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A. Chirif es antropólogo, especialista en temas
amazónicos.
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Durante un reciente viaje a Puerto Bermúdez y Puerto Inca, me he enterado de una
propuesta, acogida por una parte de la población local con mucho entusiasmo y
poco conocimiento, de abrir una nueva carretera que comunique la cuenca del
Pichis con la carretera central, atravesando la cordillera de San Carlos,
declarada desde hace unos años como bosque de protección, para salir a la altura
de Pichanaki, en el Perené, a mitad del camino entre La Merced y Satipo. El
bosque de protección San Matías-San Carlos fue creado en 1987 como área natural
protegida, para preservar la calidad de los ríos que forman el Pichis.
El proyecto de esta nueva carretera se mueve desde dos frentes. Desde la zona de
Puerto Bermúdez ha avanzado hasta el río Aguachini, uno de los formantes del
Pichis, y desde Pichanaki, en el Perené, avanza hacia las alturas del San
Carlos, aunque no existe información precisa al respecto.
Dentro del Municipio de Puerto Bermúdez (provincia de Oxapampa, región de Pasco),
el actual alcalde Viriochi, de origen ashaninka, y algunos subgerentes apoyan el
proyecto, sea porque la propuesta les reporta alguna utilidad directa o porque,
en efecto, están convencidos de que esta vía es mejor que la existente. No
obstante, todos los concejales están en contra de esta iniciativa porque saben
que tras ella se esconde la voracidad de los madereros y no la voluntad de
atender mejor las comunicaciones de la zona con el resto del país. No tenemos
información sobre quiénes impulsan el proyecto desde Pichanaki (región de
Junín).
Los argumentos que se manejan para impulsar esta carretera, que sigue en parte
el trazo de la antigua vía Pichis (utilizada en el siglo XIX y parte del XX para
las comunicaciones entre la costa e Iquitos y el Atlántico), es que el camino
actual, que desde Villa Rica y Cacazú tramonta la cordillera de San Matías, se
encuentra en pésimo estado, es más largo y se desarrolla por terrenos más
abruptos. Si bien es cierto que la situación de esta ruta es desastrosa, los
otros dos argumentos son falsos. Pero si la situación de la carretera es
calamitosa (actualmente, tiempo de seca, demora 7 horas hacer los 113 kilómetros
que separan Villa Rica de Puerto Bermúdez, en camioneta de doble tracción) es
por falta de mantenimiento, problema que también afecta a la carretera que sigue
hacia Ciudad Constitución, el Pachitea y Pucallpa. Si hoy no se puede mantener
estas dos carreteras, mucho menos se podrá mantener tres en el futuro. Una
ventaja de la actual vía es que es mucho más fácil y barato repararla que
construir una nueva. Por otro lado, como esta carretera tiene ya un poco más de
20 años de haber sido construida, una parte del terreno por el que transita ya
se ha consolido. En cambio, la nueva carretera tendrá que enfrentar los
problemas derivados de un suelo recién removido y significará asumir un nuevo
costo ambiental.
La verdadera intención de quienes impulsan la construcción de esta vía es la
madera que contiene el bosque de protección de San Carlos. Es conocida la
mentalidad depredadora de las empresas madereras, quienes, agotado el recurso en
una zona, se trasladan a otra. La distinción entre recursos naturales renovables
y no renovables es una niñería para ellos o, tal vez, una inútil discusión
teórica. Así actuaron en Oxapampa, después de lo cual los madereros se
trasladaron hacia Satipo, y así es ahora en esta última zona, desde la cual
ellos han seguido avanzando hacia la cordillera que separa Pangoa del Ene, y
hacia el Ene mismo y el Tambo por Puerto Ocopa. En efecto, en los últimos años,
desde este punto, los madereros han pasado hacia la margen derecha del Ene, con
lo que amenazan el parque nacional de Otishi y la reserva comunal Ashaninka y,
siguiendo la margen izquierda del Tambo, han llegado hasta Atalaya.
La proyección de los madereros es ahora el bosque de protección San Carlos. De
hecho, Travis, uno de ellos, de origen oxapampino, ha ofrecido a la
Municipalidad de Puerto Bermúdez construir esta carretera a cambio de cosechar
la madera. Su oferta consiste en destinar tres millones de soles para esta obra.
Con esto, por supuesto, hará sólo una trocha para que sus tractores extraigan la
madera.
En medio de esto, el Estado está ausente. INRENA, como responsable de los
bosques en general y de de las áreas naturales protegidas en particular, aun
cuando conoce acerca de la propuesta y de sus avances físicos, es un observador
lejano y mudo. El jefe del PN Yanachaga-Chemillen ha señalado que no es su
competencia intervenir en el BP San Carlos, que no tiene un jefe específico. En
Lima, el intendente de áreas naturales protegidas mantiene un silencio que
comparte con el jefe general del INRENA, silencio que se extiende frente a otros
temas actuales, por ejemplo, las nuevas chacras que justo en estos días se están
quemando en el bosque de protección de San Matías (la otra mitad del de San
Carlos), del cual además se saquea madera impunemente, que se transporta por la
actual carretera a Villa Rica; o del pasado, como el terminal del gasoducto de
Camisea en la reserva nacional de Paracas o la fábrica de fideos en el actual
refugio de fauna silvestre (antes zona reservada) de los Pantanos de Villa,
entre otros muchos.
La ministra de Transportes y Comunicaciones tampoco ha dicho nada sobre esta
nueva modalidad de carreteras construidas por decisión de particulares, lo que
quiere decir que no responden a políticas del Estado ni cuentan con las
formalidades exigidas, como los estudios de impacto ambiental y social. Aunque
éstos sirven de poco cuando las decisiones políticas han sido tomadas, al menos
constituyen un instrumento para que la población directamente afectada y los que
creemos que los recursos naturales de la nación merecen ser manejados en función
del interés común, no de la rapiña privada, podamos medir los impactos y
denunciar a los (ir)responsables. También en este ministerio el “silencio es la
voz”, porque nunca expresó su posición (ni buena, ni mala) frente a carreteras
informales, o “chichas”, para ponernos a tono con la realidad del país. Ahí está
el caso ya mencionado de la carretera a Atalaya o de la que sube, desde Pangoa,
por las laderas occidentales de la divisoria de aguas con el río Ene, ambas
impulsadas por madereros, y la primera, por un ex congresista que ocupó nada
menos que el cargo de presidente de la comisión de lucha contra la tala ilegal,
durante el gobierno del presidente Toledo. Difícil imaginar mayor ironía.
Todo esto nos pone frente a una realidad, difícil de calificar, de que éste es
un país en el que todo es posible, siempre y cuando, por supuesto, usted tenga
la prudencia de mantenerse en los amplios márgenes de las facilidades que la
ilegalidad le ofrece. Como ilegal, usted puede constituir una empresa aérea,
aunque más barato le resulte hacer una de transporte terrestre, sobre todo si
cuenta con camiones transformados en buses; organizar un sistema de banca
paralela; fundar una clínica, que puede incluso dedicarla a cuestiones tan
especializadas como la cirugía estética, y por cierto no se angustie si no es
médico, que para eso existe el jirón Azángaro, a la vuelta de la esquina del
Palacio de Justicia. En fin, la lista es larga: bufetes, notarías, editoras,
diarios, hoteles, empresas constructoras (con seguridad ganará buenas
licitaciones públicas), industrias varias y así, otras y múltiples. Usted tiene
un amplio campo de juego en este terreno.
Pero en el Perú aún sobreviven algunos imprudentes, esos que quieren hacer las
cosas siguiendo los tortuosos caminos que la legislación y la normativa
establecen, y ellos deben pagar su osadía. Para seguir con el tema de los
recursos naturales, trate usted de hacer un plan de manejo para algún recurso
que no sea madera (estos también se consiguen en el jirón Azángaro) y lo más
probable es que la respuesta sea que “no existen términos de referencia para esa
especie”. El segundo paso es que la dependencia pública se los inventen y el
tercero que ella descubra que los hizo demasiado fáciles, pero esto lo guardará
hasta el final, cuando usted, cansado y sudoroso, se acerque, con felicidad
intranquila –a fin de cuenta, experiencias previas ya le han enseñado que la
dicha tarda y con frecuencia no llega– a una ventanilla a depositar su
expediente.
Lo que sigue es interminable si usted, tercamente, persiste en hacer las cosas
como dicen las leyes, o al menos, como creía al comienzo que las leyes decían,
porque ya a esas alturas le deben haber entrado dudas. La cadena puede cortarse
si uno está dispuesto a reconocer los esfuerzos extras del funcionario (en
realidad, son varios, lo que hace que las cosas sean más difíciles y también más
caras) para atenderlo. A veces las cosas pueden arreglarse con algunas buenas
cenas y una cierta dosis de adulación; pero otras, estas medidas no son
suficientes y hay que recurrir preguntas ya respondidas: “¿cómo podemos resolver
el problema?” o más parcamente, al “¿cómo es?”. Claro que también existen los
suertudos, esos que de pronto son conocidos por algún hombre importante que
reconoce la seriedad de su trabajo. Éste fue el caso, por ejemplo, de un criador
de paiches en los alrededores de Iquitos, que en el medio del sinuoso
desfiladero de la administración pública, fue visitado por un destacado ecólogo
nacional, director además de un programa en la TV, que alabó su trabajo. Las
puertas se le abrieron. Bien por él, en realidad, por los dos, pero no todos
pueden contar con duendes benéficos.
Para volver a la propuesta de carretera por el BP San Carlos, que la gente del
lugar ha bautizado con el mismo nombre de la antigua trocha que lo atravesaba,
“vía Pichis”, hay que destacar la ilegalidad de la propuesta. Una carretera de
estas características no puede ser decisión de un grupo privado sin que el
Estado, es decir, no la institución existente, sino aquélla a la cual muchos
aspiramos, tenga control sobre la determinación de hacerla o no, de acuerdo al
interés nacional y siguiendo los pasos que la legalidad establecen para este
tipo de obras. En este sentido, al impulsar esta carretera, el alcalde de Puerto
Bermúdez está incurriendo en un delito y puede ser denunciado penalmente.
Es ilegal la construcción de carreteras por particulares y lo es más en este
caso porque atraviesa un área natural protegida, un bosque de protección que, de
ser destruido, afectará severamente las fuentes de agua de la cuenca del Pichis
y con ello, la de los miles de pobladores que habitan en el valle: ashaninkas y
colonos. Disturbar y destruir las nacientes de los ríos que forman el Pichis
tendrá efectos particularmente dañinos en el actual momento, cuando algunas
instituciones del Estado (PRODUCE y PRODAPP) y privadas (IBC) impulsan la
crianza de peces en estanques controlados, iniciativa que puede cambiar el
proceso de deforestación extensiva para establecer pastos con fines de crianza
de ganado, actividad que, además de destructora del medio ambiente, es de
bajísima rentabilidad. En cálculos muy conservadores, la piscicultura puede
producir en mil metros cuadrados más del doble en la cantidad de carne y valor
que la que la ganadería produce en 10.000 m2, y en un tercio del tiempo.
Es fundamental por esto que el Estado asuma de inmediato su rol de proteger los
bienes comunes y de velar para que éstos sirvan para el beneficio de la
población y no de un grupo de asaltante del bosque. Es fundamental también que
la sociedad civil le recuerde permanentemente al Estado esta responsabilidad.
Por cierto, la primera responsabilidad que hay que recordarle al Ministerio de
Transportes es que debe mantener la carretera Villa Rica-Puerto Bermúdez, que
hoy es más una vía semiacuática que un camino para vehículos motorizados. Estas
características físicas tienen consecuencias en los campos social y moral:
varias veces a la semana los vehículos de pasajeros son atracados por asaltantes
armados, que además de robar, violan a las mujeres. El incipiente turismo en la
zona, que tiene la ventaja de su cercanía a Lima y a otros lugares de atracción
turística de la sierra central (como Tarma y Huancayo), casi ha desaparecido por
estas razones. A pesar de esto, el alcalde Viriochi ha proclamado a Puerto
Bermúdez como “distrito ecológico y turístico”.
Por el momento, desde este medio, hago un llamado a quienes se interesen por el
tema y se sientan comprometidos a impulsar una estrategia en defensa de la
estabilidad ambiental del BP San Carlos y de la vida y economía de las personas
que habitan el valle del Pichis. Propongo las siguientes medidas:
a) Seguir documentando el caso, poniendo a la luz los intereses que se mueven
detrás de la propuesta, tanto desde el Pichis (Pasco), como desde el Perené
(Junín).
b) Coordinar los esfuerzos de organizaciones indígenas e instituciones que
trabajan en pro del desarrollo sostenible y ambientalistas, para trabajar
conjuntamente iniciativas que protejan la integridad del BP San Carlos y la vida
de los pobladores del valle.
c) Ejercer presión ante el Ministerio de Transportes y el INRENA a fin de que
asuman su responsabilidad frente a la propuesta, la declaren ilegal y prohíban
su continuación, además de sancionar a los culpables.
d) Ejercer presión ante los gobiernos regionales de Pasco y Junín con la misma
finalidad anunciada en el punto anterior.
e) Denunciar a los gestores de esta propuesta ante la Fiscalía de Prevención del
Delito porque, en efecto, lo que se está configurando en este caso es un delito
de carácter penal.
f) Desarrollar una amplia campaña informativa sobre los estragos que causaría la
destrucción de la cobertura forestal del bosque San Carlos, en la disponibilidad
y calidad de las aguas, en la fauna y flora y en la economía de los pobladores.
Es el momento de cuestionar las falsas ideas de desarrollo que han guiado las
inversiones públicas y privadas en la cuenca del Pichis, como la promoción de la
ganadería o del cultivo de arroz, actividades que implican la tala extensiva y
el deterioro de los suelos, y que son de muy baja rentabilidad. Es también el
momento de pensar en alternativas de carácter sostenible, como el turismo y la
piscicultura. Pero para estas funcionen se necesita un medio ambiente sano.
Publicado en
Servindi (Servicio de Información Indígena) el 18 de julio de 2007. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
58 el 25 de julio de 2007. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |