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J. L. Coraggio es economista y docente
en la Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.
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1. La economía social
Vamos a adoptar en esta presentación el término "Economía Social", por su
estatus teórico ya alcanzado, para contraponerlo a las vertientes de la Economía
"a secas" y la Economía Política (Ver anexo) (1). Nos referimos a
una concepción que pretende superar la opción entre el mercado capitalista (al
que asocia con la Economía "a secas") y un Estado central planificador y
regulador de la economía (al que asocia con las variantes del socialismo y la
Economía Política). Plantea que el mercado capitalista debe ser superado porque
es alienante en sí mismo y máxime por estar dominado por el poder de los grupos
monopólicos, que manipulan los valores, necesidades y formas de socialización a
través de su control de la comunicación social y además ahora tiende a excluir
ingentes mayorías del derecho mismo a ser consumidor y productor. Planea que el
Estado centralizado debe ser superado, porque sustrae poder de la sociedad y
asume la representación de un bien común nacional, actuando como delegado que,
en ausencia de una democracia sustantiva, fácilmente cae en la tentación de
obedecer a los intereses de los grupos económicos más concentrados, haciendo
"gobernable" un sistema injusto y socialmente ineficiente. Esa doble superación
se lograría evitando la separación entre economía y sociedad que caracteriza al
paradigma neoliberal, pero a la vez evitando la intrusión de la política. Tal
vez así se entienda su denominación expresa de "Economía Social".
Esta vertiente –bajo diversas variantes, como ya veremos– ve la posibilidad de
desarrollar una socieconomía, en que los agentes económicos no son escindidos de
sus identidades sociales, mucho menos de su historia y de su incrustación en el
mundo simbólico e institucional que denominamos cultura. Al ver la economía como
inseparable de la cultura, la Economía Social la mira como espacio de acción
constituido no por individuos utilitaristas buscando ventajas materiales, sino
por individuos, familias, comunidades y colectivos de diverso tipo que se mueven
dentro de instituciones decantadas por la práctica o acordadas como arreglos
voluntarios, que actúan haciendo transacciones entre la utilidad material y
valores de solidaridad y cooperación, limitando (no necesariamente anulando) la
competencia.
Se trata de poner límites sociales al mercado capitalista y, si es posible,
construir mercados donde los precios y las relaciones resultan de una matriz
social que pretende la integración de todos con un esfuerzo y unos resultados
distribuidos de manera más igualitaria.
Para esta visión, el desarrollo de la vida de las personas y comunidades es
favorecido por la acción colectiva en ámbitos locales, donde los conflictos de
intereses y la competencia pueden ser regulados de manera más transparente en el
seno de la sociedad, donde las relaciones interpersonales fraternales puedan
afianzarse sobre vínculos productivos y reproductivos de cooperación, generando
asociaciones libres de trabajadores antes que empresas donde el trabajo es
subordinado al capital autoritario por la necesidad de obtener un salario para
sobrevivir. Lo local, lo cotidiano, permitirían superar la alienación que
implica la concentración de poder en el Estado Nacional.
Esta economía es social porque produce sociedad y no sólo utilidades económicas,
porque genera valores de uso para satisfacer necesidades de los mismos
productores o de sus comunidades –generalmente de base territorial, étnica,
social o cultural– y no está orientada por la ganancia y la acumulación de
capital sin límites. Porque vuelve a unir producción y reproducción, al producir
para satisfacer de manera más directa y mejor las necesidades acordadas como
legítimas por la misma sociedad. Pero para ser socialmente eficiente no le
alcanza con sostener relaciones de producción y reproducción de alta calidad. Su
fundamento es, sin duda, el trabajo y el conocimiento encarnado en los
trabajadores y sus sistemas de organización, pero la base material de la
economía exige contar con medios de producción, crédito, tener sus propios
mercados o competir en los mercados que arma el capital.
Para eso debe competir por las voluntades que orientan las decisiones económicas
individuales y también competir con las organizaciones capitalistas en sus
mercados, pero sin para ello caer en la objetivación propia de la empresa
capitalista, que ve a las personas como sustituibles y sus necesidades como un
"gancho" para incentivarlas a contribuir a la eficiencia empresarial. Debe
también reservar una parte de sus resultados económicos para reinvertir en sí
misma o en su entorno. Pero esta no es acumulación en el sentido capitalista,
pues está subordinada a la satisfacción de necesidades y a la calidad de las
relaciones sociales y no se basa en la explotación del trabajo ajeno.
Las organizaciones de la economía social pueden ser denominadas "empresas", pero
no son empresas capitalistas "con rostro social, o humano". Su lógica es otra:
contribuir a asegurar la reproducción con calidad creciente de la vida de sus
miembros y sus comunidades de pertenencia o, por extensión, de toda la
humanidad. Su gobierno interno se basa en la deliberación entre miembros que
tienen cada uno un voto, pero admite la división del trabajo, sistemas de
representación y control de las responsabilidades. No están exentas, sin
embargo, de desarrollar prácticas que conspiran contra los valores trascendentes
o los objetivos prácticos declarados, pero desde el inicio se autodefinen como
"sin fines de lucro", lo que no las vuelve anticapitalistas, pero si
no-capitalistas.
Su confrontación o competencia con el sistema de empresas capitalistas –en los
mercados, en el territorio, en el Estado, en la sociedad–, requiere como
estrategia ensanchar continuamente el campo de la economía social, para que las
relaciones medidas por los mercados puedan tener ellas también una dosis de
solidaridad y de precio justo, al ser crecientemente transacciones entre
empresas de la economía social. Ello implica que una parte de los excedentes de
estas organizaciones se dedique a expandir el sector creando o subsidiando las
etapas iniciales de otras organizaciones que comparten su lógica, y que pueden
ser de muy diverso tipo. Por ejemplo:
• cooperativas productoras de bienes y servicios para el mercado en general,
para mercados solidarios, o para el autoconsumo de sus miembros,
• prestación de servicios personales solidarios (cuidado de personas, cuidado
del medio ambiente, recreación, terapéuticas, etc.)
• canalización de ahorros hacia el crédito social, banca social,
• formación y capacitación continua,
• investigación y asistencia técnica,
• cooperativas de abastecimiento o redes de consumo colectivo para abaratar el
costo de vida, mejorar la calidad social de los consumos,
• asociaciones de productores autónomos (artesanos, trabajadores de las artes,
oficios, etc.) que venden juntos, generan sus propias marcas y diseños, compiten
cooperativamente, etc.
• asociaciones culturales de encuentro comunitario (barriales, de género o
generacionales, étnicas, deportivas, etc.) y afirmación de las identidades;
• redes de ayuda mutua, seguro social, atención de catástrofes locales,
familiares o personales,
• sindicatos de trabajadores asalariados del estado o del capital,
• espacios de encuentro de experiencias, de reflexión, sistematización y
aprendizaje colectivo.
La relación con el Estado
Aunque hay una corriente que se manifiesta opuesta al Estado (por considerarlo
instrumento de minorías, por su papel institucionalizador de la pobreza o la
diferencia, por su lógica de acumulación de poder para una clase política), hay
otra cuya práctica no es anti-Estado. Por el contrario, aunque ésta admite la
necesidad de cobrar autonomía desde la misma base económica de la sociedad, a la
vez se propone incidir crecientemente en la encarnación de sus valores en el
seno de la administración pública y del sistema político. Las formas de gestión
participativa a nivel local, la creación de foros participativos para definir
políticas sectoriales, las instituciones del presupuesto participativo o de la
planificación estratégica participativa, así como la organización de frentes de
acción colectiva para modificar las políticas del Estado a favor de regular la
economía y los mercados capitalistas, de fomentar –incluso normativamente– la
economía social, y de practicar en general la democracia participativa, son
recursos que hacen parte fundamental de una economía social que no se plantea
ser antipolítica sino pro democracia participativa.
Para esta corriente también es posible, dentro de esta crisis de legitimidad del
sistema capitalista global, inducir la encarnación de valores de la economía
social en el mundo de las empresas, favoreciendo la cogestión y otras formas de
reparto de las utilidades y de definición del salario y las condiciones de
trabajo, si es que no la recuperación de empresas por los trabajadores
organizados cooperativamente. Los sindicatos de base democrática, no cooptados
por el capital, juegan aquí un papel central, pero también las organizaciones
barriales, ecológicas, pacifistas, antiglobalización, de género, étnicas y
sociales en general, al imponer una mayor responsabilidad social a las empresas
privadas. De hecho, en la práctica se verifica una posible convergencia de una
Economía Política aggiornada con la Economía Social en esta versión.
El alcance social
Hay otra diferenciación dentro de las corrientes de economía social que nos
parece importante: la amplitud social o la focalización en los pobres. Ante la
exclusión masiva generada por el sistema socioeconómico dominante, individuos,
familias, grupos, y comunidades han desplegado múltiples iniciativas de
sobrevivencia, innovando o volviendo a viejas prácticas. En parte han sido
ayudados a esto por organizaciones que han canalizado recursos para la
sobrevivencia e impulsado la asociación, la formación de redes o determinados
modelos de acción. Esas intervenciones han estado en gran medida focalizadas en
los sectores más golpeados, los indigentes, los pobres, los excluidos.
Sin embargo, el sistema ha generado también otro fenómeno que debe encontrar
respuesta: la polarización social y la estigmatización de la pobreza y la
indigencia, condiciones para sostener social y políticamente el modelo
asistencialista como la cara buena (política) de la globalización del capital
(economía). Se ha asociado pobreza con delincuencia, con droga, con ilegalidad,
con irracionalidad, con incapacidad. Cuando ya logramos dejar de hablar de
"discapacitados" y hablamos y actuamos en relación a personas con capacidades
especiales, el proyecto conservador requiere etiquetar como discapacitados a los
pobres, y someterlos a procesos de ghetización, separación, saneamiento
social.
Entonces, la Economía Social no puede ser para los pobres, sino que debe ser una
propuesta para todos los ciudadanos que además se asegura de lograr la inclusión
de los pobres, de los excluidos. No se trata de hacer que "aguanten" hasta que
se reactive la economía y el empleo, porque no se van a reactivar al punto de
reintegrar a los hoy excluidos, al menos no en varias décadas y, mientras tanto,
las pérdidas de vidas humanas biológicas sociales e intelectuales serán
irrecuperables. Se trata de activar ya las capacidades de todos
los ciudadanos excluidos del trabajo, y propiciar el desarrollo de lazos
sociales vinculados a la satisfacción de una amplia variedad de necesidades
materiales, sociales y de la recuperación de los derechos de todos.
Ni siquiera una variante con una gran fuerza moral como la de la Economía
Solidaria puede proponerse resolver eficazmente sólo las necesidades de los más
pobres, pues esto no se logra efectivamente sin construir estructuras que asuman
la responsabilidad por las necesidades de todos. Y sin generar un espacio
público donde todas las necesidades particulares puedan exponerse y legitimarse
democráticamente. Esto requiere de proyectos y programas de acción compartidos
por actores heterogéneos.
2. La promoción de la economía social: la diversidad de proyectos como recurso
Afortunadamente, no tenemos sólo futuro sino también una historia que nos obliga
a ser amplios en la mirada. No comenzamos de cero. La economía social tiene una
historia riquísima, generalmente asociada en Occidente a las luchas de los
trabajadores en su confrontación con el capital. Tiene, como la misma historia
del movimiento obrero, diversas corrientes y sus variantes, una pluralidad de
fuentes ideológicas y político-partidarias, diversas matrices culturales. Las
iniciativas pueden ser más o menos anárquicas y antisistémicas o responder a
proyectos explícitos de construcción de otro sistema social o político. De
hecho, aunque se presente como a-político, todo proyecto que propicie la
Economía Social como sistema es político, porque pretende transformar la
realidad por la acción colectiva.
En sus orígenes europeos más cercanos –mutualismo, cooperativismo, comunidades
autónomas, etc.– a comienzos del Siglo XIX, la economía social tenía una clara
pretensión de defender los intereses de la clase obrera ante el capitalismo
salvaje, pero también de constituirse en sistema alternativo. Y no estuvo ajeno
al pensamiento utópico (los anarquistas, los utopistas ingleses, Marx, para
nombrar algunas vertientes principales) pero su discurso estaba muy entramado
con el discurso movilizador y propositivo de y para la clase obrera, nacional o
internacional. Recién con el auge del cientificismo se da una creciente
separación entre el pensamiento teórico y la observación objetivante, por un
lado, y el activismo, por el otro. Hoy, creemos, vuelven a converger la
pretensión de profundidad teórica con la eficacia del discurso político.
En la visión eurocéntrica, el Estado Socialista y el Estado Capitalista del
Bienestar, productos del Siglo XX, habrían venido a cooptar, subsumir o
controlar ese rico movimiento desde la sociedad. La pérdida de vigencia y
realidad del Socialismo Estatista y la retirada del Estado Social -por acción de
la revolución política conservadora y el avance de los poderes del mercado-
habrían vuelto a generar condiciones sociales que promueven estrategias
defensivas, ya no sólo individualistas -que han mostrado que no permiten superar
la exclusión masiva- sino colectivas, asociativas.
En América Latina, el colonialismo europeo y sus instituciones encontraron no un
territorio a descubrir sino sociedades complejas cuya economía no respondía al
modelo mercantilista. Los antropólogos siguen buscando raíces en una cultura que
no ha dejado de reproducirse, aún si hibridada y políticamente dominada. El
desafío que enfrentamos en esta discusión es recuperar las experiencias propias,
originales y producto de ese encuentro con Europa. Qué nos pueden aportar las
comunidades de la nacionalidad quechua en los Andes, la mutación etnocampesina
de los inmigrantes a la ciudad, los Otavaleños serranos o los Shuar amazónicos
del Ecuador, las nacionalidades hoy presentes en la rebelde Chiapas Mexicana y,
también, qué podemos aprender del rico proceso Velasquista y las comunidades
industriales en Perú, o de las Comunidades Eclesiales de Base en el Brasil. Cómo
fueron incorporados y transformados los esquemas cooperativistas y mutualistas
europeos en contacto con la cultura rioplatense, y qué propuestas podemos hoy
generar los latinoamericanos desde la informalidad y la exclusión –ejemplos
vívidos del desastre neoliberal– no necesariamente en contraposición sino en
solidaria cooperación con las sociedades del Norte.
Se reactivan o surgen nuevas propuestas y programas de acción para generar un
sector de Economía Social como el descrito en el capítulo anterior o innovador
de formas que no podemos anticipar. Pero no hay un solo programa sino varios, y
ello enriquece la búsqueda –que no puede resumirse en volver al siglo XIX–
porque estamos en otro momento de la historia, porque la globalización del
capital financiero requiere repensar la comunidad local en su vinculación con
fuerzas sociales nacionales y trasnacionales, porque las nuevas tecnologías
pueden ser vistas como un recurso fundamental para desarrollar un sistema
alternativo de autogobierno, de gestión de las necesidades y de integración por
el trabajo social. Porque hemos aprendido mucho y dolorosamente sobre los
límites de la democracia delegativa y de la separación entre gestión experta y
soberanía popular.
3. Hacia un encuentro-debate
En esta búsqueda, que hoy se da en todo el mundo, Centro o periferia, Norte o
Sur, Este u Oeste, la diversidad y hasta la competencia se manifiestan a veces
de maneras superficiales, luchando por imponer tal o cual denominación en un
discurso pretendidamente universal: economía social, economía solidaria,
empresa social, economía popular, cooperativismo, economía del trabajo, etc.
etc. A nuestro juicio no hay respuesta única, y sería un grave error
buscarla y mucho menos pretender decidirla con la imposición de un nombre. Las
diferencias culturales, históricas, políticas y económicas de partida hacen
imprescindible dejar abierto el campo a la experimentación responsable y al
intento de gestar nuevas construcciones históricas, aprendiendo colectivamente
de nuestra propia experiencia y de las experiencias de otros en la organización
de nuevos sistemas de producción y reproducción. Esta es una base fundamental
para ampliar el espacio de lo que podemos pensar como posible -tecnológica,
social y políticamente.
Esto no implica renunciar –todo lo contrario– a la sistematización teórica, a
partir del reconocimiento crítico del enorme caudal de experiencias desplegado
por los trabajadores y sus organizaciones, recuperando los marcos conceptuales
capaces de orientar críticamente esa sistematización y vincularla a la práctica
reflexiva. Para ello, habrá que ir decantando conceptos y diferenciando entre
los teóricos, los normativos y los descriptivos de sentidos predeterminados.
En tal sentido, hemos propuesto que el concepto de Economía del Trabajo tiene el
mayor potencial para organizar el pensamiento teórico para organizar las
investigaciones y el diseño de estrategias ante las teorías de la Economía del
Capital y de la Economía Pública. También hemos adoptado el término de Economía
Solidaria para definir lo que consideramos es la corriente ideológica más
significativa para impulsar la economía social en América Latina. Y finalmente,
para tener un concepto-paraguas referido a las organizaciones usualmente
entendidas como organizaciones "económicas" voluntarias que buscan a la vez un
resultado económico en sentido amplio (no sólo pecuniario) y un producto en
relaciones sociales, hemos adoptado el concepto de Economía Social.(2) Por
supuesto hay otros términos y otras acepciones de los mismos términos, más
limitadas o más abarcadoras, y tenemos nuestra propia caracterización de ese
campo conceptual y práctico, pero no vamos a desplegarlo aquí, porque lo que
pretendemos es abrir un debate-encuentro donde cada variante, vertiente o
corriente se autopresente, y se diferencie en sus propios términos.
El sentido del diálogo que hoy abrimos es compartir fraternalmente puntos de
vista, acumular y valorar experiencias –actuales, pasadas o proyectos a futuro–
partiendo del supuesto de que, aún cuando cada uno puede actuar "en lo suyo" y
en su entorno específico, con sus propios conceptos y tácticas, los alcances
limitados que toda iniciativa puede tener, aun si pretende ser global, demanda
una convergencia estratégica ante la violencia de un sistema político y
económico que no parece reconocer límites morales a su accionar. Un principio
para esa convergencia puede ser que todos compartamos los objetivos de ampliar
el mundo del trabajo con calidad humana, autónomo del capital, así como la
democracia participativa construida desde abajo como condición favorable para
intentar refundar el Estado. Que consideremos que es posible y deseable generar
poderes sociales constituyendo sujetos colectivos que contrarresten las
estructuras que ha generado ese sistema-mundo capitalista, que hoy atraviesa una
crisis de legitimidad y de racionalidad en sus propios términos, crisis cuyas
consecuencias caen dramáticamente sobre las mayorías sociales. Si tenemos ese
punto de apoyo, podemos discutir cómo lograr que la Economía Social pueda
expandirse sin alienarse, generando las bases materiales, institucionales y
políticas de su propia reproducción ampliada, poner condiciones a la Economía
del Capital y a la Economía Pública y ser asumida como una alternativa legítima
y superior, como parte de un marco estratégico de acción, por un amplio espectro
de los ciudadanos y sus organizaciones.
Anexo: Economía "a secas" y economía política (las teorías y el oficio del
economista en los 60-70)
En los años 60-70, el campo de la teoría económica estaba dividido por un fuerte
enfrenamiento entre la Economía Política y la Economía Neoclásica. Esta última
no ocultaba su pretensión cientificista y se autopresentaba como "la" ciencia de
lo económico. Su utopía latente (3) era la del mercado de competencia perfecta
en que interactuaban demandantes-consumidores y oferentes-productores.
Construían sus modelos con el supuesto de que los consumidores individuales
toman decisiones calculadamente racionales, con plena información, y que buscan
maximizar su satisfacción con la selección de la mezcla óptima de usos de su
tiempo (trabajo/ocio) y de usos de su ingreso entre la compra de una canasta de
bienes y el ahorro. Del otro lado, se suponía la vigencia del tipo ideal de
empresa capitalista, que buscaba maximizar su ganancia escogiendo con plena
información la combinación de productos, mercados y tecnologías más adecuados, y
que utilizaba sus ingresos por ventas para renovar su capital fijo, contratar
trabajadores, distribuir ganancias o invertir en la expansión de sus negocios.
Compraba sus materias primas y medios de producción en los mercados de insumos,
maquinarias, instrumentos de producción, a otras empresas, con lo cual también
era demandante. Sus decisiones estaban influidas por los precios y productos
ofrecidos y demandados en los mercados que se vinculaban hacia atrás o hacia
delante en las cadenas productivas, o en los mercados de bienes y servicios de
consumo final. La teoría demostraba que si hubiera competencia perfecta las
empresas pugnarían por bajar sus costos y mejorar la calidad de sus productos, y
que al competir entre sí transferirían el progreso económico a todos los
consumidores. (4)
Esos tipos ideales no estaban construidos, como indica Max Weber, en base al
riguroso estudio empírico de realidades históricas, sino como desarrollo
especulativo, axiomatizado bajo la forma de teoremas entrelazados en una teoría
de gran elegancia en el lenguaje pero escasa vinculación con el mundo real.
Las teorías de vertiente keynesiana disputaron las pizarras de la academia con
sus propios modelos despersonalizados, donde los agentes individuales (y sus
teorías de comportamiento) desaparecían, y lo que se modelizaban eran relaciones
entre variables macroeconómicas o agregados sectoriales. El término "propensión
" (al consumo, al ahorro) no se refería a personas sino a funciones agregadas
resultantes de la interacción de múltiples actores, predecibles
estadísticamente. De hecho, el Keynesianismo cumplió el papel de afirmar y hace
más plausible la idea de "objetividad" de la economía como esfera con sus leyes
propias (que había que respetar para actuar racionalmente).
En la academia era un tema admisible (en el capítulo ad-hoc denominado
"Economía del Bienestar"), hablar del bien común como si la sociedad fuera un
gigantesco sujeto que podía decidir cuales eran sus preferencias (los teoremas
pretendían mostrar que esto se lograba de manera coherente si cada individuo
buscaban su máxima satisfacción de manera egoísta) y hasta hacer referencia a la
contradicción entre los beneficios privados y los beneficios sociales.
También en su práctica profesional, particularmente como funcionario de
gobierno, el economista admitía que, en la medida que las premisas de los
teoremas no se cumplían, estaban permitidas diversas formas de intervención del
Estado, para "perfeccionar el mercado real". Se hablaba de "los costos sociales
de la empresa privada". En esto, la vertiente keynesiana de la teoría económica
confrontó con gran eficacia a la teoría neoclásica y sus increíbles supuestos
sobre el comportamiento de los agentes económicos y su contribución involuntaria
al bienestar general. A la vez, puso en el centro al super-actor llamado Estado,
representado o substituyendo con sus expertos al conjunto de deseos de la
sociedad.
Como resultado de esta combinación de micro y macroeconomía (división del
trabajo que sólo recientemente comienza a ser cuestionada, al aparecer enfoques
de la economía institucional, que entre otras cosas prestan atención a los
niveles mesoeconómicos), el Estado estaba habilitado para actuar sobre los
grandes agregados económicos: balances de entrada y salida de capitales, ahorro
e inversión, balance de comercio exterior, moneda y crédito, e incluso la
distribución del ingreso, navegando entre los diversos equilibrios
macroeconómicos. También estaba habilitado para interferir en los mercados,
garantizando la posibilidad de que el salario cubriera una canasta considerada
básica, pudiendo proteger el mercado interno hasta que las empresas nacionales
fueran competitivas a nivel internacional, asumiendo directamente la producción
no sólo de bienes públicos -definidos ampliamente por ser un país con mercados
que fácilmente tendían a la monopolización o a dejarnos sin soberanía para
definir un camino de desarrollo- como la educación, la salud, la seguridad
social, la seguridad física, la justicia, la provisión de agua potable, la
energía, la construcción de infraestructura, el crédito de largo plazo para la
vivienda, etc. Podía, además, incidir sobre los precios relativos para
beneficiar a determinados agentes económicos o promover que sus decisiones
produjeran el desarrollo de regiones postergadas o el de sectores considerados
estratégicos, o para mejorar la distribución de los resultados de la economía,
mediante la fijación de precios máximos o precios sostén, fijando tipos de
cambio, manipulando adecuadamente el sistema impositivo, ejerciendo un poder
normativo en el mercado de trabajo, etc.
Gracias al oficio predominante del economista, en buena medida vinculado al
crecimiento o desarrollo de la economía real, el paradigma político-económico
dominante veía al mercado como un instrumento que debía ser puesto al servicio
del desarrollo representado en la idea de Proyecto Nacional. La tecnocracia
nacional e internacional se formó en las metodologías e implementó los sistemas
de indicadores cuantitativos que permitieron jugar el juego interminable de una
política estatal para el desarrollo económico que recomenzaba una y otra vez
desde cero, que no parecía aprender de su propia práctica y, que, por sobre
todas las cosas, no se evaluaba, como modelo de política, por sus resultados ni
por la calidad de sus procesos.
Por su parte, la Economía Política disputaba con fuerza ese espacio de la
aproximación científica a lo económico, usando un lenguaje sociológico o
filosófico, apuntando directamente a la totalidad, y evadiendo no sólo el
individualismo metodológico (según el cual se puede construir una teoría de la
totalidad de la economía combinando modelos de comportamiento de consumidores y
empresas individuales con un mecanismo de interacción en el mercado) sino los
análisis microeconómicos y estadísticos mismos, pensado los sujetos en términos
agregados de clases sociales, grupos económicos, sectores diferenciados por su
función en el proceso de acumulación de capital, etc.
La Economía Política jugaba un papel develador en dos líneas: (a) mostrando que
el sistema capitalista como tal, mal o bien regulado, con un Estado más o menos
benefactor, era en esencia un sistema de explotación del trabajo por el capital,
y que, sea por sus contradicciones económicas internas o por la lucha social y
política de clases, estaba condenado a su extinción. Para esta corriente, de
poco servía operar instrumentalmente sobre los mercados, la cuestión pasaba por
cambiar las relaciones de poder político y, en última instancia, se trataba de
lograr una gran alianza de los trabajadores a nivel mundial, única respuesta
posible cuando el capitalismo tendía a ser un sistema mundial (sin embargo,
admitía la existencia de la llamada "cuestión nacional"); (b) mostrando las
estructuras de poder ocultas detrás de las apariencias de un mercado competitivo
y un Estado regulador en nombre de un bien común definido ideológicamente.
Utilizando técnicas propias de la sociología, los grupos económicos, sus
conflictos y su accionar para incidir en el Estado eran sacados a luz, la
privatización de los beneficios de la intervención estatal eran estimados (la
promoción del desarrollo regional era denunciada porque transfería recursos a
determinados grupos económicos), y se veía al lado social del Estado como
cumpliendo la función que hoy denominaríamos gobernabilidad en un sistema basado
en la injusticia social. Sin embargo, en lo político se hablaba de alianzas de
clase, fundamentalmente entre la burguesía nacional y los trabajadores
asalariados, y había diversas dosis de defensa de lo nacional.
La fuerte componente crítico-filosófica de este pensamiento hizo que, salvo
notorias excepciones, tuviera una debilidad en cuanto a su capacidad de realizar
estudios empíricos y hacer propuestas de acción alternativas en el escenario de
la política económica realmente existente. Impregnada de un fuerte
funcionalismo, veía los datos como mistificación de la realidad y perdió buen
parte de su energía en intentar medir el valor trabajo, la plusvalía, la tasa
media de ganancia y los precios de producción, núcleos conceptuales de la teoría
de Marx. El sujeto "histórico" era el proletariado, pero los marxistas italianos
y otros comenzaron a ver que esta corriente tenía un vicio economicista y que
los sujetos no están prefigurados sino que deben ser constituidos en procesos
más abiertos y menos finalistas y teóricamente dogmáticos. Y que la cultura (y
no sólo la propiedad de los medios de producción) es una esfera central para el
cambio social.
Ambas corrientes de pensamiento: la Economía "a secas" y la Economía Política,
fueron por momentos integradas eclécticamente y sin la rigurosidad teórica que
exige la academia, bajo el paradigma del desarrollismo industrializante, que
tuvo enorme eficacia durante tres décadas, en buena medida por el apoyo decidido
de la Alianza para el Progreso, respuesta de Estados Unidos a la presencia de la
primera revolución socialista en el Continente. (En el caso de la Argentina, ya
había comenzado el desarrollismo con los planes Quinquenales de Perón, pasando
por las propuestas del gobierno de Arturo Frondizi e institucionalizado en la
creación del Consejo Federal de Inversiones a fines de los 50 y del Consejo
Nacional de Desarrollo y las Oficinas Regionales de Desarrollo desde los 60. El
desarrollismo admitió variantes más democráticas o más autoritarias, dependiendo
de las circunstancias de en cada país).
No es éste el lugar para detallar cómo el desarrollismo y con él el Estado
"desarrollista y del bienestar" fueron sistemáticamente destruidos y desplazados
junto con de la agresiva reentrada de la teoría económica neoclásica, que se
convirtió en el brazo pseudocientífico del gran proyecto neoconservador
encabezado notoriamente por Ronald Reagan y Margaret Thachter, desplazando a la
vez al Keynesianismo y a las diversas variantes de Economía Política. (En el
caso de Argentina comenzó mucho antes, con la Dictadura Militar del 76, aunque
iba a tener su expresión más acabada bajo el Menemismo; en el caso de Chile
fueron los Chicago Boys del Pinochetismo los que representaron el regreso
de la ideología de libre mercado, más conocida como neoliberalismo) (5).
La caída del socialismo soviético posibilitó una estrategia de poder que fue en
sus inicios un poder hegemónico, por la fuerza del capital financiero liberado
de la intervención estatal en nombre del bien común nacional o global, y sobre
todo por la eficaz incorporación al sentido común del principio supuestamente
antiautoritario del "libremercado total". Según ese principio, el Estado es
intrínsecamente totalitario e ineficiente, y la mejor manera de organizar toda
actividad humana es mediante la formación de mercados, donde los individuos
compiten entre sí como oferentes o demandantes privados, mientras que los
precios se forman sin otra intervención que la interacción sin responsables de
la oferta y la demanda.
Esa hegemonía se está desvaneciendo, ante la comprobación de que la expectativa
de que todos vamos a vivir mejor si liberamos al mercado fue una ilusión que ni
siquiera sostienen ya los representantes del poder político y económico
(centralizado como nunca antes gracias a la eficacia de esa ideología para
facilitar sus operaciones), y que la concentración de la riqueza, el ingreso y
el poder –y su contrapartida de exclusión social y política de las mayorías–, y
el descuido del ecosistema planetario que esto ha generado, ponen en riesgo no
sólo la autodeterminación de los pueblos de la periferia capitalista sino la
vida misma en el planeta. La respuesta –ante la protesta de países y sociedades–
por parte de la única superpotencia actual es cada vez menos respeto a la ley
internacional y más militarismo, lo que además agrega un elemento de riesgo
adicional al destino de la humanidad.
Notas
(1) Para situar mejor lo que vamos a llamar "Economía Social", el anexo presenta
muy esquemáticamente –para aquellos lectores no economistas interesados en el
tema– la contraposición entre tres formas de pensar lo económico: la neoclásica
y la keynesiana, referidas como "economía a secas" y la economía política.
(2) Este concepto excluye, por ejemplo, el campo –considerado privado– de las
unidades domésticas, algo que sí incluye y con gran centralidad conceptual lo
que denominamos "Economía del Trabajo". Varios documentos sobre este tema pueden
encontrarse en www.fronesis.org
(3) Es de destacar que usualmente los docentes no explicitaban los presupuestos
epistemológicos de esa teoría, presentándola, junto con las críticas de
vertiente keynesiana, como las teorías económicas vigentes. Otras teorías
quedaban relegadas al campo de "historia del pensamiento económico".
(4) Algunos "problemas" como la existencia de "economías o deseconomías
externas" (efectos positivos o negativos sobre otras actividades –como los de la
formación de trabajadores en el trabajo o la contaminación y sus costos– que no
pasan por el mercado), el reconocimiento de que existen bienes públicos que el
mercado no puede organizar en beneficio de la sociedad, la tendencia al
monopolio o el oligopolio, la dificultad del mercado de dar señales de precios a
futuro, el denominado "efecto demostración", que revelaba que había otro tipo de
interdependencias entre consumidores que hasta tenían una historia que la teoría
ignoraba, etc. eran tratados como anomalías ante las cuales se defendía
dogmáticamente el núcleo duro de la teoría.
(5) Una manera esquemática de diferenciar el liberalismo del neo-liberalismo es
decir que mientras el liberalismo prometía que todos experimentarían una mejoría
en la calidad de sus vidas (acceso creciente al consumo) individual e
intergeneracionalmente, y para eso proponía [Mercado] + [Estado regulador y
redistribuidor], el neoliberalismo reduce el segundo término al del [Estado que
vela por el mercado libre] y en suma reduce la ecuación a [Mercado monopolista].
Por lo demás, no promete nada: cada uno tiene que hacerse responsable de obtener
sus propios logros compitiendo con todos los demás, y habrá quienes mejoren y
quienes empeoren su situación a lo largo de la vida. A la vez, la
sobremercantilización de la política que produce el neo-liberalismo vacía la
democracia liberal de su contenido programático, pretendiendo acabar con la
cultura de derechos (entitlements) y el concepto mismo de ciudadanía.
Publicado en
Urbared. Reproducido en
el semanario Peripecias Nº 50 el 30 de mayo de 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |