|
 |
|
|
B. Sarlo es directora de Punto de Vista.
¿Desea comentar
este texto? Si es así complete el formulario de comentarios -
seguir
...
|
|
|
|
 |
|
|
|
Durante treinta años, Punto de Vista fue la mayor y más constante
influencia sobre mi vida. Otros podrán discutir si ha sido una revista
influyente; sobre mí, no tengo dudas.
En el verano de 1978, cuando Carlos Altamirano, Ricardo Piglia y yo la planeamos
junto a Elías Semán, un desaparecido de Vanguardia Comunista, intuí que lo que
comenzaba en aquel momento opuesto a todo optimismo sería el eje de mi trabajo y
que yo era responsable de que la revista subsistiera contra todas las
predicciones.
Hacer la revista como casi invisible resistencia a la dictadura fue una tarea
que muchos juzgaron inútil porque sus peligros parecían mayores que lo que podía
obtenerse en términos de un débil agrupamiento intelectual. En enero de 1978 no
se sabía cuánto iba a durar la dictadura y esa misma ignorancia inclinaba hacia
dos posiciones opuestas. Por un lado, estaban quienes pensaron que la
permanencia de los militares en el mediano plazo no abría ninguna luz para una
estrategia de reorganización de las fuerzas que esos mismos militares estaban
liquidando, y que no valía la pena correr riesgos para alcanzar resultados cuya
insignificancia no los compensaba (eso le explicó a María Teresa Gramuglio un
exiliado notable, cuando ella llevó los primeros números a México). Por otro
lado, quienes pensaban, igualmente equivocados como lo demostró la historia, que
los militares prolongarían su dominio de terror, juzgaban, por esa razón, que
había que comenzar a cavar pasadizos subterráneos, desde ese mismo momento.
Gente de este segundo grupo publicó el número 1 de Punto de Vista en
marzo de 1978. Había que comenzar a hacer algo enseguida, incluso sin esperanzas
y peligrosamente.
Este origen le dio a Punto de Vista un carácter beligerante, aun cuando
ese rasgo fuera una condición secreta; de todos modos, quienes hacíamos la
revista sabíamos que ella era lo que teníamos para oponernos a la dictadura.
Trabajábamos con el tiempo: si la dictadura se prolongaba, la revista iba a ser,
durante muchos años, nuestro único instrumento intelectual, tanto más
indispensable cuanto más largo fuera el régimen de los militares. Punto de
Vista nació como revista marginal, underground, opositora,
alternativa, lejos de cualquier institución.
Eso me marcó para siempre. Nunca, cuando se recuperó la democracia y entramos a
la universidad, me sentí del todo en aguas propias. Las únicas aguas que he
navegado, durante treinta años, con la certeza de que son mi espacio natural
fueron las de esta revista independiente de la academia, de los subsidios, de
las editoriales, de los grandes medios, de la vida normalizada y sus
servidumbres. No quiero decir que todos los que pasaron por esta revista
sintieran esa misma distancia. Sólo digo que esa distancia hizo fuerte a la
revista que me interesó dirigir.
Los cambios de Punto de Vista durante las últimas tres décadas son parte
de la historia del progresismo argentino (aunque muchas veces, quienes sintieron
antipatía o se diferenciaron de la revista pusieran en cuestión que ella
permaneciera como miembro pleno de esa franja). Por suerte, no me toca a mí
hacer esa historia. La conozco con los límites, la abundancia de detalles, el
color, la nitidez y la miopía de quien la ha vivido. Sin usurpar una posición
que no me corresponde, puedo evocar los cimbronazos y las transformaciones.
A fines de 1982, con el comienzo de la transición democrática, debimos aprender
de nuevo casi todo. Por ejemplo, cómo hacer una revista que ya no fuera
solamente el medio que un grupo mínimo de intelectuales inventó para atravesar
la dictadura; aprender cómo se hace una revista cuya definición ya no podía
seguir siendo únicamente oposicional. También en ese momento, la revista, sin
que esto lo hubiéramos anticipado, se corrió de aquel primer espacio oscuro y
marginal. Llegaron los exiliados, nos juntamos con Pancho Aricó y Juan Carlos
Portantiero, gente que se había ido de la Argentina con un prestigio que
consolidó en México. El grupo local de Punto de Vista debió aprender una
convivencia que se demostró tan deseada como difícil y, finalmente, imposible.
Pero eso no fue todo. Me permito recordar una anécdota que tuvo, para mí, un
valor de irónica revelación. En ese primer tercio de los ochenta, un día
cualquiera, el suplemento cultural de Clarín publicó una nota donde se
mencionaba la categoría “campo intelectual”. Hasta ese momento, sólo en Punto
de Vista se había hablado de Pierre Bourdieu (como sólo en esta revista se
escribió primero sobre Raymond Williams, Juan José Saer y, más tarde, Sebald).
Leí la frase con curiosidad sorprendida, porque Punto de Vista, aun
cuando nada parecía indicarlo poco tiempo antes, había hecho llegar algunas de
sus obsesiones teóricas a los medios (que, como autómatas de la primicia,
siempre fueron avaros en reconocerlo). Del margen del margen pasábamos al centro
del margen, aunque en este tránsito nada iba a ser sencillo porque, al mismo
tiempo que teníamos que inventar la nueva Punto de Vista de la
democracia, había que pensar las relaciones de la revista con otro mundo, el de
los medios y las instituciones, que hasta ese momento no habían sido nuestro
problema porque eran inaccesibles.
Durante la transición democrática Punto de Vista publicó la posición que
habían mantenido sus miembros contraria a la aventura militar en Malvinas. Ese
artículo, escrito por Carlos Altamirano, había estado precedido, durante la
guerra, por un documento donde la denunciábamos y nos sustraíamos a la fiebre
guerrera de masas. De esa coyuntura de extrema soledad, me queda el recuerdo de
una carta polémica que yo envié a los exiliados en México cuando ellos no
cuestionaron la invasión a Malvinas, y la llegada al consejo de dirección de
Hilda Sabato, que había compartido con la gente de Punto de Vista los
meses de insoportable delirio patriótico. También en los primeros años de la
transición, la revista comenzó a revisar el pasado de la izquierda de donde
provenían sus miembros. En una coyuntura donde nadie quería pensar los años
setenta, ese acto de crítica política nos trajo ataques envenenados. Pero, más
allá del negacionismo parcial de nuestros adversarios, la revista se propuso
tomar el tema del momento: la memoria del pasado inmediato, sobre la que Hugo
Vezzetti trabajó durante casi dos décadas.
En estas tres cuestiones, Punto de Vista se adelantó al debate, como se
había adelantado a una lectura de la literatura argentina en relación con la
historia reciente, que hoy no conserva ninguna novedad pero que la tenía en los
ochenta, cuando fue una clave interpretativa. Señalo estos temas como podrían
señalarse otros. Tengo la impresión de que respecto de Malvinas, de la crítica
de los setenta, de la memoria, y de lo que entonces era lo nuevo de la
literatura argentina, la revista sintonizó el presente como debe hacerlo una
publicación que no aspira a la actividad conservadora de recopilar buenos
artículos, sino a que viren los ejes del debate.
Precisamente porque la revista pudo ser contemporánea de su presente, estuvo en
condiciones de cambiar: se fueron algunos, entraron otros al consejo de
dirección. Y con los nuevos, como Adrián Gorelik, llegaron temas a los que
Punto de Vista les dio su marca. Se habló de ciudad y de cultura urbana
cuando esa no era la moda. Durante los años noventa, viví obsesionada por la
idea de que una revista debía definirse por lo que traía como novedad estética e
ideológica. Pensé (y pienso hasta hoy) que es preferible que una revista se
equivoque a que permanezca igual a sí misma cuando las cosas cambian o cuando
los temas se banalizan. Una revista define problemas que le son propios, porque
no los elige en el carroussel de las novedades periodísticas nacionales o
internacionales, sino que demuestra su capacidad para hacer las preguntas y
abrir los debates que no se escriben en otras partes. Por supuesto, en el caso
de Punto de Vista, dimos una batalla por la modernidad estética
depreciada por todas las ondas, incluso las que hoy se apilan en el depósito de
los chirimbolos obsoletos. La revista no se atuvo a las tendencias, pero supo
reconocer que los tópicos de la modernidad debían ser reformulados críticamente.
En los últimos años, Federico Monjeau, Rafael Filippelli y Ana Porrúa fueron
articulaciones muy diferentes de un giro estético de la revista que, al mismo
tiempo, siguió creyendo que la política y la estética debían convivir en sus
páginas no porque sus relaciones fueran sencillas sino precisamente por lo
contrario: porque son conflictivas, y Punto de Vista siempre vivió del
conflicto.
Una revista tiene que reunir cualidades paradojales; ser, al mismo tiempo, un
instrumento preciso y nervioso. Por eso es tan difícil y tan absorbente hacerla,
porque una revista no puede encarar el presente con intermitencias ni confiar en
un capital acumulado. Cuando se dirige una revista el alerta es constante frente
al acostumbramiento (que es mortal) o la incapacidad para conocer su actualidad
(una revista vive en tiempo presente). Sólo cuando una revista es un instrumento
imprescindible para quienes la hacen, sólo cuando no pueden imaginar que podrían
reemplazarla por otra cosa, una revista sale bien, es decir no sale tranquila y
ordenada, sino inquieta, irritante. Una revista independiente nunca puede
descansar ni sobre su pasado ni sobre lo que cree saber de su presente.
Únicamente en estos términos vale la pena dedicarse a ella. En estos términos
podrá eventualmente marcar una diferencia.
Dije al principio que Punto de Vista es la influencia más importante de
mi vida; fue agotadora, absorbente, atacada, incluso detestada. La necesité para
ser lo que soy porque nunca creí que alguna otra institución podía darme más de
lo que esta revista me dio durante treinta años. En primer lugar, un grupo de
intelectuales que, en sus momentos más intensos, tuvo una fuerza colectiva; en
segundo lugar, una escritura: no un lugar donde escribir, sino una manera de
escribir sobre literatura y política. Si tiene algún valor lo que he escrito, lo
mejor lo he escrito en Punto de Vista; no hay nada que me guste más que
ese impulso que, después de leída una novela o en medio de una coyuntura
política, me conduce de modo irrefrenable a escribir para la revista. Ella (no
sus lectores) me pedía lo que yo terminaba escribiendo.
Durante mucho tiempo, algunos compañeros tuvieron como yo la certeza de que
Punto de Vista era la clave de bóveda de su vida intelectual. Quizás me
equivoque, pero creo que ahora soy la única que necesita esta revista tanto como
la necesité en el pasado, hace treinta años o ayer mismo. Se puede hacer una
revista con diferentes grados de inclusión, pero el deseo de revista es
indispensable. Ese impulso tenía un fondo colectivo que hoy percibo debilitado,
distraído. Entiendo que Ana Porrúa y Rafael Filippelli no deben sentirse
descriptos por estos dos adjetivos. Pero no alcanza, porque Punto de Vista
ha sido siempre una revista de arte e ideas.
Podríamos seguir produciendo buenos índices y recibiendo buenos artículos, pero
algo ha comenzado a fallar y es mejor reconocerlo ahora, cuando no se ven
consecuencias, que en un capítulo decadente. Una revista que ha estado viva
treinta años no merece sobrevivirse como condescendiente homenaje a su propia
inercia. Por eso el número 90 es el último.
Nota. Punto de Vista no atraviesa hoy ninguna dificultad económica
y podría seguir apareciendo, como hasta ahora, sin avisos editoriales, ni
institucionales, ni otras ayudas. Las tres veces que la revista recibió
subsidios (de la Fundación Pablo Iglesias, de la Fundación Antorchas y de la
Secretaría de Cultura, gestión Darío Lopérfido) los utilizó en proyectos
especiales, como la realización de índices, cd de colección, etc. Siempre se
sostuvo con su venta en kioscos, librerías y suscripciones. Siempre creímos que
una revista independiente debía serlo también materialmente. En ese aspecto, no
quisiera callar un agradecimiento: a la serenidad de Guillermo Arenas, que
imprimió la revista desde su primer número hasta éste, y a Darío Brenman, que la
distribuyó de modo leal y entusiasta.
Publicado en
Punto de Vista No. 90,
abril / mayo de 2008. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 96 el 14 de
mayo de 2008. Se reproduce en
nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
|