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E. Ormachea es sociólogo, investigador del Centro de
Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA)
en temas rurales.
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Las transformaciones más relevantes acontecidas en la sociedad agraria, en los
últimos veinte años, tienen relación con la cada vez mayor presencia de la
producción agrícola, ganadera y forestal capitalista, asentada fundamentalmente
en el oriente del país, y la cada vez menor importancia de la producción
campesina del occidente del país. El propósito de este artículo es, por tanto,
describir este proceso y señalar sus tendencias, en el marco de las políticas
agrarias y de tierras en curso.
Las dos vías: “farmer” y “junker”
La estructura agraria boliviana en el periodo anterior a la revolución de abril
de 1952, se caracterizaba por el predominio de unidades productivas organizadas
bajo el sistema de hacienda que coexistían con comunidades campesinas y con
pequeñas propiedades. En este sentido, las relaciones de producción dominantes
estaban basadas en la renta en trabajo, es decir, en la prestación obligada de
servicios personales.
En las comunidades campesinas aún predominaba una suerte de economía de
autosubsistencia, en la que se combinaba la propiedad individual de la tierra
con la colectiva y donde la organización de la producción se basaba en la fuerza
de trabajo familiar y en formas de cooperación e intercambio de trabajo. (Paz,
D; 1989) La revolución de 1952, que puso fin a la hegemonía de la oligarquía
minera y terrateniente, desencadenó –en el ámbito agrario– las dos vías de
desarrollo capitalista en la agricultura.
Por un lado, se produjo la revolución campesina que, a través de la acción
directa, confiscó y parceló las propiedades terratenientes en los valles y el
altiplano, eliminando de hecho el latifundio feudal basado en la renta en
trabajo y sentando así las bases para el desarrollo de la vía “campesina” o “farmer”,
también promovida a través de los programas de colonización de las tierras bajas
de los departamentos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Por otro lado, la Ley
de Reforma Agraria de 1953 dio curso al proceso a través del cual las haciendas
–fundamentalmente asentadas en el oriente del país– se transformaron en empresas
capitalistas, con lo que también se generaban las bases para el desarrollo de la
vía “junker” o terrateniente.
1953-1985: Las bases para el desarrollo capitalista en el agro
El gobierno del MNR se propuso el desarrollo capitalista del país en el marco
del modelo de sustitución de importaciones, caracterizado por una fuerte
intervención y participación estatal en la economía. Este modelo se planteó, por
un lado, la diversificación de las exportaciones (minerales, hidrocarburos y
productos agropecuarios tropicales) y, por otro, la sustitución de
importaciones, principalmente de alimentos.
La sustitución de productos agrícolas y la priorización de una industria
fundamentalmente alimentaria planteaban la necesidad de una agricultura
transformada, capaz de lograr el abastecimiento de productos básicos de la
canasta familiar y de proporcionar materia prima para los procesos industriales.
Las políticas se orientaron a estos propósitos, por lo que la región de las
tierras bajas –fundamentalmente Santa Cruz– se convertiría, en un lapso
relativamente corto, en la región de mayor dinámica de la actividad agrícola del
país. (Escobar, J y Samaniego, C; 1981).
Hasta 1975, se podía aún advertir un incremento significativo de la producción
agrícola campesina como de la moderna capitalista, tanto por superficie
cultivada como por rendimientos. Sin embargo, ya entonces la superficie
cultivada en el oriente estaba determinando una disminución de la participación
de los cultivos tradicionales (andinos) a pesar de su expansión; éstos, que en
1950 representaban el 62% del total de cultivos, en 1975 significaban el 56%.
Entre 1975 y 1980, esta tendencia se acentúa debido a, por un lado, cambios en
los hábitos de consumo, con un creciente predominio de productos manufacturados
(arroz, azúcar, fideo y grasas), y, por otro, a la discontinuidad del apoyo
estatal a cultivos en manos de campesinos de los valles y del altiplano. (Escobar,J
y Samaniego, C; 1981). La progresiva consolidación de la agricultura capitalista
en el oriente del país, durante el periodo de sustitución de importaciones, fue
posible a través de varias acciones estatales. Entre las más relevantes se
pueden citar aquellas relacionadas al crédito estatal y la distribución de
tierras. De acuerdo al estudio ya citado, en 1973, como resultado de la
importancia de la producción de algodón y caña de azúcar, Santa Cruz llega a
concentrar el 80,8% del total del crédito agrícola.
Con relación a la distribución de tierras, sólo durante el gobierno de Banzer
(1971-1978), se distribuyeron 17.800.000 hectáreas, de las cuales el 90% se
ubicaban en los departamentos de Santa Cruz y Beni (Urioste, M; 1988); es decir,
departamentos donde se desarrollaba la agropecuaria capitalista.
Es, pues, sobre la base de la gran propiedad de la tierra –adquirida u obtenida
legal o ilegalmente– que se construyen las bases para el desarrollo de la gran
empresa agrícola y pecuaria. La expansión de los cultivos de la agroindustria
capitalista en Santa Cruz (fundamentalmente caña y algodón) estuvo acompañada
hasta fines de los años ochenta por un aumento en la intensidad de los
requerimientos de fuerza de trabajo asalariada temporal y que tuvo, entre los
campesinos parcelarios a nivel local y de las regiones de su influencia de los
departamentos de Cochabamba, Potosí y Chuquisaca, una fuente importante de
abastecimiento (Ormachea, E; 1985: 35).
La semiproletarización de contingentes campesinos que se observaba ya en el
periodo de sustitución de importaciones, implicaba procesos de diferenciación
campesina en distintas regiones del país. Entre 1961-1963, el valor de la
producción agropecuaria campesina significaba el 82,2% del valor total de la
producción agropecuaria nacional, mientras que a finales del periodo de
sustitución de importaciones (1982-1984), el valor de la producción campesina ya
sólo representaba el 58,3%. (Véase Cuadro No.1)
1985-2004: Neoliberalismo y la consolidación de la vía terrateniente
El periodo neoliberal se caracteriza, entre otros aspectos, por la orientación
de la producción doméstica al mercado externo, por la liberalización de los
mercados y la apertura comercial. En este periodo, las políticas agrarias se
orientan a favorecer la agricultura de exportación, promoviendo la exportación
de productos –como la soya– que gozaban de preferencias arancelarias como
resultado de acuerdos comerciales y subsidios. (Pérez, M; 2007)
Con el mismo propósito, el Estado privilegia –a través de sus políticas– el
aprovechamiento y explotación de otros recursos naturales, como los forestales,
por parte de sectores empresariales. Asimismo, durante este periodo, la
producción agropecuaria campesina –sobre todo de la andina– va perdiendo
importancia a raíz de la apertura irrestricta de la economía boliviana, pues se
encuentra en clara desventaja competitiva, tanto en relación con la producción
de los países vecinos (Pérez, M, 2007) como con la propia producción nacional de
productos alimenticios provenientes del oriente del país. En efecto, mientras
que en 1986, el 77% del total de la superficie cultivada correspondía a cultivos
como los cereales, frutas, hortalizas y tubérculos, con una predominancia de
producción campesina, hacia 2004 estos cultivos significaban solamente el 48,2%.
Por otro lado, mientras los cultivos industriales –que representan
mayoritariamente producción bajo relaciones capitalistas– representaban
solamente el 12,5% del total de la superficie cultivada en 1986, hacia 2004 ya
ocupaban el 44,4 %. Asimismo, mientras en 1986 el 46,6% del total de la
producción agrícola correspondía a los cultivos industriales, en 2004 esta
producción representaba ya el 63,5%. (Véase Cuadro No. 2)
Estas tendencias de mayor participación de la producción capitalista frente a la
producción campesina, se ponen también de manifiesto a partir de información
sobre el valor de la producción agropecuaria. Entre 2000-2002, del valor total
de la producción agropecuaria, ya solamente el 39,7% le correspondía a la
producción campesina y el 60,3%, a la producción empresarial capitalista. (Véase
Cuadro No. 1) Estos procesos implican cambios en la configuración regional de la
producción agrícola, pecuaria y forestal. Así, los departamentos del oriente
(Santa Cruz, Beni y Pando) concentran ya el 59% del total de la superficie
cultivada, el 73,3% del total del hato ganadero bovino y producen el 60,1% del
total de la producción forestal.
La importancia cada vez mayor de la producción capitalista, sobre todo en el
oriente, implica también la presencia de proletarios del campo en la región. Si
bien cultivos como el algodón y la caña continúan demandando fuerza de trabajo
semiproletarizada de origen campesino (fundamentalmente para las cosechas), el
resto de cultivos articulan proletarios de la propia región, es decir,
trabajadores que se reproducen exclusivamente de la venta de su fuerza de
trabajo en diferentes empresas agrícolas durante todo el ciclo agrícola.
(Pacheco, P; 1993)
La zafra de la castaña presenta también esta tendencia a utilizar
mayoritariamente trabajadores urbanos y rurales temporales desprovistos de
medios de producción y que, todos los años, se internan al bosque para
recolectar ese producto. Finalmente, es importante señalar que el peso
cuantitativo que aún se observa de unidades económicas campesinas en los valles
(alrededor de 164.000) y sobre todo en los departamentos del altiplano
(alrededor de 225.000) (Pacheco, P y Ormachea, E; 2000) y la cada vez menor
relevancia de su producción, parecería mostrar una tendencia que marcaría la
presencia de una parte de la población agrícola campesina que ya no figuraría
fundamentalmente en el mercado “como vendedora de medios de subsistencia, sino
como vendedora de fuerza de trabajo y como compradora de medios de susbsistencia”.
(Kautsky, K; 1983)
En este sentido, la presencia o aumento de pequeñas explotaciones no implica
necesariamente la persistencia de unidades productivas campesinas, sino “sólo
una forma particular del aumento de las familias semiproletarias o proletarias
que se produce al mismo tiempo que el aumento de las explotaciones capitalistas”
(Kautsky, K, 1983).
“Revolución agraria”: Por la misma senda
El actual gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS) ha generado muchas
expectativas con relación al futuro que le esperaría a la economía campesina,
teniendo en cuenta que el partido de gobierno es, en lo fundamental, un partido
campesino. Es importante empezar señalando que las políticas agrarias centrales
de este gobierno no rompen, en lo fundamental, con las políticas sectoriales que
estuvieron vigentes en el periodo neoliberal.
El Plan Nacional de Desarrollo (PND) sostiene que “el desarrollo agrícola
priorizará a las unidades pequeñas y medianas, orientando la integración
vertical con la agroindustria”, es decir, se mantiene el enfoque de cadenas
productivas, en las que la producción campesina es subsumida o subordinada al
capital. Con relación al mercado interno –al cual está estrechamente ligada la
producción campesina– el PND persiste en el ofrecimiento del reducido mercado
del Programa “Compro Boliviano” y una “política arancelaria selectiva por
sectores priorizados, mediante la creación de nichos de moderada protección
arancelaria y diferenciada”, así como “el desarrollo de productos en el mercado
interno con visión hacia las exportaciones de manera que el mercado nacional
sirva de plataforma para el mercado internacional”.
En otras palabras, sólo las unidades productivas campesinas que sean capaces de
competir con mercancías extranjeras tendrán posibilidades de mantenerse en el
mercado interno. Esta orientación en el ámbito sectorial y la propuesta de
considerar a las transnacionales y grandes empresas nacionales como socias en la
explotación e industrialización de los recursos naturales para la “generación de
excedentes”, permite inferir que serán estos sectores y los ligados al mercado
externo quienes se beneficiarán a partir de las políticas públicas en curso.
Las medidas concretas de la denominada “revolución agraria” se han expresado,
hasta el momento, en los decretos supremos de junio de 2006 y la reforma de la
Ley INRA, promulgada en noviembre de ese mismo año; ambas responden, en lo
esencial, a las políticas de tierra prevalecientes desde la aprobación de la Ley
INRA en 1996, a saber: i) un fuerte énfasis en la distribución de las pocas
tierras fiscales existentes (fundamentalmente forestales), lo que se asemeja más
a un simple programa de colonización de tierras fiscales que a una verdadera
reforma agraria; ii) el respeto a la gran propiedad agraria terrateniente
–cualquiera sea su extensión– que cumpla función económico social; iii)
expropiación de tierras por causas sociales de aplicación restringida para
beneficiar a contados pueblos indígenas; iv) indemnizaciones por expropiaciones,
tomando en cuenta el valor de mercado de la tierras afectadas o con extensiones
de tierras cuyo valor de mercado sea equivalente al monto a ser compensado; v)
ante la imposibilidad de afectar a la gran propiedad terrateniente, se promueve
el desarrollo de programas de acceso de campesinos a la tierra vía crédito, es
decir la aplicación de modelos de “reforma agraria asistidos por el mercado”
ideados por el Banco Mundial para preservar la gran propiedad terrateniente; vi)
la gran mayoría de indígenas y campesinos pobres deberán esperar la culminación
del proceso de saneamiento, después del cual, hipotéticamente, podrían acceder a
tierras que sean previamente revertidas.
El proceso de saneamiento ha sido extendido por siete años más, es decir hasta
el 2013, y no existe, además, ninguna base empírica que permita afirmar que de
este proceso se podrá contar con tierras suficientes y de calidad para su
redistribución. Tanto por la orientación de las políticas agrarias como por las
de tierra, el gobierno del MAS consolidará las tendencias históricas señaladas
anteriormente, proceso que –como hemos visto– lo inició el MNR a la luz del
“nacionalismo revolucionario” y que se profundizará a la luz del “capitalismo
andino”.
Cuadro 1

Cuadro 2

Bibliografía
Paz, Danilo. Estructura agraria boliviana. Editorial Popular. La Paz
1989.
Escobar, Javier y Samaniego, Carlos. Agricultura, requerimientos y
disponibilidad de fuerza de trabajo en Santa Cruz, Bolivia. Ministerio de
Trabajo y Desarrollo Laboral, La Paz 1981.
Urioste, Miguel. Segunda Reforma Agraria. Campesinos, tierra y educación
popular. CEDLA. La Paz 1988.
Ormachea, Enrique. “Los obreros agrícolas temporales del algodón y la caña y sus
derechos”. En Debate Agrario Nº 8 Trabajadores temporales. ILDIS, La Paz
1987.Pérez L., Mamerto. No todo grano que brilla es oro. Un análisis
reflexivo del cultivo y de la exportación de la soya en Bolivia. CEDLA, La
Paz 2007.
Pacheco, Pablo y Ormachea, Enrique. Campesinos, patrones y obreros agrícolas:
una aproximación a las tendencias del empleo y los ingresos rurales en Bolivia.
CEDLA. La Paz 2000.
Pacheco, Pablo. Determinantes y tendencias del mercado de trabajo de
temporada en la empresa agrícola de Santa Cruz. CEDLA, La Paz 1994.
Kautsky, Kart. La cuestión agraria. Siglo XXI Editores. México 1983.
Versión basada en el documento de coyuntura “¿Revolución agraria o
consolidación de la vía terrateniente? El Gobierno del Mas y las políticas de
tierras”, CEDLA (Centro de Estudios para
el Desarrollo Laboral y Agrario), 2007 de pronta publicación.
Publicado en la Revista ProCampo Nº 100
(Junio de 2007). Reproducido en
el semanario Peripecias Nº 56 el 11 de julio de 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |