como el que enseguida será examinado es objeto
de interés, todavía, para unos pocos integrantes obsoletos, puede decirse, del
subconjunto alfabetizado de la población; resulta ser un dato saliente, si se
piensa que la utilidad de ciertas inquietudes tangenciales no es, hoy, acá, un
lugar común. Como sea, el atarearse en un tópico deceptivo es gratificante, o en
todo caso sirve para exorcizar al demonio de la idea recurrente; por otro lado,
es habitual escuchar que basta una buena dosis de espectáculos sin ambición para
asegurarse un nombre, a lo que agregaría que también basta para desaparecer, que
viene a ser lo mismo.
De las amplias extensiones cultivables del español, se parcelará respecto al
vínculo que establece la voz de un texto (de haber tal cosa, se me podrá decir,
de tener ganas de que la haya, diría yo) con quienquiera que oiga, se intentará
profundizar en ciertos indicios ubicables entre la transcripción y el difundido,
se expondrá por qué se considera que quien lee oye, que quien escucha lee, y se
arriesgará el rescate y circunscripción de una práctica en entredicho; de ser
posible, se valorará todo esto mediante apreciaciones.
Si se cuenta con una mente, lo que sigue puede figurarse: la hoz de una playa de
piedra sin desmenuzar orillada por una lengua de silicio contra la que la
crecida de un mar selenita insiste en incomodarse como un cangrejo imprudente
que buscase agredir más y más cerca y donde los rescoldos de caparazones de
berberechos calentados al sol durante el día menguante se incrustan en la piel
de jóvenes indolentes y semidesnudos mientras arriba las nubes se oscurecen a
semejanza de ciertos pájaros al desplumar; estaríamos en algún lugar impreciso
de la Grecia Sesquicentenaria, en otro islote, haría un tiempo ya de esto, sería
cuando los dioses habitaban en resquicios (no hay dios que no haya sido abyecto),
cuando algunos de los angelitos de la jerarquía menor solían deleitarse en ser
testigos mediatos de escenas ejemplares como ésta en la cual el creador (perdón
por esta exageración) sometido a la disciplina del verso comunal ensaya en
privado su obra de audición pura frente a los oídos extáticos de unas cuantas
criaturas suficientemente civilizadas; el grupo sería parte de un cuerpo social
que adolecía de esta costumbre, común a su organización cívica, a la elaboración
de un demos donde se cantaban, ante jurados compuestos por ciudadanos sorteados
que en certámenes convocados antes o después de las fiestas olímpicas o píticas
o ístmicas habrían de premiarlas, las proezas de tal o cual héroe legítimo, la
lírica de ocasión al vencedor; dos mil y pico de años después, es decir ahora,
en el mismo sitio, y a la misma hora, una persona de sexo indefinible sentada en
una playera de nylon a rayas releería en un idioma sin firmeza ciertas
traslaciones, hipotéticos versos, apócrifos de aquel artista legendario, la
última edición crítica, el color local, el pulgar derecho de separador entre una
página par y una impar, en la otra mano una pepsi, en el bronceado el turista,
el visitador incompetente con pretensiones de, agarrate, agárrese, vivenciar;
eventualmente puede proponerse que, a pesar del desacierto de la simetría, este
virtual homínido moderno sea la clase de sujeto que se considera un escritor,
para ser preciso alguien que escribe poemas, y estudiar si se disuade de las
impresiones genealógicas que imagina que lo vinculan a aquél. En fin, hasta aquí
no se hizo más que un ejercicio de especulación (quiero decir, se inventó), pero
voy a obligarme a creer que en efecto ciertos individuos hayan podido existir,
que otros puedan estar existiendo.
Entre la realidad (o mejor, la interminable colección de sus garantías) de uno y
otro mediaría, más que la historia siempre sintética del mundo y la de los
reemplazos sucesivos de los medios técnicos e intelectuales ingeniados para
testimoniarlo (o para deformar convenientemente un testimonio que no cuadre con
la exégesis o la doctrina), la de las acepciones, la de la adecuación del
significado al medio circundante, la de las relaciones de presión que se fueron
haciendo lugar para que entre ellos algo siga preguntándose, que es la tarea.
Porque así como uno acaba de concebir, ni mal ni bien, que alguna vez el poeta,
que de él se trata, no estuvo hecho (preparado, disciplinado, educado,
convencido) para ser leído sino escuchado, así supone que hoy los términos se
invirtieron, pero uno supone mal; hay que arriesgar, con cautela, que el lector
de poesía existe, y que la poesía, se trate de lo que se trate, se difunde, o
agoniza (en su mayor parte, por no asentar en su totalidad), a través de medios
escritos, lo que no quiere decir que su audición, por gratuita que pueda ser
considerada, no se invoque, en ocasión de cerrar filas en defensa del gremio,
como atributo de su ser propio, sólo asible, justamente, por una descriptiva de
sus atributos, sean los que fueren. Porque deja de advertirse, en estos
diagnósticos regalados a mano alzada, la topografía, la diferencia angular entre
lectura y recitado, entre audición y recreación, aquello que introduce, en esas
actuaciones prestidigitadas que uno se habitúa a juzgar como meras
interpretaciones, el elemento de una segunda, tercera y hasta cuarta
fundamentación: la constante de reescritura, la escritura constante.
Ahora puede detallarse, si cabe y por ilustrar un poco, el evento minúsculo que
hoy sustituye (¿sustituye?, ¿cuáles serían, de serlas, las leyes y mutaciones de
esta herencia?) al festival clásico, el mal llamado, en rioplatense, recital de
poesía: hay un autor, la luz de un velador, una audiencia integrada por dos o
tres familiares, varios cofrades en ejercicio, algún amigo, ciertos cofrades que
son amigos, el que se apersona para presentar, la dueña de casa, el que pasaba
por la puerta y entró, el público requerido para hacer número, el informado del
asunto vía mail, un montón de sillas vacías, cuatro paredes, cinco, seis; el
autor es una voz alta, el autor, esa voz alta, utiliza localismos que la
incongruencia de los esclavistas y negreros más visibles confunde con lo
dialectal (la ve es be larga, pronuncia la zeta como ese, la elle como y,
conjuga la segunda persona del plural como una tercera, vosea), y sus facciones,
las el autor, quedan afuera del cono de luz raleada que se encarniza en el texto
propio, y la voz alta descansa en pausas que le abren al silencio una
ejecutividad; después de los aplausos muchas veces instrumentales, en un patio
con macetas con plantas, regados con un vinito aceptable adquirido a la vuelta
por el anfitrión y manoteando en dos o tres bandejas de triples de miga,
distribuidos en conjuntos de más de un elemento en razón de alguna charla que
siempre conviene establecer, los asistentes hojean de parado, en oleadas, el
texto propiamente dicho, es decir impreso, ahora expuesto a la venta en una mesa
desmontable sin mantel, sin que fuerza pública ninguna los obligue a cerrar
contrato, aunque se encuentre, en alguna que otra ocasión, el comprador
oportuno.
Pasados seis párrafos, entre tanto interrogante sin formulación, cabría
preguntar: ¿qué relación existe entre aquel concurso ritual mal documentado y
estas emparentadas prácticas meridionales deudoras acaso de su vocación, fuera
de su común paganismo intrínseco y su secularidad?; ¿qué razones formales
(aunque no toda razón sea formal) nos inducen a rescatar la pertinencia de la
escucha en vivo?; yendo más lejos, operada y hecha efectiva nomás la sustitución
histórica (entre tantas otras desapariciones y metamorfosis) de la necesidad de
aquella audición pura, dada la caducidad del carácter mnemotécnico del verso
como transmisor de mensajes contenidistas (explotado todavía, eso sí, como una
herramienta más que el capital exhibicionista perfecciona para multiplicarse,
como una dimensión más de la construcción del sentido en la cultura de masas,
como bien sabe por ejemplo el locador publicitario), ¿cuál es el mérito por el
que esta rutina, diezmada o no, siempre mal predicha, tal vez en extinción,
todavía perdura?; ¿por qué se estima valioso el desenvolvimiento oral, la
gimnasia del recitado de poemas por parte de su autor frente a un público?; y en
rigor: ¿en qué consiste?; finalmente, pero no menos importante: ¿quién dice que
se estima valioso el desenvolvimiento oral, la gimnasia del recitado de poemas
por parte de su autor frente a un público?.
No te apartes, no se aparte, intuí la penetración de la pregunta, intúyala, y,
antes de responder, puntualizá o puntualice conmigo.
Primero
Extremando la simplificación, siendo didáctico, puede decirse que todo autor se
sirve de ciertos elementos del lenguaje, que se supone que es propiedad común
del grupo lingüístico al que pertenece, para la escritura o producción de un
texto; el texto sería el resultado tangible de esa producción, y de ser
publicado se agregaría como elemento a la propiedad común del lenguaje (que el
elitismo bienpensante restringe como acerbo cultural); el lector se serviría de
ese texto para la producción de una lectura, que podría o no agregarse como
elemento intangible a la propiedad común del lenguaje, según fuera incorporada
en el sujeto que la efectuase como una nueva herramienta cognitiva o expresiva;
escritura y texto definirían respectivamente al proceso y resultado del primer
tipo de producción, y por lectura se entendería tanto el proceso como el
resultado de la segunda.
Por otro lado si uno se concentra, si se tiene la paciencia descriptiva y el
apego al inventario del botánico, se consigue agremiar a los elementos
constitutivos del plano fonético del lenguaje en un par de subconjuntos (lo que
es hablado y lo que de lo hablado, según se sabe, puede transcribirse, que es
todo), y ordenarlos sobre una recta a partir de su disposición a un lado u otro
de cierto cero cuya explicitación, si la hubiera, tomaría, encima, demasiado
trabajo, lo que no tiene mayor importancia pero permite dilucidar la naturaleza
biyectiva de sus correspondencias: a cada componente del repertorio de sonidos o
conjuntos de sonidos articulados que se ligan entre sí mediante determinadas
fracciones del silencio le corresponde otro componente del repertorio de
registros gráficos de esos sonidos y silencios, a cada palabra escrita le
corresponde una pronunciación, a cada pausa un signo de puntuación específico
(entre los cuales el espacio mismo sería uno). Así como no se duda de la
literalidad estricta de tales elementos (ni de la correspondencia unívoca entre
respectivos, por más que paronomasia y afines embarren con excepciones la
cancha), se cree que muchos de ellos refieren con mayor o menor éxito las
características ideales o sensibles de lo que se supone que es el mundo, es
decir significan, es decir versionan por medio de aproximaciones no siempre
asintóticas cuyas decantaciones más extendidas se encuentran enumeradas en
objetos (si se me disculpa que sea tan categórico al respecto) más o menos
exhaustivos denominados diccionarios, léxicos o vocabularios, cuadraturas de
círculos para pasearse sin salir de casa.
De lo antedicho puede inferirse que así como la inteligibilidad, por ejemplo,
necesita prescribir determinadas ordenaciones para disponer los elementos de
cada uno de los subconjuntos referidos en sucesión (aunque no pueda asegurarse
que una determinada sucesión sea inteligible), la ingeniería musical del
lenguaje hace que esa biyectividad entre elemento y elemento de uno y otro
subconjunto esté sobreentendida, sea pasada por alto y asimilada, fuera tal o
cual su ordenación, signifique o no; que es lo mismo que decir que ahí donde la
prosodia es practicada (a través de permutaciones automáticas entre lo escrito y
el habla), la semántica se medita (para terraplenar la pista contra la que la
palabra se estrelle, para ganarle metros inundables a lo que busca decirse). Muy
bien, es una idea.
Acá va otra, retomando el primer inciso después de esta última digresión, que ya
se retomará: se puede discernir que entre el autor y la escritura hay todo tipo
de relaciones (incluso las indiscernibles) y puede discernirse que entre el
texto y el lector existen otras tantas relaciones (discernibles o no), pero no
se discierne que deba haber, entre el autor y el lector, relación alguna; el
texto no es el puente que vadea la distancia entre autor y lector, sino la pared
asertiva ante la cual cada uno embiste desde lados opuestos. Y es que los
combates correspondientes que entablan con sus propias producciones son de signo
diferente: el primero con la generación (espontánea, si se quiere, de un
ecosistema, si se quiere), el crecimiento edilicio y el ordenamiento de una
región inaugural, la mejoría de las técnicas de riego, la interrupción y el
abandono de las obras, la invasión del climaterio, etcétera, el segundo con el
doblaje y la legislación de lo dado, el aprovechamiento menesteroso de recursos
ya existentes y dispuestos, la imposibilidad de in(ter)vención, el derecho al
uso, la vialidad según la norma, etcétera.
Me refiero, claro (porque queda claro, ¿no?), a la inferencia verbal de un
texto, a la reseñada literalidad de su temperamento vocal. El que hace una
pared, el que se hace de los materiales para hacerla en el mercado, el albañil
que los reordena, la revoca, decide pelar un sector, dejarla así, rematarla con
dientes de vidrio; el que se encuentra con una pared y atina a preguntarse qué
habrá del otro lado, o le clava un clavo para colgar año tras año el calendario
Michelin. De lo que se puede hacer cuando uno se encuentra con una pared, de lo
que no, acto seguido.
El entendido fundamental sobre el que se sustenta cualquier acto de lectura es
la deliberación de lo que está escrito, la índole intencional de lo dispuesto en
una página; más que de la investigación de hasta qué punto exista cierta
reposición de estímulos posibles entre sujetos inmanentes no vinculables
(llámesela significación, llámeselo sentido, sean o no una y otro sinónimos, sea
que el autor componga un itinerario concienzudo para montañistas o prefiera la
concisión de un tobogán para criaturas de arenero), de lo que se trata es de
remarcar la naturaleza cristalizada del texto, la admisión por parte del lector
de su carácter de acabado (lo que no quiere decir que acepte su condición,
discutible, de cosa hecha: de las obras, para hacer un comentario conciso o no
tanto acerca del primer tipo de producción por más que no incumba o justamente
por eso, de las labores que el humano insiste en engendrar, de cualquiera de
ellas, puede decirse que más que terminarse se dan por terminadas, ocurrencia
que no hace más que ocultar con elegancia un eufemismo utilizado para salir del
paso, para legalizar un estado identitario del que alimentarse, ya que suponer
la inconclusión como categoría descriptiva de toda tarea sería consentir la
desaparición de la autoría, del autor en sí, con su consecuente oportunidad de
mostrarse o no vanidoso al estampar una firma), de su factura escrita, dicho
esto para redundar; esta factura es entonces, porque no puede ser otra cosa,
taxativa.
Más allá de los juicios que sobre el texto con el que se enfrenta pueda abrir
(al cabo todo escrito, ya sea por exceso, por defecto o por ausencia, trabaja
con todos los niveles de la lengua, y hacer impugnaciones parciales en base a
disidencias manieristas es inscribir la esclerosis individuada del yo donde no
hace falta, aunque resulte necesario) y más allá, incluso, del gusto o disgusto
que pueda tenerle (y si se disfrutase del paréntesis podría discutirse si en
esta escala de aversiones cada gusto equivale a un juicio, si no puede hablarse,
al contrario, de que los gustos afirman en ciertas intimidades de premeditada
inconciencia cuyas resultantes inutilizan al juicio como juez), no está entre
las prerrogativas del lector el reemplazar tal o cual adjetivo, el suprimir esta
redundancia o exacerbarla, el agregar o desagregar ilación donde no la hubiera,
donde sí, y menos aún, o menos todavía, o al menos todavía (y éste es el
asunto), el omitir o modificar las referidas pautas, aquéllas con las que la
pronunciación se desentiende de que se la discuta: el convenio que se suscribe
(de palabra, valga el humorismo) entre las partes lo obliga a ceñirse a lo dado,
a las cláusulas del papel.
Sospechar que aquel contemporáneo hubiera optado por disfrutar de ciertas
actividades náuticas abandonando el ejemplar de literatura ejemplar junto a la
playera no sorprendería, y es que, se diga lo que se diga, ningún texto necesita
un lector; lo que necesita es que, de haberlo, se comprometa a dejarse
evangelizar por sus vicisitudes, por la discrecionalidad literal que los
trazados de tinta sobre un papel imponen sobre su propia escucha, gracias a los
cuales y a la cual deberá consentir, lo quiera o no, ser atravesado por la
distancia que lo separa de la significación más pertinente (cualquiera sea,
elaborada no importa cómo, ésa de la que se dijo tanto que mejor no decir nada),
de la que no habrá nada que decir. En este sentido tal o cual prosa, ese poema,
aquel lema priápico estampado con cal viva en la pared del cementerio, todo
conjunto de signos escritos es una partitura, un plan de ejecución particular
basado en la existencia de tales signos y no otros, y es por eso mismo que no
admite interpretación alguna: el que lee no interpreta, no hay nada que pueda
ser interpretado, no existe un intérprete; el texto es un repertorio de
variables independientes que la cognición aplica sobre la respiración (o mejor,
sobre la reproducción imaginada de la respiración), un código de estímulos y
respuestas para probarse al caminar sobre las cuerdas vocales, un inventario de
señalizaciones, un balizado; el tránsito a través del texto es la reconversión
de una industria en otra, el recorrido detallado de instrucciones que retraducen
símbolos gráficos a respectivos agudos y graves labiales o fricativos a
respectivas velocidades, integradas en un sistema vocal reflejo; es la voz del
texto lo que suena en uno cuando lee (a propósito, la distinción entre voz alta
y baja no pasa de ser un prurito de utilidad apenas doméstica, un tecnicismo
convenientemente infantil seleccionado para fundar una divisoria de aguas entre
la vibración eficaz de un filamento delgado como un hilo de coser trenzado con
algunos miles de células amontonadas provocada por el paso del aire espirado y
el reflujo del escandido mental; todo texto en contacto con un lector es una
audición, y al respecto muchas veces resulta casi decepcionante descubrir que,
de no interceder un conocimiento personal del autor, la coloración tímbrica que
se le asigna es la que el propio lector piensa que tiene, o pensaba que tenía
antes de escucharse, por caso, en la grabadora de mensajes telefónicos de un
contestador mal ensamblado), y esa voz no encuentra más alternativa que ejecutar
el programa rítmico intrínseco en el texto. En esta ejecutoria tonal, a
diferencia de cualquier interpretación, no destella más personalidad que la del
texto mismo.
Toda obra escrita es el descubrimiento de un habla, y no hay habla que no caiga
dentro del conjunto de formas expresivas verbales de que dispone una comunidad
de personas que se entienden entre sí, una lengua; la escrupulosidad taxidérmica
con la que se mide el intervalo entre lo escrito y lo hablado impide que se
anote que son un mismo fenómeno, gemelos de un solo cigoto, que los recursos
fonéticos de los que se dispone (y sus transcripciones: la palabra, el punto, la
coma, el acento, la diéresis, el diptongo, el corte de verso, los puntos
suspensivos, puntos suspensivos) son de uso común, y que ese uso precipita según
una genealogía que hace innecesaria la invención de fórmulas nuevas. Por más que
se nos enseñe que en una buena ortografía ni todas las pausas con las que se
modula el lenguaje hablado se transcriben en el escrito ni todas las
representadas en este último se hacen siempre en el primero, o que se nos quiera
convencer de que en éste se hacen numerosas pausas cuyo objeto es subrayar o dar
un tono especial a la palabra o expresión que precede o dar un reposo a la voz
después de una locución larga en sitios en que la colocación de una coma escrita
constituiría falta (si el hijo preguntase si la ortografía real y la formal
existen por separado, ¿qué debería respondérsele?), hay que alertarse e insistir
en que tales normativas resaltan la divergencia de medios cuando de lo que se
trata es de asumir la transferencia de equivalentes entre dos aspectos de un
único cuerpo principal, cuando la cuestión es que en ambos casos lo que se
entiende por una pausa específica es elucidado convencionalmente, que por
ejemplo una coma equivale siempre a tal pausa, que esa pausa se representa
siempre con una coma.
Ahora bien, acá se puede hacer una distinción (para saciar el apetito de los
conclusivos, de los que necesitan redondear los decimales): así como el empleo
de un signo de puntuación (de una palabra dada, de una sintaxis, de cada uno de
los accidentes sonoros de una enunciación) por parte de un escritor es siempre
un ejercicio de arbitrariedad (de la cual se nutre la noción de estilo, de cuyo
ser puede dudarse o no, pero no quiero amedrentarte, perdón, amedrentarlo, con
más trama inútil), la apreciación de tales signos por parte del lector es una
falta de albedrío; esta falta de autonomía es el precio que se cobra el texto, y
la deliberación de la que se habló la moneda en que se paga; hay una relación
inversamente proporcional entre aquel activo de arbitrariedad autoral y este
pasivo de apreciación lectora.
Segundo
Se habla español, se escribe en español, el español existe, el castellano es una
precisión peninsular; regiones enteras del planeta hacen uso del español, una
docente adocenada exigiría que sus hastiados alumnos las fueran sombreando con
un marcador azul de metileno sobre la división política de un planisferio
elemental para argumentar a favor de cierta hegemonía de superficie, y a pesar
de que propiamente aquellos usos sean propios de cada pueblo y hasta
apropiables, a pesar de que incluso se los pueda individualizar, el suelo común
es un acuerdo tácito entre habitantes de un mismo organismo al que se le van
haciendo cirugías correctivas imperceptibles.
Que el organismo del español es uno solo lo prueba, no qué tanta intención
tributaria demuestre cada uno de esos usos de achicar distancia respecto al
verbo madre, sino el hecho de que tal distancia exista, e incluso de que se la
busque ampliar. En efecto, es el ansia de la distinción la que nos inflinge
nuestras mejores cicatrices, y son estas cicatrices las que nos sitúan en un
cuerpo; no es hundiéndose el cuchillo más hondo que uno va a librarse de él,
sino perfeccionando, con ese mismo cuchillo, algún cuerpo recíproco. El
denominador común de todas las variaciones de la línea melódica (la
autoafirmación inconsecuente pero implícita del que arrastra, por ejemplo, la
pronunciación de la ch) es el localismo, y todo localismo no funda (en tanto no
termine de resolverse por la independencia revolucionaria de lo dialectal, que
en español no existe, que no se adivina que alguna vez exista) más que una
deuda, una colonia de herbívoros alimentados por una sola fotosíntesis.
Como pretendo inyectar un poco de peso constitucional (a riesgo de exponerme a
alguna risa sarcástica, o por qué no para inducirla) en todo esto que vengo
insinuando, y sintiendo en la nuca el aliento de los cuadros que se masturban
ante la letra siempre que sea célebre, transcribo, cito, pongo palabras de otro
en mi boca: “Se dice que el español es una lengua fonética y se quiere decir con
ello que cada signo escrito corresponde con precisión a un sonido y que éstos no
se desvían o lo hacen con una desviación apenas perceptible para los no
especialistas, del sonido fundamental del signo correspondiente. (...) En cada
palabra pronunciada aisladamente hay siempre una sílaba acentuada; en español,
las graves están en mayoría (con gran desproporción respecto de las otras)
circunstancia a la que se atribuye, en parte, la particular gravedad y
equilibrio de este idioma. (...) El acento de las palabras aisladas no
constituye una dificultad en la lectura del idioma, pues obedece a reglas fijas
y sencillas y las excepciones de estas reglas se marcan en la escritura con
acento ortográfico. (...) La dificultad (...) puede estar (...) en la
acentuación de la frase, en la de los artículos, ciertos adjetivos y adverbios,
en la de las preposiciones y conjunciones, ya que unas veces tienen acento
propio y otras veces son enclíticas o proclíticas (para todo lo cual no deja de
haber reglas). (...) Puede afirmarse en términos generales que la pronunciación
española presenta pocas dificultades, debido principalmente a la pureza de sus
vocales; (las variaciones en la pronunciación de las mismas) son tan pequeñas
que no puede hablarse de vocales intermedias o mixtas como en otros idiomas.
(...) Hay que señalar como peculiaridad del español que en la pronunciación de
varias vocales seguidas las cuerdas vocales no interrumpen su vibración sino que
la mantienen mientras se pasa suavemente de una a otra. Este carácter se
completa con la tendencia general a pronunciar en una sola sílaba las vocales
que van seguidas y a pronunciar como una sola las vocales iguales contiguas.
(...) Una característica de la pronunciación española es que las consonantes
explosivas no son tan bruscas como en otros idiomas. (...) (Particularidades en
español) de la línea tónica en el grupo fónico: 1º, que, salvo en el caso de que
la primera sílaba sea acentuada, empieza siempre en tono grave; 2º, el interior
del grupo fónico se mantiene uniforme con ligerísimas alteraciones que,
generalmente, se marcan por una elevación de tono en las sílabas acentuadas y
una depresión en las que no lo son; 3º, el final del grupo fónico es una
elevación, si el grupo no es final de periodo o es interrogativo, y una
depresión desde el acento de la palabra en que se concentra intencionadamente la
expresión, si el final o es exclamativo o imperativo.” Este rastreo puede
profundizarse hasta poner el ojo en los rincones más aislados, buscando las
grietas donde se aloje la hipotética fauna que pueda escapársele a la
intransigencia, para encontrar que conviene encontrarle la vuelta y
acostumbrarse a que de vuelta el sargento llame a filas: “Las vocales finales
inacentuadas son largas en pronunciación española, las consonantes finales ni
demasiado largas ni marcadas.” Etcétera; más que de una preceptiva voluntariosa,
se trataría de cierto orden vitrificado por las valencias del empleo. Hay que
aclarar que las cursivas se extrajeron del “Diccionario de Uso del Español”, por
María Moliner (siendo minucioso, editorial Gredos SA, Sánchez Pacheco 81,
Madrid, primera edición, y más minucioso, 19.a reimpresión, tomos I y II, 1994);
el lector apasionado por la consecuencia que consulte (no es más que una
recomendación) los artículos “derivación”, “ortografía”, “acento”,
“pronunciación”, “composición de palabras”, “guión”, “puntuación” y el resto de
los sustantivos que terminen en “ción”; resulta ser uno de los ejercicios más y
mejor indicados para percatarse de que habría que leer todo el diccionario, una
actividad alucinante, para enterarse de que la misma tampoco alcanza vaya uno a
saber para qué.
Entonces, de toda esta fijación, sistematización y depuración de las normas
consagradas por el uso del español para el usufructo y unión de sus elementos,
¿puede concluirse algo?: puede concluirse que incluso para el hablante (incluso
para el hablado) el juego libre que pueda abrirse entre las piezas y componentes
de cada mecanismo de la maquinaria del idioma se restringe a la inyección de
acordes, a la ampliación de un margen para maniobrar, a estrategias de
intervención limitadas a trabajar sobre la mayor o menor sintonía en la adopción
de tal o cual transitividad en el producto escalar entre sonido y grafía, a
singularizar los pocos matices y la falta de inflexión con las que se nos
disuade de intentonas radicales en la entonación; parafraseándome, para el
español regiría una relación inversa entre la disciplina prosódica que impone y
la flexibilidad de su caudal léxico (incluyendo la de la variedad de
ordenaciones significantes que permite, por ejemplo, la recombinación de todas
aquellas palabras que van de cualquier mayúscula a cualquier punto), siendo este
último, dada la severidad de la primera, el campo a incrementar para enriquecer
(si se quisiese, de encontrarla insuficiente, cuando resulte necesario, cabe
agregar) el sinsentido de lo que se suele denominar el mundo (al que ya me
referí y que usted y vos deben conocer, de un modo u otro), con la adquisición,
podría proponerse, de por ejemplo una o dos veintenas de vocablos para
especificar una gradación o diferenciar en las cualidades de un mismo fenómeno
atmosférico, con la designación de especies para sustituir al género, tal como
se supone que hacían algunos de nuestros ancestros (exagero, por supuesto, esta
palabra, entre nosotros, no es más que nueve letras) indígenas antes de que,
según el hábito de siempre, según nuestra saludable vocación por la pobreza, los
exterminásemos.
Así que la situación parece consentir consistir en lo siguiente: la
estructuración de los elementos fonemáticos del español sería de tal rigidez que
resultaría harto improbable no verse involucrado, cualquiera sea el uso que se
haga del idioma (y descartada la opción de no utilizarlo), dentro de un segmento
de normativas mal que bien inequívocas que se encarga de constreñir la
composición y recomposición de estímulos entre sonidos (trascriptos o no), tanto
más cuanto mayor (aventuro yo) sea la aspiración de desentenderse de ellas,
cuanta más fuerza se haga para desanudarse; para vencer al español habría que
cantarlo, y para cantar hay quien dice que se requiere una malformación que
ciertos fisiólogos han viviseccionado ya en sus ocasionales mesas de carpintero;
podría especularse con que sólo quien domine con adecuada profundidad alguna
otra lengua todavía no extinta estará calificado para diagnosticar si el
concepto es extensible a la misma (según acuerde con él) o explorar hasta dónde
la inducción es conducente, pero no es mi caso.
Bueno, suficiente, basta de esto, el resto: que se pierda.
Los santos que se hincan ante la voz alta del autor porque suponen que hay
textos que merecen recitarse, el paciente prosternado invocando la faca
testimonial para mutilarse, el imputable que encuentra conveniente convocar a
una actriz de reparto que le corresponda para convencerse de que el texto se
dice sin que se lo diga, todos equivocados.
Tercero
En efecto, efectivamente: si se dice, como digo, que ante el texto, el lector,
el autor mismo que se lo reencuentra, debe, tiene que someterse, ejecutarlo en
tanto partitura; si se dice, como digo, que decir sometimiento es aludir a la
recomposición sonora exacta que cada registro gráfico induce; si se dice, como
digo, que esta recomposición viene esclarecida por el español en sí mientras se
haga uso de él: ¿qué sentido tiene que sea el autor, y no cualquier otro, y no
nadie, el que se presente a leer, ahíto y atontado, en auditorios, transeptos de
iglesias evangelistas y metafóricas salas bautismales, el que se preste a ser
grabado para que se lo reproduzca en aulas y penales o para que se lo
comercialice (o para que se lo desgrabe y retranscriba, en el colmo), el que
conceda ser la marioneta que su propio texto debe tolerar?.
Porque no hace falta estar muy despierto para asimilar que en realidad es esta
pirotecnia de la exposición por la exposición misma la que desentumece algunos
canales de difusión (¿acaso tanto o más escasos que la visibilidad que la poesía
ha sabido conseguirse, de la cual se enorgullece, ante la cual se victimiza?),
que muchos igualan el ser vistos con el que se los vea, que no siempre (o mejor
dicho casi nunca) es cierto que la obra se las puede arreglar sin que se trabaje
para que no tenga que arreglárselas; y acá entraría a tallar tanto comentario
que no conviene agregar que mejor no agrego nada.
Ah, no, salta el alumno del profesorado creyendo retomar el hilo (o como él se
regodea en repetir: volviendo al tema), con su apunte anillado y su resaltador y
sus palabras numismáticas, regurgitadas, metidas entre la mentira de los
dientes, humedecidas por las glándulas salivales, suponiendo poner el punto
sobre la i, encantado con haber averiguado que en una lectura en público se
performa; y entonces hay que explicarle por qué esto, por qué lo otro, por qué
no. A ver.
La ambición de salvar la distancia entre el proceso de construcción de una obra
y la obra como producto final de un proceso de construcción es inútil (y con
este indicativo se pretende resolver el condicional del primer párrafo del punto
primero, precisando en aquello que aquella esquemática edificante no se preocupa
por atender), no porque resulte inconsecuente cualquier arsenal analítico dado
ni porque no se admita que en el fondo es esa misma reseñística (con sus
permanentes pero inconstantes preguntas por la cosa) la que obstaculiza (en su
afán explicativo, en su tendencia a tabular ejemplares en soluciones de
continuidad para tener de dónde agarrar) que el disenso se encargue de diluirla,
sino porque nuestra propia fugacidad y contingencia constitutivas nos inducen a
ir aprehendiendo a partir de cristalizaciones que estatuimos, porque precisamos
estupidizarnos con el cuentito de la inmanencia (y es así que fijamos una
esquemática, objetual, histórica o lo que sea) para simular que nos garantizamos
no sólo de que el mundo exista sino de que alguna vez pertenecimos a él, entre
tanta otra actividad cautiva del antropomorfismo más banal. A pesar de lo cual,
para que la distracción camine lo suficiente, se siguen alegando combinaciones
de palabras por ahora y sólo por ahora más o menos distinguidas; pero qué pasa:
la mentada jerarquización del azar, el trabajo sobre los espectros de acción, el
gesto vivo, el transgredir los hábitos anclados de la representación, la
utilización de alternativas validadas por la jerga crítica más ocurrente no sólo
no demuestran (como querrían hacer) la eliminación de tal distancia sino que la
resuelven por asimilación, ofreciendo el proceso mismo como producto, en el
mejor de los casos, en vez de asumir la declarada inexistencia del último, que
en un desarrollo lógico desembocaría en el horror del nombre propio: en el vacío
de que no haya nada que ofrecer.
Como es la performance la que insiste en endilgarse (o consiente que se le
endilgue) el fardo de ese salto sin red, no viene mal que se caractericen, así
sea en síntesis, algunos de los hitos de su sintomatología (aunque sin hacer
mucho espamento, no vaya a ser que se me juzgue apresuradamente como parcial,
cosa que me gustaría que se hiciera, ya que no hay manera de no serlo, después
de cierta reflexión), ahora que comparte con el canon, a pesar de la discreta
marginalidad en la que gusta relegarse, los reglamentos y contravenciones como
medio de expresión artística, a ver si el encantado entra en razón: el
accionismo vienés, al que le cupo el establecimiento de un biotipo de aquello
que debe ser una performance (la provocación del público a partir de la
efectividad simbólica de un ritual de sangre que recompondría frente a la
sociedad industrializada el ligamen entre arte y vida mediante cierta
transmisión o repercusión empática o catártica), impugnado por el carácter
retrógrado de su sustrato teórico (el funcionalismo social, la fiesta como
desorden que por contraste legitima el orden), por su artificialidad (al
practicarse desligado del complejo de factores sociales en los que, antropología
mediante, se supone que arraigaba el ritual) y su teatralización al cuadrado (el
simulacro de un estereotipo disfrazado de real), en fin, por la ingenuidad
tendenciosa de considerar a lo brutal e hiriente como reemplazo vanguardista de
nociones clásicas (la obra como unidad cerrada, los presupuestos anclados bajo
la capa de la grandilocuencia); la tradición (norte)americana, impugnada
también, por circunscribirse como espectáculo a medio camino entre lo teatral y
la danza; y más allá de toda escolasia: la escenificación de un discurso
plástico en el que el cuerpo es la clave de la información visual (a pesar de
que la elucubración sobre el mismo se ha convertido en un sujeto básico de
muchas otras producciones artísticas), la búsqueda de especificidad como
lenguaje en la condición de existencia de cierta acción o actitud del artista
(una vía directa al paroxismo), su espurio enfrentamiento a la primacía del
objeto (oculto en el eufemismo de la intervención como gesto efímero más allá de
su fijación documental o su posible repetición), etcétera, etcétera.
Anótese que para cada una de estas manifestaciones, incluso para todas, sigue
rigiendo aquella oferta de producto (disimulada de proceso e intensificada hasta
exasperarse, como demuestra el intento de evitar que aquél se convierta en
mercancía haciéndolo perecedero), en el cual no se tiene mejor idea que terminar
por caer no sin antes, claro, emitir algún aullido mal disimulado para la
prensa.
La complejidad de una definición no solventa la necesidad de hacerla, se escucha
en algunas academias que expiden títulos oficiales para el nivel terciario
(quiero creer que podrían referirse al hecho de que todavía ningún cráneo haya
definido a satisfacción el concepto de performance, falta que no por habitual
dejaría de sentirse como indigerible en el epicentro de esos círculos viciosos);
recién entonces uno entiende la virulencia con la que ciertos anestesistas se
defienden de no tener nada que decir, mientras se dirigen de incógnito al
diccionario para cerciorarse de que hicieron buen uso de la palabra “solventa”,
alarmándose por no encontrarla.
En definitiva, impugnadas las impugnaciones, tranquilizados los que precisan
encuadrarse en constelaciones de instrucción, se trata de diferenciar entre la
paja y el trigo, no de determinar lo que de trigo tiene la paja: no es que el
autor (en tanto lector en público de su propia obra) no performe porque ofrece
un producto acabado sino porque no hay producto ni cosa ni sustantivo ni
sinónimo ni nada que ofrezca, porque lo que hace es proceder; el autor (en tanto
lector en público de su propia obra) se ve obligado a seguir procediendo, a
uncirse al yugo de encontrar lo que se quiere decir mientras se dice algo, a
orbitar en torno a los rescoldos que respiren, todavía, debajo de la capa de
ceniza; es por eso que se pone a discutir con la norma positiva de lo que está
escrito, de ahí que ejerza siempre una tergiversación sobre la taxatividad (que
él sabe tentativa) de sus propios resultados, de los cuales todo lo que puede
saber es que “traducen, con mayor o menor pérdida, absurdos y misteriosos
empujes hacia la imagen, que son más o menos adecuados en relación a oscuras
tensiones internas” (según me dijo un amigo que lo leyó que decía Beckett),
porque se ve impelido a prolongar, le guste o no, la traducción de esos empujes,
que la ocasión de la lectura recrea, al inducirlo a retomar el texto en el cual
trabaja, por el cual es trabajado, contra el cual, acaso, hubiera creído romper
lanzas.
Por último
No leer en público otra cosa que material embrionario, es una consigna, es todo
lo que se tiene; leer, a lo sumo, bajo la suela de los dos o tres pasos que
faltan para caer rendido, en el eclipse del ciclo productivo, ahí donde el
estertor del perfeccionamiento y coronación del texto se confunde con la
repulsión que se le empieza a tener y el riesgo pasa a ser no desprenderse a
tiempo de lo que, según uno se convence, no admite más corrección que aquella
que arruine finalmente todo.
La tergiversación del borrador tipeado en word o de las pruebas de impresión o
de los manuscritos del cuaderno espiralado, mejor dicho, la oportunidad de
situar al oyente frente a la afinación de la última palabra, frente a la fase de
enfriamiento de la vibración expresiva adecuándose todavía a la tensión interna,
es condición necesaria y suficiente para una lectura en público; el escriba
supernumerario se somete a ser visitado en trance de escribir (o lo que es lo
mismo, bajo los efectos de la inercia creativa de haber escrito), y toma a
cambio una lección, altera, corrige, arbitra adónde ensayar esta o aquella
modificación, admite o no la última enmienda apurada antes de salir del
cascarón, se desentiende, incluso, de aquella cartografía (y es en el empleo y
usufructo de toda una elasticidad permisiva respecto de ella en donde acredita
que a diferencia de cualquier intérprete innecesario, dada la constitución
física inoperable del cuerpo textual, tenga que ser él ese a quien se necesita
convocar, invitar, congregar), según le convenga al empuje o ajuste que él
siente que la imagen todavía solicita; y no es que se trate sólo de un
privilegio que se decida o no a poner en juego, es que no tiene más alternativa
que seguir siendo fiel a esa requisitoria circunstancialmente interrumpida. Por
eso, porque tiene que saber que el recitado es la escuela más reciente y es el
último taller y por aquello que tampoco sabe, por todo esto justifica un
público, al cual ninguna otra propaganda, siempre que no se deje manipular por
el equívoco premeditado por los interesados en ampliar planteles vegetativos de
seudo próceres ocupados en el servicio y apuntalamiento de su propia
perplejidad, debería disuadir.
En este contexto, ya que no hay otro, ya que ningún otro es admisible, es
imposible que un autor lea mal, es improbable que un autor lea bien, puesto que
no lee, puesto que no es leer lo que hace. En este contexto la presentación de
un libro (con todo su abolengo de pastel y torta frita ganándole por varias
cuadras a cualquier otra verbigracia) puede ser confortable, está bien, y hasta
atendible en tanto se quiera hacer un poco de ruido en las calabazas de la
audiencia, pero no deja de ser una redundancia.
Es decir que hay que evitar prestarse a la neurastenia del medio, hay que
señalar la insensatez irreflexiva de ciertas desatenciones, hay que sospechar
del verso del tío, hay que poner las bolas en remojo. Desde ya que los
especialistas en presentaciones en vivo pretenderán poder performar un accionar
poético (que a lo mejor nadie más querrá impugnarles) decidido a acceder a esa
abstracción que se conoce como masividad, se sentirán con derecho a emitir
mensajes orales en constante transformación para afirmar su convicción en la
ampulosidad de ciertas falsas categorías como el inacabamiento de las obras,
propondrán que la improvisación también forme parte de la estructura literaria,
harán del versionar una opción de lucha consuetudinaria contra la distribución
de volúmenes englobados en registros de propiedad intelectual; desde ya que
habrá quien aproveche las ventajas de una adecuada relación pública, lo
convocante de una pluma en el candelero, y asista con calculada impuntualidad a
cuanto convite se le haga, sobre todo si lo enteran de los indudables vítores
del sexo opuesto, para sobarse el ego o ampliar el palmarés, que es otro ego.
Pero no porque no pueda calificárselos de intentos fallidos dejan de impresionar
como esos zarpazos silábicos diseñados para distraer la cartera de la dama y el
bolsillo del caballero, ni, por mucho madrugar, amanece.
Entonces, ante la muletilla del autor, el espectador conscripto a la ejecución
verbal debería optar, o bien por el recorrido personal de esa instantánea del
hartazgo, del renunciamiento a seguir hincando en un cuerpo múltiple con más y
más procedimientos (esto es, el texto, que se basta a sí mismo, que no amerita
más timbres que los que uno deduce de su producto vectorial), o bien por la
visitación ocasional a ese reducto con veladores donde sucesivas cajas craneales
se someten con honestidad al escrutinio de sus verdades; entonces, ante el
estribillo de la lectura en público, el autor debería declinar los éditos, dejar
que lo editado se condene a que alguien lo recorra, o tener la decencia de
exponerse con algún tanteo al que desnudar, al que terminar de adiestrar, al que
ofrecerle alguna manipulación (esa misma que escucha que le pide) que pase por
alto sus marcas y mojones, que corrija las disonancias o las aproveche, que
adultere para rectificar.
Pasada la referida inercia de haber escrito el desprendimiento de la publicación
suele inscribir en la propiedad común del lenguaje las marcas de una escritura
osificada (la obra como resultado de una cristalización del estado tensional
establecido entre el autor y su producción), y señala el punto a partir del cual
ambos señalan en direcciones diferentes, aducen caminos por separado; en
adelante, autor y texto podrán converger, incluso reunirse, pero nunca
coincidirán: el que piensa que es el mismo que era entonces ahora es otro, es
ese otro que embiste la cal viva escupida contra las paredes, que podría
decidirse a embestirlas, a éstas, que si las embistiese, que se da cuenta de que
eso es una pared de mampuestos que lo devuelven a un suelo requemado con
fertilizantes, ése de donde es usual que se arranque, que se tenga que arrancar.
Que tome nota el aquejado por la versión definitiva, el que reedita con
intervenciones, el que se admira del finado que cuarenta y seis (46) años más
tarde, al anunciarse en una Obra Completa, optaba por mitigar el exceso barroco,
limar asperezas, tachar sensiblerías y vaguedades.
Publicado en
Poesia.com. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 88 el 12 de
marzo de 2008. Se reproduce en
nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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