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E. Anderson Imbert (1910-2000), escritor y docente
argentino, especialista en la historia de la literatura
latinoamericana.
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Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo
explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después
bebió el veneno y se acostó. Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí,
era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó
de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué
broma era esa? Alguien –¿pero quién, cuándo?– le había cambiado el veneno por
agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro
balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en
momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el
estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en
el suelo, cada uno con un balazo en la cien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas.
La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como el agua. Las
carnes recobraban su licitud como el agua después que le pescan el pez. Se
derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de
hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas
de la ciudad incendiada..
Publicado originalmente en Ñ,
suplemento de Clarín, 11 de octubre de 2008. Reproducido en el semanario
Peripecias Nº 112 el 3 de
septiembre de 2008. Se reproduce en
nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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