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E. Gudynas es analista
en temas de desarrollo y sustentabilidad en CLAES
(Centro Latino Americano de Ecología Social) y D3E
(Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad - América Latina).
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La figura del
economista Joseph Stiglitz aparece cada vez con más frecuencia como
referencia y fuente de inspiración para muchos que defienden nuevas
políticas de desarrollo. Estamos en una situación donde un economista
tradicional aparece como figura invocada desde los más diversos movimientos
alternativos. Hay algo raro en todo esto: Stiglitz no deja de ser un
economista convencional, no es el defensor de ningún cambio radical ni
revolucionario en la economía del desarrollo, por el contrario sus
posiciones casi siempre están ancladas en la tradición liberal.
Es cierto que Stiglitz ha atacado duramente varias posturas económicas
actuales. Pero es necesario poner sus cuestionamientos en perspectiva. Su
figura cobró notoriedad por sus agudas críticas al Fondo Monetario
Internacional (FMI), y en especial a cómo se aplicaban algunas recetas del
ajuste estructural. Si bien su libro más popular, “El malestar en la
globalización”, publicado en 2002, apela a un título que invoca una revisión
de todos los procesos globales actuales, lo que en realidad prevalece en sus
páginas son cuestionamientos y denuncias sobre el comportamiento del FMI.
Hay mucho de rencillas y celos personales propios de la comunidad
internacional de Washington.
Stiglitz parte de una visión estrecha de la globalización. La define como un
proceso económico entendido como la “supresión de las barreras al libre
comercio y la mayor integración de las economías nacionales”, donde su
“potencial” es el “enriquecimiento de todos, particularmente los pobres”.
Esta es una globalización esencialmente económica, que en sí misma tiene una
potencialidad positiva que no está en discusión, sino que el debate debería
centrarse en la forma de “gestionarla”. A partir de esas ideas, en “El
malestar en la globalización”, carga especialmente contra el FMI. Casi todo
lo que allí se dice es cierto; desde la miopía en la aplicación de
instrumentos hasta la arrogancia de sus funcionarios presionando por
reformas estructurales.
Pero Stiglitz no avanza en cuestionamientos similares sobre la institución
hermana del fondo, el Banco Mundial. Recordemos que este economista estuvo
en un alto cargo en ese banco desde 1997 a enero de 2000. Stiglitz tiene una
visión bastante simplista del Banco Mundial, ya que lo presenta como una
institución que depende de las decisiones del FMI, y no aborda adecuadamente
su papel como promotor de las cartas y programas de desarrollo, bajo los
cuales se diseñaban desde las reformas de la seguridad social a las
inversiones en infraestructura. Si bien son menos conocidas que las famosas
cartas de intención y los programas de ajuste estructural del FMI, los
acuerdos con el banco, tanto bajo la forma de programas de desarrollo como
de préstamos estructurales, fueron los responsables de la profundización de
las reformas de mercado hasta hace pocos años atrás. En los años de Stiglitz
no se registraron mejoras sustanciales para revertir los impactos sociales y
ambientales de los proyectos financiados por el banco, tampoco mejoraron las
condiciones de transparencia y acceso a la información.
Los reportes del Banco Mundial, y en especial sus informes anuales sobre el
desarrollo mundial, siguieron la misma prédica. Es cierto que el volumen
sobre la pobreza (2000/2001) estuvo en el centro de una cierta polémica, con
la participación de Stiglitz, pero de todas maneras el acento estaba puesto
en las reformas de “segunda generación”. En los años de Stiglitz en el Banco
Mundial también se completó la serie de propuestas de reformas estructurales
para América Latina, lideradas desde a oficina del economista jefe para la
región. En esos años apareció el conocido trío de publicaciones de Shahid,
J. Burki y Guillermo Perry, con la “larga marcha” de reformas que se debían
aplicar en América Latina, desde la apertura comercial a la
descentralización y municipalización del Estado. Muchas de estas propuestas
han sido llevadas a la práctica en varios países.
Si bien Stiglitz criticó la nominación de P. Wolfowitz a la presidencia del
Banco Mundial (lo que le valió aplausos), recordemos que sus candidatos eran
el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo, el ex presidente del Banco
Central de Brasil, Arminio Fraga, y el ex vicepresidente del propio Banco
Mundial, Kemal Dervis (Turquía). Sus argumentos básicos eran que tenían
experiencia en desarrollo económico y mercados financieros, y que se
doctoraron o dictaban clases en las Universidades de Yale y Princeton, o que
contaban con una recomendación del periódico Financial Times (Stiglitz en El
País, Madrid, 12 marzo 2005). Ninguno de estos son argumentos muy
convincentes desde una perspectiva renovadora.
Por cierto que Stiglitz dice muchas cosas interesantes sobre economía, y por
momentos tiene destellos heterodoxos. Es muy bueno leerlo y pensar sobre sus
puntos. También es cierto que algunas de sus críticas, al porvenir del seno
de la comunidad de tecnócratas globales de Washington, tienen un fuerte
impacto. Pero también hay que reconocer que posee una visión simplista de la
globalización ya que insiste en sus aspectos económicos convencionales. Una
de mis frases favoritas de Stiglitz para ejemplificar su simplismo se
encuentra en las conclusiones de “El malestar en la globalización”, cuando
afirma: “El mundo es complicado”. Se podría esperar que brindara un análisis
un poco más detallado, aunque nadie puede negar que el mundo es complicado.
Eso mismo lo vienen diciendo muchos otros economistas y líderes sociales
desde hace largo tiempo, y con bastante más detalle.
Es evidente que en la globalización operan también otros procesos, tales
como aquellos que van desde el campo de las ideologías políticas a los
patrones culturales de consumo. Stiglitz los menciona de tanto en tanto, a
veces los intuye, pero no los elabora en profundidad. Por ejemplo, no
explora una economía alternativa sobre el tema de la pobreza, no hay un
diálogo con las posturas de Amartya Sen, debería explorarse mucho más una
reforma política para una nueva economía, y así sucesivamente con varias
cuestiones. En casi todos los textos de Stiglitz se termina teniendo que
falta avanzar en los problemas; se anuncia un análisis interesante, se
presume la profundización en una materia, como el papel de la OMC o la
renovación de las Naciones Unidas ... pero nos quedamos en una superficie de
la corrección administrativa y de las reformas por medio de la gestión. Las
propuestas alternativas de Stiglitz son casi una revisión rápida, recargada
de un cierto aire de superioridad, y por eso mismo cae en los problemas de
los recetarios. Es “otra receta”, con algunos aspectos muy interesantes,
pero de todas maneras es una receta. Posiblemente el ejemplo más claro fue
su texto “Hacia una nueva agenda para América Latina”, publicada por CEPAL
en 2003 y reproducida en muchos países. Buena parte de sus propuestas son
todavía muy genéricas, y no se diferencian sustancialmente a las “nuevas”
reformas que se discuten en CEPAL, BID y hasta el propio Banco Mundial.
Es inevitable ir un paso más allá, y preguntarse por qué hay tantas personas
encantadas con los escritos de Stiglitz. Parecería que los ejes del debate
se han corrido tanto hacia la derecha, que un economista liberal como
Stiglitz termina siendo catalogado como progresista. O bien seguimos atados
a buscar personas con prestigio, que cuenten con un premio Nóbel y una
cátedra en Estados Unidos. ¿No hay en el seno de los movimientos sociales
economistas alternativos que digan más o menos lo mismo? Sin duda que
existen, aunque concuerdo que José Luis Fiori tiene algo de razón cuando
afirma que la izquierda ha tenido muchas dificultades en generar sus propios
programas económicos. Pero por eso mismo es tiempo de no mirar
exclusivamente a las cátedras económicas universitarias del hemisferio norte
para fomentar todavía más el diálogo y los análisis económicos en el seno de
los propios movimientos sociales.
Publicado en Peripecias Nº 16 el
27 de setiembre de 2006. Se permite la reproducción del artículo siempre que se
cite la fuente. Licencia de Creative Commons con algunas restricciones. |