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I. Maestro Yarza es profesora de la Facultad de
Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Barcelona.
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Los llamados Objetivos de
Desarrollo del Milenio (ODM) han sido presentados como un “nuevo consenso”
sobre una supuesta “nueva” estrategia de desarrollo, que ha sido aceptada, con
demasiado automatismo, no sólo por la comunidad donante de carácter oficial,
sino también por parte de muchos actores sociales (incluidas numerosas ONGD). La
parte de “expresión de deseos” que contienen (con la que difícilmente se puede
discrepar), parece haber eclipsado consideraciones sobre aspectos más de fondo
que no se han tenido demasiado en cuenta y que, sin embargo, deberían ser
debatidos en profundidad.
Elaborados sin participación
En primer lugar, hay que señalar que el propio proceso que condujo a la
aprobación de los ODM estuvo, de forma poco usual para la tradición de
las Naciones Unidas, exento de los correspondientes procesos participativos en
forma de comisiones preparatorias previas. A este respecto no hay que olvidar
que, aunque en cierta medida parecen dar continuidad a algunas de las
conclusiones de las cumbres mundiales de los 90s, en las que por cierto, se
dieron disensiones importantes entre las posiciones de la Tríada y las del Sur,
los ODM coinciden bastante con los objetivos que a finales de los noventa se
habían aprobado en el seno de la OCDE, en esa ocasión, con ausencia de los
supuestos países beneficiarios.
Además, esa escasa atención a los procesos participativos también está presente
en las propias estrategias formuladas para la consecución de los ODM (los
mecanismos por los cuales se aprueban los DERP, mayoritariamente impuestos por
la comunidad donante, son un buen ejemplo, tal y como se ha denunciado
repetidamente).
Centrados en los efectos de la pobreza, no en sus causas
Un segundo grupo de elementos de reflexión y/ó crítica gira en torno de los
propios objetivos. En primer lugar, se ha destacado lo –“escandalosamente”–
modesto de los objetivos que, además, se centran exclusivamente en actuaciones
sobre los efectos o los síntomas, pero sin entrar en diagnosticar ni actuar
sobre las causas de la situación que se pretende paliar (que no curar). Así, el
impreciso –pero mucho más ambicioso– objetivo del desarrollo (entendido como
transformación estructural), se ha “reducido” a otro mucho más limitado, como es
el de la erradicación de la pobreza (a la que además se define en términos muy
restrictivos).
Además de hacer notar el empobrecimiento que tal sustitución supone, tanto para
el debate sobre el desarrollo, como para los objetivos a perseguir, es
importante subrayar que además, la pobreza no se relaciona en ningún momento en
el contexto de las crecientes desigualdades en el mundo, ni por supuesto se la
dota de dimensión mundial alguna, ya que en todo momento se hace referencia a
ella como un problema interno de los países periféricos.
Por consiguiente, para su solución sólo se plantea actuar directamente sobre la
población que, de forma muy restrictiva y de manera unidimensional –ingreso–, se
ha calificado como pobre (aquella que vive con menos de 1$ diario) y, en ningún
caso, se plantea la necesidad de introducir mecanismos redistributivos. La
desigualdad no es el problema a acometer, ni tan siquiera se la menciona.
Los ODM refuerzan los planteamientos neoliberales
Tampoco se hace referencia a los aspectos no materiales del desarrollo, los ODM
no se presentan como derechos exigibles por las poblaciones empobrecidas; y es
evidente que los derechos, la dignidad, la libertad, etc. deberían ser
componentes indisolubles de cualquier estrategia seria de desarrollo.
Se trata de objetivos que, aunque limitados, son mayoritariamente asumibles pero
el problema surge en la estrategia propuesta, en la que se ignoran las causas
que han conducido a la situación actual. Así, en muchos de los objetivos
planteados, se obvia hacer referencia a la responsabilidad de las políticas
neoliberales en el empeoramiento de algunas de las situaciones que supuestamente
se pretenden revertir (el empeoramiento en los niveles educativos, de salud y
salubridad o de acceso a agua potable, electricidad y otros servicios como
consecuencia de las masivas privatizaciones y desregulaciones de servicios
públicos experimentadas al amparo de las mencionadas políticas).
Por el contrario, se insiste en la conveniencia de centrarse en el binomio
crecimiento económico – liberalización como la panacea para solventar los
problemas, es decir se renueva la confianza en las premisas centrales del
planteamiento neoliberal al considerar al mercado como instrumento clave y la
iniciativa privada como fuerza impulsora principal. Incluso en el octavo
objetivo, el único en el que, de manera muy poco concreta, se menciona a los
países desarrollados y la necesidad de una cierta corresponsabilidad a la hora
de buscar soluciones, se explicita que el objetivo radica en “...establecer un
sistema comercial y financiero multilateral abierto”. No se identifica, por
tanto, ninguna contradicción entre la consecución del objetivo de la
erradicación de la pobreza y el continuar con las estrategias neoliberales,
centradas en adaptar los espacios nacionales a las normas de la economía
globalizada.
Por consiguiente, no estamos realmente ante una “nueva estrategia” de
desarrollo, sino ante una adaptación de la anterior a los cambios experimentados
por el capitalismo global, ya que la materialización de los ODM a través de los
Documentos de Estrategia de Reducción de la Pobreza (DERP) no se alejan
demasiado de la lógica y postulados de los Planes de Ajuste Estructural (PAE) y
no cuestionan en absoluto el proyecto neoliberal de adaptación de los espacios
nacionales a las normas de la economía globalizada.
Incumplidos
Un tercer y último nivel de crítica a realizar se refiere al nivel de
cumplimiento de los objetivos que en general, a pesar de la modestia de los
mismos, según todas las previsiones realizadas hasta el momento y con algunas
heterogeneidades regionales, no se cumplirán para el año previsto. Es evidente
que todo ello contrasta con el triunfalismo con el que se afirmó, en el momento
de su proclamación, que se trataba de objetivos realizables, que éramos la
primera generación con capacidad de acometer con éxito tales objetivos. Ante
esta situación, en una nueva muestra de la poca atención prestada a los
mecanismos de participación, ya que tampoco se han articulado foros en los que
los gobiernos, los donantes y demás instituciones internacionales puedan ser
interpeladas por el incumplimiento de esos compromisos.
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Los Objetivos de Desarrollo del Milenio
1) Erradicar la pobreza extrema y el hambre.
2) Lograr la educación primaria universal.
3) Promover la igualdad de género y la autonomía de la
mujer.
4) Reducir la mortalidad infantil.
5) Mejorar la salud materna.
6) Combatir el VIH/Sida, el paludismo y otras enfermedades.
7) Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
8) Fomentar una asociación mundial para el desarrollo.
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Publicado en
CanalSolidario.org el 7 de enero
de 2008. Reproducido en el semanario Peripecias Nº
81 el 16 de enero de 2008. Se reproduce en nuestro
sitio únicamente con fines informativos y educativos. |