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C. Villalba es
economista y analista de información en CLAES D3E.
Más información en
Economia Sur
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Las políticas sociales en América
Latina se han resumido por años al hecho de tomar al crecimiento económico como
palanca para reducir la pobreza. Como ha quedado de manifiesto en las sucesivas
crisis económicas que ha sufrido la región, por lo general ni siquiera
existieron programas de protección social de emergencia para enfrentar dichas
crisis o la posibilidad de desastres naturales, lo que es tan sólo una de las
evidencias del mal uso social de los dineros del Estado. Una buena forma de ver
cual es el lugar que un gobierno otorga al sector social, es analizar la función
que desempeña el gasto público social en el gasto total y si las políticas
sociales que se implementan están siendo eficaces.
Desde la llamada “crisis de la deuda” de principios de los ochenta, los países
latinoamericanos han estado comprometidos con la implementación de una serie de
reformas económicas y estructurales orientadas a la consolidación de una
transformación económica que siempre buscó asegurar un crecimiento económico más
acelerado. Antes de la implementación de las reformas de la década de 1990 en
casi todos los países, las políticas sociales se practicaron como mecanismos
compensatorios del ajuste; así mismo, luego de dichas reformas han experimentado
cambios dentro de un marco de mayor equidad como políticas asistenciales
orientadas a la reducción de pobreza y de las desigualdades. Aunque promisorias,
las reformas sociales nunca llegaron a consolidarse como eficaces.
Pese a las diferencias, el gasto social ha tenido un comportamiento común en la
mayoría de los países. En efecto, como ya se señaló, el gasto social registró un
deterioro en la década de 1980. La fuerte contracción económica de esos años,
unida a la menor prioridad fiscal otorgada al gasto social explican el
significativo deterioro del gasto social real per cápita en ese momento.
Todo ello fue seguido por una significativa mejoría en la década de 1990, la
recuperación de tasas más altas de crecimiento económico y el mayor peso del
gasto social medido en términos del PIB han contribuido a elevarlo. En el 2005
la tasa media anual de crecimiento del gasto público social bajó aproximadamente
a un 3% frente al 4.6% de los primeros años de la década de 1990. Entre los años
1998 y 2003, el crecimiento económico de la región se redujo y se volvió más
volátil: la tasa media anual de crecimiento del PIB de 3.5%, entre los años
1990-97 se redujo a menos de la mitad (1.5%) en el quinquenio siguiente. En los
últimos años el gasto público social está acompañando mucho más en sus
fluctuaciones al ciclo económico. En realidad, la tendencia desde 1990 indica la
existencia de un aumento sostenido del gasto público en los países
latinoamericanos, lo que ha provocado un aumento de su participación en el PIB
para los últimos 15 años del 2.3% (en su mayoría destinados a educación y
seguridad social). Estos resultados se han logrado a pesar de las crisis de
2001-02 que afectó particularmente a Argentina y Uruguay.
Durante el período comprendido entre 1990 y 1999, el efecto conjunto de la mayor
presión presupuestaria (proporción del gasto público dentro del PIB) y de la más
elevada prioridad fiscal del gasto social (proporción que éste representa dentro
del gasto público), se tradujo en un importante aumento de la fracción del PIB
destinada a gasto público social (la llamada “prioridad macroeconómica”). En el
conjunto de la región, ésta aumentó de 10,4% a 13,1% entre los bienios 1990-1991
y 1998-1999 respectivamente. Sin embargo, ello obedeció también al rezago de los
ajustes presupuestarios del gasto frente a las caídas del producto y, en
consecuencia, de los ingresos públicos.
Argentina, Chile y Brasil son los tres países latinoamericanos que según CEPAL
destinaron mayor porcentaje de su PIB al gasto social en la década de 1990, sin
embargo se observa que el criterio para asignar dicho gasto no está relacionado
con los índices de extrema pobreza. Efectivamente, como lo muestra la Tabla 1, a
pesar de ser los países con mayor gasto social, la mayor parte (en términos
relativos) de su población se encuentra en el quintil más pobre (más del 30% en
todos los casos). Pero además, si queremos un análisis mas exhaustivo, en el año
2000, el 20% mas pobre de los pobladores de estos países se apropiaba de una
parte efímera del ingreso (Tabla 2).
Tabla 1. Mayor gasto social en América Latina en la década
de 1990.
|
PAÍS
|
GASTO SOCIAL (%del
PIB)
|
QUINTIL 1 (más
pobre)
|
QUINTIL 2
|
QUINTIL 3
|
QUINTIL 4
|
QUINTIL 5 (más rico)
|
|
Argentina
|
18.2%
|
36%
|
22%
|
16.6%
|
14.5%
|
10.4%
|
|
Chile
|
13.6%
|
40.2%
|
26.9%
|
19.3%
|
11.7%
|
1.9%
|
|
Brasil
|
11.5%
|
33.8%
|
22.1%
|
18.1%
|
14.8%
|
11.3%
|
Fuente: Elaboración propia en base a datos de CEPAL.
Tabla 2. Porcentaje del ingreso que se apropia el 20% más
pobre y más rico respectivamente (2004).
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PAÍS
|
% del ingreso apropiado por el 20% mas pobre
|
% del ingreso apropiado por el 20% mas rico
|
|
Argentina
|
3.2
|
56.8
|
|
Chile
|
3.3
|
62.2
|
|
Uruguay
|
5
|
50.5
|
|
México
|
4.3
|
55.1
|
|
Brasil
|
2.6
|
62.1
|
|
Perú
|
3.2
|
58.7
|
|
Ecuador
|
3.3
|
58
|
|
Paraguay
|
2.2
|
61.3
|
|
Nicaragua
|
5.6
|
49.3
|
|
Bolivia
|
1.5
|
63
|
|
Honduras
|
3.4
|
58.3
|
|
Guatemala
|
2.9
|
59.5
|
Fuente: PNUD.
Esto confirma la hipótesis de que hay que elaborar mejores estrategias de
política que permitan mejorar la eficiencia, calidad y equidad del gasto de
forma que éste llegue a quienes efectivamente los necesitan. El gasto social no
debe ser equitativo entre la población sino que debe buscar la equidad entre los
miembros de una sociedad y para que ello sea posible las políticas deben apuntar
a quienes efectivamente lo necesitan. De otra forma, se agrandarán cada vez más
las brechas. Si bien durante la década considerada hubo un incremento fenomenal
del gasto social, cabe resaltar que los recursos por habitante destinados a lo
social aún hoy continúan en niveles muy bajos en la mayoría de los países si se
los compara con los vigentes en el ámbito internacional. Hacia mediados de la
década pasada, el gasto público en relación con el PIB era, en los países
latinoamericanos, alrededor de nueve puntos porcentuales más bajo que el
estándar que les correspondería por su nivel de producto.
Estos valores no han variado demasiado desde ese entonces. Si seguimos con el
caso de Argentina, luego de haber afrontado la mayor crisis de su historia entre
2001 y 2002 gracias a la cual la mitad de su población quedó sumida bajo la
línea de pobreza, hoy en día esos valores no han descendido considerablemente a
pesar de que el gobierno ha incrementado progresivamente el gasto social: el 72%
de la población vive con un ingreso per cápita menor que el promedio. Sin
embargo, la noticia para este año 2007 de un aumento del 20% del gasto es visto
con temor por los analistas privados debido a las próximas elecciones de
octubre, lo que representa la posibilidad de un exceso de gasto para reforzar
candidatos del oficialismo. Sin embargo el gobierno ha declarado que el aumento
es para afianzar el crecimiento de la actividad económica que ya lleva 50 meses
ininterrumpidos. No obstante, si nos remitimos a los datos, el 60% del aumento
del gasto lo explica el Ministerio de Infraestructura ya que su presupuesto
asignado aumentó un 95% entre 2006 y 2007; todo parece indicar que algunas
“promesas electorales” existirán antes de octubre.
El uso del gasto público con fines electorales se repite en varios países de la
región. En México por ejemplo, se produjo el disparo del gasto público directo a
todo lo largo del año electoral del 2006, en rubros específicos y en regiones
focalizadas, con criterios discrecionales y al margen de lo autorizado por el
Congreso. El gasto en publicidad de la Presidencia ascendió a más de 270 mil
millones de dólares, tres veces arriba de lo autorizado. Lo más grave del gasto
social es el manejo electoralista, su uso proselitista por parte de los
gobiernos; convertirlo en palanca para favorecer la popularidad del régimen de
turno distorsiona el fin de ese gasto.
En todos los países de la región la tendencia en este momento es a incrementar
los porcentajes destinados al ámbito social, sin ir mas lejos, el nuevo gobierno
de Ecuador destina 2.688 millones de dólares al gasto social en el presupuesto
de 2007, eso representa 400 millones de dólares más que en 2006.
Desde el punto de vista económico, el gasto público se caracteriza por ser
procíclico; es decir que acompaña en sus movimientos al crecimiento del
producto. En América Latina desde el año 2000, se ha repetido el comportamiento
de la primera mitad de la década de 1990 donde el gasto público acompaña –y
dentro de éste el gasto social, algo rezagado– el crecimiento del producto. No
debemos olvidar que mayor gasto social no necesariamente significa mayor
orientación de los recursos fiscales a reducir carencias de los grupos más
pobres. Nunca será la misma la necesidad de ayuda social que tiene una familia
de clase alta a una familia pobre, que no llega a satisfacer un mínimo de
necesidades básicas. En relación a como se orienta el gasto social en los
países, los datos indican que en educación y salud, América Latina estaría
mostrando un incremento en la proporción de gasto destinada a esos fines. No
obstante, el ritmo de dicho incremento es muy lento y muy diferente entre
países. El patrón que sí se repite es la tendencia al gasto en educación
primaria, aunque eso no implica una inversión en mayor calidad de educación ni
evidencia los logros educativos de los estudiantes. Por otro lado, a pesar de
que el gasto social ha alcanzado niveles más altos, como lo demuestra la
gráfica, el 42% de la población latinoamericana sigue viviendo por debajo de la
línea de pobreza; si nos ocupamos de aquella población que vive en la
indigencia, el porcentaje es de 18%. Parece bueno reflexionar entonces sobre
cómo es posible que la región siga aumentando su gasto público destinado al
ámbito social y que casi la mitad de la población siga siendo pobre. Mas allá de
que los montos destinados siguen siendo menores a los países desarrollados, es
indiscutible que ese dinero sigue sin ser usado en forma eficiente.
Para mejorar esa asignación de forma que se vuelva eficiente, se vuelve
necesario un nuevo “pacto social” que redefina el financiamiento de la
solidaridad mediante la discusión de temas del estilo de si es posible expandir
la carga tributaria. En algunos casos, el resultado implicará reasignar gasto y
en otros, se requerirán mayores esfuerzos de recaudación. En América Latina el
componente de carga tributaria referente a seguridad social es del 3%, mientras
que en la UE asciende al 11% y al 9% en los países de OCDE. En general, la carga
tributaria de la región está muy ligada a los impuestos indirectos; se hace
esencial el fortalecimiento de las bases imponibles así como un mejor manejo de
la administración impositiva.

Fuente: Elaboración propia en base a datos de CEPAL.
Publicado en
EconomiaSur el 11 de abril de 2007.
Reproducido en el semanario Peripecias Nº 43 el 11 de abril de 2007. Se permite la
reproducción del artículo siempre que se cite la fuente. |